Se prohibe la reproducción total o parcial del contenido de este blog, con fines comerciales, y sin la autorización previa de su autor, Hugo Prieto. Lo reitero, prohibido el hurto.

La invención del centro político

 

Voy a empezar haciendo una aclaratoria. Si el que lea esta entrada al blog espera que fije un punto equidistante entre el chavismo y la oposición, puede dejarlo hasta aquí. A lo largo de casi 30 años, los venezolanos nos hemos movido entre dos extremos que tienen que ver con las formas de ver el mundo, entender la política y relacionarnos entre nosotros. El expresidente Hugo Chávez se encargó de darle, una y otra vez, un giro a la tuerca que terminó por estrangular toda convivencia.

Venezuela quedó en ruinas, sus instituciones destruidas y su economía colapsada. Diría que tenemos que empezar desde cero, lo cual, por pura ironía, tiene sus ventajas. Hay que levantar el edificio de nuestras vidas sobre bases más sólidas, sobre estructuras más resistentes. Va a resultar muy difícil, porque los venezolanos seguimos hipnotizados por un mantra: como vaya viniendo, vamos viendo. Y por ahí lo hemos probado todo, sin persistencia, sin voluntad, sin espíritu de lucha, sin espíritu libertario.

Llegó el momento de alcanzar el mérito sin tanta épica. De dejar de soñar con la renta petrolera y extractiva para identificar sectores de la economía, en los que al menos tenemos probabilidades de alcanzar sostenibilidad, sobre la alianza del capital y el trabajo a partes iguales. No podemos seguir consolándonos con esa frase con la cual nos asumimos como perdedores: “No somos suizos”. No lo somos, pero podríamos aprender algunas lecciones del modelo escandinavo, sabiendo que “No somos suecos”.

Las élites políticas se tienen que preguntar qué van a hacer con la educación y la salud de la población venezolana. Darle al maestro el lugar que le corresponde en la sociedad, porque su misión, que no es otra que impartir conocimiento, nos plantea un dilema existencial. ¿Queremos ocupar un lugar en el concierto de las naciones? ¿O sencillamente vamos a hacer una sociedad paria? Tenemos que buscar la forma en que nos muramos de viejos, y no por enfermedades que pueden evitarse. Y decir las cosas por su nombre, porque hay muchos venezolanos condenados a una muerte anticipada cuando los hospitales no son otra cosa que depósitos de seres humanos agónicos. Sin vida no hay nada.

Sobre la educación y la salud hay que llegar a un acuerdo a largo plazo, cuyos objetivos sean producto del consenso de la sociedad, alrededor de puntos tan importantes como el porcentaje de inversión de nuestro Producto Interno Bruto. Sobre la transparencia y la rendición de cuentas. En Venezuela deberían aplicarse las pruebas PISA (el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes), para saber dónde estamos y qué tipos de ciudadanos estamos formando.

Mirar el pasado, reconocer las cosas que instintivamente nos identificaban con la idea de ser venezolanos, aunque no fuera una noción del todo clara o definida. Restaurar nuestra soberanía para no perderla más nunca. Acordar normas de convivencia y respeto y trazar líneas rojas para que no perdamos la democracia.

Todo esto es mucho más difícil y menos gratificante que salir a las calles para exhalar deseos de libertad. La libertad comporta responsabilidades. Necesitamos una forma de vida civilizada, sin ataques a nuestra integridad como personas, respetar al que piensa diferente, enterrar las ideologías fallidas y fracasadas, las ideologías que conducen a la supremacía, a la cancelación, al racismo. Venezuela es un país con profundas desigualdades. No necesitamos ni queremos más pobreza.

Quien se meta a la política de una forma sincera, tiene que saber que hay límites que no se pueden cruzar. Quien ejerza el poder tiene que vacunarse contra las tentaciones totalitarias y quien ejerza la oposición tendría que renunciar a los atajos, a los golpes de Estado, a la violencia en todas sus formas, a ejercer una oposición leal con la democracia.

Esto es mucho más difícil que sacar una bandera y hacer bulto en una concentración, sea de cualquier tendencia política. Encontremos una forma que no dispare los automatismos de una emocionalidad que nos llevó a esta guerra simbólica que, sin embargo, dejó un reguero de muertos. Tenemos que encontrar satisfacción en el mérito individual y colectivo. No necesitamos a Bukele, no necesitamos a Chávez. Necesitamos el espíritu de Betancourt.

Una enmienda necesaria (Nota de Redacción)

 

La concentración convocada ayer por María Corina Machado se concentró en la Plaza Salvador Allende, pero a las 4:00 pm, sólo había un pequeño grupo frente al edificio de la Torre Polar, en Plaza Venezuela, lugar inicial de la convocatoria. Tal como lo relaté ayer, en los alrededores del Paseo Colón, más concretamente, a la altura de la estatua del almirante Cristóbal Colón, de la que sólo queda el pedestal, había una concentración del chavismo. Estuve allí, en la Torre Polar, durante 30 minutos, en ese intervalo llegó al lugar un pequeño contingente de personas, que vocearon la consigna: “Elecciones Ya” y que advertían “de aquí no nos movemos”. Momentos después se dirigieron a la Plaza del Soldado Desconocido, donde había pocas personas.

Quizás para evitar un choque entre ambas concentraciones, los organizadores de la oposición decidieron trasladarse hacia el puente que conduce a la Universidad Central de Venezuela, donde había un grupo nutrido de personas. La conclusión de uno de los asistentes es que aún tenemos que crecer. Resultó, sin embargo, una concentración alentadora a favor del llamado a elecciones y del cambio político.

En la ley de la selva, la lógica del que se cree más fuerte es moneda corriente. Y todo esto empezó con aquella consigna que rezaba cada 11 tiene su 13. Así mismo, lo que pudiera interpretarse como un acicate de la oposición, es visto como una oportunidad para que la dirigencia chavista intente recuperar la iniciativa política después de la incursión militar de las fuerzas estadounidenses del pasado 3 de enero.

No es momento de hacer concesiones graciosas. De modificar agendas para satisfacer las bravuconadas de unos dirigentes interesados en prevalecer a la fuerza.  En cambio, hay que organizarse mejor y mantener la comunicación permanente. 

Señora Delcy Rodríguez, presidenta encargada ¿?, ponga orden en su gobierno. Dele instrucciones al ministro de Interior, Justicia y Paz, para que se alinee con los objetivos que usted misma pregona. Si la tan cacareada palabra reconciliación tiene algún sentido, dé la orden para que el chavismo renuncie a esa actitud de echarle leña al fuego.

Señores, háganse el favor

 

Se creó cierta expectativa alrededor de la concentración convocada por María Corina Machado en la Plaza Venezuela. Resultó decepcionante. La gente se concentró en la plaza del soldado desconocido, bajo la bandera de la extinta Unión Soviética. Resultó una imagen francamente distópica.

Las opiniones que recogí de la gente iban, palabras más, palabras menos, por este estilo: nos sabotearon, nos amedrentaron, Dios es más grande que esto. Los chavistas se concentraron alrededor del Paseo Colón, sin mucha novedad: gente traída del interior en autobuses; empleados públicos, mujeres con franelas rosadas, alusivas a la prevención del cáncer de mama.

Mientras pasaban bordeando la concentración opositora gritaban Chávez, Chávez, Chávez… algunas en franca actitud provocadora. O más bien de burla.

Dije cierta expectativa porque la convocatoria la hizo María Corina Machado a través de las redes sociales, con un mensaje que giraba alrededor de estas palabras: Esto es lo que hay, un pueblo en la calle. No fue así. El liderazgo de la líder opositora es más de piel, esencialmente emocional. La comunicación política, vía remota, para este tipo de actividades no funcionó. La tan esperada presión ciudadana no tomó la calle. Ni de lejos lo que vimos en 2017 o 2024. Podríamos esbozar distintas hipótesis frente al fracaso de esta convocatoria. La mía es que la sociedad venezolana sigue desconectada de la política, sigue en modo sobrevivencia, abrumada por la crisis económica. A los venezolanos nos gusta delegar nuestros intereses, nuestras responsabilidades en un líder mesiánico. Parece que no hemos asumido que si queremos rescatar la democracia tenemos que hacer sacrificios, tenemos que ponernos de pie y cruzar el laberinto de barreras y obstáculos que el chavismo se encargará de poner en nuestro camino. La libertad no es un regalo, no es una donación, ni un acto gracioso de generosidad. No es algo que va a caer del cielo. No es un regalo que nos hará el señor Donald Trump. Quiero pensar que la persona que dijo: Dios es más grande que todo esto tiene razón. No podemos esperar que María Corina Machado regrese al país y nos arree como borregos. Tampoco creo que ella se presté para eso. Tenemos una responsabilidad individual y colectiva. Entonces, háganse el favor.

A quienes leen este blog, les pido que lean la siguiente entrada titulada Una enmienda necesaria. 

Lo que subyace bajo los escombros

 

No sabría decir cuáles deberían ser las prioridades de la sociedad venezolana frente a sus múltiples y complejos problemas aún sin resolver. Hacer una lista de esos problemas tendría un impacto emocional parecido a la zozobra y la ansiedad. No hay un solo componente de la estructura social que no se encuentre bajo los escombros de una destrucción provocada por el poder.

Podríamos haber empezado por socorrer a las víctimas del doblete sísmico que asoló al país el pasado 24 de junio. La urgencia de terminar un conjunto de viviendas para impulsar el voto en las elecciones de 2013 se convirtió en una trampa mortal para sus ocupantes. El profesor universitario Farruco Sesto, cuya trayectoria académica en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela es ampliamente conocida, tiene una responsabilidad inocultable en el colapso de esas edificaciones, particularmente las que se erigieron en el estado La Guaira. Nadie le ha pedido cuentas. Ningún tribunal lo ha llamado a declarar, sea como indiciado o testigo. El señor Farruco Sesto vive actualmente en Vigo. Quedó huérfano al morir el expresidente Hugo Chávez.

