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Fumando espero

 

El famoso nuevo momento político del que habló la señora Delcy Rodríguez, a la sazón presidenta encargada de Venezuela, una vez que los Estados Unidos derrocaron al señor Nicolás Maduro, no ofrece un solo indicio de que Venezuela pueda recuperar la democracia. Rodríguez ha sacudido el árbol, pero hasta ahora sólo han caído frutas rojas rojitas.

Se ha utilizado el aparato del Estado, caracterizado por una sólida concentración en manos del poder Ejecutivo, para renovar una serie de instituciones, entre otras, el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo y la anunciada purga del Tribunal Supremo de Justicia -ya veremos que ocurre con el Comité de Postulaciones-. Para ello se ha utilizado la aplanadora que controla el chavismo en la Asamblea Nacional, sin mucho apegó a lo establecido en la Constitución. Las designaciones, tanto en el gobierno como en el aparato del Estado, no son producto de una negociación política, sino del férreo empecinamiento del chavismo para mantenerse en el poder. Tampoco hay el menor indicio de que los Estados Unidos aprueban estas designaciones. Y diría más, de que estén interesados en la democratización del país. Mucho de lo que se ha hecho es para favorecer el clima de negocios y la política transaccional —ojo, no confundir con transicional—, que es una característica muy propia del gobierno del presidente Donald Trump.

La idea gatopardiana de que esto cambió para seguir igual es una impresión generalizada en el país. La expectativa de que “la extracción” de Maduro iba a reflejarse en una mejora del poder adquisitivo de la gente es una nueva frustración entre los venezolanos. Habrá un aumento del salario mínimo esta misma semana, pero la medida es extemporánea y como parte de nuestra cultura política es un viejo tic de la vilipendiada IV República.

De ahora en adelante, todas las operaciones que se hagan en el exterior con los activos del Banco Central de Venezuela serán auditadas por una empresa privada de Estados Unidos. Se toma esta decisión para recuperar la confianza de los agentes económicos y darle transparencia a la opacidad que ha caracterizado a la gestión del chavismo. Quizás los economistas puedan hablar con certeza de indicadores macroeconómicos, sin emplear modelos teóricos e información obtenida off the record. Quizás no sean encarcelados por revelar las magnitudes del abismo en el que hemos caído, la prueba más fehaciente de que el mal está hecho.

No hay concesiones desde arriba, no hay presión desde abajo. No hay transición dentro de una transición. La ley de amnistía debe ser el peor ejemplo de cómo no hacer las cosas, si queremos buscar justicia y reparación a las víctimas. No hay una sola señal que indique que el poder militar está subordinado al poder civil. Sigue el acertijo: Chávez sacó a los militares a la calle ¿Y quién o quienes los van a regresar de vuelta a los cuarteles?

La gente sigue enfocada en la supervivencia, desconectada de la política. No le importamos a los chavistas, a los opositores. ¿Le importamos a los Estados Unidos? Creo que por razones obvias no deberíamos plantearnos esa pregunta.   

El Taita Boves

 

El catire Carlos Baute la cagó. A partir de su sonsonete —que se vaya la mona—, arruinó el baño de masas que se dio María Corina Machado en Sol, la céntrica plaza madrileña. Si tuviéramos en la mano una foto cenital del encuentro de Machado con la nutrida diáspora venezolana que se asentó en Madrid, Baute sería el pelo en la sopa. ¿Somos o no somos racistas los venezolanos?

¿Por qué tanto alboroto? Somos hijos de España, un país atado al racismo desde tiempos inmemoriales. La Guerra de Independencia, una guerra civil por donde se le mire, fue alimentada por el resentimiento, el odio y la venganza. El abuelo o tatarabuelo de las familias en Venezuela es un negro que dejó su carga genética en el pelo rizado, la nariz chata, o ligeramente achatada, y las encías moradas. Nos cuesta asumir el racismo que llevamos in pectore, en lo más hondo del corazón.

Pobre Negro, la novela de Gallegos, Píntame angelitos negros, el poema de Andrés Eloy son los trazos novelados de la suerte ingrata y muchas veces cruel de la negritud venezolana. Somos racistas, lo practicamos a conciencia o no, en la cotidianidad. Pero también somos especialistas en el arte de la simulación, nos refugiamos en el mestizaje, en esa mezcla de razas. Entonces, somos café con leche: marrón claro o marrón oscuro, pero marrón con antepasados negros. Y punto.

Toca reproducir el pasaje de la novela de Francisco Herrera Luque: Boves el Urogallo. Boves, un blanco de orilla, oriundo de Asturias, de pelo ensortijado y ojos verdes. Un soldado al servicio del Rey de España, lleno de resentimiento y odio hacia los blancos criollos.

Escribe Herrera Luque:

La venganza

Luego de la misa de acción de gracias, en la que José Tomás (Boves) juró de rodillas respetar la vida y propiedad de los vencidos, pasó a la casa del Suizo, donde se alojaba, y dio comienzo a un opíparo almuerzo, al cual asistían tanto las autoridades patriotas como las realistas. Ligeramente achispado, Manuel Antonio Malpica hizo el primer brindis: —Brindo por el Caudillo invicto José Tomás Boves, máximo héroe español y libertador de Valencia. Todos levantaron las copas con excepción de Juan Escalona. Boves lo vio con extrañeza. Francisco Espejo se apresuró a borrar la omisión de su colega. —Que los nuevos tiempos nos hagan olvidar los viejos... Cajigal, en sitio de honor, le dirigió una mirada de inteligencia al Padre Llamozas, mientras José Tomás Morales, evidentemente ebrio, hacía gestos despectivos al Dr. Espejo. Cajigal se puso en pie y dijo brevemente: —Que la paz vuelva a reinar entre los españoles, tanto de aquí como de allá. Una voz en falsete gritó desde un rincón de la mesa: —¿Y qué hacemos los negros? ¿Es que no nos van a invitar a la fiesta?... Todos rieron, menos Cajigal y Escalona. La fiesta continuó hasta bien entrada la tarde. Malpica hizo de bufón hasta hacer reír a carcajadas a los presentes, ridiculizando a los patriotas y en particular a Bolívar. Cuando Juan de Escalona se despidió para marcharse, el Caudillo le dijo con cordialidad: —Coronel, admiro su valor. Aunque sé que nunca lo tendré entre mis hombres mucho me hubiese gustado ser su amigo; por eso le voy a dar un consejo. Quédese hoy, aunque sea bajo arresto, en la casa del Suizo. Morales está muy rascado, y cuando ese isleño se embriaga es más peligroso que un tigre hambriento. Escalona captó la sugerencia y la acató. Entró en la habitación que le señalaba Boves y se quedó dormido. No tuvo que arrepentirse de haber seguido el consejo. Morales, en connivencia con algunos de sus hombres y el bajo pueblo de Valencia, se dio a la tarea de matar patriotas y de saquear sus casas. Escalona era una de las presas que con más ahínco buscaba el isleño. Cuando Boves despertó de la siesta pesarosa, ya pasadas las siete, las turbas recorrían la ciudad saqueando y matando. Había dos noticias: la primera, que Juan Manuel de Cajigal había salido con su ejército y estaba acampado fuera de la ciudad. «Viejo tonto no es tan tonto» —se dijo el Caudillo. Y la otra, que un zambo llamado Remigio, uno de los cuatro asesinos de María Trinidad, había caído prisionero. El tigre que había en sus ojos dio un salto al enfrentarse con el asesino de la mulata, con el hombre que le torció el destino y lo vendió a la tropa. De un primer puñetazo, le partió la nariz. De un segundo le hizo saltar los dientes. Luego lo derribó al suelo, y a horcajadas sobre el hombre sació a puñetazos su odio. El hombre suplicaba inútilmente: —¡Perdón! ¡Perdón!, que yo no fui sino los otros. A latigazos y amarrado entre dos filas de lanceros lo sacaron de la ciudad por el camino de Camoruco. Cuando la columna detuvo su marcha, el prisionero se dio cuenta que estaba frente a la tumba caminera de María Trinidad. José Tomás, desde su caballo, le dirigió una triste mirada a la cruz que Malpica había clavado sobre la tumba de la mulata. La expresión melancólica duró segundos; de inmediato la arrasó el verde colérico y un fulgor atroz. —Procede —le dijo a Eulogio. Se bajó el indio de su caballo y clavó una estaca en el suelo, luego, dirigiéndose a los dos hombres que sostenían al reo, les ordenó: —Quítenle los pantalones. Todos, hasta el preso, comprendieron la muerte que le esperaba. Un grito agudo sacudió a Camoruco cuando la estaca perforó el intestino. —Así sabrás, gran carajo —le gritó Boves—, lo que siente una mujer cuando le brincan cuatro. Hasta pasada la medianoche Boves asistió al suplicio, mientras bebía largos tragos de ron. A las siete de la mañana todavía se retorcía el asesino. Dos habían muerto en el asedio, y el último desapareció antes de la entrada de Boves, sin que nadie pudiera dar noticias de él (…) La matanza de la noche anterior había dejado ilustres casas en la orfandad. Entre los muertos estaban dos hermanos del Dr. Miguel Peña, los Ibarrlaburu, los Codecido, José Ignacio Landaeta y Santiago Llamas. José Tomás Boves mandó a tranquilizar al vecindario, haciéndoles saber que nada más lejos de su intención que causarle daño al patriciado valenciano. Explicó lo sucedido como una consecuencia inevitable de los hechos que se desencadenan cuando una ciudad es tomada luego de un largo asedio. Nadie se atrevió a señalarle que al frente de aquella masa de asesinos iba Tomás José Morales, su segundo. Pero como los nobles enviados querían consuelo a cualquier precio, aceptaron las explicaciones del vencedor y desecharon sus tristes presentimientos. Una última recomendación hizo el Caudillo, y era que, a fin de evitar los males inherentes al saqueo, las familias patricias de Valencia debían depositar en casa del Suizo, donde él se alojaba, los objetos de valor y en particular la platería. La sugerencia fue aceptada con beneplácito por los enviados. El Suizo, que asistía a la reunión, tuvo otra idea: —¿Y por qué no nos mandan esas bandejas con algo comestible adentro, y ponemos la gran fiesta para olvidar lo de anoche? La proposición del Suizo fue igualmente aceptada y hasta con júbilo. Uno de los asistentes de nombre Santiaguito y que se desvivía por organizar eventos sociales, propuso: —Me parece excelente la idea. Vamos a hacer la lista ahora mismo para que no se quede en veremos. Malpica, satisfecho del eco, añadió: —Para que no me digan pichirre, si ustedes ponen las viandas y los postres, yo pondré el vino. Don Miguel Meló, un mantuano valenciano, melómano empedernido y que había logrado formar una orquesta de doce profesores, ofreció: —Y yo pongo la música. Boves sonrió, y entre magnánimo y picaresco, dijo: —De acuerdo, señor, pero yo también traeré mis músicos. Para la música de fondo me sobro yo. Todos salieron de la casa del Suizo contentos de congraciarse con el Conquistador. —Pero si Boves es un encanto —le decía Santiaguito a su mujer—. Yo no sé dónde habrán inventado que es un hombre malo. Si tú le vieras cómo se ríe. Si tiene la sonrisa de un niño. Yo creo que con este hombre sí vamos a tener paz —decía el joven mientras se sobaba la cabellera, en tanto su mujer pensaba por qué su marido no estaría entre los muertos de la noche anterior. Por la tarde comenzaron a llegar las bandejas de plata del patriciado valenciano. El primero en hacer acto de presencia fue el mayordomo de los Ortega, seguido de siete esclavos portando ricos manjares. El mayordomo de Malpica no pudo menos de observar en voz alta: —Y después dicen que mi amo era el único que escondía la comida. ¡Mírenme esto!... Después de los siete esclavos con vianderas de exquisiteces, seguían cuatro peones arrastrando un cajón lleno de copas, jarras y más bandejas de plata. Ya a las seis, una hora antes de la fiesta, el cuarto destinado a aguardar la platería estaba repleto de arriba a abajo. El Padre Llamozas, al ver aquel almacenamiento de objetos de valor, dijo alegórico: —Esto parece el cuarto donde estuvo preso Atahualpa... Boves, que conocía la historia, le respondió zumbón: —¿Y no me le parezco a Pizarro, padre? (…) Horas antes, so pretexto de evitar desórdenes, la oficialidad patriota fue recluida en la casa de las señoritas Urloa, un caserón sombrío frente a la Plaza Mayor de Valencia. Comenzó la fiesta a las siete de la noche. La noche estaba encapotada y los relámpagos cruzaban el cielo. El ambiente era triste y tenso. La mayor parte de los invitados tenían algún amigo o familiar entre los asesinados de la noche anterior. —Pero Niña, ¿cómo no vas a ir? —le decía a su mujer un ilustre mantuano—, será para que ese hombre nos ponga la vista. Vamos y salimos de eso. —Finalmente la mujer accedió. El gran salón y el patio principal de la lujosa mansión del Suizo, se llenó de gente. Juan de Escalona y Francisco Espejo departían amablemente con la oficialidad realista. Boves se veía risueño y receptivo. A solicitud suya, un grupo de muchachas cantó los himnos patrióticos en boga. Le hizo mucha gracia aquel himno del General Mariño. Se lo hizo repetir varias veces hasta que se lo aprendió de memoria; luego lo entonó con el coro para regocijo de todos los presentes. —¿No te decía yo que era un encanto? —observaba Santiaguito a su mujer. A una orden del Caudillo la orquesta del señor Meló abrió el baile con un rigodón. El Dr. Francisco Espejo se lució en la danza. Boves, ya achispado, le gritó socarrón: —¡Ese Espejo sí que brilla! Espejo, erizado de felicidad con la chanza del vencedor, le respondió: —Gracias, Excelencia, por habernos devuelto la luz. Los músicos del asturiano, gente de color, veían entre tanto, impasibles, los delicados movimientos de los mantuanos bailando alrededor de su jefe. Muy pocos oficiales realistas bailaban. Santiago, siempre acucioso, le dijo insinuante mientras le pasaba al lado en melodiosos giros: —¿Y sus hombres no bailan? Viéndole la cara a un zambote picado de viruelas, le contestó: —Qué va, oh. Esta es gente del Alto Llano y no sabe bailar sino a golpes. Esto es muy fino para ellos. Pero Excelencia, eso es falta de confianza —le dijo el joven—. Se les enseña, ¿verdad mi amor? —le preguntó a su aburrida esposa, quien le dirigió una mirada furibunda. De repente estalló la tempestad que amenazaba. Gruesos goterones cayeron sobre la ciudad. Los invitados se aglomeraron en el salón. La barra salió a guarecerse en los portales vecinos. Juan de Escalona intentó salir a la calle. Un oficial se lo impidió: —Hay órdenes de no dejar salir a nadie por los momentos, porque hay partidas de forajidos recorriendo a Valencia. Un pelotón de caballería pasó a escape en medio del aguacero. La calle estaba solitaria. Adentro la música le resonó siniestra a Escalona. El militar patriota olfateó peligro. Recordó el caso de los notables de Ortiz. Estudió con cautela a Boves. Continuaba sonriendo, embutido en su traje de gala de coronel español. Tenía una sonrisa amplia y reventona que seducía a cualquiera. En otras circunstancias le hubiese gustado ser su amigo. De pronto tuvo una sensación de pánico cuando le vio brillar los ojos color de tigre. Entre tanto seguían pasando partidas de caballería, continuaba la tempestad y los violines resonaban más fúnebres que nunca. El hecho de que no estuviese presente Cajigal no le gustó en Absoluto a Escalona. Cajigal era un militar pundonoroso, incapaz de estar presente en un acto bochornoso como el que presentía. Le comunicó sus sospechas al Dr. Espejo. El gobernador civil de Valencia compartió sus temores. El ruido acompasado de un batallón de caballería que se acercaba los impulsó a huir. La acera de enfrente se llenó de ruidos, de gente en armas. Toda la concurrencia se asomó a los balcones. Un oficial de caballería atravesó el sarao y le entregó un papel a Boves de parte de Morales. Boves simuló leerlo. Aparentó preocupación e indignación. Hizo detener la música: —Señores, lamento mucho tener que decirles que las personas que voy a nombrar quedan arrestadas, desde este mismo instante, por conspirar contra mi autoridad: —Juan de Escalona. —Francisco Espejo... Afortunadamente para Espejo y Escalona, el presentimiento de éste había sido fructífero. Trepando paredes y rompiendo tejas se habían puesto a salvo de aquella mortal redada. Más de cincuenta hombres de los allí presentes, fueron maniatados frente a sus mujeres y alanceados al llegar a los extremos de la población. Un inmenso lamento sacudió la casa del Suizo. Lloraban a gritos destemplados las mujeres al ver a sus hombres camino del suplicio. Boves intentó callarlas recomendándoles calma. Al ver que era inútil el tono indulgente de su voz, le arrebató un látigo a uno de los soldados, y luego de dar un cuerazo contra el suelo, gritó: —Carajo... cállense que aquí se viene a bailar y no a llorar. La que me llore se va a arrepentir. Los músicos del señor Meló seguían rascando sus violines. —Fuera esos músicos pendejos... y que toquen los míos; para que baile mi gente. ¡A ver maestro! Que me toquen el Piquirico. La tonada gachupina, alegre, sacudió la sala. Las mujeres y doncellas valencianas se tragaban sus lágrimas, en tanto caían sobre ellas los hercúleos soldados de caballería. Boves, borracho, hacía chasquear el látigo en medio de la sala, mientras sus negros y mulatos arrastraban entre lloriqueos a las mujeres por los cuartos grandes y complacientes del Suizo...

