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El Niño Guerrero

 

Basta leer el libro de Ronna Risquez para entender que Héctor R. Guerrero, alías el Niño Guerrero no pudo construir su imperio criminal sin la complicidad del aparato de justicia venezolano y el servicio penitenciario que, en Venezuela, ostenta rango ministerial. Es decir, es una pieza clave del poder Ejecutivo. La megabanda de Guerrero extendió sus tentáculos por casi todos los países del continente americano, camuflada entre los migrantes que huyeron del país a propósito de la represión del gobierno y la pavorosa crisis economía que empobreció hasta el infinito a los venezolanos.

Guerrero convirtió la cárcel de Tocorón en su particular hotel cinco estrellas. Piscina, discoteca, zoológico, en las propias narices de los carceleros que lo ¿custodiaban? Su empresa criminal no tenía nada que envidiarle a la de Pablo Escobar. Por el contrario, tenía diferentes áreas de negocios, como el tráfico de personas, por ejemplo.

El gobierno de los Estados Unidos enlistó al Tren de Aragua como una banda de narcoterroristas, compartía cartel con los carteles mexicanos que trasiegan el fentanilo hasta las calles de las principales ciudades de Estados Unidos. Ofreció una recompensa de hasta cinco millones de dólares para quien diera información “que condujera a la captura” del líder del Tren de Aragua. El viernes 12 de junio, el presidente de los Estados Unidos dio la noticia en exclusiva, a través de su red social (Truth Social). Fue un ataque cinético, “rápido y letal”. Que se hizo con la colaboración plena de “nuestros amigos venezolanos”. Un ataque similar a los que acabaron con la vida de supuestos traficantes de drogas en aguas del Caribe. Pero una investigación periodística, liderada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística demostró que varias de las personas asesinadas en los ataques cibernéticos eran pescadores que intentaban poner comida en la mesa de sus casas.

En medio de las estridencias de los chavistas que cuestionan “la retirada estratégica” del ejercito de Venezuela ante el ataque del pasado 3 de enero, el ministro de Educación, Héctor Rodríguez, vino a poner las cosas en su sitio. “Quien quiera inmolarse que de un paso al frente”. Pero antes, el chavismo se rasgaba las vestiduras en defensa de la soberanía del país. Entonces, mejor dar un paso al costado.

Hay un largo informe jurídico que califica esos ataques como violatorios de la soberanía de los países de la cuenca del Caribe, particularmente de Colombia y Venezuela. A pesar del aviso incontestable, hubo quien dudó que ese tipo de ataques se podían ejecutar en tierra firme. El desmentido llegó de la mano del presidente Trump.

Esta operación no ese puede calificar sino de ejecución extrajudicial y violatoria de la soberanía de Venezuela, desaparecida en acción el pasado 3 de enero. También es violatoria de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que prohíbe expresamente, la aplicación de la pena de muerte. Pero vivimos un “momento político diferente”, según la expresidenta encargada, Delcy Rodríguez. Ahora estamos arrodillados frente “a la principal potencia nuclear del planeta”, denominación que la cúpula del chavismo le endilga a Estados Unidos. Creo que se perdió una buena oportunidad de conocer los detalles del entramado criminal del señor Héctor R. Guerrero; pudo haber conformado un dueto con Alex Saab en Nueva York.

Pero nadie dice nada. ¿Quién carajo se come el cuento de la soberanía? Para eso están los vaqueros de Donald Trump, en una versión más moderna, al estilo de Harry el sucio, practicando la justicia real.

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