De la destrucción de La Guaira se seguirá hablando y mucho. El diario estadounidense The New York Times publicó el día de ayer una investigación periodística que corroboran otras investigaciones relacionadas con la calidad del diseño y los materiales con los cuales se construyeron esas viviendas. El colapso, en tan solo minutos de esos edificios, es la mayor evidencia de que no hubo previsiones ni cumplimiento de normas antisísmicas. La tragedia estaba más que anunciada.

El sumario de la nota es el siguiente: Un análisis del Times y datos del Servicio Geológico de Estados Unidos indican que la cifra oficial de 6.509 muertos probablemente sea un subregistro considerable.

El gobierno de la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez aún no publica una lista definitiva de desaparecidos. Y es aquí donde la cifra se vuelve espeluznante. Alrededor de 40.000 venezolanos no han podido ser localizados. Su paradero sigue siendo un misterio. La angustia y la desesperación sigue minando la salud mental de sus familiares y amigos.

Estamos ante un tema inconcluso, en el que la Mesa de Diálogo tiene una responsabilidad ineludible, ya que en el primer ciclo de conversaciones se comprometieron a atender las consecuencias del doble sismo que devastó al país.

Tanto Jorge Rodríguez, quien lidera la delegación del gobierno, como Dinorah Figuera, quien hace lo propio por un sector de la oposición, son médicos. Rodríguez, en específico es psiquiatra. Ambos saben que los familiares de los desaparecidos necesitan un cierre, necesitan saber si están vivos o fallecieron bajo los escombros. La incertidumbre genera un cuadro psicológico que mina la salud de quienes buscan respuestas. Es una angustia permanente.

Establecer una cifra precisa de desaparecidos, plenamente comprobada, es una responsabilidad ineludible del gobierno de la señora Rodríguez. No se trata de seguir en campaña entregando llaves de apartamentos en Caracas y Ciudad Caribia. La gente necesita reanudar sus vidas, necesitan un cierre, sabiendo a ciencia cierta qué ocurrió con sus familiares desaparecidos.

En lugar de estar vendiendo el petróleo de los venezolanos en la India, el tutor podría decir algo. Pero ya sabemos que esta época es sólo para hacer business y más business.

¿Y Ahora qué?

 

Los venezolanos somos aficionados a las posturas declarativas, incluso a la catarsis, rumiamos nuestros fracasos, nuestras falencias y errores. No creo que haga falta un diagnóstico de la situación nacional. A estas alturas, el hundimiento de Venezuela está más que documentado. Pero las instancias técnicas y de apoyo de la Mesa de Diálogo, siguen auscultando el impacto que la crisis ha desencadenado en cada uno de los componentes de la sociedad venezolana. En los tres ciclos de conversaciones, han sido escuchados en esa instancias los gremios de jubilados y pensionados, los del sector salud, los de la comunicación social y, más recientemente, los representantes de las ONG y las organizaciones que defienden los Derechos Humanos.

Pudieran poner en la fila a los 30 millones de venezolanos, porque todos hemos sido maltratados por los gobiernos chavistas. Estos señores les jodieron la vida a los ricos, les jodieron la vida a los pobres y se ensañaron con crueldad contra la clase media. No dejaron títere con cabeza. Destruyeron el valor del trabajo, volvieron polvo nuestro signo monetario, el bolívar es dinero de monopolio. Pero “la dolarización no es el camino”, dice la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez.

El camino es la guachafita fiscal que le permite al gobierno imprimir dinero inorgánico para financiar las organizaciones del famoso Estado comunal. No hay cuentas de cuánto entra y cuánto sale. Ni las habrá mientras el camino sea esta bipolaridad sin medicamentos en la que vivimos.

El pasado 12 de octubre, los partidos políticos que hacen parte de la Plataforma Unitaria Democrática ratificaron su apoyo a María Corina Machado. Reconocieron su liderazgo y presentaron un Gran Acuerdo Nacional que consta de 14 puntos.

En la Mesa de Diálogo participan las delegaciones del gobierno y el sector opositor de diputados que fueron electos en la elección parlamentaria de 2015. Hay un tercer actor que no ocupa un lugar en la mesa, pero hace trabajo remoto: el Departamento de Estado del gobierno estadounidense, que dirige el señor Marco Rubio. Sobre el papel, le tocaría a Dinorah Figuera plantear la incorporación de un representante de la PUD a la Mesa de Diálogo. Al fin y al cabo, ella fue electa en las listas de Primero Justicia en 2015. ¿Cuál será la sugerencia de Rubio? ¿El negociador del gobierno, experto en no negociar, se tragará ese sapo?

El sector opositor se comprometió, además, a combinar la presión ciudadana y la negociación para trazar una ruta electoral que desemboque en un llamado a elecciones presidenciales. La única presión que pueden ejercer los ciudadanos es la protesta pacífica. ¿Qué hará el gobierno de Delcy Rodríguez? ¿Cuál será la actitud del aparato represivo que sigue intacto? ¿Van a inundar las calles con “gas del bueno”?

Arrancarle un proceso electoral al gobierno va a costar sangre, sudor y lágrimas, a menos que el chavismo se avenga a negociar una ruta electoral. Represión o transición a la democracia. Esa son las dos opciones que se proyectan en el horizonte.

Una pregunta, quizás con piquete

 

La pregunta es la siguiente: Si hemos vivido casi 30 años bajo el chavismo, ¿podemos vivir otros 30 años más? En mi respuesta, me apuntaría a un rotundo SÍ.  Hay conflictos que nunca se resuelven, otros duermen en el congelador, en espera del deshielo. Una persona, en coma inducido, puede mantenerse con vida por un tiempo indefinido. La atemporalidad es pieza clave de la Historia universal.

Y lo digo porque la Mesa de Diálogo, apadrinada por los Estados Unidos, pero en la cual sólo hay protagonistas venezolanos, —las delegaciones que encabezan Jorge Rodríguez, como representante del gobierno y Dinorah Figuera, en representación de la oposición electa a la Asamblea Nacional en 2015—, cumple un recorrido tan extenso y ambicioso como difícil de cumplir.

No hay un número definido de ciclos ni tampoco una fecha límite para sus deliberaciones. Hasta el momento ha habido tres ciclos, en los cuales se ha abordado distintos temas: desde la atención a las víctimas del doble terremoto que devastó al país en junio pasado hasta la revisión de las inhabilitaciones políticas, pasando por la transformación y reforma del sistema de justicia. Son sólo parte de los temas que se están discutiendo. Hay otros —al menos siete, como la libertad de expresión y el uso del espacio radioeléctrico—, en los cuales ha habido avances parciales. Se va a reformar la Ley del Odio, pero no se va a derogar. Se levantó el cepo a varios portales informativos, pero no a todos.

Además, la Mesa de Diálogo se ha reunido con distintos gremios y organizaciones no gubernamentales de la sociedad civil —jubilados y pensionados, periodísticos y de la comunicación, el sector empresarial, la Iglesia Católica— para buscar una solución política, pacífica y constitucional a los problema del país.

Hay dos temas que desnudan al chavismo en su deriva dictatorial. El primero tiene que ver con la restauración de los derechos políticos y el segundo con la vigencia plena de las garantías electorales. Sabemos que no hay democracia sin partidos políticos. A vuelo de pájaro me viene a la cabeza la triquiñuela, avalada por el TSJ, mediante la cual los principales partidos de oposición fueron despojados de sus tarjetas electorales y sus directivas renovadas para garantizarse una oposición a la medida del chavismo. Y, en materia electoral, la modificación de los circuitos electorales, los puntos rojos, la utilización de los recursos del Estado a favor del PSUV, el veto de las voces disidentes en el sistema de medios públicos del Estado.

El garrote vil —monitoreado y asentado por la Comisión de Determinación de Hechos de Naciones Unidas en dos oportunidades— había convertido a Venezuela en una dictadura a partir de la mañana siguiente del proceso electoral que se celebró el 28 de julio de 2024.

Todo esto hay que desmontarlo, suprimirlo de la institucionalidad del país. ¿En qué plazo se hará esto? ¿Y que ocurre si incorporamos al debate la estructura represiva que aún sigue intacta en los organismos policiales y en las Fuerzas Armadas?

La Comisión de la Verdad en Argentina, con una agenda menos ambiciosas y objetivos más definidos, deliberó durante nueve meses. ¿Qué lapso le damos a la Mesa de Diálogo de Venezuela?

Esta es una de las razones por la que digo, a titulo personalísimo, que en Venezuela estamos peor que antes del 3 de enero. Y por esa misma razón, los sondeos de opinión señalan que la situación del país ha cambiado poco o nada a partir de esa fecha. Sí, se aclararon algunas cosas, pero no se definieron.

 

Dos palabras reveladoras

 

En la edición del diario ABC de España que se publicó el día de ayer hay un artículo del escritor y poeta español, Manuel Vilas. El título, aparentemente anodino, Gente con causa, despertó mi curiosidad. Vilas escribe una crítica mordaz de la sociedad española. Me voy a detener en una frase, porque al igual que los españoles, los venezolanos aborrecemos el mérito sin épica. Todo lo que hacemos, en nuestras predecibles vidas, tiene que ser barnizado, cubierto con una mano de pintura, que remede la vida de un prócer. Me imagino que están pensando, al igual que yo, en Simón Bolívar.