Y como en la cuña de Gillette, a esta macabra danza de la muerte, alimentada por el resentimiento y el racismo, siguió, a partir de 1859, una segunda degollina encabezada por el general Ezequiel Zamora, otro caudillo, de los tantos, que han ensangrentado a Venezuela.

Y ya saben… Lo que a la primera se le pasa, la segunda lo repasa.

El cementerio de los deseos

 

Respira, cuenta hasta 10, tómate un té. Entonces, me doy cuenta de que hago las veces de un domador de circo para contener las peores emociones que puedo albergar en mi corazón: rabia, odio, racismo, venganza… todo en un coctel que es tan desagradable como una sección de quimioterapia. Quiero creer que hay un futuro y luego me digo. ¿En qué carajos estoy pensando si mi zona de confort es el pesimismo?

Entonces, respiro y cuento hasta 10 (el té lo dejo para más tarde), busco en mis archivos la entrevista que le hice a Abraham Lowenthal, profesor de la Universidad del Sur de California y coautor del libro Transiciones Democráticas. Busco respuestas para una realidad política que es más incierta que la página en blanco. Dice el profesor Lowenthal que las transiciones son procesos que se toman su tiempo, en los que hay reveses y una ruta en zigzag. No son procesos rápidos. No, para nada. Son lentos. “Pero con un poco de perspectiva histórica, uno puede decir que las transiciones comienzan, incluso, antes de que la gente tome conciencia de ello, porque a veces son conversaciones en secreto, son actitudes cambiantes dentro de algunos sectores del gobierno. Nadie dice: He decidido salir del autoritarismo. Nadie lo dice a la luz del día, pero definitivamente ocurre”, zanja Lowenthal.

La frase dicha por Delcy Rodríguez, luego de la intervención militar de los Estados Unidos en Venezuela: “Estamos en un nuevo momento político”, ¿podría interpretarse como una actitud cambiante dentro del gobierno? La respuesta podría ser sí y no. SÍ, porque se han hecho cambios en materia económica que apuntan a favorecer el clima de los negocios. NO, porque todas las designaciones que ha hecho Rodríguez —con la excepción quizás de la Defensoría del Pueblo—, son lo más parecido a una puerta giratoria por la cual salen los chavistas elegidos por Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y entran los chavistas que designan los hermanos Rodríguez. El llamado chavismo reciclado, pues.

Si partimos del hecho de que “la democracia es compleja y la tentación de acumular más poder es universal”, empezamos a tomar conciencia de lo difícil que es una transición política hacia la democracia. En una ocasión, Mercedes Pulido me dijo que “el poder es el único instinto humano que no se sacia”. Si no que lo diga el señor Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, el inventor del totalitarismo. Padre y guía del marxismo universal. Si los nombramientos de la señora Delcy Rodríguez apuntaran a crear formas de participación más amplias y el funcionamiento de instituciones que controlen los poderes, además de los mecanismos de chequeo, entonces otro gallo cantaría.

