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Al final, el llegadero.

 

La embajada de los Estados Unidos se adjudica la desaceleración de la inflación en Venezuela. El mes pasado fue del 6 por ciento. Sólo un dígito. Algo nunca imaginado desde que el proceso inflacionario se desató a partir de 2013, como parte del legado del expresidente Hugo Chávez.

No creo en las coincidencias, caso contrario me vería obligado a demostrar que sí existen. Pero sí creo que un presidente deja un legado, que en el caso de Chávez fue una verdadera hecatombe de empobrecimiento y ruina para Venezuela. Hasta el profesor Jorge Giordani, el Rasputín de las finanzas del chavismo, sugirió una especie de ajuste económico que pusiera coto al desbocado y desorbitante gasto público. Nicolás Maduro, el designado sucesor de Chávez –“mi voluntad plena, como la luna llena… es que ustedes voten por Nicolás Maduro”–, desestimó la sugerencia del señor Giordani y pisó el acelerador mediante el endeudamiento que hoy tiene bajo amenaza a los principales activos de la Nación.

Por eso es tan difícil y compleja la situación económica del país. El único dólar en físico al que pueden acceder los venezolanos, se compra en la calle. ¿Y esto qué nos dice? Que el famoso plan de tres fases del señor Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, encalló en su primera fase. No hay tal estabilización de la economía venezolana. Ni puede haberla, porque no quedó piedra sobre piedra.

Mientras escribo estas línea, leo que el gobierno de la señora Delcy Rodríguez decidió imponer un cepo cambiario. Mil dólares por persona. Anuncio desafortunado, según economistas avisados.

Valdría la pena releer los capítulos del 26 al 36 de El Capital, me refiero a la Acumulación Primitiva del Capital. En ese ciclo se encuentra Venezuela. Como no existe otra opción al capitalismo -al menos en la vida real-, lo que toca es abrir la economía venezolana a la inversión privada, venga de donde venga. Pero antes hay que cumplir con los requisitos que esto exige. Una labor que sólo puede hacer el Estado. “Lo revolucionario, me dijo en una ocasión Asdrúbal Baptista, sería expropiar al Estado”, despojarlo de las empresas que, a su vez, expropió o compró con la chequera petrolera.

Abrir la economía para que haya mucho comercio -como motor de empleo-, mientras se genera riqueza con las actividades en las que Venezuela tiene un gran potencial, especialmente en el sector energético. Diseñar un programa de crecimiento en actividades como la agricultura, orientada a fortalecer rubros en los que hay potencial competitivo. Pero antes hay que experimentar lo que el capitalismo nos depara: la acumulación primitiva del capital. Lo veremos, particularmente, en la industria pesada de Guayana, particularmente en la Siderúrgica del Orinoco. Entonces, los trabajadores venezolanos no podrán ignorar o guardar silencio cuando les hagan saber cuál es la productividad de un trabajador en Corea del Sur o Brasil, por ejemplo. Eso o la quiebra. ¿No querían el modelo chino? Ahí lo tienen. Empresa que no arroje utilidad se cierra. Y punto.

No veo ninguna posibilidad de que esto ocurra bajo el liderazgo del chavismo. Se acabó la fiesta de los petrodólares. No vimos una sola mejora en medio de la guerra entre Irán y los Estados Unidos y su proxy en el Medio Oriente. No cayó el maná del cielo, como en 1973 -a raíz de la guerra árabe israelí o en 1979 -tras la Revolución Islámica del ayatola Jomeini. Y no ha sido así por la sencilla razón de que la historia de este país es otra después del 3 de enero. Entonces, toca regresar nariceados al capitalismo. Ojalá sea en democracia. Lo demás son cuentos de camino. Proverbiales y envenenadas promesas. Populismo y liderazgos carismáticos. Sólo que esta vez no encontrarán un resquicio en la realidad. Es el sueño del chavismo convertido en pesadilla.

Donald Trump no es como Ismael Rivera. Él no reparte bien.

El Niño Guerrero

 

Basta leer el libro de Ronna Risquez para entender que Héctor R. Guerrero, alías el Niño Guerrero no pudo construir su imperio criminal sin la complicidad del aparato de justicia venezolano y el servicio penitenciario que, en Venezuela, ostenta rango ministerial. Es decir, es una pieza clave del poder Ejecutivo. La megabanda de Guerrero extendió sus tentáculos por casi todos los países del continente americano, camuflada entre los migrantes que huyeron del país a propósito de la represión del gobierno y la pavorosa crisis economía que empobreció hasta el infinito a los venezolanos.

Guerrero convirtió la cárcel de Tocorón en su particular hotel cinco estrellas. Piscina, discoteca, zoológico, en las propias narices de los carceleros que lo ¿custodiaban? Su empresa criminal no tenía nada que envidiarle a la de Pablo Escobar. Por el contrario, tenía diferentes áreas de negocios, como el tráfico de personas, por ejemplo.

El gobierno de los Estados Unidos enlistó al Tren de Aragua como una banda de narcoterroristas, compartía cartel con los carteles mexicanos que trasiegan el fentanilo hasta las calles de las principales ciudades de Estados Unidos. Ofreció una recompensa de hasta cinco millones de dólares para quien diera información “que condujera a la captura” del líder del Tren de Aragua. El viernes 12 de junio, el presidente de los Estados Unidos dio la noticia en exclusiva, a través de su red social (Truth Social). Fue un ataque cinético, “rápido y letal”. Que se hizo con la colaboración plena de “nuestros amigos venezolanos”. Un ataque similar a los que acabaron con la vida de supuestos traficantes de drogas en aguas del Caribe. Pero una investigación periodística, liderada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística demostró que varias de las personas asesinadas en los ataques cibernéticos eran pescadores que intentaban poner comida en la mesa de sus casas.

En medio de las estridencias de los chavistas que cuestionan “la retirada estratégica” del ejercito de Venezuela ante el ataque del pasado 3 de enero, el ministro de Educación, Héctor Rodríguez, vino a poner las cosas en su sitio. “Quien quiera inmolarse que de un paso al frente”. Pero antes, el chavismo se rasgaba las vestiduras en defensa de la soberanía del país. Entonces, mejor dar un paso al costado.

Hay un largo informe jurídico que califica esos ataques como violatorios de la soberanía de los países de la cuenca del Caribe, particularmente de Colombia y Venezuela. A pesar del aviso incontestable, hubo quien dudó que ese tipo de ataques se podían ejecutar en tierra firme. El desmentido llegó de la mano del presidente Trump.

Esta operación no ese puede calificar sino de ejecución extrajudicial y violatoria de la soberanía de Venezuela, desaparecida en acción el pasado 3 de enero. También es violatoria de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que prohíbe expresamente, la aplicación de la pena de muerte. Pero vivimos un “momento político diferente”, según la expresidenta encargada, Delcy Rodríguez. Ahora estamos arrodillados frente “a la principal potencia nuclear del planeta”, denominación que la cúpula del chavismo le endilga a Estados Unidos. Creo que se perdió una buena oportunidad de conocer los detalles del entramado criminal del señor Héctor R. Guerrero; pudo haber conformado un dueto con Alex Saab en Nueva York.

Pero nadie dice nada. ¿Quién carajo se come el cuento de la soberanía? Para eso están los vaqueros de Donald Trump, en una versión más moderna, al estilo de Harry el sucio, practicando la justicia real.

Descubrir el agua tibia

 

Héctor Rodríguez, ministro de Educación, elegido por la presidenta encargada Delcy Rodríguez para liderar la reingeniería que hará del Estado venezolano un ente más pequeño, más eficiente y concentrado en sus objetivos fundamentales, afirma que 3,5 millones de empleados en la nómina del gobierno, son una carga tan pesada que la vuelve “insostenible”.

Lo malo del chavismo es que sin Hugo Chávez no convence, más bien defrauda, inyecta melancolía y contamina el cuerpo social con un pesimismo galopante. Uno de los objetivos de Chávez fue reivindicar el Estado como ente eficaz para garantizar derechos y justicia social. Es decir, reivindicar y visibilizar a los desposeídos, a los excluidos. A los nadie. Pero se quedó en la palabrería, en la fuente ideológica del populismo. El discurso de un encantador de serpientes, cautivó a los venezolanos hastiados de la pobreza.

Lo dejaron hacer y el Estado se convirtió en un monstruo de mil cabezas, en un entramado burocrático que se hundió en la nada. Ahora vemos al señor Rodríguez echar mano del discurso neoliberal de los años 90. Da un giro de 180 grados para complacer al mandante, que no es otro que el establecimiento de los Estados Unidos. Entonces, de marxista a neoliberal. De la noche a la mañana. El milagro que produce el chasquido de los dedos, como aquel programa televisivo… Hechizada. Lo que necesitamos, según esta visión ideológica, es un Estado de perfil gerencial que se encargue de ordenar las cuentas fiscales, antes de privatizar lo que Chávez compró con la chequera petrolera.

La claque empresarial que creció con la venía de Delcy Rodríguez, desde el año 2013, encontrará oportunidades deslumbrantes para enriquecerse con las privatizaciones. El sector eléctrico es solo el comienzo, aunque a simple vista, puesto sobre la mesa de la subasta, luce atractivo para lucrarse. Lo que ocurrió en Rusia, luego del colapso de la Unión Soviética, donde la dirigencia del partido se hizo con los activos más productivos de ese país, particularmente del sector energético y financiero; lo que pasó en Nicaragua, donde la dirigencia sandinista se repartió los activos de ese país, en un episodio que los medios bautizaron como “la piñata”, podría tener eco ensordecedor en Venezuela. Apostaría a que Rafael Ramírez ya diseña un fondo de inversión y planes de negocios para desembarcar en el vasto negocio del petróleo y el gas, que dejó en la bancarrota antes de exiliarse en Italia. Habrá oportunidades para todos en las finanzas, el cemento, la industria pesada de Guayana, y una amplia rama en los servicios para relanzar la economía venezolana. Los que se enriquecieron a costa del empobrecimiento de los venezolanos podrán reenriquecerse cuando se abran los sobres de las privatizaciones. El Gran Viraje de Miguel Rodríguez va a palidecer cuando Héctor Rodríguez se ponga manos a la obra.

Pero hay un problema. La palabra del señor Rodríguez no es fiable. No vale nada. Por la sencilla razón de que los que nos llevaron hasta aquí no pueden llevarnos a ningún otro lado. De burócratas a empresarios. ¿Así nomás? No me lo creo. 

El reflejo que llega de Colombia

 

Estoy sentado frente a una colega colombiana en un local de Chapinero, una especie de cafetería vietnamita. La música, como prometió ella, es buena. Suenan varias canciones de los años 60. Alrededor nuestro hay mesas ocupadas por una juventud que parece disfrutar el rato. Quizás un poco distraída y seguramente desconectada de la política y de lo que parece un tsunami en ciernes que se aproxima, inevitablemente, sobre Colombia.