Nuestra trayectoria, profesional o no, nuestro hoja de vida, tiene que hacer mención a un episodio que nos haga únicos, que nos convierta en superhéroes. Y así ponemos sobre la vitrina nuestra condición de self made. No le debemos nada al Estado, aunque hayamos nacido en una mesa de parto de la Maternidad Concepción Palacios o en el Hospital Universitario, no le debemos nada al liceo Fermín Toro o a la Universidad Central de Venezuela, ¿Qué coño me dices? Lo mío me lo gané yo solo, a pulso, ¡Carajo!, contra viento y marea. ¿Qué te pasa?

Cuando le empezamos a deber algo a una institución, sea pública o privada, o a una persona particular, sea un mentor o un maestro, empezamos a vernos en nuestra precariedad, en nuestra propia fragilidad. Y perdemos el brillo de los héroes.

No importa lo que hayamos conseguido, no importa si es mucho o poco, lo que realmente importa es que en post del éxito tuvimos que escalar la montaña más alta, aunque nunca será tan logrado como Mi delirio sobre el Chimborazo.

Todos los políticos venezolanos, en mayor o menor medida, han construido sus liderazgos sobre una causa que los engrandece. Lo importante es venir de abajo, ser hijo de dos maestros de escuela —aunque los docentes y los empleados bancarios sean la quintaescencia de la clase media baja—, lo importante no es haberse recibido con el grado de subteniente de la Academia Militar sino de haberse formado en La Casa de los Sueños Azules, como la llamó Hugo Chávez, lo importante no es haber dado un golpe de Estado sino parir el Día de la Dignidad Nacional. Entonces, tenemos una causa y una épica para embaucar a los taciturnos, a los ingenuos que pululan en las ciudades de Venezuela.

No creo en los políticos que construyen sus liderazgos sobre los cimientos de una causa y una épica. América Latina está llena de ellos. Pero ese expediente, manoseado y más viejo que el polvo, sigue dando réditos. La figura más descollante podría ser el Che Guevara, que no gobernó, pero se convirtió en un mito. En ese pozo de mentiras y falsedades han abrevado todos los políticos latinoamericanos, porque ahí radica la pulsión psicológica del populismo.

¿No es hora de que un político se empeñe en hacer un buen gobierno? Un hombre o una mujer que marque un punto de inflexión que haga la diferencia y conduzca al país por un camino que no sea está pendiente de destrucción que sólo nos ha llevado al abismo.

Un político que haga su puto trabajo.

Una cruda realidad

 

El negocio entre Donald Trump y Delcy Rodríguez va viento en popa. La efímera guerra de 48 minutos y el botín que se llevó el ganador: 65.000 millones de barriles de petróleo son una ganancia extraordinaria. Por su parte, la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez se asegura el control político del país, la continuidad en el gobierno y la supervivencia intacta de la estructura represiva que la mantiene en el poder. En toda regla es una relación win-win.

Por los vientos que soplan, Rodríguez tiene todas las ventajas para completar el mandato espurio de Nicolás Maduro. Habrá elecciones, como ella lo dijo en Naciones Unidas, y no me extrañaría que se realicen en 2030, tal como lo asomó el negociador del gobierno y presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez.

El escenario es realmente adverso para María Corina Machado. Tomó un riesgo muy elevado al autoexcluirse de las conversaciones que promovió el jefe del Departamento de Estado del gobierno estadounidense, Marco Rubio. Ahora denuncia que la Casa Blanca la excluyó de las conversaciones, pero el comunicado que suscribió con el señor González Urrutia la desmiente. Lo apostó todo y perdió. En política, como en la vida, se hace lo que se puede y esa instancia —las conversaciones entre los integrantes de la Asamblea Nacional electa en 2015 y el gobierno que preside Rodríguez— era y sigue siendo la única vía para participar y hacer política en Venezuela. La decisión que tomó Machado tiene un costo político y está a la vista.  

Las coincidencias entre el gobierno de Donald Trump y el de Delcy Rodríguez van más allá del diálogo. No se trata de designar a los nuevos magistrados en el TSJ y a nuevo Consejo Nacional Electoral solamente. Lo fundamental es limpiar la administración de justicia para garantizar la seguridad jurídica que dé garantías a los inversionistas que han mostrado interés en la rebatiña de los campos petroleros. Tanto Trump como Rodríguez quieren ver este asunto resuelto a la brevedad. El business trae el dinero y el dinero compra voluntades y electores. El tiempo lo controla Rodríguez. Es un hecho. En una encuesta de Bloomberg, ella cuenta con un índice de favorabilidad del 19 por ciento. Sigue subiendo en las encuestas y está en campaña. Mientras tanto, María Corina Machado ya hizo maletas, pero aún no sabemos si es la Casa Blanca o Miraflores la que impide su regreso al país. 

El daño antropológico

 

Lo único que no ha cambiado es la guachafita, con toda su teatralidad, con sus personajes que luchan por subirse a la tarima y conseguir 15 minutos de fama, con la famosa frase que acuñó el filósofo Emilio Lovera: Se parece todo igualito, con la simulación permanente y el juego de la silla al que son tan dados los apparátchik del chavismo (hoy ocupan el sillón de ministro y mañana el de asesores en cualquier vaina).

Toda esta plasticidad de una sociedad de boligoma, se vende como un ejemplo de resiliencia, como una trama de autoayuda, cuando en realidad es puro afán acomodaticio. Ojalá fuera el Gatopardo, pero hay ahí un gen italiano, una elaboración sofisticada y hasta de buen gusto. Aquí lo que hay es el camisón de Petra. Todo es desmadre caribeño.

Pasamos de un sistema democrático a una dictadura con ínfulas comunista y de ahí a una tribu o un clan, controlado por un gobierno extranjero. Todo esto sin que nos quede nada por dentro. Viendo —y de alguna manera envidiando—, a los expertos cazadores de renta que ayer se lucraron con la economía de bodegones y hoy se lucran con la economía de los restaurantes. Explotación petrolera y minera para construir Recadi o Cadivi o mesas de dinero. En un país petrolero siempre habrá un margen para vivir sin trabajar, en donde un empresario ya no tiene que disimular montando un galpón y hacer el numerito que incorpora partes para obtener un producto final. Eso era pura simulación disfrazada con tintes políticos e ideológicos, propios de lo que se dio en llamar la sustitución de importaciones. Actualmente, un empresario exitoso sólo necesita tener un celular y en su lista de contactos a las personas adecuadas para que corone en los negocios. No sé por qué carajos me llega a la cabeza el nombre de Alejandro Betancourt.  

Por esa razón los venezolanos no censuran la corrupción, no la castigan con el ostracismo social. Muy por el contrario. Van a la fiesta de los enchufados, a beber whisky 12 años y a disfrutar de las atracciones para los más pequeños.

A comienzos de los años 90, ya los síntomas de este daño antropológico eran visibles. Entonces, llegó Hugo Chávez, con su logia de militares felones, con su padrinazgo castrista, a vendernos el mar de la felicidad como desiderátum de nuestra segunda independencia. Todo era, como se demostró el 3 de enero, en la famosa guerra de los 48 minutos, muy flojo, muy de gelatina. Más fácil que atravesar una columna de humo con un puñal en la mano. Y el presidente Trump lo sabía.

Seguimos simulando negociaciones que nunca serán parte de una transición democrática.

Reacciones a flor de piel

 

Todo es tan predecible, tan falta de imaginación, que a estas alturas, sólo provoca un hastío, un cansancio enorme. Animados, quizás, por el dicho popular que reza: haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago, el chavismo se ha visto envuelto en las contradicciones más flagrantes.

En cada visita que la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez realiza a un barrio, se viste para la ocasión y apela a la palabrería del discurso chavista: el fortalecimiento de los consejos comunales, el desarrollo desde abajo, las nuevas formas de producción. Eso en la mañana. En la tarde se apersona en la sede de Fedecámaras anuncia nuevos mecanismos para la producción privada, traza las líneas de una economía de mercado y libera las tensiones, el estrés que se acumularon durante el gobierno del señor Nicolás Maduro. ¿En qué quedamos? ¿Seguimos en el Socialismo del Siglo XXI o nos casamos con el capitalismo? O oír hablar al señor Félix Plascencia de multilateralismo y diversidad ideológica y política cuando Venezuela está forzosamente alineada a los intereses y designios de los Estados Unidos.

La delegación del PSUV —conformada entre otros asistentes por los diputados Tania Díaz y Jesús Farías—, viaja a México para participar en XXX Seminario Internacional Los Partidos y una Nueva Sociedad y arman un zafarrancho porque el expresidente de Colombia dice una verdad del tamaño de una catedral. Petro le da la razón al presidente estadounidense cuando este dice —y lo repite cada vez que se le antoja— que su gobierno se quedó con el botín —65.000 millones de barriles de petróleo— luego de la efímera guerra de 48 minutos que se libró en Venezuela el pasado 3 de enero. El pueblo venezolano no defendió su petróleo, no es una ofensa, pero sí una provocación. Lo que teníamos que defender los venezolanos era la soberanía nacional. No el petróleo que, como dice el propio Petro, es el principal agente de los combustibles fósiles que amenazan las distintas formas de vida en el planeta.

La diputada Tanía Díaz le espetó a Petro el haber guardado silencio a sabiendas de que tenía pleno conocimiento de la operación militar que las fuerzas estadounidenses ejecutaron el pasado 3 de enero. A cierta edad, la ingenuidad se paga muy caro. Pero los señores de la izquierda, en esta favela de Occidente que es América Latina, daban por seguro que no habría intervención militar en Venezuela. A pesar de la concentración de fuerzas en las bases estadounidenses de Puerto Rico y en las propias aguas del mar Caribe. Se había creado una dinámica, una inercia, que era imposible de detener. Al señor Farías le quedó muy grande la impostura de exigirle dignidad a Petro cuando esta fue dada de baja o desaparecida en acción el pasado 3 de enero. Va a costar sangre, sudor y lágrimas recuperar la soberanía perdida. No creo que las personas que metieron a Venezuela en esta lamentable y vergonzosa situación sean las idóneas para enfrentar ese desafío.  