Para los gobiernos autoritarios, una transición hacia la democracia es compartir el poder, someterse al escrutinio del voto, convivir con el que piensa diferente, es ceder mucho de lo que se tiene y más cuando se han cometido violaciones a los Derechos Humanos, cuando la represión y la persecución son el sino de un Estado terrorista. Hablamos de justicia transicional porque se cometieron toda clase de desmanes, incluidos crímenes de lesa humanidad: violaciones, secuestros, asesinatos. Se habla de reparación a las víctimas porque ocurrió todo esto. A lo que podemos aspirar es a un máximo de justicia sin venganza. La realpolitik que es el marco que deberíamos elegir para actuar en consecuencia impone sacrificios. Otro cambio de actitud sería constatar que estamos dispuestos a tragarnos los sapos que una transición política nos impone. Lo importante, lo vital, es tener una perspectiva histórica. Hablamos, por ejemplo, de la desgarradora diáspora de los venezolanos. De la separación de las familias, unidas por el puente del wasap, ¿qué le diríamos a un judío si nos recordara que la diáspora del pueblo judío duró más de 1.000 años? Sí, le sobra razón a Lowenthal cuando dice que la transición exige perspectiva histórica y herramientas de análisis. A veces, las perdidas son de tal magnitud y el sufrimiento es tan doloroso que lo único que nos queda es mirar hacia adelante. Lo contrario sería adentrarnos en las tinieblas y la peor oscuridad.  

Pdta. Esta entrevista la hice en 2016. Hace una década, el mismo lapso que duró la transición chilena hacia la democracia. Es cierto, pasó “algo”, hubo un “cambio de actitud”, un aprendizaje del “trauma” —Jorge Rodríguez dixit— que provocó la intervención militar de los Estados Unidos. Entonces, no hemos hecho nada para salir de la tragedia, del hundimiento en el que caímos.   

Rumbo a ningún lado

 

En la ruta hacia ninguna parte, hay un destino común: un proceso electoral que legitime el poder de los dos factores que se enfrentan por la supremacía de ideologías y visiones políticas irreconciliables. Por una parte, María Corina Machado ha señalado la necesidad de activar un proceso de transición democrática que fije un cronograma electoral. Por la otra, el chavismo ha emprendido una peregrinación —haciendo honor a los rasgos cuasi religiosos en los que se apoyó Hugo Chávez— para posicionar en la agenda pública la urgencia de levantar todas las sanciones que pesan sobre el país. Sólo entonces, podría haber en Venezuela “elecciones sin sanciones”.

No podemos hablar de transición política en Venezuela, sencillamente porque los factores que intervienen en la vida política del país están atrincherados en sus posiciones irreconciliables. Estamos muy lejos del desacreditado Pacto de Puntofijo. Quiérase o no, la única transición política exitosa que se ha ensayado en el país. No fue una transición política en toda regla, pero tuvo elementos claves que permitieron la convivencia democrática durante 40 años, los únicos que hemos conocido en algo más de 200 años de vida republicana.

Las élites políticas de esos años se concentraron en la supervivencia de ese arreglo político. No fue una etapa exenta de riesgos. Recordemos las amenazas y los riesgos que acecharon al gobierno de Rómulo Betancourt entre 1959 y 1964. Intentonas golpistas, tanto de derecha como de izquierda. Y la larga sombra intervencionista de la Cuba castrista. Pero la nave institucional que surgió de ese acuerdo pudo sortear los peligros. No voy a sacralizar los 40 años de democracia, ni voy a llorar sobre la leche derramada. Por la sencilla razón de que lo que teníamos nos trajo hasta aquí. La democracia venezolana creó una base incipiente de lo que se conoce como el estado de bienestar, pero fue incapaz de construir una edificación —en todos los órdenes: político, económico y social—, que sirviera como agente activo del desarrollo. La tarea se hizo a medias, producto de la inercia, de la falta de imaginación y un proverbial rechazo al sacrificio y a la competencia. Siempre hemos elegido una vida fácil a tener un país.  

Todo lo que éramos fue dinamitado por los militares felones del 4 de febrero. El proyecto político de Hugo Chávez no fue otra cosa que un ardid para regresar a la vida cuartelaria, al autoritarismo rampante, a la dictadura de Nicolás Maduro. Las complicidades de las élites y de la izquierda residual de los años 60 hicieron el resto.

Una transición política es un comienzo, solo eso. No es garantía de nada. La vida es movimiento y si no perseveramos en alcanzar objetivos estratégicos estamos condenados al fracaso. Los modos y las costumbres son reacias al cambio, así como nuestra forma de pensar.

El Pacto de Puntofijo puso el énfasis en la consolidación y fortalecimiento de los partidos políticos. Y esa fue una de las principales causas que determinaron su fracaso. Dentro de la desgracia que estamos viviendo, tenemos al menos la oportunidad de hacer otra cosa, de poner el énfasis, por ejemplo, en el fortalecimiento de la sociedad civil y de una institucionalidad que tenga como objetivo el bienestar de los venezolanos.

No veo eso en el escenario venezolano. Ni como propuesta política ni como imaginario colectivo. Hasta el 3 de enero, el chavismo estaba ensayando su modelo dictatorial, con visos totalitarios, control pleno y absoluto de las instituciones del Estado, dominio estratégico de la economía, y un modelo social —la entelequia comunal— sujeto al populismo y avasallado por el Estado.   

Tampoco creo que un modelo neoliberal, como se esboza en las propuestas de la oposición liderada por María Corina Machado, sea la solución.

Entonces, ¿vamos a un proceso electoral para seguir en lo mismo? ¿Para seguir cavando en el fracaso político y la anomia social?

 

El asunto que nos quema las manos

Durante su visita a España, María Corina Machado fue entrevistada por el director del diario El Mundo de Madrid, Joaquín Manso. Apertura de periódico y tres páginas en la sección Primer Plano, espacio en el que ese periódico desarrolla temas de coyuntura diaria de la mayor entidad noticiosa.

Machado habló largo y tendido sobre diversos temas. No podía ser de otra forma ante los graves problemas que enfrenta Venezuela. Comentaré, sin embargo, uno solo: El asunto de la soberanía nacional, herida, no sé si de muerte, el pasado 3 de enero, tras la intervención militar de fuerzas estadounidenses, que “extrajeron” a Nicolás Maduro, a su esposa, Cilia Flores, para llevarlos ante la justicia en la ciudad de Nueva York.

La pregunta, cortesía de Joaquín Manso, es la siguiente:

—Usted que ha visitado a Donald Trump y que habla con Marco Rubio, ¿qué garantías tiene de que Washington no se va a conformar con un arreglo más o menos eficaz para sus intereses en el corto plazo y que va a devolver a los venezolanos el poder soberano sobre el país?

