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El récipe del doctor Rodríguez

 

La estampida de los venezolanos, cansados de la falta de oportunidades, la represión, las violaciones a los derechos humanos, la permanencia tramposa del chavismo en el poder, ha convertido a Venezuela en la China de América Latina. Son ocho millones de compatriotas en los cinco continentes. Gente acosada por el hambre, por las enfermedades, por lo que vislumbran como una condena a muerte anticipada. Ancianos y niños que dependen de las remesas que puedan enviar sus seres queridos en edad productiva. ¿La figura de la madre es importante en la familia? ¿Y la ausencia del padre? Niños que a veces dependen de una tía, de una abuela, de una comadre o una amiga de la familia. A veces el aprendizaje es en la calle, que suele ser cruel con las equivocaciones y con las personas más vulnerables. La conexión de wasap es el hilo invisible que establece, al menos, un vínculo remoto y una vida familiar virtual. El costo de un boleto entre Caracas y Sídney, por ejemplo, varía entre 1.500 y 4.000 dólares. El lapso del vuelo varía entre 29 horas y más de 50 horas.

¿Cuándo será el encuentro cara a cara? Esa es la pregunta que muchos venezolanos se hacen. Vivimos bajo un continuo estrés y bajo una realidad objetiva que pone a prueba nuestra capacidad de resiliencia. Y justo aquí es cuando la receta del doctor Jorge Rodríguez viene a alegrarnos el día. “Supéralo, perdónanos y vuelve”. Tanto como decir pasa la página y ya.

Con antelación, Jorge Rodríguez, psiquiatra y presidente de la Asamblea Nacional, dijo que los venezolanos tenemos que aprender del trauma que dejó la operación militar, ejecutada el 3 de enero, por las fuerzas militares estadounidenses. Un trauma deja heridas, a veces irreparables, y superarlo le impone a quien lo sufre una reconexión entre la psiquis y el organismo, entre el pensamiento y el espíritu. La primera víctima de un trauma es nuestra salud mental. ¿Cuántos venezolanos pueden superar el trauma de la ruptura, del descalabro familiar, sin la terapia psicológica o psiquiátrica necesaria? ¿Cuántos se pierden en el alcoholismo? ¿Cuántos se sumergen en la depresión?

Mientras escribo esta nota recuerdo la lectura de Crimen y Castigo, la gran novela de Dostoievski. Para el joven Raskólnikov, el asesinato que cometió se convirtió en un trauma. Pero Sonia y la figura de Dios, lo ayudaron a restablecer ese equilibrio, esa armonía, entre cuerpo y espíritu. Hay que mirarse en ese espejo y preguntarse si contamos con las herramientas para superar el trauma, en las más variadas acepciones, que nos ha dejado el chavismo desde el 4 de febrero de 1992. Gente que perdió la vida, gente que fue torturada, apresada injustamente, vejada y violada en las cárceles, gente que perdió su trabajo o fue congelada en la administración pública, gente que perdió sus bienes. Esto tiene mucho de genocidio. Su hermana, doctor Rodríguez, confesó que estaba del lado del chavismo (junto al poder) para cobrar venganza. La muerte de su padre a manos de dos torturadores en los sótanos de la Disip debió dejar un trauma muy profundo. Viendo estos antecedentes y su récipe médico, surge una pregunta. ¿Ustedes (los hermanos Rodríguez), realmente, han superado ese trauma? Entonces, además de venganza, crueldad. No eche sal a la herida. No hace falta.

Pedir Demasiado

 

A partir del 3 de enero, por obra y gracia de una funesta agresión de los Estados Unidos a la independencia y soberanía nacional, “se inauguró (en Venezuela) un nuevo ciclo histórico orientado a la superación del extremismo y la falta de convivencia”, la cita corresponde a la intervención que hiciera la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, en un encuentro con distintos factores de la vida nacional en Valencia, capital del estado Carabobo.

¿Una nueva era deslastrada del desastroso legado del chavismo? Es muy difícil imaginar que esto ocurra bajo “el control político” que el chavismo quiere mantener a toda costa. Darles el beneficio a los herederos del señor Nicolás Maduro, al frente del Estado y del poder Ejecutivo, es pedir demasiado, si no imposible para una generación de venezolanos que hemos vivido —y seguimos sobreviviendo— en esta tragedia de dimensiones épicas.