El país atraviesa por una aguda polarización entre dos formas diametralmente opuestas de asumir y vivir la política. Sólo un milagro impedirá el triunfo del candidato Abelardo de la Espriella, el outsider que derrotó a Iván Cepeda, el abanderado del Pacto Histórico, una amalgama de movimientos sociales, grupos indígenas, organizaciones campesinas, la comunidad LGTBI+ y partidos de izquierda. En esta enumeración, el orden no es casual. También en Colombia los partidos políticos son débiles, aunque están sobre representados en el Congreso bicameral del país.

El triunfo del abogado penalista De la Espriella parece inevitable en la segunda vuelta electoral. A la mano tiene respuestas simples a realidades complejas. Afirma que puede derrotar a la guerrilla en 90 días, se ofrece como el Bukele colombiano y en correspondencia quiere construir tres mega cárceles como las que ha construido el presidente salvadoreño. A los jóvenes les ofrece un bono para que puedan estudiar lo que deseen y se liberen de la cárcel que es la universidad pública (aunque enmendó su programa y retiró la oferta, vieja táctica de la propaganda política), lidia con la prensa al estilo Trump, aunque prefiere la tercera persona para descalificar y tratar de humillar a los periodistas. No es directo, al estilo de Trump, no le dice a una mujer de la prensa “cállate, cerdita”, pero si hace alarde frente a una joven reportera del tamaño de su miembro. Dice que el ajiaco, un plató icónico de la cocina colombiana, es una especie de menjurje carcelario. Hace gala de las horas que pasa frente al espejo para acicalar su barba. Sabe que América Latina es el paraíso del populismo y actúa en consecuencia. Quiere recortar el tamaño del Estado, aunque en Colombia el Estado no ofrece servicios de educación y salud suficientes, tampoco tiene presencia en vastos territorios y zonas fronterizas. Ha prometido fumigar más de 3 millones de hectáreas para erradicar el cultivo de la coca. El campo colombiano se ahogará en glifosato, un agente cancerígeno que el aire de la atmósfera, en su función aspersora arrojará al otro lado de la frontera. Es decir, a Venezuela y Ecuador.

En su campaña ha dicho disparates, pero no ha mentido. Pero a muy pocos parece importarles. Incluso a los jóvenes que rodean nuestra mesa, desconectados de la política y esa típica actitud, distante, indiferente, de que esto no es conmigo. Mi colega está alarmada y con razón. Los jóvenes, los movimientos sociales, los campesinos, se opondrán a las políticas de De la Espriella. Irán a parar a las mega cárceles. El periodismo, la libertad de expresión y la verdad, serán víctimas inevitables. El populismo necesita la uniformidad y el desprecio por el conocimiento para arraigarse en la población. De la Espriella ha sido abogado defensor de narcos, bandidos y corruptos. Defendió a su paisano barranquillero, Alex Saab. María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana, lo felicitó apenas se supo su triunfo en la primera vuelta electoral. Saab, el testaferro preferido de Nicolás Maduro.

Mientras converso con esta colega colombiana coincidimos en una idea: los jóvenes que nos rodean no tienen la más mínima idea de lo que se les viene encima. El populismo comparte un rasgo con el totalitarismo. Invade el espacio público y una vez que no queda rendija, invade el espacio privado, la vida cotidiana. Vivirán en la asfixia en la que viven los venezolanos, en una sociedad compartimentada, sin conexión aparente o real. Entonces, el silencio y la idea de que todo está perdido, será parte del ecosistema político de los colombianos. Muchos tendrán que sobrevivir y los de siempre se enriquecerán un poco más. Se parece igualito, diría Emilio Lovera. Familias separadas, que ya no se reconocen, aunque vengan del mismo vientre. Otro país que se suicida en primavera, en este continente fracasado.

La institución del desaparecido

 

En su programa dominical de televisión, José Vicente Hoy, el abogado José Vicente Rangel, dijo unas palabras que le helaron la sangre a la teleaudiencia. Si mal no recuerdo, dijo que Venezuela había inaugurado la figura del desaparecido por causas políticas en la década violenta de los años 60. Guerrilleros de las organizaciones que eligieron la lucha armada, fueron desaparecidos en una práctica que se corresponde con el terrorismo de Estado. Practica que se extendió por toda América Latina en los años 70 —Brasil, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, países sometidos a férreas y pavorosas dictaduras militares.

Leo en El País de España una nota de la excelente periodista Florantonia Singer que da cuenta de los desaparecidos bajo el gobierno del señor Nicolás Maduro, a quien no podemos llamar presidente en ejercicio. El caso más cruel y espeluznante es el de Víctor Hugo Quero, a quien su madre, Carmen Navas, buscó hasta debajo de las piedras para encontrarlo, después de 16 meses, enterrado de forma clandestina. No es el único, la madre de Jorgen Yoneiker Guanares Delgado, la señora Emely Delgado, busca a su hijo, sin encontrar respuesta. También hay dos campesinos de nacionalidad colombiana que se encuentran en la misma situación.

Esto es lo que ocurre cuando las víctimas de los años 60 se convierten en victimarios. Esa izquierda que nunca olvidó la lucha de clases y que al día de hoy guarda un silencio estremecedor. Los mismos señores que lucharon por alcanzar el poder, nunca renegaron de la lucha armada, nunca hicieron un mea culpa, no. Se subieron al autobús de Hugo Chávez, para demostrar que de un trauma no se aprende absolutamente nada. Es el ciclo de la historia, que nunca se repite, pero que castiga sin piedad a quien la desconoce. Decía Confucio: “el que busca venganza que cave dos tumbas”. El chavismo incurso en terrorismo de Estado. No se puede decir de otra forma. No es casual que me llegue a la cabeza el nombre de Tarek William Saab, mientras escribo estas líneas. Algo debería decir, ¿No?

Petróleo, cemento y finanzas

Hay que navegar en la red para darse una idea, por imprecisa que sea, para entender o tratar de entender lo que ocurre en Venezuela. Apenas son pistas o pinceladas, todas ellas fragmentadas, porque vivimos en un laberinto.

Recientemente, el señor Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, dijo que “por primera vez en la historia se estaba profesionalizando la industria petrolera venezolana”. No me extrañaría que el señor Rubio desconozca qué lugar ocupa Venezuela en la geografía mundial. A los Estados Unidos les gusta mirarse el ombligo. Sé de profesores activos en las aulas universitaria que se lamentan porque sus alumnos no saben apuntar con el dedo dónde queda en el mapa mundi un país como Colombia. El desconocimiento empieza por ahí. Por lo elemental. Para el señor Rubio, la historia de Venezuela empezó el 3 de enero de 2026. No importa que una empresa como PDVSA, antes de que la desvalijaran los chavistas, produjera 3,2 millones de barriles diarios. Que muchos de los 20.000 empleados, que fueron despedidos de la forma más ruin y malandra que se pueda uno imaginar, hayan emigrado a México, a Colombia, a Noruega para aportar sus competencias profesionales en el sector energético de esos países. Pero es cierto, el que se somete merece desprecio.

El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, se queja porque el sacó de cemento en Venezuela cuesta entre 32 y 37 dólares. “No puede ser”, dijo durante una visita al estado Trujillo, donde se produce buena parte del cemento que se comercializa en Venezuela. Y luego, en el tono que caracteriza al chavismo, copiado del guapetón de barrio, la némesis de Eudomar Santos, agregó: “Señora diputada América Pérez, al llegar a la ciudad de Caracas, me cita a los turcos esos que están con la cosa del cemento y me los lleva para mí oficina”. El poeta, narrador, psiquiatra y operador político, quizás olvida que, en la construcción del mundo multipolar, el expresidente Hugo Chávez, fue quien estrechó los lazos con Turquía, una potencia emergente del Sur Global. Quizás para el señor Rodríguez la historia de Venezuela también empezó el 3 de enero. ¿Qué papel juega en el mercado venezolano la Corporación Socialista del Cemento? ¿Puede incidir en los precios de un producto vital para la industria de la construcción y de las infraestructuras? Al parecer, no tiene ninguna incidencia y todo se va a resolver en la oficina del señor Rodríguez en la Asamblea Nacional. Le bastará un jalón de orejas a los turcos esos. Google avisa que, en Colombia, un bulto de cemento de 50 kilos cuesta entre 8,40 y 9,15 dólares. Que grandes beneficios nos trajo la estatización del cemento en Venezuela. 

Leo en el diario El Espectador de Colombia una nota muy curiosa. No había escuchado el nombre del banquero francés, Matttieu Pigasse, quien suena para reestructurar la abultada deuda pública venezolana. Pigasse, un abanderado de la izquierda francesa, ya hizo lo propio en otros países, Argentina, Ecuador y Grecia. Pero nada es gratis, sobre todo a partir del 3 de enero, Según Wall Street Journal y Le Monde, el banquero francés llega por influencia de un intermediario de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. El dinero es como el agua, fluye y busca su cauce, además, se lleva por delante las franquicias de la izquierda y de la derecha. Dice la información que Pigasse es un viejo amigo de Delcy Rodríguez, la presidenta encargada —¿hasta cuándo?—, de esta Tierra de Gracia. Cosas veredes, Sancho, dijo el Quijote. 

Zapatero a tus zapatos

 

Las oficinas del expresidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ubicadas en un segundo piso de un edificio del Partido Socialista Obrero Español, eran lo más parecido a la cueva de Alí Baba. Las joyas de la corona, dinero en efectivo, libretas con anotaciones que ofrecen pistas al juzgado que le ha imputado varios delitos, teléfonos con mensajes de wasap que revelan las gestiones del señor Zapatero para aumentar su fortuna personal. Las averiguaciones del juzgado apuntan a señalar a Zapatero como el vértice de una estructura diseñada para lavar el dinero obtenido de las comisiones que supuestamente cobró a empresas de distintos países. Venezuela, no podía ser de otra manera, aparece mencionada en el auto como parte de los turbios negocios que tienen en el petróleo, el gas, los minerales estratégicos y el oro, las apetecibles piezas que despertaron el apetito del señor Zapatero.

La faena del señor Zapatero es digna de merecer rabo y oreja. Mientras gestionaba la liberación de presos políticos en Venezuela, hacía gestiones diplomáticas y fungía como asesor, dispuesto a brindar información relevante, para fijar el foco en negocios altamente rentables. O para destrabar cuellos de botella en operaciones comerciales y despegar en el avión de la aerolínea, cuyos accionistas son venezolanos.

Realmente, estamos “en un nuevo momento político”, como lo dijo la presidenta encargada Delcy Rodríguez. El trauma, analizado por su hermano, Jorge Rodríguez, psiquiatra y presidente de la Asamblea Nacional, que dejó la “extracción” del señor Nicolás Maduro, ha convertido ha Venezuela en un país teledirigido desde Washington. Las riquezas del país son ahora controladas por los Estados Unidos. Son sus empresas energéticas las que comercializan el petróleo y el gas que se encuentra en las entrañas del sur del país, bordeando la ribera norte del río Orinoco. Los servicios del señor Zapatero para que una empresa china del sector energético, desembarcara en Venezuela, cayeron en saco roto. Esta es una de las cosas que cambiaron el 3 de enero.