—Lo que pasa —responde Machado— es que este statu quo es de todo menos eficaz. Es evidentemente insatisfactorio desde cualquier punto de vista. Desde el punto de vista de la migración, que es un tema que preocupa a Estados Unidos, la gente no va regresar a un país donde están los mismos criminales que te destruyeron la vida y que te obligaron a huir. Desde el punto de vista de la seguridad, ellos son los que mantienen los vínculos profundos con Rusia, con Irán, con Hizbulá, con Hamas, con la guerrilla, con los cárteles de la droga. No van jamás a desmontar estas estructuras si no son obligados y, en el momento que tengan menos presión, lo van a volver a instalar. Desde el punto de vista de la seguridad energética, Venezuela está produciendo si acaso un millón de barriles al día. Para producir cinco o seis millones de barriles al día, que es nuestro potencial, se requieren entre 150 y 190* millones de dólares. Dime tú, qué directiva, qué cuerpo de directores de una empresa sería va a aceptar hacer una inversión de miles de millones de dólares en un país que está en el último lugar en Estado de Derecho y que tiene al frente a la misma persona que participó en robos, expropiaciones y confiscaciones. Entonces, desde cualquier punto de vista que lo veas, a Estados Unidos, a los países de la región y obviamente a los venezolanos, lo que nos conviene es una transición ordenada y eso pasa por determinar un calendario electoral.

No creo que el destinatario de esta pregunta sea María Corina Machado sino la sociedad venezolana en su conjunto. Nos corresponde a todos “recuperar el poder soberano sobre el país”. Es un asunto que tarde o temprano tendremos que debatir para alcanzar una visión compartida y la unidad nacional para recuperar lo que perdimos el 3 de enero. Desde ese día nos enfrentamos a un desafío existencial.

El sólo hecho de que el volumen de la producción petrolera se fije en Washington es inaceptable, así como el hecho de que los recursos financieros obtenidos por la exportación de petróleo, gas, oro y otros minerales estratégicos, se manejen desde una cuenta del Tesoro de los Estados Unidos. Los venezolanos no necesitamos a un padrino que nos fije una mesada.

La respuesta de Machado gira en torno a los principales puntos de la agenda estadounidense, son las tres prioridades que marcó el general Francis Donovan, jefe del Comando Sur del Ejército de los Estados Unidos, durante su visita a Caracas el pasado 12 de marzo. Estamos hablando de migración, seguridad hemisférica y narcotráfico.

Ya la señora Delcy Rodríguez, presidenta reconocida por el gobierno de Donald Trump, ha respondido a las demandas del general Donovan, al extraditar a Panamá a Alí Hage Zaki Jalil, principal sospechoso del atentando con bomba contra el vuelo 901 de la línea aérea Alas Chirianas. Por otra parte, los vuelos con migrantes venezolanos expulsados por Estados Unidos siguen llegando puntualmente a Maiquetía y los Estados Unidos se encargan de vender el petróleo venezolano.

Son hechos que corren en paralelo. Y la pregunta es muy sencilla. ¿Quién decide lo que se hace en Venezuela?

Necesitamos un proceso de transición, un gran acuerdo nacional, alrededor de estos temas. Los venezolanos, al menos, deberíamos reclamar nuestro derecho a voz.


(*La cifra correcta debería ser 150 mil, 190 mil millones).

 

 

 

Lo que nos dice la Historia

 

Hay tres personas —una de ellas es quien esto escribe—, que están leyendo a José Rafael Pocaterra. Por distintas razones había que indagar en el pasado, entre otras cosas, porque la historia siempre arroja luces sobre el presente. Obviamente, estoy hablando de su libro más leído, Memorias de un Venezolano de la Decadencia. Se trata de una extensa crónica sobre lo que hemos conocido como la invasión de los andinos, una montonera que coronó en el poder a Cipriano Castro y luego a Juan Vicente Gómez. La tiranía fue la forma de gobierno de estos dos compadres. Pocaterra la sufrió en carne propia, su nombre siempre estuvo en las quinielas de la conspiración. Durante el gobierno de Castro, Pocaterra fue a dar a la cárcel, primero en el Castillo Libertador (en Puerto Cabello), y luego en el Castillo de San Carlos de la Barra, (en el Zulia). Juan Vicente Gómez lo encarceló en La Rotunda. En esas mazmorras las autoridades civiles y militares actuaban con una sevicia, con una crueldad, difícil de imaginar.

Gómez se instaló en Maracay, donde construyó una ciudadela militar que sigue en pie hasta nuestros días. El Olimpo cuartelario. Llegó allí mediante una traición. Ese es un hecho histórico. Y será la historia la que determine si a Nicolás Maduro lo traicionaron el 3 de enero. Se han ensayado hipótesis que sólo arrojan dudas y sospechas. Pasto para las teorías conspiratorias. Quizás tenga razón uno de los lectores del libro de Pocaterra, cuando afirma que la llamada “extracción” de Maduro es un “episodio ciprianesco”. Es la historia cíclica de Venezuela, donde las mismas pulsiones se repiten en épocas distintas.

Leyendo a Pocaterra nos encontramos con varios paralelismos entre comienzos del siglo XX y la realidad que estamos viviendo en este primer cuarto del siglo XXI. Para ganar legitimidad y acumular poder, por ejemplo, Juan Vicente Gómez ensayó una especie de transición política. Abrió las puertas de las cárceles para que muchos adversarios y enemigos de Castro recobraran su libertad. Muchos exiliados se embarcaron en la Vuelta a la Patria. Soplaba una ventisca de libertad, que muy pronto se disipó en la tiranía. La amargura brota en cada línea del libro de Pocaterra. Su visión sobre la sociedad venezolana no es, precisamente, complaciente. La actitud acomodaticia, el trato adulatorio, la conchupancia con la corrupción y el poder dictatorial, aquello de que si te he visto no me acuerdo nos hace proclives a la indiferencia, a la desmemoria, a la complicidad y el silencio. Son las taras de una psiquis colectiva enferma.

Valgan estas reflexiones a vuelo de pájaro para transcribir un pasaje del libro de Pocaterra.

Escribe el autor de Memorias de un Venezolano de la Decadencia:

Los que venían del destierro, de las cárceles, de los ultrajes, se veían obligados a abrazar a sus perseguidores del día antes y a cambiar el beso de Iscariote. También resultaba curiosísima esta travesura psicológica de las inversiones: los verdaderamente reconciliados eran compinches que nunca estuvieron reñidos; los que en verdad fraternizaban habían vivido juntos un novenario gestatario en la placenta de algún agio; los que besábanse llorando de júbilo, habían fornicado con la hacienda pública la noche antes… Y los que quedaron de situación caída, disimulaban a los victimados su pobreza, les dispensaban que hubiesen estado presos, los toleraban a pesar de tener los tobillos encallecidos de grillos, no les guardaban rencor porque se hubiesen resistido a que les violaran la hija o les llevaran la mujer, ni porque al tomarles la hacienda ésta defraudara lo que de ella se prometiera quien se la cogió; un derroche de generosidad y de olvido; mucho olvido, olvido por agua común, el Orinoco vuelto un Leteo, el leteo en todo: en la bofetada y el escupitajo, en la cautividad, en el crimen (…) Se trataba de la reconciliación de la familia venezolana, y esta familia venezolana, como sabeís, aunque desunida, es muy sinvergüenza, se hace perrerías y se reconcilia luego con lágrimas en los ojos (…) En esta circunstancia está toda la moral de la situación. Fijaos si no en el lenguaje oficial de la época: no se aludía al perdón, no, sino a la reconciliación…”.