Son palabras que alimentan el miedo.

Tu país está feliz

 

La hoja de servicios de William Castillo, “viceministro de políticas antibloqueo” es lo suficientemente abultada dentro de la estructura de poder del chavismo, como para afirmar que ha resultado un operador eficaz para alcanzar los objetivos políticos que se trazaron desde gobierno, especialmente en el sector comunicacional. Una herramienta, o más bien un arma muy valiosa, en medio de la famosa guerra hibrida y asimétrica que la izquierda convirtió en doctrina militar.

Castillo ve una oportunidad en el hecho de que hay 40 países, incluidos España, Australia y el Reino Unido, que han fijado normas y responsabilidades para las grandes corporaciones que controlan las redes sociales.

El mundo entero aceptó y les dio la bienvenida a las nuevas tecnologías, siguiendo el precepto de que lo nuevo siempre es mejor que lo viejo. Hizo caso omiso a las advertencias de los desarrolladores arrepentidos de Silicon Valley, del daño que las redes sociales han causado entre los jóvenes y los niños, pero lo cierto es que las redes, así como la Inteligencia Artificial, llegaron para quedarse. Entonces, no queda más remedio que imponer regulaciones.

Pareciera que el gobierno de la presidenta encargada ¿? Delcy Rodríguez ha tomado cartas en el asunto, que se abre un nuevo debate para que Venezuela siga ocupando el lugar que le corresponde en el ámbito de las nuevas tecnologías de la información.

Por otra parte, Castillo admitió que se han cometidos fallas y excesos en la aplicación del ordenamiento jurídico. Hay que darle la razón al viceministro, se han cometido tantos excesos que el ecosistema de medios de Venezuela quedó pulverizado, que las únicas fuentes de información disponibles las controla el gobierno, con sus canales de televisión, emisoras de radio, prensa escrita y… redes sociales. Medios propagandísticos, que no informan, quizás porque ese no es su objetivo ni su misión. Pudieron construir un sistema de medios públicos como el de la BBC en el Reino Unido, pero optaron por el modelo cubano, donde el pensamiento único es moneda corriente. Y Castillo, en su paso por Conatel, fue uno de sus principales ejecutores.

No habrá tal reencuentro institucional, tal como lo desea Castillo. ¿Entre quienes? ¿Entre unos medios sometidos a una dieta de hambre y un gobierno todopoderoso? ¿Entre unos medios bloqueados, y aquí el cargo del viceministro Castillo es más que una ironía, y un gobierno empeñado en blanquear un aparato represivo intacto?

Suerte con ese nuevo desafío, señor Castillo. Téngase fe.

Un asunto pendiente

 

El caso de la exmagistrada del Tribunal Supremo de Justicia, Barbara Gabriela César Siero, es apenas la punta del iceberg de lo que tendremos que enfrentar cuando nos hagamos una pregunta: ¿Qué fue realmente lo que pasó en Venezuela?

Al hacer esta pregunta, no me anima el deseo de escribir un ensayo. Tampoco juzgar a la exmagistrada, ya tiene bastante con los improperios, las ofensas e insultos que le prodigaron los guerreros del teclado. Diría que su confesión es extemporánea, para utilizar un término jurídico. O más claramente, tarde piaste, pajarito.

Es cierto que para ser juez en Venezuela hay que tener valor. Para decidir conforme a derecho hay que lidiar con toda clase de presiones, particularmente las que derivan del poder y el dinero.

Al escuchar el testimonio de la exmagistrada César Siero, nos damos una idea de cómo se maneja la justicia bajo la dictadura de Nicolás Maduro. A esta señora le hicieron una oferta que no podía rechazar. Es lo más parecido a la extorsión.

César Siero firmó la sentencia que impidió la candidatura de María Corina Machado. Pero no sabemos quién redactó la sentencia, qué despacho de abogados se encargó de redactarla. Tampoco sabemos cómo funciona la arquitectura que le permitió al chavismo colonizar hasta el último resquicio del poder judicial. Es otro manual muy diferente al que conocimos en la IV República, entre otras cosas, porque el diseño sirvió para reforzar el autoritarismo del gobierno, cuyos rasgos apuntaban a crear un régimen totalitario, siguiendo el modelo del tutelaje que ha funcionado en La Habana por más de 60 años.

Algo lo que tenemos que tener claro los venezolanos es que el Estado cambió de naturaleza, de propósitos y de estructuras. El testimonio de la exmagistrada César Siero sería de gran utilidad para entender cuáles fueron los cambios que modificaron la justicia en Venezuela.

Sería un testigo de lujo si la exmagistrada en cuestión fuera citada para que ofreciera su testimonio ante la Comisión de Diálogo que se creó por iniciativa de la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez. César Siero podría arrojar una potente luz sobre el laberinto de la justicia venezolana. ¿Quién le pone el cascabel al gato, señora exdiputada Dinorah Farías? No le formulo la pregunta al señor Jorge Rodríguez porque obviamente él no tiene interés en averiguar lo que ya sabe.

Otro episodio de la simulación

 

El algoritmo de Google me envía los videos de Venezolana de Televisión, en los que periodistas de esa planta televisiva les hacen una pregunta a politólogos, economistas, gestores culturales para que hablen sobre el diálogo, la negociación y los acuerdos a los que estamos obligados los venezolanos luego de 27 años de desmanes y dictadura chavista.

Desde el pasado 3 de enero, y como parte del famoso “nuevo momento político”, decretado por la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez, el chavismo se ha empeñado en pasar página a la tragedia que ellos, únicamente ellos, le infringieron a la sociedad venezolana, a su institucionalidad política y económica y a su tejido social.

Ese afán de reconciliación fue inaugurado por la propia Delcy Rodríguez cuando dijo: Ya yo pedí perdón y estoy esperando que a mí me pidan perdón. Se trata de una frase que establece una equidistancia, una simetría, a partes iguales en la destrucción del país. No hay tal cosa, sobre todo cuando hubo señales de alerta, advertencias, llamados de atención, incluso ruegos como el que escenificó Franklin Virgüez, para que el presidente Hugo Chávez reflexionara, desistiera de sus políticas nefastas y sobre todo de su odio contumaz hacia todo lo que era o imaginaba parte de la llamada IV República.

Lo he dicho en un bar y ahora lo digo públicamente, yo estoy dispuesto a hacer las paces, a restablecer la conexión social, a reconciliarme, aunque esta palabra me parece pavosa, con los chavistas que no participaron activamente en la destrucción del país, con aquellos que no tomaron las decisiones que convirtieron a Venezuela en un país en ruinas, en un Estado fallido, con aquellos, cuya única responsabilidad fue haber creído y votado por el señor Hugo Chávez, quien los embaucó y los estafó, tal como hizo Fidel Castro con los cubanos.

Con estos llamados a la reconciliación de todos los venezolanos, con esta campaña publicitaria, con esta simulación, no vamos a ninguna parte. Sin justicia no hay sanación ni reparación posible. El daño es tan profundo, tan acendrado en nuestra conformación antropológica, que cualquier enmienda, cualquier acto de justicia, será insuficiente, pero al menos será sincero y honesto. No son los culpables los que pueden invocar inocencia. No son los victimarios los que tienen que resarcir a las víctimas. Esto no se arregla con unas cervezas y escuchando salsa. No, porque hubo crímenes de lesa humanidad, violaciones masivas a los Derechos Humanos, destrucción espiritual y material, desmantelamiento de la economía, y cargas de demolición que acabaron con la democracia. Señores del chavismo jamás los escucharé decir estas palabras: Comisión de la Verdad. Entonces, ¿Por qué no dan un paso al costado?

Venezuela necesita una transición real a la democracia, con justicia transicional, con apego a la ley, al orden constitucional y al derecho internacional. Lo necesitamos para que podamos tener un gobierno realmente legítimo que, además, enfrente el desafío de recuperar nuestra soberanía.

Pero este es el país del disimulo, como lo bautizó Cabrujas. A ver si despertamos, abrimos los ojos y miramos nuestra propia miseria.

Tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron

 

Los gobiernos de izquierda en los 20 países de América Latina tocan a su fin. El último bastión importante, Brasil, es muy probable que caiga en la segunda vuelta electoral que tendrá lugar el próximo 25 de octubre. El paso por el poder de la izquierda ha resultado una experiencia muy decepcionante. En materia económica, no hubo cambios estructurales. Como siempre, el gigantismo estatal a costillas de la sociedad en general. No se ensayaron políticas de innovación para insertar a la región en las tendencias que están marcando los cambios en el mundo. Estos desafíos siguen inalterables. América Latina ha demostrado una tozudez política increíble.

La izquierda apostó al caballo perdedor, a sabiendas de lo que estaba haciendo. Se refugió en lo de siempre: populismo, estatismo, intervencionismo económico y el remake de la polarización como herramienta política. Le siguieron los pasos a Chávez, aunque no llegaron al desfiladero, no se lanzaron al vacío, porque no tenían las pulsiones suicidas del militar venezolano o, incluso, las de Fidel Castro.

Algo asombroso y escalofriante a la vez es la incapacidad que la izquierda latinoamericana ha demostrado en el manejo de la economía. No entienden como funciona. Repiten las mismas políticas fracasadas. Reparten una riqueza inexistente. Y se miran en el reflejo del espejo que su propia incapacidad produce: la imagen del resentimiento, del revanchismo y la envidia. Esa política siempre ha sido redituable en las urnas.