Las redes sociales tienen una semana difundiendo información del caso Zapatero, un escándalo que ha sacudido a España hasta los cimientos de su institucionalidad democrática. Es un verdadero tsunami que probablemente se lleve por delante al gobierno del señor Pedro Sánchez, un discípulo del señor Zapatero, y quien ha puesto sus manos en el fuego por él. En la medida en que el juez escarba en las oficinas, computadoras, celulares y correspondencia del líder histórico del socialismo español, van surgiendo nuevas pistas y apellidos de supuestos empresarios que buscaron a Zapatero para coronar en sus negocios.

Uno de los principales amigos del señor Zapatero es el diputado Timoteo Zambrano, quien acaba de ser nombrado como embajador de Venezuela ante el reino de España. Si la justicia penal sentencia a Zapatero, Zambrano lo tendrá fácil para visitarlo en la cárcel y abogar por su libertad. Amor con amor se paga, decía el fallecido presidente Chávez. Al señor Felipe González lo vi sorprendido en un real de X. No le cabía en la cabeza que Zapatero se haya entrenado como financista, operando cuentas opacas, lavando dinero e inscribiendo sociedades en paraísos fiscales.

Los señores de Podemos deben estar nerviosos, no vaya a ser que el cobro de asesorías que en su momento realizaron en Venezuela, se vean reflejados en la libretas y documentos del señor Zapatero.

Todo esto ha servido para saber lo que ya sabíamos. Que, en las negociaciones entre el chavismo y la oposición, el expresidente del gobierno español jugó como el tipo que ponía el imán para que la ruleta favoreciera el color rojo. Lo hizo en los nueve viajes en que visitó el país.

Otra cosa que indigna es que el nombramiento del señor Timoteo Zambrano como embajador en el reino de España se aprobó por unanimidad. La oposición, si se le puede llamar así, que hace vida en la Asamblea Nacional está ahí para hacerse pasar por opositores. En realidad, son chavistas enclosetados. Se adelantaron a la información del Wall Street Journal que da cuenta de que en Venezuela no habrá elecciones mientras el presidente Trump permanezca en la Casa Blanca. ¿Para qué cambiar las cosas si aquí tiene a servidores públicos dispuestos a cumplir sus deseos? La Asamblea Nacional es por antonomasia el lugar que mejor expresa la soberanía popular. ¿Pero qué valor tiene el voto en un país que no tiene soberanía?

Una pregunta ineludible

 

Una señal contradictoria que apunta, no hacia una democratización de Venezuela sino a la profundización del papel que juegan los militares en el país, es la reunión que recientemente sostuvo el ministro de la Defensa, el M/G Gustavo González López, con más de 1000 ingenieros egresados de las distintas disciplinas de la ingeniería para avanzar “en el aporte directo de la institución militar en el desarrollo y la prosperidad económica de la nación”.

Lo que necesita Venezuela es una fuerza armada que garantice la defensa de la soberanía nacional y el control territorial del Estado. Esa es su tarea fundamental, su razón de ser. Las economías ilícitas, en sus formas más variadas, han colonizado varias regiones de Venezuela para ampliar sus negocios y fortalecerse. Uno de los actores más agresivos es la guerrilla colombiana que opera en la región del Catatumbo y a lo largo de la línea fronteriza del estado Apure.

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela abrió la caja de Pandora al reservarle a los militares un papel importante en el desarrollo del país. La militarización de la función pública arrancó en el gobierno del expresidente Hugo Chávez y se profundizó en el de Nicolás Maduro. Y, por los vientos que soplan, parece que esa tendencia se fortalecerá en el gobierno de la presidenta interina Delcy Rodríguez.

La opinión pública merece un debate que aborde los grandes temas pendientes en la reinstitucionalización del país. El mundo civil no puede ser un convidado de piedra. ¿O vamos a seguir en este mundo compartimentado, de zonas grises, inescrutables, en la que hemos vivido durante la era del chavismo?

Electrocutados

 

¿Qué hace la revolución bolivariana cuándo se te apaga el bombillo? Instala un Estado Mayor Eléctrico de Emergencia para gestionar la crisis del sector eléctrico. Se diseña un plan de ahorro de electricidad. En realidad, se trata de un plan de racionamiento eléctrico que deja en la oscuridad al interior del país, con apagones de al menos seis horas de duración. Se emplea la jerga militar para transmitir la sensación de que estamos ante una campaña en el teatro de operaciones que dará un resultado inminente de eficiencia y solvencia en la gestión del sistema eléctrico nacional.

Pero no nos dicen qué ocurrió con las cuantiosas inversiones que se hicieron en la central hidroeléctrica Manuel Piar, mejor conocida como la represa de Tocoma en el río Caroní. Un elefante blanco que se tragó la bicoca de 9.000 millones de dólares, sin haber generado un solo megavatio. Las empresas de la Patria Grande (la brasileña Odebrecht y la argentina Impsa) no pudieron concluir las obras de ingeniería. Tampoco entraron en funcionamiento —aunque algunas lo hacen en forma parcial—las cinco plantas termoeléctricas que estaban destinadas a reforzar la capacidad de generación del país. Y, eventualmente, satisfacer la demanda eléctrica.  

La alemana Siemens y la estadounidense General Electric están listas para rescatar el raquítico sistema eléctrico venezolano, con una inversión de 40.000 millones de dólares. Entonces, será para 2030 que veremos luz. Paciencia. Solo faltan cuatro años.

Alex Saab

 

Alex Saab, el contratista preferido de Nicolás Maduro. Protagonista de un intercambio de presos entre el gobierno venezolano de Nicolás Maduro y el gobierno estadounidense de Joe Biden. Desarrollador inmobiliario, sin obra conocida; gestor de alimentos procesados —de dudosa calidad—, entre empresas mexicanas y los Comités Locales de Alimentación y Producción (CLAP), un dispositivo de doble propósito. Por una parte, le permitió a Saab enriquecerse mediante el cobro de sobreprecios de los distintos productos de consumo masivo y por la otra le permitió al gobierno desarrollar inteligencia electoral en las barriadas de Caracas. En sus ratos libres, Saab fungía como empresario. Además, tenía las piezas que le sirvió para crear la arquitectura financiera para burlar las sanciones del gobierno de Estados Unidos.

Saab sabe demasiado. Seguramente, guarda en sus archivos electrónicos copia de todas las transacciones bancarias que llenaron las cuentas del entorno que rodeó a Maduro durante sus 10 años de gobierno. Saab es el cerebro del saqueo y el mayor desfalco que registra Venezuela en toda su historia republicana. Su traslado a Miami no se hizo mediante una fórmula legal, una extradición o una deportación, por ejemplo. No, fue una “extracción” consentida por el gobierno de Delcy Rodríguez. A nadie le importó. Pero lo que refleja este hecho es que en Venezuela no hay estado de Derecho. Entonces, no podemos contar este episodio como parte de un cambio de actitud, sino como la prolongación del desconocimiento de la ley que caracterizó al gobierno del señor Nicolás Maduro. Y la pregunta es si esto debería preocuparnos.

En estos momentos, Saab debe estar buscando un acuerdo con la fiscalía de Nueva York para conseguir una reducción de los cargos que, seguramente, le serán imputados. Serán toneladas de documentos. Muchos integrantes del séquito de Maduro van a comenzar a temblar, porque un frente frío del polo norte llegara a las costas de esta Tierra de Gracia.

Así como en Chile existe un Museo de la Memoria, en Venezuela debería inaugurarse un Museo de la Corrupción. El Helicoide sería una instalación ideal para tal fin. Es lo suficientemente grande para exponer el latrocinio de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Con una sección que incluya los espacios donde se torturaron a los presos de conciencia, donde se cometieron todo tipo de violaciones de Derechos Humanos. Y donde varios venezolanos murieron por pensar diferente.

¿Es en serio?

 

A los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez se agrega el diputado Nicolás Maduro Guerra, el hijo de Nicolás Maduro, quien enfrenta una causa penal en un tribunal de Nueva York. Me refiero a lo que han dicho cada uno de ellos, respectivamente y en orden cronológico: (Venezuela) vive un “nuevo momento político” frase utilizada por Delcy Rodríguez, presidenta encargada, después de la ilegal y humillante operación militar de Estados Unidos; “supéralo, perdónanos y vuelve”, palabras dichas por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y, más recientemente, “el movimiento debe pedir perdón por los “excesos” cometidos por la policía y el sistema judicial venezolano”, quien intervino en esta ocasión fue el diputado Nicolás Maduro Guerra, hijo del señor Nicolás Maduro Moros, encarcelado y procesado por un tribunal de Nueva York.

En Venezuela nos cuesta pensar con cabeza fría, por diversas razones que no viene al caso enumerar (aunque la lista de crímenes, desmanes, atropellos, denegación de justicia, discriminación, arbitrariedades, despojos, es más larga que la guía telefónica), pero toca mirar hacia adelante. Me gustaría pensar —con la cabeza menos caliente—, que lo dicho por estos dirigentes del chavismo pudiera interpretarse como “un cambio de actitud”, lo que a veces enciende la luz verde para dar inicio a una transición democrática. Quisiera pensar, además, que hay algún tipo de negociación —secreta o no, eso es irrelevante—, moderada por los Estados Unidos para que esa transición se ejecute en un lapso perentorio.

Los traumas se superan, como lo dijo el psiquiatra Jorge Rodríguez, y, en el proceso, seguramente dejan un aprendizaje, pero hasta dónde tengo conocimiento no forman parte de ningún plan docente o de enseñanza. El castigo físico, la tortura psicológica, las presiones persecutorias, fueron suprimidas del sistema escolar, porque eran caldo de cultivo para el resentimiento y la venganza. No creo haber aprendido de un trauma. Y si a ver vamos, diría que hubiese querido no haberlo vivido. El trauma nos deja una herida y en el mejor de los casos, ya superado, una cicatriz, que por lo general es un recuerdo ingrato.

El perdón no significa nada sin justica. Esto es lo que hay que recordarles tanto al señor Rodríguez como al señor Maduro Guerra. En Venezuela no ha habido justicia. Solamente una Ley de Amnistía que ha sido cuestionada por las organizaciones que defienden los Derechos Humanos. Libertad con medidas cautelares no es libertad. Esto no se puede resolver en el confesionario de una Iglesia y menos con una penitencia que podría ser un Padre Nuestro y tres Ave María.

Hablamos de justicia transicional porque hubo crímenes de lesa humanidad. Están documentados por los informes de la Comisión de Determinación de Hechos de Naciones Unidas. Y la justicia, como ocurrió en Argentina, Chile y Brasil, llega tarde, pero llega. Habrá que romper la larga tradición de impunidad que registra Venezuela en la violación a los Derechos Humanos. ¿Será esto posible?

