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Al final, el llegadero.

 

La embajada de los Estados Unidos se adjudica la desaceleración de la inflación en Venezuela. El mes pasado fue del 6 por ciento. Sólo un dígito. Algo nunca imaginado desde que el proceso inflacionario se desató a partir de 2013, como parte del legado del expresidente Hugo Chávez.

No creo en las coincidencias, caso contrario me vería obligado a demostrar que sí existen. Pero sí creo que un presidente deja un legado, que en el caso de Chávez fue una verdadera hecatombe de empobrecimiento y ruina para Venezuela. Hasta el profesor Jorge Giordani, el Rasputín de las finanzas del chavismo, sugirió una especie de ajuste económico que pusiera coto al desbocado y desorbitante gasto público. Nicolás Maduro, el designado sucesor de Chávez –“mi voluntad plena, como la luna llena… es que ustedes voten por Nicolás Maduro”–, desestimó la sugerencia del señor Giordani y pisó el acelerador mediante el endeudamiento que hoy tiene bajo amenaza a los principales activos de la Nación.

Por eso es tan difícil y compleja la situación económica del país. El único dólar en físico al que pueden acceder los venezolanos, se compra en la calle. ¿Y esto qué nos dice? Que el famoso plan de tres fases del señor Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, encalló en su primera fase. No hay tal estabilización de la economía venezolana. Ni puede haberla, porque no quedó piedra sobre piedra.

Mientras escribo estas línea, leo que el gobierno de la señora Delcy Rodríguez decidió imponer un cepo cambiario. Mil dólares por persona. Anuncio desafortunado, según economistas avisados.

Valdría la pena releer los capítulos del 26 al 36 de El Capital, me refiero a la Acumulación Primitiva del Capital. En ese ciclo se encuentra Venezuela. Como no existe otra opción al capitalismo -al menos en la vida real-, lo que toca es abrir la economía venezolana a la inversión privada, venga de donde venga. Pero antes hay que cumplir con los requisitos que esto exige. Una labor que sólo puede hacer el Estado. “Lo revolucionario, me dijo en una ocasión Asdrúbal Baptista, sería expropiar al Estado”, despojarlo de las empresas que, a su vez, expropió o compró con la chequera petrolera.

Abrir la economía para que haya mucho comercio -como motor de empleo-, mientras se genera riqueza con las actividades en las que Venezuela tiene un gran potencial, especialmente en el sector energético. Diseñar un programa de crecimiento en actividades como la agricultura, orientada a fortalecer rubros en los que hay potencial competitivo. Pero antes hay que experimentar lo que el capitalismo nos depara: la acumulación primitiva del capital. Lo veremos, particularmente, en la industria pesada de Guayana, particularmente en la Siderúrgica del Orinoco. Entonces, los trabajadores venezolanos no podrán ignorar o guardar silencio cuando les hagan saber cuál es la productividad de un trabajador en Corea del Sur o Brasil, por ejemplo. Eso o la quiebra. ¿No querían el modelo chino? Ahí lo tienen. Empresa que no arroje utilidad se cierra. Y punto.

No veo ninguna posibilidad de que esto ocurra bajo el liderazgo del chavismo. Se acabó la fiesta de los petrodólares. No vimos una sola mejora en medio de la guerra entre Irán y los Estados Unidos y su proxy en el Medio Oriente. No cayó el maná del cielo, como en 1973 -a raíz de la guerra árabe israelí o en 1979 -tras la Revolución Islámica del ayatola Jomeini. Y no ha sido así por la sencilla razón de que la historia de este país es otra después del 3 de enero. Entonces, toca regresar nariceados al capitalismo. Ojalá sea en democracia. Lo demás son cuentos de camino. Proverbiales y envenenadas promesas. Populismo y liderazgos carismáticos. Sólo que esta vez no encontrarán un resquicio en la realidad. Es el sueño del chavismo convertido en pesadilla.

Donald Trump no es como Ismael Rivera. Él no reparte bien.

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