El balance en la derecha no es diferente. Para nada, esto es una competencia entre incompetentes. Desde los tiempos del Consenso de Washington, la primera acción global de los Estados Unidos para alinear al hemisferio Occidental bajo su guía y sus intereses, a los gobernantes de América Latina les ha sobrado gente. Salinas de Gortari la aplicó en México con un gran despliegue mediático y Carlos Monsivais vino a echar un balde de agua fría. A Salinas le sobran como 80 millones de mexicanos. En Venezuela, Pompeyo Márquez le dio la bienvenida al Gran Viraje con estas palabras: ¿Y la gente? ¿Dónde queda la gente?

El gobierno de Donald Trump llegó con una segunda ola para alinear al continente, la versión 2.0 de la doctrina Monroe, centrada en la seguridad, la inmigración y la lucha contra las drogas. Mega cárceles, ejecuciones extrajudiciales, deportaciones exprés, amenazas, extorsiones. De todo un poco. Y más.

A quien pregunte por la suerte de los espalda mojada, por los Derechos Humanos y el Derecho Internacional, la respuesta es una sola: ¡¡¡Fuck you!!!

Subirse al tren sin tener idea de adónde vamos

 

Venezuela enfrenta un desafío existencial, pero la opción que hemos tomado es mirar para otro lado o, sencillamente, aceptar el vasallaje que nos ha impuesto el gobierno de los Estados Unidos. Hemos aceptado un destino ominoso sin elevar una voz de protesta. Por el contrario, nos sentimos agradecidos —felices y contentos, para ser más precisos— por la espectacular “extracción” del señor Nicolás Maduro y la señora Cilia Flores, que hicieran el pasado 3 de enero las fuerzas de élite del ejército estadounidense.

Renunciamos a casi un siglo de reivindicaciones sobre el petróleo —y ahora sobre las riquezas minerales del país—, el petróleo fue el pilar de nuestra historia política a lo largo del siglo XX. A partir de la muerte de Juan Vicente Gómez, en 1936, decidimos nuestro destino. Nos costó sangre, sudor y lágrimas inaugurar el camino democrático que comenzó con el levantamiento popular del 23 de enero de 1958.

Casi 70 años después, renunciamos a nuestra soberanía con el peregrino argumento de que el mundo ha cambiado, de que ya la habíamos perdido frente a las dictaduras y autocracias que gobiernan en Cuba, Rusia, China e Irán.

Me niego a creer que todas las luchas que libramos contra el militarismo, el hiperliderazgo y las frivolidades del señor Hugo Chávez, tenían que desembocar, forzosamente, en la guerra de 48 minutos que nos alineó con los intereses de Estados Unidos, sin preservar un mínimo de independencia y autonomía, sin obtener nada a cambio. Somos el botín o el despojo, o como se traduzca esa maldita palabra en idioma inglés, que a cada rato nos enrostra en la cara el inquilino de la Casa Blanca.

Somos menos que la cola de ratón del gobierno estadounidense. De un presidente que ha humillado a sus principales socios en todo el mundo. Un mandamás que se da un apretón de manos con los dictadores más sanguinarios del planeta, con el nostálgico del imperio soviético, el señor Vladimir Putin, y el heredero de la monarquía comunista de Corea del Norte, el señor Kim Jon-un.

Trump ha dado pruebas fehacientes de que odia el orden internacional, el orden mundial, que los propios Estados Unidos diseñaron y pusieron en marcha después de su victoria en la Segunda Guerra Mundial. Su diplomacia es una variante de los negocios. Quiere desmontar, ladrillo a ladrillo, a la Corte Penal Internacional, de la cual Estados Unidos no es país signatario. Se aventuró en la guerra contra Irán, sin conseguir ninguno de sus objetivos políticos, que no sean los de satisfacer las demandas del gobierno criminal de Israel. Pero lo único que hizo fue colmar el ego desmesurado del señor Netanyahu.

Todo lo que a Trump le huela a multilateralismo es un estorbo, un fastidio para los Estados Unidos. La Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la Convención de Paris sobre el Cambio Climático, la Organización Mundial del Comercio, los BRICS, el bloque de potencias intermedias que amenazan al dólar como moneda de reserva.

A los desplantes del señor Trump, tenemos que agregar las humillaciones de los antiguos compinches de Hugo Chávez. La opinión descarada de un funcionario ruso que sacó cuentas. El numerito que vimos el 3 de enero en Caracas, no lo vamos a ver ni en Teherán ni en La Habana. Muchos no se creen el cuento de la soberanía. Pero les aseguro que no se trata, para nada, de cuento chino.  

Los perros ladran, pero la caravana continua

 

En una larga y profunda encuesta realizada por el IRI (Instituto Republicano Internacional), una ONG estadounidense que se declara independiente, aunque tradicionalmente se la asocia al Partido Republicano que lidera el presidente Donald Trump, hay un segmento de preguntas que exploran la fractura que la política ha provocado en las familias venezolanas.

El estudio se realizó en el mes de junio. Abarca distintos campos: economía, política, relaciones internacionales, percepción de los liderazgos, entre otros.

Me quiero detener en un tema social que considero importante. En los resultados de la encuesta se señala que el 41 por ciento de los venezolanos cree que la reconciliación es necesaria entre las familias que han resultado divididas por la política. Además, el grado de reconciliación que se necesita para las familias divididas suma entre mucha y un poco el 61 por ciento. El 25 por ciento de los venezolanos piensa que la reconciliación es posible si se produce un cambio de gobierno. El 66 por ciento (mucho + un poco) cree que el asunto de la reconciliación será un tema de importancia en el futuro de Venezuela. No es una novedad del todo. Y lo digo, porque a la polarización política que se venía gestando en Venezuela desde los años 80, el presidente Chávez se encargó de aumentarla a niveles nunca vistos en el país. Su programa Aló, Presidente fue lo más parecido a un acelerante en un incendio apenas contenido. Lo hizo muy consciente y de forma deliberada. Convivir con un familiar directo que piense distinto es, literalmente, dormir con el enemigo. Y eso fue lo que pasó en Venezuela. La confianza es algo que se construye a lo largo de la vida, pero se pierde en un instante, luego de una ofensa o un comentario destemplado. La solución, que no es tal, lleva a un pacto en el que no se habla de política. Cada quien se reafirma en sus convicciones, en su forma de entender y padecer la política. Todos estamos en modo alerta y particularmente desconfiados. Es una sensación térmica más que el registro de la temperatura. A Hugo Chávez le debemos la instalación en el país de la cultura del odio y del resentimiento. Se lo debemos porque regresó a las raíces de un país dividido, traumatizado por las dictaduras, por la violencia social y política, por un autoritarismo ramplón, por el ejercicio continuo de la estupidez humana, que tiene en el mal a su hermanita menor. Chávez nos regresó al siglo XIX.

No tengo ni puta idea de cómo se va a resolver este conflicto que divide a las familias venezolanas. Obviamente, no será con una campaña publicitaria como la que lleva adelante Venezolana de Televisión con el lema Venezuela Renace. Se trata de un mal chiste.

Los resultados de la encuesta ponen a prueba la coherencia con que los venezolanos entienden y miran la política. El 40 por ciento de la muestra se encuentra satisfecho con los cambios que se perciben en el país a raíz de la intervención militar de los Estados Unidos el pasado 3 de enero. Pero el 50 por ciento considera que el país va por mal camino. Quizás influya el optimismo in pectore que siempre nos ha caracterizado. El 61 por ciento de los encuestados espera (entre mucho + un poco) que, en el plazo de un año, la situación económica mejore. Y es aquí donde encuentro el punto de ruptura: el 57 por ciento piensa que la generación actual de jóvenes no tiene un buen futuro.  ¿En qué quedamos, señores?

El panorama para el chavismo es bastante oscuro. El 69 por ciento de la gente cree que los efectos del chavismo son muy negativos y algo negativos 11 por ciento. En esta opinión se agrupa el 80 por ciento de los venezolanos.

El 45 por ciento de los participantes en la encuesta quieren que se realicen elecciones presidenciales lo antes posible.

Entre los líderes en los que confían más los venezolanos los resultados son los siguientes: María Corina Machado, 26 por ciento; Edmundo González Urrutia, con el 6 por ciento, Nicolás Maduro, 5 por ciento; Delcy Rodríguez, 2 por ciento.

El presidente Trump le dijo a la revista Time que en Venezuela habrá elecciones, pero que la situación está demasiado verde. ¿De qué color la verá Delcy Rodríguez?

Un guion para Los Supersónicos.

 

Tienes que tener una computadora inteligente en el bolsillo, no te digo un teléfono inteligente, porque ese dispositivo será, en cuestión de dos o tres años, un aparato vintage. De hecho, Elon Musk, uno de los grandes depredadores, a la cabeza de la cadena alimentaria, ya le puso fecha de caducidad. Me imagino que será un portátil del tamaño de una píldora anticonceptiva.

Para entonces, mi cerebro será un accesorio que, por vía inalámbrica se conectará con ese dispositivo. Algo así como la pantalla de la computadora, en la que podré leer las instrucciones que me dicte la Inteligencia Artificial, renombrada como Super Intelligence (SI), por el presidente de los Estados Unidos. El horizonte se antoja promisorio y las oportunidades infinitas.

La humanidad va a prescindir de esa función cerebral que es el pensamiento y el lenguaje. Ni siquiera necesitaremos un vocabulario restringido como el del expresidente George W. Bush, cuyas expresiones le dieron la vuelta al mundo y se conocieron como bushismos.