La vuelta del perro

 

La justicia en Venezuela fue siempre una actividad marginal, sin soporte institucional, teledirigida por el Palacio de Miraflores. Quizás la creación del Ministerio de Justicia nos dé una pista, corría entonces el año 1952. En la línea de tiempo de la república de Venezuela, la justicia fue elevada a rango ministerial luego de 122 años. Y lo hizo un militar, que violó los Derechos Humanos cuando y como quiso.

No podemos sentirnos orgullosos del flaco servicio que el caudillismo y el militarismo le ha hecho a la justicia. Siempre ha sido un estorbo para el ejercicio del poder autoritario. Y a esta hipótesis no escapa el período democrático de apenas 40 años. Hubo, sin embargo, episodios de independencia judicial. No me voy a referir al juicio al expresidente Carlos Andrés Pérez, que no fue justicia sino una vendetta aupada por su propio partido, Acción Democrática. Más que a la independencia del ejercicio del poder judicial, voy a referir una inferencia que me hizo un magistrado del extinto Consejo de la Judicatura, a propósito del funcionamiento de la llamada tribu de David, encabezada por David Morales Bello. La Corte Suprema de Justicia había tomado una decisión que no era del agrado (quizás porque no favorecía sus intereses) del dirigente adeco. Se produjo la llamada telefónica, atendió la magistrada Cecilia Sosa y lo que le escuchó el otro magistrado fueron estas palabras: Lo siento, pero acabo de firmar la sentencia. Lo curioso es que Sosa lo dijo mientras firmaba cada una de las páginas del fallo en cuestión.

Quizás no ha habido una separación real de los poderes públicos, tal como la hemos deseado desde 1830. Pero sí hubo demostraciones de independencia del poder judicial. Sin la menor duda, no era suficiente, pero lo estamos extrañando, tanto como extrañamos la democracia que fundó el único estadista del siglo XX venezolano, Rómulo Betancourt.

Dentro de los cambios cosméticos que adelanta el chavismo, con el propósito de aparentar una transición a la democracia, se adelanta una reforma del Tribunal Supremo de Justicia para elevar el número de magistrados de 20 a 32. En el relato del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, se busca una mayor eficiencia y destrabar el número de causas que se acumulan en las diferentes salas del TSJ. Pero la verdadera razón que motiva al chavismo es abrir espacios a nuevos magistrados y suplentes que provengan de la oposición que les hace el juego en la Asamblea Nacional. Volvemos a lo mismo. Es la vuelta del perro que se muerde la cola.

El grillo que aprisiona a Venezuela

 

Cada vez más cruel, más hiriente, más espeluznante. El mismo día en que la presidenta encargada —¿Quién sabe hasta cuándo?— dice que tiene información de las coimas que cobraron varios jueces para entregar boletas de excarcelación de personas secuestradas por el Estado en las cárceles del inframundo, se exhuman los restos de Víctor Hugo Quero, víctima del sadismo, la impunidad y la confabulación del podrido sistema de justicia que el chavismo plantó en Venezuela desde el año 1998.

Hugo Chávez juró sobre la moribunda constitución y el genio del monstruo salió de la botella para ensangrentar a Venezuela y someterla al saqueo más extendido y abyecto de toda su historia. No hay un solo espacio público que no esté contaminado por la sevicia y el latrocinio. Y todo esto va a continuar porque no hay un jodido indicio de que el famoso “nuevo momento político” se traduzca en un poco de decencia.

Es sorprendente la mezcla de mediocridad y maldad que se ha configurado desde el 4 de febrero de 1992. Da asco que se celebre esa fecha como el día de la dignidad nacional. ¿Cómo carajo vamos a conmemorar el 3 de enero? ¿Qué propuesta puede venir del cerebro propagandístico del gobierno? ¿Puede esta república de albañal llevar el apellido de Simón Bolívar? ¿Y qué carajos tiene que pasar para que estos señores entreguen el poder? Esto no es otra cosa que continuismo. Entonces, el problema no era Nicolás Maduro. Es el sistema, es el régimen político, creado por el señor Hugo Chávez.  

El satélite del salón de baile de Donald Trump

 

El presidente Trump ha dicho que la gente “está bailando en Caracas”. Obviamente, habla en sentido figurado. A menos que el baile tenga lugar en las instalaciones del hotel Marriot, donde se cocinan los negocios entre Venezuela y Estados Unidos y donde además se realizan algunas actividades propias de la delegación diplomática estadounidense. O tal vez el presidente imagina una sesión de baile de las cuales tendremos noticias cuando culminen las obras del Salón de Baile de Estado que actualmente se construye en el Ala Este de la Casa Blanca.

Al momento en que escribo esto “se ha permitido la liberación de 3.000 millones de dólares, acompañada de auditorias internacionales”. El venezolano de a pie, adiestrado en la captura de rentas durante más de un siglo, no tiene la más mínima idea de cuál es el mecanismo que le permite acceder, no digo a un billete con la efigie de Benjamín Franklin, sino al que tiene el rostro grabado de George Washington.

Después de 27 años de chavismo y de fracasos y divisiones de la oposición política, los venezolanos se han convertido en seguidores del Evangelio según el apóstol Juan, en el cual narra la incredulidad de santo Tomás, quien puso en duda la resurrección de Jesucristo. Tenemos muchas razones para ser incrédulos, para no confiar, para decir, como Tomás, “ver para creer”.

Se habla de una rápida transformación institucional. Es una aseveración extremadamente optimista. No hay tal cambio en la naturaleza del Estado venezolano. El control político, objetivo señalado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, sigue en manos del chavismo. Hasta el día de hoy —9/05/2026 no hay un solo indicio que nos permita avizorar que Venezuela transita hacia la democracia. Eso no ha pasado. Un cambio de actitud podría ser una buena señal, pero no la veo en el horizonte. Quizás me equivoque. Quisiera pensar que es así.

Todas las expectativas se han puesto sobre el potencial que ofrece Venezuela como reserva energética. La producción podría alcanzar seis millones de barriles de petróleo diarios, si se realizan las inversiones que rondan los 400.000 millones de dólares. Es una carnada apetecible para empresas como Exxon Mobil y Chevron, cuyos presidentes cenaron esta semana con el presidente Trump. El abrazo con los Estados Unidos será largo. De aquí a la eternidad.

Suena bien, ¿No? Pero hay un problema, siempre lo hay. De esos 3.000 millones de dólares liberados, no hay noticias de que ese dinero haya llegado a los venezolanos. Quizás hayan servido para amortiguar la persistente inflación que agota, día a día, el bolsillo de la gente. Quizás sea la paradoja del modelo neoliberal: Crecimiento económico sin bienestar social. O quizás sean ambas cosas. Venezuela es el país de los sinsentidos.  

Entonces, presidente Trump, no creo que la gente esté de ánimos para bailar en Caracas.

El récipe del doctor Rodríguez

 

La estampida de los venezolanos, cansados de la falta de oportunidades, la represión, las violaciones a los derechos humanos, la permanencia tramposa del chavismo en el poder, ha convertido a Venezuela en la China de América Latina. Son ocho millones de compatriotas en los cinco continentes. Gente acosada por el hambre, por las enfermedades, por lo que vislumbran como una condena a muerte anticipada. Ancianos y niños que dependen de las remesas que puedan enviar sus seres queridos en edad productiva. ¿La figura de la madre es importante en la familia? ¿Y la ausencia del padre? Niños que a veces dependen de una tía, de una abuela, de una comadre o una amiga de la familia. A veces el aprendizaje es en la calle, que suele ser cruel con las equivocaciones y con las personas más vulnerables. La conexión de wasap es el hilo invisible que establece, al menos, un vínculo remoto y una vida familiar virtual. El costo de un boleto entre Caracas y Sídney, por ejemplo, varía entre 1.500 y 4.000 dólares. El lapso del vuelo varía entre 29 horas y más de 50 horas.

¿Cuándo será el encuentro cara a cara? Esa es la pregunta que muchos venezolanos se hacen. Vivimos bajo un continuo estrés y bajo una realidad objetiva que pone a prueba nuestra capacidad de resiliencia. Y justo aquí es cuando la receta del doctor Jorge Rodríguez viene a alegrarnos el día. “Supéralo, perdónanos y vuelve”. Tanto como decir pasa la página y ya.

Con antelación, Jorge Rodríguez, psiquiatra y presidente de la Asamblea Nacional, dijo que los venezolanos tenemos que aprender del trauma que dejó la operación militar, ejecutada el 3 de enero, por las fuerzas militares estadounidenses. Un trauma deja heridas, a veces irreparables, y superarlo le impone a quien lo sufre una reconexión entre la psiquis y el organismo, entre el pensamiento y el espíritu. La primera víctima de un trauma es nuestra salud mental. ¿Cuántos venezolanos pueden superar el trauma de la ruptura, del descalabro familiar, sin la terapia psicológica o psiquiátrica necesaria? ¿Cuántos se pierden en el alcoholismo? ¿Cuántos se sumergen en la depresión?

Mientras escribo esta nota recuerdo la lectura de Crimen y Castigo, la gran novela de Dostoievski. Para el joven Raskólnikov, el asesinato que cometió se convirtió en un trauma. Pero Sonia y la figura de Dios, lo ayudaron a restablecer ese equilibrio, esa armonía, entre cuerpo y espíritu. Hay que mirarse en ese espejo y preguntarse si contamos con las herramientas para superar el trauma, en las más variadas acepciones, que nos ha dejado el chavismo desde el 4 de febrero de 1992. Gente que perdió la vida, gente que fue torturada, apresada injustamente, vejada y violada en las cárceles, gente que perdió su trabajo o fue congelada en la administración pública, gente que perdió sus bienes. Esto tiene mucho de genocidio. Su hermana, doctor Rodríguez, confesó que estaba del lado del chavismo (junto al poder) para cobrar venganza. La muerte de su padre a manos de dos torturadores en los sótanos de la Disip debió dejar un trauma muy profundo. Viendo estos antecedentes y su récipe médico, surge una pregunta. ¿Ustedes (los hermanos Rodríguez), realmente, han superado ese trauma? Entonces, además de venganza, crueldad. No eche sal a la herida. No hace falta.

Pedir Demasiado

 

A partir del 3 de enero, por obra y gracia de una funesta agresión de los Estados Unidos a la independencia y soberanía nacional, “se inauguró (en Venezuela) un nuevo ciclo histórico orientado a la superación del extremismo y la falta de convivencia”, la cita corresponde a la intervención que hiciera la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, en un encuentro con distintos factores de la vida nacional en Valencia, capital del estado Carabobo.

