El presidente
Trump ha dicho que la gente “está bailando en Caracas”. Obviamente, habla en
sentido figurado. A menos que el baile tenga lugar en las instalaciones del
hotel Marriot, donde se cocinan los negocios entre Venezuela y Estados Unidos y
donde además se realizan algunas actividades propias de la delegación
diplomática estadounidense. O tal vez el presidente imagina una sesión de baile
de las cuales tendremos noticias cuando culminen las obras del Salón de Baile
de Estado que actualmente se construye en el Ala Este de la Casa Blanca.
Al momento en que
escribo esto “se ha permitido la liberación de 3.000 millones de dólares,
acompañada de auditorias internacionales”. El venezolano de a pie, adiestrado
en la captura de rentas durante más de un siglo, no tiene la más mínima idea de
cuál es el mecanismo que le permite acceder, no digo a un billete con la efigie
de Benjamín Franklin, sino al que tiene el rostro grabado de George Washington.
Después de 27
años de chavismo y de fracasos y divisiones de la oposición política, los
venezolanos se han convertido en seguidores del Evangelio según el apóstol Juan,
en el cual narra la incredulidad de santo Tomás, quien puso en duda la
resurrección de Jesucristo. Tenemos muchas razones para ser incrédulos, para no
confiar, para decir, como Tomás, “ver para creer”.
Se habla de una
rápida transformación institucional. Es una aseveración extremadamente
optimista. No hay tal cambio en la naturaleza del Estado venezolano. El control
político, objetivo señalado por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, sigue
en manos del chavismo. Hasta el día de hoy —9/05/2026 no hay un solo indicio
que nos permita avizorar que Venezuela transita hacia la democracia. Eso no ha
pasado. Un cambio de actitud podría ser una buena señal, pero no la veo en el
horizonte. Quizás me equivoque. Quisiera pensar que es así.
Todas las
expectativas se han puesto sobre el potencial que ofrece Venezuela como reserva
energética. La producción podría alcanzar seis millones de barriles de petróleo
diarios, si se realizan las inversiones que rondan los 400.000 millones de
dólares. Es una carnada apetecible para empresas como Exxon Mobil y Chevron,
cuyos presidentes cenaron esta semana con el presidente Trump. El abrazo con
los Estados Unidos será largo. De aquí a la eternidad.
Suena bien, ¿No?
Pero hay un problema, siempre lo hay. De esos 3.000 millones de dólares
liberados, no hay noticias de que ese dinero haya llegado a los venezolanos.
Quizás hayan servido para amortiguar la persistente inflación que agota, día a
día, el bolsillo de la gente. Quizás sea la paradoja del modelo neoliberal:
Crecimiento económico sin bienestar social. O quizás sean ambas cosas.
Venezuela es el país de los sinsentidos.
Entonces,
presidente Trump, no creo que la gente esté de ánimos para bailar en Caracas.
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