El único esfuerzo que tendremos que hacer es formular bien las preguntas. De lo demás se encargarán los algoritmos. Dispondremos entonces de una fabulosa herramienta para resolver la interminable crisis política venezolana. Esperemos entonces a que llegue ese momento. A fin de cuentas, ya tenemos en esto 30 años. ¿Qué son dos o tres añitos más? Podremos participar todos los venezolanos. Incluso, los que se proclaman orgullosamente analógicos. Al final de estas líneas hay una propuesta para aquellos conciudadanos que están desfasados por razones de edad o cualquier otra índole.

Mi lista de preguntas.

1.  ¿Cómo se llega a una transición democrática? 

2. ¿Cuál sería el contexto —esto es fundamental—para un país como Venezuela?

3.  ¿Qué cosas tienen que anteponer los negociadores para avanzar hacia ese proceso de transición?

4.  ¿Es necesario diseñar y crear un dispositivo como la Justicia Transicional o sólo basta con aplicar la legislación vigente?

5.  ¿Qué factores pueden incidir positivamente en la ruta que nos conduzca a una democracia plena? (Aclaratoria: no preguntaré sobre los factores negativos, por la sencilla razón de que no es necesario). ¿En cuántos días llegaremos a tener una democracia plena?

EPA, con el apoyo de Cachea, sería una buena opción para vender cerebros compatibles con la SI.

Manos a la obra, diría CAP

Nota: cito a Los Supersónicos, porque era la comiquita que transmitía un canal de TV cuando yo era un niño.

El reino de la censura

 

David Jiménez García es uno de los pocos directores que ha escrito sobre su experiencia con el poder durante los años en que dirigió el diario El Mundo de Madrid. Prendió el ventilador y no quedó títere sin cabeza. Pero le faltó un pequeño detalle, contar el episodio en el que le tuvo que decir que sí a alguien.

Subrayo en itálicas esta frase, porque ese alguien puede que no tenga un rostro definido, una cédula de identidad, o que sea de una localidad de todos conocida. No, como lo diría un comunista. Aquí nadie es inocente.

He dado algunas pistas, pero no sé si me van siguiendo. Y aquí viene la pregunta: ¿Quién carajos es ese alguien? Puede ser una persona, una institución pública o privada, un amigo que a su vez tiene un conocido, el que hace la llamada para que te pongas al teléfono. ¿Cuál sería el patrón en esta enumeración? Uno sólo. El PODER. De eso se trata del ejercicio del poder.

García Márquez dijo que el periodismo es el mejor oficio del mundo. No estaría tan seguro de que esa afirmación sea cierta o verídica. Él mismo tuvo que soportar la censura. Se vio obligado, incluso, a tomar la opción del exilio por presiones del poder. La censura, en general, es la cloaca del poder o el baño de tu casa. Sí, el lugar donde haces tus necesidades. El lugar donde te autocensuras. Sin embargo, diría que después de la cocina, el baño es el lugar más interesante de un hogar. Mucho más inquietante y lleno de sorpresas, la mayoría desagradables.

La censura está llena de sutilezas, pero es un arma muy poderosa del poder. Puede ser vulgar, cuando se aplica de forma descarada y sin tacto. Es lo que ocurre en las dictaduras, en los países donde se suspenden las garantías constitucionales y se tachan las noticias de primera página en los periódicos. El poder, sin su mejor compañero, el miedo, no es poder. Su tarjeta de presentación es la amenaza, el chantaje, la extorsión.

La censura y su hermanita menor, la autocensura, es todo un ecosistema, estructurado y diseñado, para inhibirse a la hora de hacer preguntas incómodas, o de practicar el escrutinio y la auditoria pública.

El señor Hugo Chávez creó ese ecosistema: la Venezuela bonita donde vivimos todos. Retiró pautas publicitarias para enderezar líneas editoriales que se habían torcido, liquidó plantas televisivas y emisoras de radio, con el argumento peregrino de que habían cesado las concesiones que otorgaba el Estado, porque Chávez era Yo, el Supremo, el personaje de Roa Bastos, y cuando una periodista de televisión le hizo una pregunta incómoda, trató de humillarla. Ella soportó estoica, porque en ciertas derrotas hay más dignidad que en ciertas victorias.

El poder se desgasta y pierde eficacia. No escapa a la ley de los rendimientos decrecientes. Hugo Chávez dejó el poder y la vida y llegó Nicolás Maduro. Se agregó un nuevo factor, pero los demás permanecieron inalterables. Sí, la disminución del ingreso marginal. Que, en este caso, no es otra cosa que pérdida de poder. El chavismo se degradó hasta mutar en una dictadura feroz y en el fatídico año 2017, se promulgó la llamada ley del Odio, impulsada por Jorge Rodríguez.

Es una ley escrita sobre papel toilet, propia de la cloaca del poder. Dice la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez que fue mal aplicada. Todo lo contrario, se aplicó de forma cruel y despiadada para encarcelar opositores y a quienes piensan diferente. Todo un monumento a la censura.

Una verdad de Perogrullo

 

¿Por qué necesitamos un gobierno electo en las urnas y legítimo? En cualquier país democrático, esta pregunta despertaría una reacción fría e indiferente, pero en Venezuela es un asunto existencial. Lo necesitamos, entre otras cosas, porque el chavismo, desde el primer día en que Hugo Chávez tomó posesión de su cargo, se propuso —y lo consiguió— destruir la democracia venezolana para imponer su proyecto político: una dictadura comunista, al estilo cubano, patrocinada desde La Habana.

Eso no se vio al principio, porque el mago manejaba las cuerdas de las marionetas con destreza, hubo además complicidad de las élites, de las llamadas fuerzas vivas, los anillos de la sociedad conformados por grupos de interés —sindicatos, asociaciones gremiales, empresarios, intelectuales—. En 1998 se despertó un movimiento popular, lleno de entusiasmo, decididamente inclinado al cambio político, cautivado por el carisma del mago.

Progresivamente, se fue fraguando el proyecto político de Hugo Chávez, marcado por el personalismo y, particularmente, por el militarismo. El Estado se convirtió en un coto privado de caza del llamado estamento militar. No sólo para ejercer y apoderarse de la función pública, sino para dar rienda suelta a una corrupción nunca vista en nuestra historia.

El proyecto político de Chávez devino, por convicción política, pero también por inercia, en una dictadura recubierta por una lámina de polietileno transparente, por una legalidad que no es tal y por una institucionalidad diseñada para satisfacer las apetencias y las frivolidades del ex presidente Chávez.

Todo eso fue posible gracias a la concentración de poder y al hiperliderazgo de Chávez. Nada de su proyecto político podía sobrevivir a su muerte. Y así ocurrió después del año 2013. Maduro se convirtió en un dictador y después en un tirano.

Ante todos los venezolanos quedó expuesto el país en ruinas, un Estado fallido y una institucionalidad inoperante. Por esta razón necesitamos un gobierno electo en las urnas, provisto de legitimidad. Desde los Estados Unidos, sede del gran decisor, se ha dicho que no estamos preparados para unas elecciones. Esa es una verdad a medias. Se cita para ganar tiempo y consolidar su dominio sobre Venezuela, para garantizar sus intereses. Para hacer negocios.

Pero eso es lo que hay. No hay otro escenario político. Y lo que hemos visto, concluida la segunda ronda de conversaciones entre los representantes del gobierno y la fracción opositora que encabeza la exdiputada Dinorah Figuera, es un avance con cuenta gotas. Unas demandas no satisfechas del todo. Unas iniciativas que se parecen demasiado al inmovilismo político en que hemos vivido desde el año 2013, con sus estallidos de civilidad contenida en las calles, con sus gritos ensordecedores de libertad y democracia. Pero todo es a medias, como la reforma parcial de la Ley Constitucional Contra el Odio, por la convivencia pacífica y la tolerancia (sic). En adelante, seguirá siendo un instrumento para limitar, la libertad de expresión y prolongar la autocensura. No nos engañemos. Seguirá siendo una ley anticonstitucional. ¿Por qué no la derogan?  

Nadie puede asegurar que el diálogo que se ha abierto culmine en una transición real a la democracia. Los escenarios son muy variados. El chavismo, experto en empastelar las cosas, quiere alargar el proceso para que se realicen elecciones en 2030, dando por hecho que la elección del pasado 28 de julio la ganó legítimamente el señor Nicolás Maduro. Tiempo necesitan los Estados Unidos. Tiempo necesita el chavismo. Y es por esa razón que necesitamos un gobierno electo en las urnas, provisto de legitimidad.

  

Yo simulo, tú simulas

 Lo lamento por la señora Dinorah Figuera, pero las conversaciones que su equipo ha sostenido con el que lidera el representante del gobierno, el diputado Jorge Rodríguez, no es otra cosa que la misma interpretación de una melodía que ya conocemos. Muy lenta, aunque quizás más afinada. Todos los temas que se discuten en esa mesa, sobre los cuales se anuncian acuerdos, se ejecutan a medias. Se liberan a presos políticos, pero no a los que siguen siendo personas de interés para el chavismo; se levanta el cepo a portales informativos, pero no a los que buscan la verdad, algo muy distinto a informar y, finalmente, se habla de elecciones, en un orden que sigue lo establecido en la Constitución, con el pequeño detalle que esa misma Constitución fue violentada por la cúpula gobernante. Al parecer, habrá elecciones presidenciales en 2030. Delcy Rodríguez, la presidenta encargada ¿?, completará el mandato de Nicolás Maduro, como si su ausencia fuese un episodio fortuito y no la “extracción” que hicieron las fuerzas militares de Estados Unidos. El chavismo ha comprado tiempo. ¿No es esto lo que ha hecho cada vez que se sienta en la mesa a conversar?

Hay que darle crédito a José Ignacio Cabrujas cuando habló del Estado del Disimulo. Tenemos una ficción institucional, actualmente reforzada por el tutor, que se ha garantizado sus intereses, que no son, precisamente, los intereses de los venezolanos.