Rodríguez habló de superar el extremismo y la falta de convivencia. Hay que reconocerle que ha dado pasos en ese sentido. Sacó de la parrilla del canal 8 el programa La Hojilla, conducido por Mario Silva. Ese programa era una especie de trituradora industrial que, en términos simbólicos, molió, como si se tratase de carne vacuna, reputaciones, iniciativas, propuestas políticas, con un lenguaje deplorable que embruteció a muchos venezolanos. Y la pregunta es cuándo va a hacer lo propio con el programa de Diosdado Cabello, con El Mazo Dando, cuyo equipo de “patriotas cooperantes” habría que buscarlos, como primera opción, en los servicios de inteligencia que monitoreaban la vida de políticos opositores durante las 24 horas del día. Y como en las películas, un televidente podía intuir que Cabello conocía qué comían, cuándo dormían, cuántas veces iban al baño los adversarios —entendidos entonces como mortales enemigos— de la causa chavista. Es difícil lo que nos pide la presidente encargada. No olvidemos que, a Mario Silva, por ejemplo, lo avalaron desde la jefatura del Estado, tanto el expresidente Hugo Chávez, como Nicolás Maduro, “extraído”, por un comando de élite del ejército de los Estados Unidos.

Me cuento, como muchos venezolanos, entre quienes mostraron su rechazo a la aplicación de las sanciones, económicas y financieras, de lo que ya era una vida miserable. Abolir las sanciones no está en nuestras manos, es la baza que tiene los Estados Unidos para presionar a favor de sus intereses. Quisiera pensar —hay tantas cosas que quisiera y nunca se han dado—, que el restablecimiento de la democracia es cosa del interés de los Estados Unidos. Pero educado en el chavismo, soy como Santo Tomás, ver para creer. No confío en casi nada y cuando salgo a la calle, entendida como el espacio público, por excelencia, en nadie.

Rodríguez también habló de “sanación política” para dejar atrás “la génesis del odio y el fascismo”. Odio siempre ha habido en la vida política venezolana. Si al voleo vemos lo que ocurrió en el siglo XIX, pues ¿Qué podemos decir? Nada. Está en la psiquis colectiva. En las persecuciones, en las detenciones, en los asesinatos. En el Castillo de Puerto Cabello, en el Cuartel San Carlos, en el antiguo edificio de la Disip de Los Chaguaramos y en El Helicoide. Entonces, no le falta razón a la señora Delcy Rodríguez.

¿Fascismo? Diría que no está en la cuenta del balance que hace la presidenta encargada. Al general Isaías Medina Angarita lo acusaron de tener un filo fascista, raro para un gobernante que legalizó al Partido Comunista. Yo tendría en cuenta, más bien, la sentencia de Guillermo Cabrera Infante: “el comunismo es el fascismo de los pobres”.

En otro segmento de su discurso, Rodríguez habló de la necesidad de trabajar “sin cálculos personales y partidistas, priorizando el diálogo con sectores productivos como Fedecámaras y organizaciones políticas para abordar temas críticos como el sistema eléctrico nacional”.

Por iniciativa del ingeniero José María de Viana, quien esto escribe, realizó, en 2023 una serie de entrevistas enfocadas en recordar y poner de relieve el aporte del sector empresarial en el desarrollo de Venezuela. Leí una serie de ponencias que los capitanes de empresa presentaron en 1963 en la ciudad de Maracay, en el último año del segundo gobierno de Rómulo Betancourt. Obviamente, los empresarios venezolanos estaban preocupados por la influencia de la Revolución Cubana en Venezuela. La obsesión del señor Fidel Castro por hacerse con el petróleo venezolano. Su apoyo irrestricto y en todos los órdenes a organizaciones políticas de ultraizquierda que querían imponer el socialismo —preámbulo del fascismo de los pobres — en el país. Recordemos que por aquí pasó el general Arnaldo Ochoa, posteriormente fusilado por órdenes de Fidel Castro. De esos barros vinieron estos lodos, en los que nos encontramos inmersos.