¿Una nueva era deslastrada del desastroso legado del chavismo? Es muy difícil imaginar que esto ocurra bajo “el control político” que el chavismo quiere mantener a toda costa. Darles el beneficio a los herederos del señor Nicolás Maduro, al frente del Estado y del poder Ejecutivo, es pedir demasiado, si no imposible para una generación de venezolanos que hemos vivido —y seguimos sobreviviendo— en esta tragedia de dimensiones épicas.

Rodríguez habló de superar el extremismo y la falta de convivencia. Hay que reconocerle que ha dado pasos en ese sentido. Sacó de la parrilla del canal 8 el programa La Hojilla, conducido por Mario Silva. Ese programa era una especie de trituradora industrial que, en términos simbólicos, molió, como si se tratase de carne vacuna, reputaciones, iniciativas, propuestas políticas, con un lenguaje deplorable que embruteció a muchos venezolanos. Y la pregunta es cuándo va a hacer lo propio con el programa de Diosdado Cabello, con El Mazo Dando, cuyo equipo de “patriotas cooperantes” habría que buscarlos, como primera opción, en los servicios de inteligencia que monitoreaban la vida de políticos opositores durante las 24 horas del día. Y como en las películas, un televidente podía intuir que Cabello conocía qué comían, cuándo dormían, cuántas veces iban al baño los adversarios —entendidos entonces como mortales enemigos— de la causa chavista. Es difícil lo que nos pide la presidente encargada. No olvidemos que, a Mario Silva, por ejemplo, lo avalaron desde la jefatura del Estado, tanto el expresidente Hugo Chávez, como Nicolás Maduro, “extraído”, por un comando de élite del ejército de los Estados Unidos.

Me cuento, como muchos venezolanos, entre quienes mostraron su rechazo a la aplicación de las sanciones, económicas y financieras, de lo que ya era una vida miserable. Abolir las sanciones no está en nuestras manos, es la baza que tiene los Estados Unidos para presionar a favor de sus intereses. Quisiera pensar —hay tantas cosas que quisiera y nunca se han dado—, que el restablecimiento de la democracia es cosa del interés de los Estados Unidos. Pero educado en el chavismo, soy como Santo Tomás, ver para creer. No confío en casi nada y cuando salgo a la calle, entendida como el espacio público, por excelencia, en nadie.

Rodríguez también habló de “sanación política” para dejar atrás “la génesis del odio y el fascismo”. Odio siempre ha habido en la vida política venezolana. Si al voleo vemos lo que ocurrió en el siglo XIX, pues ¿Qué podemos decir? Nada. Está en la psiquis colectiva. En las persecuciones, en las detenciones, en los asesinatos. En el Castillo de Puerto Cabello, en el Cuartel San Carlos, en el antiguo edificio de la Disip de Los Chaguaramos y en El Helicoide. Entonces, no le falta razón a la señora Delcy Rodríguez.

¿Fascismo? Diría que no está en la cuenta del balance que hace la presidenta encargada. Al general Isaías Medina Angarita lo acusaron de tener un filo fascista, raro para un gobernante que legalizó al Partido Comunista. Yo tendría en cuenta, más bien, la sentencia de Guillermo Cabrera Infante: “el comunismo es el fascismo de los pobres”.

En otro segmento de su discurso, Rodríguez habló de la necesidad de trabajar “sin cálculos personales y partidistas, priorizando el diálogo con sectores productivos como Fedecámaras y organizaciones políticas para abordar temas críticos como el sistema eléctrico nacional”.

Por iniciativa del ingeniero José María de Viana, quien esto escribe, realizó, en 2023 una serie de entrevistas enfocadas en recordar y poner de relieve el aporte del sector empresarial en el desarrollo de Venezuela. Leí una serie de ponencias que los capitanes de empresa presentaron en 1963 en la ciudad de Maracay, en el último año del segundo gobierno de Rómulo Betancourt. Obviamente, los empresarios venezolanos estaban preocupados por la influencia de la Revolución Cubana en Venezuela. La obsesión del señor Fidel Castro por hacerse con el petróleo venezolano. Su apoyo irrestricto y en todos los órdenes a organizaciones políticas de ultraizquierda que querían imponer el socialismo —preámbulo del fascismo de los pobres — en el país. Recordemos que por aquí pasó el general Arnaldo Ochoa, posteriormente fusilado por órdenes de Fidel Castro. De esos barros vinieron estos lodos, en los que nos encontramos inmersos.

De esas ponencias, recuerdo la de Eugenio Mendoza, un hombre visionario. En Maracay presentó una radiografía de las deplorables condiciones de salubridad que había entonces en Venezuela. Contrató a varios especialistas de Estados Unidos para que levantaran, mediante información comprobable y verificada, los estragos de enfermedades infectocontagiosas, cuya prevención era una tarea pendiente. La vilipendiada democracia de la IV república se encargó de construir una red de hospitales que sanaron enfermedades y garantizaron salud a los venezolanos.

Los empresarios venezolanos del siglo XXI están más próximos a la visión del magnate Donald Trump. Más interesados en ver oportunidades de inversión en sectores altamente productivos. Es una forma legítima de entender los negocios y de generar riqueza. ¿Y su responsabilidad social con el país? Hay valiosos ejemplos que mantienen vivo este propósito, esta forma de entender y ver la actividad empresarial. Pero, la acción generalizada del sector empresarial, actualmente, palidece frente a las grandes preocupaciones que se debatieron en Maracay.

Rodríguez habló del sector eléctrico. Mirar hacia adelante, sabiendo que el sector eléctrico fue una fuente colosal de corrupción durante los gobiernos de Chávez y Maduro, es al menos inquietante, digamos, por lo reciente, por la magnitud de los recursos involucrados, por la tragedia que ha causado y por la oscuridad a la que ha sido condenada gran parte de Venezuela.

Entonces sí, es pedir demasiado.

Fumando espero

 

El famoso nuevo momento político del que habló la señora Delcy Rodríguez, a la sazón presidenta encargada de Venezuela, una vez que los Estados Unidos derrocaron al señor Nicolás Maduro, no ofrece un solo indicio de que Venezuela pueda recuperar la democracia. Rodríguez ha sacudido el árbol, pero hasta ahora sólo han caído frutas rojas rojitas.

Se ha utilizado el aparato del Estado, caracterizado por una sólida concentración en manos del poder Ejecutivo, para renovar una serie de instituciones, entre otras, el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo y la anunciada purga del Tribunal Supremo de Justicia -ya veremos que ocurre con el Comité de Postulaciones-. Para ello se ha utilizado la aplanadora que controla el chavismo en la Asamblea Nacional, sin mucho apegó a lo establecido en la Constitución. Las designaciones, tanto en el gobierno como en el aparato del Estado, no son producto de una negociación política, sino del férreo empecinamiento del chavismo para mantenerse en el poder. Tampoco hay el menor indicio de que los Estados Unidos aprueban estas designaciones. Y diría más, de que estén interesados en la democratización del país. Mucho de lo que se ha hecho es para favorecer el clima de negocios y la política transaccional —ojo, no confundir con transicional—, que es una característica muy propia del gobierno del presidente Donald Trump.

La idea gatopardiana de que esto cambió para seguir igual es una impresión generalizada en el país. La expectativa de que “la extracción” de Maduro iba a reflejarse en una mejora del poder adquisitivo de la gente es una nueva frustración entre los venezolanos. Habrá un aumento del salario mínimo esta misma semana, pero la medida es extemporánea y como parte de nuestra cultura política es un viejo tic de la vilipendiada IV República.

De ahora en adelante, todas las operaciones que se hagan en el exterior con los activos del Banco Central de Venezuela serán auditadas por una empresa privada de Estados Unidos. Se toma esta decisión para recuperar la confianza de los agentes económicos y darle transparencia a la opacidad que ha caracterizado a la gestión del chavismo. Quizás los economistas puedan hablar con certeza de indicadores macroeconómicos, sin emplear modelos teóricos e información obtenida off the record. Quizás no sean encarcelados por revelar las magnitudes del abismo en el que hemos caído, la prueba más fehaciente de que el mal está hecho.

No hay concesiones desde arriba, no hay presión desde abajo. No hay transición dentro de una transición. La ley de amnistía debe ser el peor ejemplo de cómo no hacer las cosas, si queremos buscar justicia y reparación a las víctimas. No hay una sola señal que indique que el poder militar está subordinado al poder civil. Sigue el acertijo: Chávez sacó a los militares a la calle ¿Y quién o quienes los van a regresar de vuelta a los cuarteles?

La gente sigue enfocada en la supervivencia, desconectada de la política. No le importamos a los chavistas, a los opositores. ¿Le importamos a los Estados Unidos? Creo que por razones obvias no deberíamos plantearnos esa pregunta.   

El Taita Boves

 

El catire Carlos Baute la cagó. A partir de su sonsonete —que se vaya la mona—, arruinó el baño de masas que se dio María Corina Machado en Sol, la céntrica plaza madrileña. Si tuviéramos en la mano una foto cenital del encuentro de Machado con la nutrida diáspora venezolana que se asentó en Madrid, Baute sería el pelo en la sopa. ¿Somos o no somos racistas los venezolanos?

¿Por qué tanto alboroto? Somos hijos de España, un país atado al racismo desde tiempos inmemoriales. La Guerra de Independencia, una guerra civil por donde se le mire, fue alimentada por el resentimiento, el odio y la venganza. El abuelo o tatarabuelo de las familias en Venezuela es un negro que dejó su carga genética en el pelo rizado, la nariz chata, o ligeramente achatada, y las encías moradas. Nos cuesta asumir el racismo que llevamos in pectore, en lo más hondo del corazón.

Pobre Negro, la novela de Gallegos, Píntame angelitos negros, el poema de Andrés Eloy son los trazos novelados de la suerte ingrata y muchas veces cruel de la negritud venezolana. Somos racistas, lo practicamos a conciencia o no, en la cotidianidad. Pero también somos especialistas en el arte de la simulación, nos refugiamos en el mestizaje, en esa mezcla de razas. Entonces, somos café con leche: marrón claro o marrón oscuro, pero marrón con antepasados negros. Y punto.

Toca reproducir el pasaje de la novela de Francisco Herrera Luque: Boves el Urogallo. Boves, un blanco de orilla, oriundo de Asturias, de pelo ensortijado y ojos verdes. Un soldado al servicio del Rey de España, lleno de resentimiento y odio hacia los blancos criollos.

