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Pedir Demasiado

 

A partir del 3 de enero, por obra y gracia de una funesta agresión de los Estados Unidos a la independencia y soberanía nacional, “se inauguró (en Venezuela) un nuevo ciclo histórico orientado a la superación del extremismo y la falta de convivencia”, la cita corresponde a la intervención que hiciera la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, en un encuentro con distintos factores de la vida nacional en Valencia, capital del estado Carabobo.

¿Una nueva era deslastrada del desastroso legado del chavismo? Es muy difícil imaginar que esto ocurra bajo “el control político” que el chavismo quiere mantener a toda costa. Darles el beneficio a los herederos del señor Nicolás Maduro, al frente del Estado y del poder Ejecutivo, es pedir demasiado, si no imposible para una generación de venezolanos que hemos vivido —y seguimos sobreviviendo— en esta tragedia de dimensiones épicas.

Rodríguez habló de superar el extremismo y la falta de convivencia. Hay que reconocerle que ha dado pasos en ese sentido. Sacó de la parrilla del canal 8 el programa La Hojilla, conducido por Mario Silva. Ese programa era una especie de trituradora industrial que, en términos simbólicos, molió, como si se tratase de carne vacuna, reputaciones, iniciativas, propuestas políticas, con un lenguaje deplorable que embruteció a muchos venezolanos. Y la pregunta es cuándo va a hacer lo propio con el programa de Diosdado Cabello, con El Mazo Dando, cuyo equipo de “patriotas cooperantes” habría que buscarlos, como primera opción, en los servicios de inteligencia que monitoreaban la vida de políticos opositores durante las 24 horas del día. Y como en las películas, un televidente podía intuir que Cabello conocía qué comían, cuándo dormían, cuántas veces iban al baño los adversarios —entendidos entonces como mortales enemigos— de la causa chavista. Es difícil lo que nos pide la presidente encargada. No olvidemos que, a Mario Silva, por ejemplo, lo avalaron desde la jefatura del Estado, tanto el expresidente Hugo Chávez, como Nicolás Maduro, “extraído”, por un comando de élite del ejército de los Estados Unidos.

Me cuento, como muchos venezolanos, entre quienes mostraron su rechazo a la aplicación de las sanciones, económicas y financieras, de lo que ya era una vida miserable. Abolir las sanciones no está en nuestras manos, es la baza que tiene los Estados Unidos para presionar a favor de sus intereses. Quisiera pensar —hay tantas cosas que quisiera y nunca se han dado—, que el restablecimiento de la democracia es cosa del interés de los Estados Unidos. Pero educado en el chavismo, soy como Santo Tomás, ver para creer. No confío en casi nada y cuando salgo a la calle, entendida como el espacio público, por excelencia, en nadie.

Rodríguez también habló de “sanación política” para dejar atrás “la génesis del odio y el fascismo”. Odio siempre ha habido en la vida política venezolana. Si al voleo vemos lo que ocurrió en el siglo XIX, pues ¿Qué podemos decir? Nada. Está en la psiquis colectiva. En las persecuciones, en las detenciones, en los asesinatos. En el Castillo de Puerto Cabello, en el Cuartel San Carlos, en el antiguo edificio de la Disip de Los Chaguaramos y en El Helicoide. Entonces, no le falta razón a la señora Delcy Rodríguez.

¿Fascismo? Diría que no está en la cuenta del balance que hace la presidenta encargada. Al general Isaías Medina Angarita lo acusaron de tener un filo fascista, raro para un gobernante que legalizó al Partido Comunista. Yo tendría en cuenta, más bien, la sentencia de Guillermo Cabrera Infante: “el comunismo es el fascismo de los pobres”.

En otro segmento de su discurso, Rodríguez habló de la necesidad de trabajar “sin cálculos personales y partidistas, priorizando el diálogo con sectores productivos como Fedecámaras y organizaciones políticas para abordar temas críticos como el sistema eléctrico nacional”.

Por iniciativa del ingeniero José María de Viana, quien esto escribe, realizó, en 2023 una serie de entrevistas enfocadas en recordar y poner de relieve el aporte del sector empresarial en el desarrollo de Venezuela. Leí una serie de ponencias que los capitanes de empresa presentaron en 1963 en la ciudad de Maracay, en el último año del segundo gobierno de Rómulo Betancourt. Obviamente, los empresarios venezolanos estaban preocupados por la influencia de la Revolución Cubana en Venezuela. La obsesión del señor Fidel Castro por hacerse con el petróleo venezolano. Su apoyo irrestricto y en todos los órdenes a organizaciones políticas de ultraizquierda que querían imponer el socialismo —preámbulo del fascismo de los pobres — en el país. Recordemos que por aquí pasó el general Arnaldo Ochoa, posteriormente fusilado por órdenes de Fidel Castro. De esos barros vinieron estos lodos, en los que nos encontramos inmersos.

De esas ponencias, recuerdo la de Eugenio Mendoza, un hombre visionario. En Maracay presentó una radiografía de las deplorables condiciones de salubridad que había entonces en Venezuela. Contrató a varios especialistas de Estados Unidos para que levantaran, mediante información comprobable y verificada, los estragos de enfermedades infectocontagiosas, cuya prevención era una tarea pendiente. La vilipendiada democracia de la IV república se encargó de construir una red de hospitales que sanaron enfermedades y garantizaron salud a los venezolanos.

Los empresarios venezolanos del siglo XXI están más próximos a la visión del magnate Donald Trump. Más interesados en ver oportunidades de inversión en sectores altamente productivos. Es una forma legítima de entender los negocios y de generar riqueza. ¿Y su responsabilidad social con el país? Hay valiosos ejemplos que mantienen vivo este propósito, esta forma de entender y ver la actividad empresarial. Pero, la acción generalizada del sector empresarial, actualmente, palidece frente a las grandes preocupaciones que se debatieron en Maracay.

Rodríguez habló del sector eléctrico. Mirar hacia adelante, sabiendo que el sector eléctrico fue una fuente colosal de corrupción durante los gobiernos de Chávez y Maduro, es al menos inquietante, digamos, por lo reciente, por la magnitud de los recursos involucrados, por la tragedia que ha causado y por la oscuridad a la que ha sido condenada gran parte de Venezuela.

Entonces sí, es pedir demasiado.

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