Un capítulo aparte es el caso de María Corina Machado. No ha podido regresar al país y cuando le preguntan a Jorge Rodríguez si el gobierno lo impide, dice como un comediante. No, por Dios. ¿Quién se lo impide? ¿El tutor Marco Rubio? Porque la señora Machado tiene las maletas hechas, pero no se puede subir al avión.

Esta misma semana he intercambiado mensajes de voz con una periodista colombiana que ha seguido de cerca lo que ocurre en Venezuela. Me dice que va conduciendo y en la radio ponen una ranchera mexicana, a todos diles que sí, pero no les digas cuando. Y esto, dicen los locutores de la emisora, es lo que ha hecho Delcy Rodríguez. Mejor imposible.

Desde hace mucho tiempo he sostenido que la transición venezolana iba a ser la más vergonzosa de toda América Latina. A los hechos me remito, han transcurrido ocho meses desde el nefasto 3 de enero, y la criatura que ha visto la luz después del parto es un pequeño Frankenstein que mezcla lo peor de la política y frustra las expectativas de los venezolanos. Por cierto, ¿Quién se anima a defender la soberanía de Venezuela?  

El regreso del monje

 

Me llega al wasap un anunció del Centro de Estudios para el Desarrollo Social y Humano, tanque de pensamiento que preside el sociólogo y profesor universitario, Elías Jaua, quien además fue vicepresidente de la república en el gobierno del expresidente Hugo Chávez.

El aviso en cuestión promociona un seminario presencial/en línea titulado: “VENEZUELA POST PETROLERA HACIA UNA TRANSICIÓN SOCIALISTA BOLIVARIANA Y LA DIALECTICA PLANIFICADORA”, a cargo del maestro Jorge Giordani. Una mezcla de sorpresa y alarma se activa de inmediato. Escribo una respuesta. ¿Es en serio? Pero no recibo respuesta. Navego entonces por Internet y me encuentro con la página web del Cedes, cuya sede física está ubicada en la urbanización La Florida.

Ah, estos muchachos no aprenden. Son parte de esa izquierda megatherium que, como diría Petkoff, ni perdona ni olvida. Siempre me ha llamado la atención que, al mayor de estos muchachos, Carlitos Marx, sus seguidores lo hayan convertido en una especie de Jesucristo. Su obra en numerosos dogmas y El Capital en una suerte de Biblia.

Por estas razones, estos muchachos no van a cambiar de opinión nunca. Y el título del seminario es una prueba de ello. A pesar de las evidencias que arroja la historia: totalitarismo, crímenes de lesa humanidad, sometimiento del individuo, pensamiento único, control absoluto de la vida pública y privada, control de la política y de la economía, se insiste, se persevera, con la fe de los creyentes.

Por eso hay que insistir, a pesar del fracaso estruendoso del proyecto bolivariano, del cual tanto Jaua como Giordani formaron parte.

Se reivindica a la Cuba castrista, a la Venezuela de Hugo Chávez, al presidente mártir, Salvador Allende, y las consignas de Lenin, “a desechar las ilusiones y prepararse para el combate”. No hay remedio para esto, no hay cordón sanitario que lo impida. Es parte de la naturaleza, del embrujo y de la creencia absoluta en la salvación, algo que no existe. Al igual que en la religión, el marxismo se ha inventado unos problemas que no existirían, si no existiera el marxismo. Lo peor es cuando la religión (y el marxismo es una de ellas) se convierte en ideología. Entonces, aparecen personajes como Mao Zedong, Pol Pot, Abimael Guzmán, Fidel Castro, criminales que ordenan asesinatos para purificar al ser humano.

El socialismo es miseria. No hay otra forma de definirlo. Lo ensayaron en Rusia, en China, en Vietnam, en Cuba, en toda Europa del este. Detengámonos en el ejemplo de Vietnam. Después de la desastrosa intervención de los Estados Unidos en ese país, la economía cayó en bancarrota. Es cierto que la guerra hizo lo suyo. Pero lo que vino a profundizar la crisis fue la cartilla del socialismo. En 1976, luego de la unificación de Vietnam, la dictadura comunista aplicó el famoso plan de la economía centralizada. El crecimiento del PIB fue del 11 por ciento, por un efecto rebote que se desvaneció casi de inmediato, debido a la colectivización del campo; el ingreso per cápita fue de 150 dólares por habitante (el mismo que había al finalizar la guerra), la inflación fue del 128 por ciento, debido a la escasez y al control de precios. Esto es como una ranchera mexicana, me hace llorar.   

Y tienen sus seguidores, sus aspirantes a brujos y a asesinos.

Apuesto a que el señor Giordani asistirá al seminario con su cachucha leninista. No faltaba más.

El mundo chic

 

Al margen del momento de oscuridad que se vive en el mundo entero, tenemos la cobertura que los medios han hecho de la comparecencia de la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez. Desde el momento en que se baja de la camioneta que la traslada a la sede de las (cada vez más intrascendentes) Naciones Unidas hasta el saludo cheek to cheek con el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.

Rodríguez, más que presidenta en funciones, parece una influencer, en cada una de sus audiencias hubo cambio de look, quizás con la intención de opacar a la primera ministra de Italia, Georgia Meloni. Apoyada, además, en su ministro de comunicaciones, el histriónico Miguel Ángel Pérez Pirela. La cuenta de IG rebosante de entusiasmo, porque la voz de Venezuela se escuchó en todo el mundo, con su mensaje de paz, y multilateralismo, una mención discordante con su mandante y tutor, Marco Rubio, eso sí, sin llegar a hacerle el feo a Donald Trump.

Como si se tratara de una visita al principado de Mónaco, la presidenta en funciones se reunió con representantes del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, visitas cuyo propósito es abrir las puertas de las instituciones de crédito a Venezuela, valga decir el regreso por todo lo alto a Wall Street, donde nos espera el lobo de Wall Street.

En estos momentos las firmas contables de los amigos de Trump sacan cuentas para cuantificar la abultada deuda de Venezuela, cuyo monto asciende a 240.000 millones de dólares, lo que representan más del 240 por ciento del Producto Interno Bruto; apenas por debajo de Japón, que es el país más endeudado del planeta (260 por ciento). ¿Pero qué me dices de nuestras fortalezas si las comparamos con las del Imperio del Sol Naciente? Empecemos por la primera: recuerda que lo mejor que tiene Venezuela es su gente.

Llegó la hora de pagar la pachanga que montó Hugo Chávez, desde el primer día en que tomó posesión de la Presidencia, el pasado 2 de febrero de 1999. Son 28 años de despilfarro, incompetencia y fantástica corrupción, algo que su hijo, el presidiario Nicolás Maduro, aderezó con crímenes de lesa humanidad, terrorismo de Estado y abierta dictadura.

La corrupción y desinversión en el sistema eléctrico hay que pagarla. Las tarifas inclusivas de los servicios públicos, que ni siquiera cubren los costos de operación, hay que pagarlas. En fin, el cascarón vacío en que el chavismo convirtió la infraestructura del país, hay que rehabilitarla y pagarla. Y se hará con el dinero prestado que llegará a Venezuela gracias a las gestiones de la señora presidenta, Delcy Rodríguez.

La defensa de Venezuela en la ONU la hizo el presidente de Brasil, al pedir que seamos los venezolanos los que decidamos nuestro propio destino. En cambio, el presidente Trump nos recordó que el botín —valga decir 65.000 millones de barriles de petróleo— es para el ganador de una guerra que apenas duró 48 minutos, la más corta desde la Edad de Piedra.

Un momento de compasión

 

Hace algún tiempo leí un libro de cuentos del autor alemán, Ferdinand von Schirach, titulado Crímenes. El relato en cuestión, al que me voy a referir hoy, se titula El etíope. No voy a recurrir a la IA para que me haga una sinopsis, simplemente apelaré a mi memoria. El relato narra la historia de un tipo que se gana la vida como guardaespaldas en una discoteca. Un día se ve envuelto en una reyerta, producto del microtráfico. Se produce una pelea y este tipo huye al aeropuerto, se sube a un avión pensando que aterrizará en cualquier otra ciudad alemana, pero el vuelo lo lleva a Adis Abeba, la capital de Etiopia. Se refugia en las montañas, conoce a una mujer, se enamora de ella, tiene dos hijos y construye un funicular para aumentar la productividad de los agricultores de café. Hasta aquí, parece un cuento de hadas. Pero ya sabemos que esos cuentos no existen.

Estimulado por su nueva vida, nuestro personaje acude a la embajada de Alemania para sacar un pasaporte. La persona que lo atiende le pide que espere un momento y al rato regresa con dos policías que lo detienen, lo extraditan a Alemania, donde enfrenta cargos y su vida cambia de rumbo y de sentido.

No los voy a fastidiar hablando de literatura y de la prosa de von Schirach. Simplemente, voy a recordar que a un venezolano que vivía en Estados Unidos, lo detuvo el ICE, ese cuerpo de la Gestapo estadounidense, lo subió a un avión y ese venezolano se bajó en una ciudad de Liberia, un país africano apadrinado por los Estados Unidos para que los esclavos traídos de África pudieran regresar al continente. En la reseña periodística de esta “extracción” —ojo, no confundir con la del 3 de enero—, el venezolano agradeció que al menos estaba en libertad.

Volvamos un momento al relato de von Schirach, “el etíope” enfrenta el juicio, lo condenan. Su abogado, que es el propio autor del relato, lo defiende, cuenta su historia y el mismo jurado que le impone la condena, reúne entre sus integrantes el dinero para que el reo vuelva a Etiopia con su familia. Se trata de una muestra de compasión y empatía que ninguno de los políticos venezolanos, tanto chavistas como opositores, han tenido con el venezolano. Ni siquiera han denunciado su caso, no vaya a ser que les anulen sus visas.