Escribe Herrera Luque:

La venganza

Luego de la misa de acción de gracias, en la que José Tomás (Boves) juró de rodillas respetar la vida y propiedad de los vencidos, pasó a la casa del Suizo, donde se alojaba, y dio comienzo a un opíparo almuerzo, al cual asistían tanto las autoridades patriotas como las realistas. Ligeramente achispado, Manuel Antonio Malpica hizo el primer brindis: —Brindo por el Caudillo invicto José Tomás Boves, máximo héroe español y libertador de Valencia. Todos levantaron las copas con excepción de Juan Escalona. Boves lo vio con extrañeza. Francisco Espejo se apresuró a borrar la omisión de su colega. —Que los nuevos tiempos nos hagan olvidar los viejos... Cajigal, en sitio de honor, le dirigió una mirada de inteligencia al Padre Llamozas, mientras José Tomás Morales, evidentemente ebrio, hacía gestos despectivos al Dr. Espejo. Cajigal se puso en pie y dijo brevemente: —Que la paz vuelva a reinar entre los españoles, tanto de aquí como de allá. Una voz en falsete gritó desde un rincón de la mesa: —¿Y qué hacemos los negros? ¿Es que no nos van a invitar a la fiesta?... Todos rieron, menos Cajigal y Escalona. La fiesta continuó hasta bien entrada la tarde. Malpica hizo de bufón hasta hacer reír a carcajadas a los presentes, ridiculizando a los patriotas y en particular a Bolívar. Cuando Juan de Escalona se despidió para marcharse, el Caudillo le dijo con cordialidad: —Coronel, admiro su valor. Aunque sé que nunca lo tendré entre mis hombres mucho me hubiese gustado ser su amigo; por eso le voy a dar un consejo. Quédese hoy, aunque sea bajo arresto, en la casa del Suizo. Morales está muy rascado, y cuando ese isleño se embriaga es más peligroso que un tigre hambriento. Escalona captó la sugerencia y la acató. Entró en la habitación que le señalaba Boves y se quedó dormido. No tuvo que arrepentirse de haber seguido el consejo. Morales, en connivencia con algunos de sus hombres y el bajo pueblo de Valencia, se dio a la tarea de matar patriotas y de saquear sus casas. Escalona era una de las presas que con más ahínco buscaba el isleño. Cuando Boves despertó de la siesta pesarosa, ya pasadas las siete, las turbas recorrían la ciudad saqueando y matando. Había dos noticias: la primera, que Juan Manuel de Cajigal había salido con su ejército y estaba acampado fuera de la ciudad. «Viejo tonto no es tan tonto» —se dijo el Caudillo. Y la otra, que un zambo llamado Remigio, uno de los cuatro asesinos de María Trinidad, había caído prisionero. El tigre que había en sus ojos dio un salto al enfrentarse con el asesino de la mulata, con el hombre que le torció el destino y lo vendió a la tropa. De un primer puñetazo, le partió la nariz. De un segundo le hizo saltar los dientes. Luego lo derribó al suelo, y a horcajadas sobre el hombre sació a puñetazos su odio. El hombre suplicaba inútilmente: —¡Perdón! ¡Perdón!, que yo no fui sino los otros. A latigazos y amarrado entre dos filas de lanceros lo sacaron de la ciudad por el camino de Camoruco. Cuando la columna detuvo su marcha, el prisionero se dio cuenta que estaba frente a la tumba caminera de María Trinidad. José Tomás, desde su caballo, le dirigió una triste mirada a la cruz que Malpica había clavado sobre la tumba de la mulata. La expresión melancólica duró segundos; de inmediato la arrasó el verde colérico y un fulgor atroz. —Procede —le dijo a Eulogio. Se bajó el indio de su caballo y clavó una estaca en el suelo, luego, dirigiéndose a los dos hombres que sostenían al reo, les ordenó: —Quítenle los pantalones. Todos, hasta el preso, comprendieron la muerte que le esperaba. Un grito agudo sacudió a Camoruco cuando la estaca perforó el intestino. —Así sabrás, gran carajo —le gritó Boves—, lo que siente una mujer cuando le brincan cuatro. Hasta pasada la medianoche Boves asistió al suplicio, mientras bebía largos tragos de ron. A las siete de la mañana todavía se retorcía el asesino. Dos habían muerto en el asedio, y el último desapareció antes de la entrada de Boves, sin que nadie pudiera dar noticias de él (…) La matanza de la noche anterior había dejado ilustres casas en la orfandad. Entre los muertos estaban dos hermanos del Dr. Miguel Peña, los Ibarrlaburu, los Codecido, José Ignacio Landaeta y Santiago Llamas. José Tomás Boves mandó a tranquilizar al vecindario, haciéndoles saber que nada más lejos de su intención que causarle daño al patriciado valenciano. Explicó lo sucedido como una consecuencia inevitable de los hechos que se desencadenan cuando una ciudad es tomada luego de un largo asedio. Nadie se atrevió a señalarle que al frente de aquella masa de asesinos iba Tomás José Morales, su segundo. Pero como los nobles enviados querían consuelo a cualquier precio, aceptaron las explicaciones del vencedor y desecharon sus tristes presentimientos. Una última recomendación hizo el Caudillo, y era que, a fin de evitar los males inherentes al saqueo, las familias patricias de Valencia debían depositar en casa del Suizo, donde él se alojaba, los objetos de valor y en particular la platería. La sugerencia fue aceptada con beneplácito por los enviados. El Suizo, que asistía a la reunión, tuvo otra idea: —¿Y por qué no nos mandan esas bandejas con algo comestible adentro, y ponemos la gran fiesta para olvidar lo de anoche? La proposición del Suizo fue igualmente aceptada y hasta con júbilo. Uno de los asistentes de nombre Santiaguito y que se desvivía por organizar eventos sociales, propuso: —Me parece excelente la idea. Vamos a hacer la lista ahora mismo para que no se quede en veremos. Malpica, satisfecho del eco, añadió: —Para que no me digan pichirre, si ustedes ponen las viandas y los postres, yo pondré el vino. Don Miguel Meló, un mantuano valenciano, melómano empedernido y que había logrado formar una orquesta de doce profesores, ofreció: —Y yo pongo la música. Boves sonrió, y entre magnánimo y picaresco, dijo: —De acuerdo, señor, pero yo también traeré mis músicos. Para la música de fondo me sobro yo. Todos salieron de la casa del Suizo contentos de congraciarse con el Conquistador. —Pero si Boves es un encanto —le decía Santiaguito a su mujer—. Yo no sé dónde habrán inventado que es un hombre malo. Si tú le vieras cómo se ríe. Si tiene la sonrisa de un niño. Yo creo que con este hombre sí vamos a tener paz —decía el joven mientras se sobaba la cabellera, en tanto su mujer pensaba por qué su marido no estaría entre los muertos de la noche anterior. Por la tarde comenzaron a llegar las bandejas de plata del patriciado valenciano. El primero en hacer acto de presencia fue el mayordomo de los Ortega, seguido de siete esclavos portando ricos manjares. El mayordomo de Malpica no pudo menos de observar en voz alta: —Y después dicen que mi amo era el único que escondía la comida. ¡Mírenme esto!... Después de los siete esclavos con vianderas de exquisiteces, seguían cuatro peones arrastrando un cajón lleno de copas, jarras y más bandejas de plata. Ya a las seis, una hora antes de la fiesta, el cuarto destinado a aguardar la platería estaba repleto de arriba a abajo. El Padre Llamozas, al ver aquel almacenamiento de objetos de valor, dijo alegórico: —Esto parece el cuarto donde estuvo preso Atahualpa... Boves, que conocía la historia, le respondió zumbón: —¿Y no me le parezco a Pizarro, padre? (…) Horas antes, so pretexto de evitar desórdenes, la oficialidad patriota fue recluida en la casa de las señoritas Urloa, un caserón sombrío frente a la Plaza Mayor de Valencia. Comenzó la fiesta a las siete de la noche. La noche estaba encapotada y los relámpagos cruzaban el cielo. El ambiente era triste y tenso. La mayor parte de los invitados tenían algún amigo o familiar entre los asesinados de la noche anterior. —Pero Niña, ¿cómo no vas a ir? —le decía a su mujer un ilustre mantuano—, será para que ese hombre nos ponga la vista. Vamos y salimos de eso. —Finalmente la mujer accedió. El gran salón y el patio principal de la lujosa mansión del Suizo, se llenó de gente. Juan de Escalona y Francisco Espejo departían amablemente con la oficialidad realista. Boves se veía risueño y receptivo. A solicitud suya, un grupo de muchachas cantó los himnos patrióticos en boga. Le hizo mucha gracia aquel himno del General Mariño. Se lo hizo repetir varias veces hasta que se lo aprendió de memoria; luego lo entonó con el coro para regocijo de todos los presentes. —¿No te decía yo que era un encanto? —observaba Santiaguito a su mujer. A una orden del Caudillo la orquesta del señor Meló abrió el baile con un rigodón. El Dr. Francisco Espejo se lució en la danza. Boves, ya achispado, le gritó socarrón: —¡Ese Espejo sí que brilla! Espejo, erizado de felicidad con la chanza del vencedor, le respondió: —Gracias, Excelencia, por habernos devuelto la luz. Los músicos del asturiano, gente de color, veían entre tanto, impasibles, los delicados movimientos de los mantuanos bailando alrededor de su jefe. Muy pocos oficiales realistas bailaban. Santiago, siempre acucioso, le dijo insinuante mientras le pasaba al lado en melodiosos giros: —¿Y sus hombres no bailan? Viéndole la cara a un zambote picado de viruelas, le contestó: —Qué va, oh. Esta es gente del Alto Llano y no sabe bailar sino a golpes. Esto es muy fino para ellos. Pero Excelencia, eso es falta de confianza —le dijo el joven—. Se les enseña, ¿verdad mi amor? —le preguntó a su aburrida esposa, quien le dirigió una mirada furibunda. De repente estalló la tempestad que amenazaba. Gruesos goterones cayeron sobre la ciudad. Los invitados se aglomeraron en el salón. La barra salió a guarecerse en los portales vecinos. Juan de Escalona intentó salir a la calle. Un oficial se lo impidió: —Hay órdenes de no dejar salir a nadie por los momentos, porque hay partidas de forajidos recorriendo a Valencia. Un pelotón de caballería pasó a escape en medio del aguacero. La calle estaba solitaria. Adentro la música le resonó siniestra a Escalona. El militar patriota olfateó peligro. Recordó el caso de los notables de Ortiz. Estudió con cautela a Boves. Continuaba sonriendo, embutido en su traje de gala de coronel español. Tenía una sonrisa amplia y reventona que seducía a cualquiera. En otras circunstancias le hubiese gustado ser su amigo. De pronto tuvo una sensación de pánico cuando le vio brillar los ojos color de tigre. Entre tanto seguían pasando partidas de caballería, continuaba la tempestad y los violines resonaban más fúnebres que nunca. El hecho de que no estuviese presente Cajigal no le gustó en Absoluto a Escalona. Cajigal era un militar pundonoroso, incapaz de estar presente en un acto bochornoso como el que presentía. Le comunicó sus sospechas al Dr. Espejo. El gobernador civil de Valencia compartió sus temores. El ruido acompasado de un batallón de caballería que se acercaba los impulsó a huir. La acera de enfrente se llenó de ruidos, de gente en armas. Toda la concurrencia se asomó a los balcones. Un oficial de caballería atravesó el sarao y le entregó un papel a Boves de parte de Morales. Boves simuló leerlo. Aparentó preocupación e indignación. Hizo detener la música: —Señores, lamento mucho tener que decirles que las personas que voy a nombrar quedan arrestadas, desde este mismo instante, por conspirar contra mi autoridad: —Juan de Escalona. —Francisco Espejo... Afortunadamente para Espejo y Escalona, el presentimiento de éste había sido fructífero. Trepando paredes y rompiendo tejas se habían puesto a salvo de aquella mortal redada. Más de cincuenta hombres de los allí presentes, fueron maniatados frente a sus mujeres y alanceados al llegar a los extremos de la población. Un inmenso lamento sacudió la casa del Suizo. Lloraban a gritos destemplados las mujeres al ver a sus hombres camino del suplicio. Boves intentó callarlas recomendándoles calma. Al ver que era inútil el tono indulgente de su voz, le arrebató un látigo a uno de los soldados, y luego de dar un cuerazo contra el suelo, gritó: —Carajo... cállense que aquí se viene a bailar y no a llorar. La que me llore se va a arrepentir. Los músicos del señor Meló seguían rascando sus violines. —Fuera esos músicos pendejos... y que toquen los míos; para que baile mi gente. ¡A ver maestro! Que me toquen el Piquirico. La tonada gachupina, alegre, sacudió la sala. Las mujeres y doncellas valencianas se tragaban sus lágrimas, en tanto caían sobre ellas los hercúleos soldados de caballería. Boves, borracho, hacía chasquear el látigo en medio de la sala, mientras sus negros y mulatos arrastraban entre lloriqueos a las mujeres por los cuartos grandes y complacientes del Suizo...