Actualmente, diríase que los venezolanos somos más civilizados. Se aprobó una Ley de Reconciliación por unanimidad en la Asamblea Nacional y se creó una comisión legislativa de seguimiento para que el abrazo sea más sincero, más profundo, más apegado a la venezolanidad.

La máquina de coser

 

En ese largo e inquietante viaje hacia el totalitarismo que es El pensamiento cautivo, (un libro fundamental en la obra del premio Nobel de literatura polaco, Cseslaw Milosz) hay un flash casi insignificante dentro de la narración que me encandiló. En la Polonia sometida al poder soviético hay una mujer que tiene una máquina de coser, ella es amiga de otra mujer que trabaja en una fábrica de telas. Parecía lógico que hicieran match en cuanto a la habilidad de una y la productividad de la otra. La pieza de tela que se convertiría en una prenda de vestir. De inmediato intervino el partido y, lo que parecía lógico, se convirtió en una acusación: Eso no puede ocurrir, porque esa iniciativa encierra el germen del odiado capitalismo.

En Cuba, las máquinas de coser son bienes de producción y, por tanto, son propiedad del Estado. Entonces, había que extirpar la propiedad privada. Fidel Castro no había luchado en la Sierra Maestra para favorecer a los capitalistas. Y así se hizo.

Esta visión, totalmente ideologizada de cualquier actividad económica, es el germen que terminó por destruir a la economía cubana, una de las más prósperas de América Latina antes de 1959. Los chinos le han sugerido a los cubanos que dejen atrás el modelo estatista. Simplemente no funciona. Pero el socialismo también puede ser un dogma y, por lo tanto, una religión.

En Venezuela, Hugo Chávez, profundizó el modelo estatista. Se convirtió en empresario. Compró o expropio empresas: siderúrgicas, telefonía, centrales de generación y distribución eléctrica, entidades financieras, ingenios azucareros, torrefactoras de café… es una lista interminable. Gracias a la chequera petrolera, Venezuela podía permitirse la propiedad y el control de los medios de producción. Obviamente, a comienzos de este siglo, una máquina de coser resultaba algo tan insignificante como un centavo. En un pueblo tan sabio como el venezolano, la propiedad privada se reducía a mi casa y mi carro. Lo demás no sabría decir qué es, ni de qué va. Y claro, de que no es propiedad privada no lo es.

De esta visión ideologizada de la economía se libró el país el pasado 3 de enero. Se trata de otro aprendizaje que dejó el trauma de la intervención militar estadounidense. A partir de ese día comenzó la era del business. El abrupto adiós a la consigna de Raúl Castro, refiriéndose a Venezuela y a Cuba… “cada vez más somos la misma cosa”.

Pensando en la máquina de coser y sus implicaciones en el modelo económico de los países socialistas, me vino a la mente el perfil que escribió el historiador Tomás Straka de Delcy Rodríguez, en la revista Nueva Sociedad. Ella siempre favoreció los negocios desde el mismo momento en que ascendió a la cúpula del chavismo. Y ahí están los tres pilares que la sostienen en Miraflores: la capacidad del chavismo para asegurar el control territorial, el manejo de las instituciones y las palancas del Estado y su favorabilidad para hacer negocios. Entonces, mejor el tema musical Sex Machine de James Brown que la máquina de coser de Singer.

La entrevista que El País le hizo a Jorge Rodríguez (y 2)

 

La libertad de expresión salió a relucir en la entrevista que El País le hizo a Jorge Rodríguez el domingo pasado. Es un asunto obligado por diversas razones, la más elemental es que es materia de interés para el periodismo y para quienes hicieron la entrevista.

La hegemonía comunicacional siempre fue un objetivo estratégico para el chavismo, así lo entendió Hugo Chávez. Recordemos sus maratónicos programas dominicales, Aló Presidente. Chávez era una suerte de plataforma multimedia, un comunicador nato. De eso no cabe la menor duda. A través de la palabra —siempre es así, incluso antes de que Jesucristo entrara en escena—, se establece una conexión que, en el caso que nos ocupa, adquiere ribetes mágicos. El encantador de serpientes, pues.

Durante todo su mandato, Aló Presidente mantuvo a Chávez, en permanente campaña electoral. Una de las peores equivocaciones que cometieron sus adversarios políticos fue subestimar el papel que jugaba Hugo Chávez en la comunicación política venezolana. Era Chávez contra todo el mundo. A todos los derroto por nocaut, como Muhammad Alí, en el sexto te vas a la lona. Sólo Teodoro Petkoff, primero en El Mundo y luego en Tal Cual, perdió por decisión dividida en 15 asaltos. No es fácil mantener la primacía del rating y, simultáneamente, acelerar con gasolina la polarización política. Pero Chávez cazó la apuesta y le salió bien.

Su sucesor, Nicolás Maduro, trató de convalidar la apuesta, pero el carisma no se compra en botica. Quien imita un estilo termina en la farsa. Sin herramientas comunicacionales eficaces, a pesar de concentrar innumerables medios de comunicación —estaciones de televisión, de radio, prensa escrita y voceo en las calles—, al chavismo no le quedó más remedio que apelar a la censura, a las amenazas y a la judicialización del ejercicio de la libertad de expresión. Medios de comunicación clausurados, periodistas encarcelados, amenazas reiteradas y extorsión a granel. ¿Para qué subirse al ring si puedo sacar la pistola y ponerla sobre la mesa?

Al parecer otro de los aprendizajes que dejó el trauma del 3 de enero nos remite a la respuesta que dio Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, en la citada entrevista.

Preguntan los periodistas de El País

—Muchos periodistas venezolanos han sido perseguidos, muchos están fuera, los canales internacionales no se pueden ver acá… ¿Se va a poder ejercer la libertad de prensa en Venezuela en el corto plazo?

Rodríguez responde:

—Yo creo que la libertad de expresión, que además es un principio constitucional, tiene que respetarse de manera irrestricta, a pesar de que opino que, cada vez más, los medios de comunicación han abandonado su condición de ser imparciales. Y lo que hacen es más una lucha de posiciones encontradas que la búsqueda de la verdad. Pero, aun en esa condición, tiene que respetarse de manera irrestricta la libertad de expresión.