Ni de vaina

 

La corresponsal del diario El País en Caracas, María Martín, escribe un artículo que titula “Nadie en Venezuela quiere criticar a Estados Unidos: “No sé si debo temer a la CIA”. Se trata de una nota en la que todos sus entrevistados, a excepción de Henrique Capriles, le piden que sus nombres sean omitidos, porque van a ser comentarios sobre temas de seguridad personal.

No seré yo el que diga que a lo largo de esta maldita pesadilla no tuvo miedo. Sobre todo, en 2017, año en que la sociedad civil salió a las calles para pedir un referéndum revocatorio para sacar de Miraflores al dictador Nicolás Maduro. La osadía de invocar un derecho consagrado en la “mejor Constitución del mundo”, dejó en las calles entre 127 y 163 venezolanos asesinados por las fuerzas militares y policiales del régimen encabezado por el dictador Nicolás Maduro. Miedo a la escasez más aguda de medicinas y comida. Miedo al aviso, luego confirmado, de un apagón nacional de electricidad. Miedo al terror como política de Estado.

El año 2017 está muy presente en el ánimo de los venezolanos. Las violaciones a los Derechos Humanos, los crímenes de lesa humanidad, los tratos degradantes y crueles documentados por la Comisión de Determinación de Hechos de las Naciones Unidas.

En la nota del diario El País los dirigentes opositores en el exilio confiesan que nadie se atreve a criticar el acuerdo petrolero al que llegó El Pentágono y el cuestionado empresario, Alejandro Betancourt, investigado por la justicia de Suiza, España y el Reino Unido.

¿A qué le temen?, pregunta la periodista del periódico madrileño. “A que no nos tomen en cuenta, a que nos saquen del juego o tengamos problemas con la visa. Hay tantos temores que uno ya ni sabe. Nadie critica a Estados Unidos ni de vaina”.

¿En que carajos estaba pensando el “opositor” que dio estas declaraciones? ¿En su visa para poder pasearse por la calles de Miami o Nueva York? No creo que la CIA esté detrás de este caballero, no es Osama bin Laden ni mucho menos, no es el Niño Guerrero para poner un ejemplo más apropiado a Venezuela. Lo que si puedo decir es que detrás de esta palabra se esconde una tremenda cobardía, política e intelectual. Son estos señores los que nos llevaron a las calles en 2017, a unas protestas inútiles. Seguro que nunca les han dado la cara a los padres de Juan Pablo Pernalete.

Una democracia de juguete

 

The New York Times, la cabecera mediática más icónica del planeta, acaba de cumplir 175 años. Su director general, AG Sulzberger, sexto miembro de la familia Ochs-Sulzberger al frente de la empresa, lo celebró con un largo editorial que narra la historia del periódico que, a su vez, es parte vital de la historia de los Estados Unidos.

Su reflexión sobre los vínculos entre el poder y el periodismo es un recuento del enfrentamiento que la ha caracterizado, entre otras cosas, porque es parte del paquete. El poder necesita expandirse y, al mismo tiempo, concentrarse. No es una contradicción cuando el sistema de gobierno es una dictadura autoritaria o totalitaria. El Times ha ganado unas cuantas batallas, pero la guerra continua y los vientos que soplan, desde la Casa Blanca, son los peores con Donald Trump. Por pura coincidencia, esta misma semana, Trump ha prohibido la cobertura que cadenas como CNN hacen de las decisiones que toma su gobierno. Un hombre impredecible, narcisista, que ha demostrado con inusual vehemencia el desprecio que siente por el escrutinio público y las preguntas incómodas, era de esperar que llegara más lejos. Pero Sulzberger nos recuerda que Barak Obama, todo un caballero, intentó llevar a juicio a unos periodistas para que revelaran sus fuentes. La primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos ha tenido un enorme impacto en la cultura y en la sociedad de esa gran nación. No hay prensa libre en un país sin libertades. Y, desde la plaza pública, donde están los reporteros, también se puede interpelar al poder, monitorear la legalidad de las decisiones que se toman y poner al descubierto las triquiñuelas y actos despreciables ocultos por la opacidad.

Mientras leía el editorial de Sulzberger pensé en la lamentable situación del periodismo venezolano, acorralado y en buena medida destruido por el chavismo. Periodistas encarcelados, llevados a juicio bajo supuestos delitos tipificados en ese esperpento que es la Ley del Odio. Iniciativa, cabe recordarlo, del doctor Jorge Rodríguez y de la mandataria interina ¿?, su hermana Delcy Rodríguez.

En lo que concierne a Venezuela, las decisiones que ha tomado la Casa Blanca son humillantes. Primero la guerra de los 48 minutos, cuyo principal y ¿único? objetivo fue apropiarse del petróleo de Venezuela y otras riquezas minerales. El señor Marco Rubio anunció con bombos y platillos, su plan de tres etapas que no ha beneficiado a los venezolanos de a pie, aunque es una vitrina para los business —el dinero lo es todo en esta época— y para los empresarios que no le temen al riesgo.

A los venezolanos nos han tratado como a críos de una escuela primaria. Nos han dicho, además, que todavía no estamos preparados para la democracia. Y ahora, como un acto gracioso, el gobierno de la señora Delcy Rodríguez levanta el bloqueo contra varias páginas web y agencias noticiosas. Puedo leer El Pitazo, Efecto Cocuyo, pero no el portal de periodismo de investigación Armando.info. Alguna vez, el señor Ernesto Villegas, lo calificó como un “portal de oposición”, aunque los trabajos allí publicado están debidamente sustentados y son el arqueo de la corrupción chavista.

Entonces, yo soy un menor de edad y necesito que el tutor me lleve de la mano para cruzar la calle. Como dijo el periodista Ewald Scharfenberg, el contexto del 3 de enero hay que buscarlo en la guerra hispano-estadounidense de 1898, que dejó profundas huellas en Cuba y convirtió a Puerto Rico en una sociedad diezmada por el colonialismo y la ocupación cultural. ¿Qué nos espera a los venezolanos? Por ahora, una democracia de juguete, un juego de Mattel.

Más que decepcionante, el 3 de enero ha resultado un ultraje. Quizás haya elecciones en 2030 y quizás recuperemos la soberanía de Venezuela cuando se acabe la última gota de petróleo que subyace en las entrañas de la faja del Orinoco.

La dimensión de la catástrofe

 

Teníamos una economía petrolera hasta que el señor Rafael Ramírez la destruyó, la volvió mierda. Pero antes, el señor Hugo Chávez le entregó PDVSA limpia de escuálidos que no creían en el sueño de la Venezuela bonita y menos en el mar de la felicidad. Recordemos que el paro petrolero fue un ardid planificado por Fidel Castro y ejecutado por su mejor alumno en Caracas, para descabezar a PDVSA. Destruir siempre es más fácil que construir. Tomaron el control de la industria y la convirtieron en un cascaron vacío a punta de corrupción y pésima gestión.  

Recuerdo que, en 2009, en mi pasantía por el diario Últimas Noticias entrevisté al politólogo español, Juan Carlos Monedero, poco antes de que asumiera su cátedra en la Universidad Complutense de Madrid, Monedero arrojó dos críticas que eran como hierro fundido sobre la modorra del chavismo. Una dirigida a Chávez, a quien le advirtió el daño irreparable que podía causar su “hiperliderazgo”; la otra dirigida a la juventud venezolana que, en esos años, debería estar inmersa en el gran debate que Monedero planteo en una sola pregunta: ¿Qué vamos a hacer con el petróleo?

Ni Chávez escuchó ni los jóvenes se dieron por aludidos. Transcurridos siete años del paro petrolero, del humillante despido de sus ejecutivos transmitido en cadena nacional, el Estado y particularmente Rafael Ramírez, pudieron enviar al exterior a los mejores estudiantes venezolanos para que se formaran en universidades de países con una sólida matriz energética anclada en el petróleo, formar a una gerencia que llevara adelante los planes de Chávez que, vaya usted a saber, coincidían con los de la oposición, a saber: elevar la producción a seis millones de barriles por día. No tenían que pensarlo mucho, a la mano tenían el mecanismo de Cadivi. Pero el chavismo le tiene fe a la universidad de la vida.

Es así como llegamos al descalabro que se inició en 2013, con la presidencia del señor Nicolás Maduro: el hijo que le cambiaron a Chávez en la maternidad y, al día de hoy, tenemos que tolerar el tutelaje del gobierno de Donald Trump, agradecerles, además, el acuerdo histórico al que El Pentágono llegó con el cuestionado y nunca bien ponderado, Alejandro Betancourt. Acariciar el futuro y soñar con la sorpresa que nos anuncia Chris Wright, “Verán a una petrolera muy conocida” desembarcar en Venezuela.

Creo que el país no cuenta con el capital humano para poner en funcionamiento los taladros que se necesitan para extraer el petróleo, ni el personal capacitado para hacer “sísmica” en la faja petrolífera del Orinoco. Quizás vengan unos venezolanos como ejecutivos de las empresas que van a encarar el desafío que impone una cesta petrolera de crudos pesados y extrapesados, pero lo harán con la cachucha de una transnacional. Vendrán a conectarse de alguna forma con este destruido país. Es algo que valoro y deseo, porque nos veremos reflejados en eso que perdimos, la venezolanidad.

Hemos regresado a los campos petroleros por culpa del chavismo. Y como en varios países de África será difícil conseguir a un chofer que pueda conducir un camión. No te digo nada de electricistas, albañiles, plomeros, porque también se pintaron de colores, después de despedirse de nosotros, al pie del muro de la diáspora en que se convirtió la obra de Cruz Diez, en el aeropuerto de Maiquetía.