Y como en la cuña de Gillette, a esta macabra danza de la muerte, alimentada por el resentimiento y el racismo, siguió, a partir de 1859, una segunda degollina encabezada por el general Ezequiel Zamora, otro caudillo, de los tantos, que han ensangrentado a Venezuela.

Y ya saben… Lo que a la primera se le pasa, la segunda lo repasa.

El cementerio de los deseos

 

Respira, cuenta hasta 10, tómate un té. Entonces, me doy cuenta de que hago las veces de un domador de circo para contener las peores emociones que puedo albergar en mi corazón: rabia, odio, racismo, venganza… todo en un coctel que es tan desagradable como una sección de quimioterapia. Quiero creer que hay un futuro y luego me digo. ¿En qué carajos estoy pensando si mi zona de confort es el pesimismo?

Entonces, respiro y cuento hasta 10 (el té lo dejo para más tarde), busco en mis archivos la entrevista que le hice a Abraham Lowenthal, profesor de la Universidad del Sur de California y coautor del libro Transiciones Democráticas. Busco respuestas para una realidad política que es más incierta que la página en blanco. Dice el profesor Lowenthal que las transiciones son procesos que se toman su tiempo, en los que hay reveses y una ruta en zigzag. No son procesos rápidos. No, para nada. Son lentos. “Pero con un poco de perspectiva histórica, uno puede decir que las transiciones comienzan, incluso, antes de que la gente tome conciencia de ello, porque a veces son conversaciones en secreto, son actitudes cambiantes dentro de algunos sectores del gobierno. Nadie dice: He decidido salir del autoritarismo. Nadie lo dice a la luz del día, pero definitivamente ocurre”, zanja Lowenthal.

La frase dicha por Delcy Rodríguez, luego de la intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela: “Estamos en un nuevo momento político”, ¿podría interpretarse como una actitud cambiante dentro del gobierno? La respuesta podría ser sí y no. SÍ, porque se han hecho cambios en materia económica que apuntan a favorecer el clima de los negocios. NO, porque todas las designaciones que ha hecho Rodríguez —con la excepción quizás de la Defensoría del Pueblo—, son lo más parecido a una puerta giratoria por la cual salen los chavistas elegidos por Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y entran los chavistas que designan los hermanos Rodríguez. El llamado chavismo reciclado, pues.

Si partimos del hecho de que “la democracia es compleja y la tentación de acumular más poder es universal”, empezamos a tomar conciencia de lo difícil que es una transición política hacia la democracia. En una ocasión, Mercedes Pulido me dijo que “el poder es el único instinto humano que no se sacia”. Si no que lo diga el señor Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, el inventor del totalitarismo. Padre y guía del marxismo universal. Si los nombramientos de la señora Delcy Rodríguez apuntaran a crear formas de participación más amplias y el funcionamiento de instituciones que controlen los poderes, además de los mecanismos de chequeo, entonces otro gallo cantaría.

Para los gobiernos autoritarios, una transición hacia la democracia es compartir el poder, someterse al escrutinio del voto, convivir con el que piensa diferente, es ceder mucho de lo que se tiene y más cuando se han cometido violaciones a los Derechos Humanos, cuando la represión y la persecución son el sino de un Estado terrorista. Hablamos de justicia transicional porque se cometieron toda clase de desmanes, incluidos crímenes de lesa humanidad: violaciones, secuestros, asesinatos. Se habla de reparación a las víctimas porque ocurrió todo esto. A lo que podemos aspirar es a un máximo de justicia sin venganza. La realpolitik que es el marco que deberíamos elegir para actuar en consecuencia impone sacrificios. Otro cambio de actitud sería constatar que estamos dispuestos a tragarnos los sapos que una transición política nos impone. Lo importante, lo vital, es tener una perspectiva histórica. Hablamos, por ejemplo, de la desgarradora diáspora de los venezolanos. De la separación de las familias, unidas por el puente del wasap, ¿qué le diríamos a un judío si nos recordara que la diáspora del pueblo judío duró más de 1.000 años? Sí, le sobra razón a Lowenthal cuando dice que la transición exige perspectiva histórica y herramientas de análisis. A veces, las perdidas son de tal magnitud y el sufrimiento es tan doloroso que lo único que nos queda es mirar hacia adelante. Lo contrario sería adentrarnos en las tinieblas y la peor oscuridad.  

Pdta. Esta entrevista la hice en 2016. Hace una década, el mismo lapso que duró la transición chilena hacia la democracia. Es cierto, pasó “algo”, hubo un “cambio de actitud”, un aprendizaje del “trauma” —Jorge Rodríguez dixit— que provocó la intervención militar de los Estados Unidos. Entonces, no hemos hecho nada para salir de la tragedia, del hundimiento en el que caímos.   

Rumbo a ningún lado

 

En la ruta hacia ninguna parte, hay un destino común: un proceso electoral que legitime el poder de los dos factores que se enfrentan por la supremacía de ideologías y visiones políticas irreconciliables. Por una parte, María Corina Machado ha señalado la necesidad de activar un proceso de transición democrática que fije un cronograma electoral. Por la otra, el chavismo ha emprendido una peregrinación —haciendo honor a los rasgos cuasi religiosos en los que se apoyó Hugo Chávez— para posicionar en la agenda pública la urgencia de levantar todas las sanciones que pesan sobre el país. Sólo entonces, podría haber en Venezuela “elecciones sin sanciones”.

No podemos hablar de transición política en Venezuela, sencillamente porque los factores que intervienen en la vida política del país están atrincherados en sus posiciones irreconciliables. Estamos muy lejos del desacreditado Pacto de Puntofijo. Quiérase o no, la única transición política exitosa que se ha ensayado en el país. No fue una transición política en toda regla, pero tuvo elementos claves que permitieron la convivencia democrática durante 40 años, los únicos que hemos conocido en algo más de 200 años de vida republicana.

Las élites políticas de esos años se concentraron en la supervivencia de ese arreglo político. No fue una etapa exenta de riesgos. Recordemos las amenazas y los riesgos que acecharon al gobierno de Rómulo Betancourt entre 1959 y 1964. Intentonas golpistas, tanto de derecha como de izquierda. Y la larga sombra intervencionista de la Cuba castrista. Pero la nave institucional que surgió de ese acuerdo pudo sortear los peligros. No voy a sacralizar los 40 años de democracia, ni voy a llorar sobre la leche derramada. Por la sencilla razón de que lo que teníamos nos trajo hasta aquí. La democracia venezolana creó una base incipiente de lo que se conoce como el estado de bienestar, pero fue incapaz de construir una edificación —en todos los órdenes: político, económico y social—, que sirviera como agente activo del desarrollo. La tarea se hizo a medias, producto de la inercia, de la falta de imaginación y un proverbial rechazo al sacrificio y a la competencia. Siempre hemos elegido una vida fácil a tener un país.  

Todo lo que éramos fue dinamitado por los militares felones del 4 de febrero. El proyecto político de Hugo Chávez no fue otra cosa que un ardid para regresar a la vida cuartelaria, al autoritarismo rampante, a la dictadura de Nicolás Maduro. Las complicidades de las élites y de la izquierda residual de los años 60 hicieron el resto.

Una transición política es un comienzo, solo eso. No es garantía de nada. La vida es movimiento y si no perseveramos en alcanzar objetivos estratégicos estamos condenados al fracaso. Los modos y las costumbres son reacias al cambio, así como nuestra forma de pensar.

El Pacto de Puntofijo puso el énfasis en la consolidación y fortalecimiento de los partidos políticos. Y esa fue una de las principales causas que determinaron su fracaso. Dentro de la desgracia que estamos viviendo, tenemos al menos la oportunidad de hacer otra cosa, de poner el énfasis, por ejemplo, en el fortalecimiento de la sociedad civil y de una institucionalidad que tenga como objetivo el bienestar de los venezolanos.

No veo eso en el escenario venezolano. Ni como propuesta política ni como imaginario colectivo. Hasta el 3 de enero, el chavismo estaba ensayando su modelo dictatorial, con visos totalitarios, control pleno y absoluto de las instituciones del Estado, dominio estratégico de la economía, y un modelo social —la entelequia comunal— sujeto al populismo y avasallado por el Estado.   

Tampoco creo que un modelo neoliberal, como se esboza en las propuestas de la oposición liderada por María Corina Machado, sea la solución.

Entonces, ¿vamos a un proceso electoral para seguir en lo mismo? ¿Para seguir cavando en el fracaso político y la anomia social?

 

El asunto que nos quema las manos

Durante su visita a España, María Corina Machado fue entrevistada por el director del diario El Mundo de Madrid, Joaquín Manso. Apertura de periódico y tres páginas en la sección Primer Plano, espacio en el que ese periódico desarrolla temas de coyuntura diaria de la mayor entidad noticiosa.

Machado habló largo y tendido sobre diversos temas. No podía ser de otra forma ante los graves problemas que enfrenta Venezuela. Comentaré, sin embargo, uno solo: El asunto de la soberanía nacional, herida, no sé si de muerte, el pasado 3 de enero, tras la intervención militar de fuerzas estadounidenses, que “extrajeron” a Nicolás Maduro, a su esposa, Cilia Flores, para llevarlos ante la justicia en la ciudad de Nueva York.