De esas ponencias, recuerdo la de Eugenio Mendoza, un hombre visionario. En Maracay presentó una radiografía de las deplorables condiciones de salubridad que había entonces en Venezuela. Contrató a varios especialistas de Estados Unidos para que levantaran, mediante información comprobable y verificada, los estragos de enfermedades infectocontagiosas, cuya prevención era una tarea pendiente. La vilipendiada democracia de la IV república se encargó de construir una red de hospitales que sanaron enfermedades y garantizaron salud a los venezolanos.

Los empresarios venezolanos del siglo XXI están más próximos a la visión del magnate Donald Trump. Más interesados en ver oportunidades de inversión en sectores altamente productivos. Es una forma legítima de entender los negocios y de generar riqueza. ¿Y su responsabilidad social con el país? Hay valiosos ejemplos que mantienen vivo este propósito, esta forma de entender y ver la actividad empresarial. Pero, la acción generalizada del sector empresarial, actualmente, palidece frente a las grandes preocupaciones que se debatieron en Maracay.

Rodríguez habló del sector eléctrico. Mirar hacia adelante, sabiendo que el sector eléctrico fue una fuente colosal de corrupción durante los gobiernos de Chávez y Maduro, es al menos inquietante, digamos, por lo reciente, por la magnitud de los recursos involucrados, por la tragedia que ha causado y por la oscuridad a la que ha sido condenada gran parte de Venezuela.

Entonces sí, es pedir demasiado.

Fumando espero

 

El famoso nuevo momento político del que habló la señora Delcy Rodríguez, a la sazón presidenta encargada de Venezuela, una vez que los Estados Unidos derrocaron al señor Nicolás Maduro, no ofrece un solo indicio de que Venezuela pueda recuperar la democracia. Rodríguez ha sacudido el árbol, pero hasta ahora sólo han caído frutas rojas rojitas.

Se ha utilizado el aparato del Estado, caracterizado por una sólida concentración en manos del poder Ejecutivo, para renovar una serie de instituciones, entre otras, el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo y la anunciada purga del Tribunal Supremo de Justicia -ya veremos que ocurre con el Comité de Postulaciones-. Para ello se ha utilizado la aplanadora que controla el chavismo en la Asamblea Nacional, sin mucho apegó a lo establecido en la Constitución. Las designaciones, tanto en el gobierno como en el aparato del Estado, no son producto de una negociación política, sino del férreo empecinamiento del chavismo para mantenerse en el poder. Tampoco hay el menor indicio de que los Estados Unidos aprueban estas designaciones. Y diría más, de que estén interesados en la democratización del país. Mucho de lo que se ha hecho es para favorecer el clima de negocios y la política transaccional —ojo, no confundir con transicional—, que es una característica muy propia del gobierno del presidente Donald Trump.

La idea gatopardiana de que esto cambió para seguir igual es una impresión generalizada en el país. La expectativa de que “la extracción” de Maduro iba a reflejarse en una mejora del poder adquisitivo de la gente es una nueva frustración entre los venezolanos. Habrá un aumento del salario mínimo esta misma semana, pero la medida es extemporánea y como parte de nuestra cultura política es un viejo tic de la vilipendiada IV República.

De ahora en adelante, todas las operaciones que se hagan en el exterior con los activos del Banco Central de Venezuela serán auditadas por una empresa privada de Estados Unidos. Se toma esta decisión para recuperar la confianza de los agentes económicos y darle transparencia a la opacidad que ha caracterizado a la gestión del chavismo. Quizás los economistas puedan hablar con certeza de indicadores macroeconómicos, sin emplear modelos teóricos e información obtenida off the record. Quizás no sean encarcelados por revelar las magnitudes del abismo en el que hemos caído, la prueba más fehaciente de que el mal está hecho.

No hay concesiones desde arriba, no hay presión desde abajo. No hay transición dentro de una transición. La ley de amnistía debe ser el peor ejemplo de cómo no hacer las cosas, si queremos buscar justicia y reparación a las víctimas. No hay una sola señal que indique que el poder militar está subordinado al poder civil. Sigue el acertijo: Chávez sacó a los militares a la calle ¿Y quién o quienes los van a regresar de vuelta a los cuarteles?

La gente sigue enfocada en la supervivencia, desconectada de la política. No le importamos a los chavistas, a los opositores. ¿Le importamos a los Estados Unidos? Creo que por razones obvias no deberíamos plantearnos esa pregunta.