Es un gran aprendizaje para quien promovió la llamada ley del odio, esperpento revestido de dudosa legalidad, que le sirvió al señor Tarek William Saab para judicializar a adversarios políticos y periodistas. El chavismo ha sido el sepulturero de la comunicación y el periodismo en Venezuela. Sobreviven algunas páginas web, ejemplos de resiliencia, desprovistas de soporte financiero y estructura empresarial. Señor Rodríguez, ya el mal está hecho.

La entrevista que El País le hizo a Jorge Rodríguez

 

Lo particular de la entrevista que publicó El País al presidente de la Asamblea Nacional no radica en el hecho de que lo hayan dejado hablar, casi sin cuestionar sus respuestas. No, Jorge Rodríguez ha ejecutado un streaptease que pone al descubierto las intenciones, las verdaderas intenciones, del chavismo después de la operación militar de Estados Unidos que enterró la soberanía del país.

Algo se había aclarado el 3 de enero, pero no se había definido. Son dos cosas distintas. Aquí radica el valor de la entrevista que publica El País. Antes del fatal día de la intervención, Venezuela navegaba viento en popa hacia la órbita de las autocracias teledirigidas por la dictadura comunista cubana. Muchos ñángaras —la virtuosa palabra con la que Rómulo Betancourt definió a quienes habitan en la oscuridad del totalitarismo marxista— pensaban y aseguraban que no iba a haber intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. Lo repetían hasta la saciedad, aunque desde La Guaira podía verse el mascarón de proa de la flota estadounidense. Se había creado una dinámica, una inercia imparable, que obviamente debía desembocar en la llamada “extracción” del señor Nicolás Maduro y su esposa, la yunta del poder chavista en Miraflores. Este hecho los sorprendió por ingenuos.

Eso fue lo primero que se aclaró: la vigencia de la doctrina Donroe, según la cual el hemisferio occidental es el patio trasero de los Estados Unidos, su área natural de influencia, en el marco del nuevo reparto geopolítico del mundo. Desde ese día, las riquezas minerales de Venezuela —el petróleo, el gas, el oro, coltán y quién sabe cuántos minerales más—, están a disposición de empresas estadounidenses. Se inauguró una nueva era, signada por la apertura económica y un regreso a los business, según las normas legales de Estados Unidos que, además, se abroga el control financiero de las ganancias de esos negocios.

Eso es lo único que quedó claro después del 3 de enero. No es poca cosa. Se abrió la oportunidad de mejorar la economía y conseguir ingresos que alivien la paupérrima condición en la que vivimos los venezolanos. Surgió, como una fresca ventisca, la expectativa de que podíamos tener una vida fácil, pero no un país. Al 50 por ciento de los venezolanos que aprobaron la intervención militar del 3 de enero, les importó poco o nada la pérdida de soberanía. Es cierto, ya Cuba manejaba cuestiones relevantes en temas de seguridad, diplomacia y represión a cambio de una cuota petrolera nada desdeñable. China y Rusia hacían negocios en el sector energético y militar. Se diría entonces que Venezuela ya era, en buena medida, un país tutelado. Que el mal ya estaba hecho. Que era preferible caer en la órbita de los Estados Unidos. El mal menor puede ser más llevadero, pero seguimos viviendo en el mal. Ya Hannah Arendt escribió sobre eso.

Es un lugar común decir que el 3 de enero dejó más preguntas que respuestas. La señora Delcy Rodríguez, a la sazón presidenta encargada de Venezuela, reconocida por Estados Unidos, habló de un nuevo momento político. Su hermano, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional y negociador por excelencia del chavismo, arrojó algunas luces sobre lo que significa en la entrevista que publica El País. En su condición de psiquiatra, aclara que podemos aprender de los traumas. Sí, es cierto. No se trata de un aprendizaje en la escuela, de adquirir nuevas herramientas, nuevas capacidades, sino de superar la tragedia que se aloja en el espíritu de la Nación. El chavismo, de la noche a la mañana, descubrió que podemos tener una relación signada por normas de convivencia con los Estados Unidos. Diríase entonces que, a partir del 3 de enero, somos buenos vecinos. Pero esas normas de convivencia no guardan relación alguna con lo establecido por las Naciones Unidas. No son la triada definida por Marco Rubio, el secretario de Estado de los Estados Unidos: estabilidad, recuperación económica y regreso a la democracia.

La estabilidad de Venezuela se resume en seguridad, lucha contra el narcotráfico y migración. Son los tres puntos de la agenda de Estados Unidos dictados en Miraflores por el jefe militar del Comando Sur de ese país.

Para que la operación militar del 3 de enero rinda frutos es menester la recuperación económica de Venezuela. Sólo así tendría sentido para los venezolanos y para el régimen político instalado en Miraflores. No hay metas ni plazos establecidos, sólo negocios. Voy a echar mano del viejo termómetro de los economistas para plantear una interrogante. ¿Cuánto tarda una economía en recuperar el 70 por ciento de su Producto Interno Bruto? ¿Cuál es la tasa de retorno de una inversión de 400.000 millones de dólares que hacen falta para que Venezuela sea un jugador de importancia en el sector de los hidrocarburos? ¿En qué lapso se obtiene el rendimiento de esa inversión?

La economía siempre avisa antes que la política. Y lo que dicen las preguntas arriba señaladas es que en Venezuela no va a haber elecciones en el corto plazo. De esto también habló Jorge Rodríguez en la citada entrevista que publicó El País. Queda claro, no hay que leer entrelíneas, que en Venezuela no está planteada una transición a la democracia. Y ya habíamos visto señalas claras de que no sería así: las designaciones del Fiscal General y de la Defensora del Pueblo, por ejemplo.

Si el aprendizaje que dejó el trauma del 3 de enero se resume en las palabras de Jorge Rodríguez, diría que el chavismo aprendió muy poco. Entonces, ¿Habrá necesidad de un trauma mayor para que en consecuencia el aprendizaje sea más robusto? ¿Digamos, se podrán detectar las pistas borrosas que nos encaminen hacia la democracia? Esta es una de las preguntas que a los periodistas de El País se les quedó en el tintero. Aunque podemos sacar una conclusión del streaptease que hizo el señor Jorge Rodríguez, muy sonriente en la foto: Aquí habrá chavismo forever.

La misma vaina

La misma lógica maniquea, el mismo dispositivo para renovar la arquitectura del Estado, la misma advertencia a quienes manifiestan en las calles: a Miraflores no van a llegar. Mientras apalean a la gente y practican detenciones, el recado es el mismo: represión y limbo legal.

Dentro del inmovilismo, la política parece decir “eppur si muove”. La Asamblea Nacional, ha designado a los nuevos titulares en el Ministerio Público y en la Defensoría del Pueblo: Larry Deboe y Eglée González Lobato, respectivamente. Y, respectivamente, podemos decir que Deboe es una ficha del chavismo y González Lobato, es una ficha de la oposición. Si la memoria no me falla, este reparto “equilibrado”, se ensayó a partir de 2005, cuando las élites de los partidos políticos retomaron el ejercicio de la política para gestionar los conflictos que arrastramos desde hace tres décadas. Esto no funcionó y este remake tampoco va a funcionar.