La pregunta, cortesía de Joaquín Manso, es la siguiente:

—Usted que ha visitado a Donald Trump y que habla con Marco Rubio, ¿qué garantías tiene de que Washington no se va a conformar con un arreglo más o menos eficaz para sus intereses en el corto plazo y que va a devolver a los venezolanos el poder soberano sobre el país?

—Lo que pasa —responde Machado— es que este statu quo es de todo menos eficaz. Es evidentemente insatisfactorio desde cualquier punto de vista. Desde el punto de vista de la migración, que es un tema que preocupa a Estados Unidos, la gente no va regresar a un país donde están los mismos criminales que te destruyeron la vida y que te obligaron a huir. Desde el punto de vista de la seguridad, ellos son los que mantienen los vínculos profundos con Rusia, con Irán, con Hizbulá, con Hamas, con la guerrilla, con los cárteles de la droga. No van jamás a desmontar estas estructuras si no son obligados y, en el momento que tengan menos presión, lo van a volver a instalar. Desde el punto de vista de la seguridad energética, Venezuela está produciendo si acaso un millón de barriles al día. Para producir cinco o seis millones de barriles al día, que es nuestro potencial, se requieren entre 150 y 190* millones de dólares. Dime tú, qué directiva, qué cuerpo de directores de una empresa sería va a aceptar hacer una inversión de miles de millones de dólares en un país que está en el último lugar en Estado de Derecho y que tiene al frente a la misma persona que participó en robos, expropiaciones y confiscaciones. Entonces, desde cualquier punto de vista que lo veas, a Estados Unidos, a los países de la región y obviamente a los venezolanos, lo que nos conviene es una transición ordenada y eso pasa por determinar un calendario electoral.

No creo que el destinatario de esta pregunta sea María Corina Machado sino la sociedad venezolana en su conjunto. Nos corresponde a todos “recuperar el poder soberano sobre el país”. Es un asunto que tarde o temprano tendremos que debatir para alcanzar una visión compartida y la unidad nacional para recuperar lo que perdimos el 3 de enero. Desde ese día nos enfrentamos a un desafío existencial.

El sólo hecho de que el volumen de la producción petrolera se fije en Washington es inaceptable, así como el hecho de que los recursos financieros obtenidos por la exportación de petróleo, gas, oro y otros minerales estratégicos, se manejen desde una cuenta del Tesoro de los Estados Unidos. Los venezolanos no necesitamos a un padrino que nos fije una mesada.

La respuesta de Machado gira en torno a los principales puntos de la agenda estadounidense, son las tres prioridades que marcó el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, durante su visita a Caracas el pasado 12 de marzo. Estamos hablando de migración, seguridad hemisférica y narcotráfico.

Ya la señora Delcy Rodríguez, presidenta reconocida por el gobierno de Donald Trump, ha respondido a las demandas del general Donovan, al extraditar a Panamá a Alí Hage Zaki Jalil, principal sospechoso del atentando con bomba contra el vuelo 901 de la línea aérea Alas Chirianas. Por otra parte, los vuelos con migrantes venezolanos expulsados por Estados Unidos siguen llegando puntualmente a Maiquetía y los Estados Unidos se encargan de vender el petróleo venezolano.

Son hechos que corren en paralelo. Y la pregunta es muy sencilla. ¿Quién decide lo que se hace en Venezuela?

Necesitamos un proceso de transición, un gran acuerdo nacional, alrededor de estos temas. Los venezolanos, al menos, deberíamos reclamar nuestro derecho a voz.


(*La cifra correcta debería ser 150 mil, 190 mil millones).

 

 

 

Lo que nos dice la Historia

 

Hay tres personas —una de ellas es quien esto escribe—, que están leyendo a José Rafael Pocaterra. Por distintas razones había que indagar en el pasado, entre otras cosas, porque la historia siempre arroja luces sobre el presente. Obviamente, estoy hablando de su libro más leído, Memorias de un Venezolano de la Decadencia. Se trata de una extensa crónica sobre lo que hemos conocido como la invasión de los andinos, una montonera que coronó en el poder a Cipriano Castro y luego a Juan Vicente Gómez. La tiranía fue la forma de gobierno de estos dos compadres. Pocaterra la sufrió en carne propia, su nombre siempre estuvo en las quinielas de la conspiración. Durante el gobierno de Castro, Pocaterra fue a dar a la cárcel, primero en el Castillo Libertador (en Puerto Cabello), y luego en el Castillo de San Carlos de la Barra, (en el Zulia). Juan Vicente Gómez lo encarceló en La Rotunda. En esas mazmorras las autoridades civiles y militares actuaban con una sevicia, con una crueldad, difícil de imaginar.

Gómez se instaló en Maracay, donde construyó una ciudadela militar que sigue en pie hasta nuestros días. El Olimpo cuartelario. Llegó allí mediante una traición. Ese es un hecho histórico. Y será la historia la que determine si a Nicolás Maduro lo traicionaron el 3 de enero. Se han ensayado hipótesis que sólo arrojan dudas y sospechas. Pasto para las teorías conspiratorias. Quizás tenga razón uno de los lectores del libro de Pocaterra, cuando afirma que la llamada “extracción” de Maduro es un “episodio ciprianesco”. Es la historia cíclica de Venezuela, donde las mismas pulsiones se repiten en épocas distintas.

Leyendo a Pocaterra nos encontramos con varios paralelismos entre comienzos del siglo XX y la realidad que estamos viviendo en este primer cuarto del siglo XXI. Para ganar legitimidad y acumular poder, por ejemplo, Juan Vicente Gómez ensayó una especie de transición política. Abrió las puertas de las cárceles para que muchos adversarios y enemigos de Castro recobraran su libertad. Muchos exiliados se embarcaron en la Vuelta a la Patria. Soplaba una ventisca de libertad, que muy pronto se disipó en la tiranía. La amargura brota en cada línea del libro de Pocaterra. Su visión sobre la sociedad venezolana no es, precisamente, complaciente. La actitud acomodaticia, el trato adulatorio, la conchupancia con la corrupción y el poder dictatorial, aquello de que si te he visto no me acuerdo nos hace proclives a la indiferencia, a la desmemoria, a la complicidad y el silencio. Son las taras de una psiquis colectiva enferma.

Valgan estas reflexiones a vuelo de pájaro para transcribir un pasaje del libro de Pocaterra.

Escribe el autor de Memorias de un Venezolano de la Decadencia:

Los que venían del destierro, de las cárceles, de los ultrajes, se veían obligados a abrazar a sus perseguidores del día antes y a cambiar el beso de Iscariote. También resultaba curiosísima esta travesura psicológica de las inversiones: los verdaderamente reconciliados eran compinches que nunca estuvieron reñidos; los que en verdad fraternizaban habían vivido juntos un novenario gestatario en la placenta de algún agio; los que besábanse llorando de júbilo, habían fornicado con la hacienda pública la noche antes… Y los que quedaron de situación caída, disimulaban a los victimados su pobreza, les dispensaban que hubiesen estado presos, los toleraban a pesar de tener los tobillos encallecidos de grillos, no les guardaban rencor porque se hubiesen resistido a que les violaran la hija o les llevaran la mujer, ni porque al tomarles la hacienda ésta defraudara lo que de ella se prometiera quien se la cogió; un derroche de generosidad y de olvido; mucho olvido, olvido por agua común, el Orinoco vuelto un Leteo, el leteo en todo: en la bofetada y el escupitajo, en la cautividad, en el crimen (…) Se trataba de la reconciliación de la familia venezolana, y esta familia venezolana, como sabeís, aunque desunida, es muy sinvergüenza, se hace perrerías y se reconcilia luego con lágrimas en los ojos (…) En esta circunstancia está toda la moral de la situación. Fijaos si no en el lenguaje oficial de la época: no se aludía al perdón, no, sino a la reconciliación…”.

Actualmente, diríase que los venezolanos somos más civilizados. Se aprobó una Ley de Reconciliación por unanimidad en la Asamblea Nacional y se creó una comisión legislativa de seguimiento para que el abrazo sea más sincero, más profundo, más apegado a la venezolanidad.

La máquina de coser

 

En ese largo e inquietante viaje hacia el totalitarismo que es El pensamiento cautivo, (un libro fundamental en la obra del premio Nobel de literatura polaco, Cseslaw Milosz) hay un flash casi insignificante dentro de la narración que me encandiló. En la Polonia sometida al poder soviético hay una mujer que tiene una máquina de coser, ella es amiga de otra mujer que trabaja en una fábrica de telas. Parecía lógico que hicieran match en cuanto a la habilidad de una y la productividad de la otra. La pieza de tela que se convertiría en una prenda de vestir. De inmediato intervino el partido y, lo que parecía lógico, se convirtió en una acusación: Eso no puede ocurrir, porque esa iniciativa encierra el germen del odiado capitalismo.

En Cuba, las máquinas de coser son bienes de producción y, por tanto, son propiedad del Estado. Entonces, había que extirpar la propiedad privada. Fidel Castro no había luchado en la Sierra Maestra para favorecer a los capitalistas. Y así se hizo.

Esta visión, totalmente ideologizada de cualquier actividad económica, es el germen que terminó por destruir a la economía cubana, una de las más prósperas de América Latina antes de 1959. Los chinos le han sugerido a los cubanos que dejen atrás el modelo estatista. Simplemente no funciona. Pero el socialismo también puede ser un dogma y, por lo tanto, una religión.

En Venezuela, Hugo Chávez, profundizó el modelo estatista. Se convirtió en empresario. Compró o expropio empresas: siderúrgicas, telefonía, centrales de generación y distribución eléctrica, entidades financieras, ingenios azucareros, torrefactoras de café… es una lista interminable. Gracias a la chequera petrolera, Venezuela podía permitirse la propiedad y el control de los medios de producción. Obviamente, a comienzos de este siglo, una máquina de coser resultaba algo tan insignificante como un centavo. En un pueblo tan sabio como el venezolano, la propiedad privada se reducía a mi casa y mi carro. Lo demás no sabría decir qué es, ni de qué va. Y claro, de que no es propiedad privada no lo es.

De esta visión ideologizada de la economía se libró el país el pasado 3 de enero. Se trata de otro aprendizaje que dejó el trauma de la intervención militar estadounidense. A partir de ese día comenzó la era del business. El abrupto adiós a la consigna de Raúl Castro, refiriéndose a Venezuela y a Cuba… “cada vez más somos la misma cosa”.

Pensando en la máquina de coser y sus implicaciones en el modelo económico de los países socialistas, me vino a la mente el perfil que escribió el historiador Tomás Straka de Delcy Rodríguez, en la revista Nueva Sociedad. Ella siempre favoreció los negocios desde el mismo momento en que ascendió a la cúpula del chavismo. Y ahí están los tres pilares que la sostienen en Miraflores: la capacidad del chavismo para asegurar el control territorial, el manejo de las instituciones y las palancas del Estado y su favorabilidad para hacer negocios. Entonces, mejor el tema musical Sex Machine de James Brown que la máquina de coser de Singer.