Héctor Rodríguez,
ministro de Educación, elegido por la presidenta encargada Delcy Rodríguez para
liderar la reingeniería que hará del Estado venezolano un ente más pequeño, más
eficiente y concentrado en sus objetivos fundamentales, afirma que 3,5 millones
de empleados en la nómina del gobierno, son una carga tan pesada que la vuelve
“insostenible”.
Lo malo del
chavismo es que sin Hugo Chávez no convence, más bien defrauda, inyecta
melancolía y contamina el cuerpo social con un pesimismo galopante. Uno de los
objetivos de Chávez fue reivindicar el Estado como ente eficaz para garantizar
derechos y justicia social. Es decir, reivindicar y visibilizar a los
desposeídos, a los excluidos. A los nadie. Pero se quedó en la palabrería, en
la fuente ideológica del populismo. El discurso de un encantador de serpientes,
cautivó a los venezolanos hastiados de la pobreza.
Lo dejaron hacer
y el Estado se convirtió en un monstruo de mil cabezas, en un entramado
burocrático que se hundió en la nada. Ahora vemos al señor Rodríguez echar mano
del discurso neoliberal de los años 90. Da un giro de 180 grados para complacer
al mandante, que no es otro que el establecimiento de los Estados Unidos.
Entonces, de marxista a neoliberal. De la noche a la mañana. El milagro que produce
el chasquido de los dedos, como aquel programa televisivo… Hechizada. Lo
que necesitamos, según esta visión ideológica, es un Estado de perfil gerencial
que se encargue de ordenar las cuentas fiscales, antes de privatizar lo que
Chávez compró con la chequera petrolera.
La claque
empresarial que creció con la venía de Delcy Rodríguez, desde el año 2013,
encontrará oportunidades deslumbrantes para enriquecerse con las
privatizaciones. El sector eléctrico es solo el comienzo, aunque a simple
vista, puesto sobre la mesa de la subasta, luce atractivo para lucrarse. Lo que
ocurrió en Rusia, luego del colapso de la Unión Soviética, donde la dirigencia
del partido se hizo con los activos más productivos de ese país,
particularmente del sector energético y financiero; lo que pasó en Nicaragua,
donde la dirigencia sandinista se repartió los activos de ese país, en un
episodio que los medios bautizaron como “la piñata”, podría tener eco
ensordecedor en Venezuela. Apostaría a que Rafael Ramírez ya diseña un fondo de
inversión y planes de negocios para desembarcar en el vasto negocio del
petróleo y el gas, que dejó en la bancarrota antes de exiliarse en Italia.
Habrá oportunidades para todos en las finanzas, el cemento, la industria pesada
de Guayana, y una amplia rama en los servicios para relanzar la economía
venezolana. Los que se enriquecieron a costa del empobrecimiento de los
venezolanos podrán reenriquecerse cuando se abran los sobres de las
privatizaciones. El Gran Viraje de Miguel Rodríguez va a palidecer cuando
Héctor Rodríguez se ponga manos a la obra.
Pero hay un
problema. La palabra del señor Rodríguez no es fiable. No vale nada. Por la
sencilla razón de que los que nos llevaron hasta aquí no pueden llevarnos a
ningún otro lado. De burócratas a empresarios. ¿Así nomás? No me lo creo.
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