Podemos echar mano a lo que establece la Constitución para verle las costuras a estas designaciones. Poner el grito en el cielo y condenarlas. ¿Pero acaso la Constitución se acata y se cumple en Venezuela? Es letra muerta, ¿no? Entonces, no gastemos pólvora en zamuro. Veamos estas designaciones dentro del proceso político que se inauguró el pasado 3 de enero. El gobierno tutelado de Rodríguez mueve sus fichas y los convocados a la mesa de negociación, guardan silencio. Ya se sabe que el que calla otorga.

Lo llamativo sería examinar la designación de González Lobato. Seguramente, es el resultado de un arreglo entre los partidos políticos que participan en la institucionalidad del Estado. Esto no es otra cosa que un apretón de manos entre el chavismo y un sector de la oposición que ocupa un número reducido de curules en la Asamblea Nacional. Nada que objetar, si la mecánica obedeciera a un ejercicio pleno de la democracia. Pero no es así. Porque en Venezuela no hay democracia. Hay otra cosa que no sabemos muy bien qué es. ¿Una transición? Volvemos a la palabra de moda. Y aquí es donde comienza el problema. Porque en Venezuela tampoco hay tal transición. Nos movemos en arenas movedizas, en una calma chicha, en las preguntas sin respuestas, porque el 3 de enero se aclararon unas cuantas cosas, pero no se definió ninguna.

Si las designaciones del Fiscal General y la Defensora del Pueblo respondieran a una transición a la democracia, no fueran objeto de críticas tan estridentes, aunque, sí, reflejarían un gran malestar, porque las transiciones son, en esencia, un cambio de rumbo, un reseteo de la forma en que entendemos y practicamos la política. Y, como todo cambio, es doloroso. Ese no sería el problema, porque al final del día se entendería que la dinámica de una transición conlleva sacrificios. Y eso es lo que no queremos hacer los venezolanos. Entonces, ¿Qué queremos? ¿Una vida fácil o tener un país? Creo que sería una buena pregunta cuando se deje a un lado la simulación, la hipocresía de la izquierda, la incompetencia de la oposición y abordemos, de una buena vez, el arduo y espinoso camino de la transición política.

El mundo de hoy

La palabra transición está de moda desde el 3 de enero, fecha nefasta en la historia de Venezuela. No sólo por la “extracción” del señor Nicolas Maduro y su esposa, Cilia Flores, hasta ese día, yunta del chavismo en el poder. La operación militar de Estados Unidos es pasto de diversas lecturas. Para América Latina marcó el regreso de la diplomacia de las cañoneras, de la doctrina Monroe, rebautizada como doctrina Donroe (palabra que deberíamos agregar al diccionario). Desde el sur del Río Bravo hasta la Patagonia, China, Rusia e Irán, quedan excluidos de negocios que pongan en entredicho el predominio de Estados Unidos en la región. América, ya lo había dicho Teodoro Roosevelt a comienzo de siglo, es “para los americanos” y para más nadie.

Lo voy a dejar muy en claro: el derecho internacional se creó para que el mundo se rija por normas, no por la ley de la selva. No se creó para amparar o defender a dictadores, sino a naciones que, como Ucrania, se defiende y resiste frente a la maquinaria de guerra de Rusia. La inviolabilidad de la soberanía es la única garantía que tienen los países débiles —por su escaso peso económico y su irrelevante industria militar— frente a las grandes potencias.

La operación militar de Estados Unidos representó una terrible humillación para el ejército venezolano, incapaz de responder a la incursión militar. Venezuela perdió su soberanía. Aunque no sabemos qué somos: ¿Una colonia? ¿Un protectorado? ¿Un futuro proxy de los Estados Unidos en la región? La agenda de seguridad está subordinada a las necesidades de la gran potencia del norte: inmigración, narcotráfico y seguridad. Los activos estratégicos —petróleo, gas, oro, coltán, entre otros— son ahora controlados por los Estados Unidos.

Estamos inmersos en un retroceso que, en parte, nos ubica en el comienzo del siglo pasado. La historia, obviamente, nunca se repite, pero tiene sus ciclos y para quienes no aprenden… es como la calle. Enseña de forma severa y cruel. Un país pequeño como Venezuela no podía retar al país más poderoso del mundo. Pero no lo creyó así Hugo Chávez, quien compartía con su mentor, Fidel Castro, un odio patológico hacia los Estados Unidos. La famosa tesis del mundo multipolar, quedó hecha añicos, en cuestión de horas, el pasado 3 de enero. Era una fantasía que la realpolitik se encargó de poner en su lugar: en el basurero de la Historia.

La grandilocuencia del chavismo sólo era un balbuceo de retórica nacionalista. Nos hablaron de la guerra asimétrica, de lo mal que lo iban a pasar las tropas estadounidenses si ponían un pie “en el suelo sagrado de la patria”, nos hablaron de la doctrina militar de la Guerra Popular Prolongada, una bravuconada, sólo eso. Venezuela no es ni China ni Vietnam, países que desarrollaron esa doctrina militar con éxito en la segunda mitad del siglo XX. No tenemos ese espíritu de lucha. Lo sabíamos. Pero somos dados a la simulación, a las mentiras piadosas.

Aún no hemos tomado plena conciencia de las implicaciones que la operación militar del 3 de enero tiene en la política interna. Se habla de transición, pero no hay agenda, no hay objetivos estratégicos, sólo unos avances, por decir algo, que aclaran ciertas cosas, pero no definen nada. Abrazamos el capitalismo, en toda regla, y tiramos a la basura el Socialismo del Siglo XXI, se sanciona y ejecuta, en parte, una ley de amnistía, pero todavía hay presos de conciencia en las cárceles; se decreta el fin de la política de los extremismos, pero la arquitectura institucional que dio pie para esa política, sigue intacta.

Actualmente, en la mesa de negociación participan tres actores: el chavismo 2.0; la oposición (más dividida que nunca) y los Estados Unidos. Si examinamos el perfil de los participantes, sólo hay dos que pueden presentarse y estrecharse la mano: el chavismo y los Estados Unidos. De ahí que el plan hacia una transición política hacia la democracia sea el que presentó el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, resumido en tres pasos: estabilización, recuperación económica y un eventual proceso electoral. El chavismo adelanta iniciativas que pareciera ajustarse a ese plan. La oposición sigue enfrascada en sus rencillas internas. No ocupa un asiento en la mesa, sigue ahí, vacío, en espera a que estos señores terminen de entender que no pueden poner los caballos detrás de la carreta. Un justa electoral es el eslabón último de un proceso de transición, pero la sed de poder y los egos son tan grandes, que no permiten ver ni el árbol ni el bosque.