Se prohibe la reproducción total o parcial del contenido de este blog, con fines comerciales, y sin la autorización previa de su autor, Hugo Prieto. Lo reitero, prohibido el hurto.

Vergüenza ajena

 

Los convidados de piedra, los jarrones chinos, los soldados de terracota, las figuras de cera, en fin, todos los venezolanos, según la posición que ocupamos en el espectro social, tenemos una particularidad propia de los seres humanos: Sentimos y padecemos. Lo hacemos como meros espectadores. Sin voz, sin voto, sin derecho a pataleo. ¿Qué somos nosotros? No lo sabemos, no hay una palabra en el diccionario español que nos defina. Habitamos en el limbo por dos razones. La primera: perdimos la soberanía popular el domingo 28 de julio de 2024. Ese día el chavismo decidió robarse las elecciones. Nunca mostraron las actas de votación, por la sencilla razón de que esas actas son la prueba del delito. La segunda: el sábado 3 de enero Venezuela perdió su soberanía a manos de Estados Unidos.

¿Cuál es la política de Venezuela? Esta pregunta no tiene respuesta y nos deja perplejos. Todo pasa por la embajada de Estados Unidos. John M. Barret, el agregado de negocios, es una especie de virrey, un procónsul, que recibe delegaciones de la sociedad civil y de la clase —¿O casta?—, política. Hasta el alcalde de Chacao, Gustavo Duque, se tomó la foto de rigor y les anunció a sus electores que había sostenido una reunión “muy productiva” con el señor Barret para impulsar el desarrollo “del sector”. ¿Qué interés puede tener el gobierno estadounidense en el desarrollo de los 13 km2 que ocupa el municipio Chacao en la ciudad de Caracas? ¿Un nuevo supermercado? ¿La rehabilitación de una cancha de baloncesto? ¿Es en serio?

La exdiputada Dinorah Figuera aclaró que su visita relámpago a Venezuela respondía a una invitación… del señor Barret. Toda transición a la democracia es vigilada. En Chile, el dictador Augusto Pinochet, se encargó de esa tarea. Joaquín Balaguer, un estrecho colaborador del dictador Rafael Leonidas Trujillo, hizo lo propio en República Dominica. En España fue Adolfo Suárez, un hombre del aparato franquista. Siempre hay una cabeza visible o tras bambalinas que hace ese trabajo. En Venezuela, será el gobierno de los Estados Unidos el que, a modo de contratista, se encargue de delinear la ruta hacia ¿una transición democrática? Esa es la misión que vino a cumplir el señor John M. Barret. Pero hay sobradas razones para que la duda nos carcoma. Al presidente Donald Trump la democracia le importa un pito. Y nos puede dejar colgados de la brocha, como hizo con Israel, su aliado más estrecho en el Medio Oriente.

En esta penosa cinematografía hay actores secundarios, incluso espontáneos, como el señor Francisco Arias Cárdenas, quien lanzó una propuesta inimaginable dentro del chavismo: una reunión entre la presidenta encargada, Delcy Rodríguez y María Corina Machado, lideresa de la oposición política, para defender “la dignidad y la soberanía de Venezuela”. Y lo dice usted, señor Arias, que viene de las Fuerzas Armadas. Sí, realmente, es muy penoso lo que estamos viendo.

El efecto espejo

 

Sin duda, Abelardo de la Espriella tiene varios asesores que lo ayudaron a ganar las elecciones en Colombia. Pero hay uno al que no le pagó un centavo y le hizo la campaña gratis. Se trata de Nicolás Maduro, quien gobernó a Venezuela con puño de hierro entre 2013 y 2026, cuando fue “extraído” del Fuerte Tiuna por fuerzas estadounidenses el pasado 3 de enero. El reflejo de Venezuela en Colombia no eran sólo cifras: una caída del 70 por ciento del PIB, una inflación calculada en miles de millones por ciento, sólo en el lapso que va de 2017 a 2021. Y la cifra récord, jamás alcanzada por presidente alguno: más de 4.971.000 venezolanos se hundieron en la pobreza en los dos primeros años de su mandato.

Colombia fue el país que más refugiados venezolanos acogió en medio de este drama social: más de tres millones de personas. No hay una sola ciudad colombiana que no albergue a los compatriotas que cruzaron la frontera en busca de lo más elemental para poder sobrevivir. Basta subirse al Transmilenio en Bogotá para ver la penosa situación por la que atraviesan los venezolanos que huyeron de esa categoría que los sociólogos denominan “pobreza multidimensional”. En esta reivindicación de lo políticamente correcto no cabe el término mendicidad, aunque sea la palabra que mejor define a quienes deambulan por la ciudad y duermen en las calles.

Los colombianos no tenían que cruzar la frontera para enterarse de lo que había ocurrido en Venezuela. La ola del tsunami de la destrucción chavista llegó hasta la puerta de sus casas. Un espectáculo muy penoso que despertó el miedo, el horror a todo lo que oliera a socialismo, a izquierda, a justicia social. El señor Nicolás Maduro convirtió la utopía en una bazofia.

La decisión del gobierno de Gustavo Petro, quien se negó a cerrar las fronteras, le pasó factura, aunque la tabla de salvación que a muchos venezolanos les permitió llevarse algo de comer a la boca. Fue un acto solidario en medio de la rapiña y la codicia que impunemente exhibe el mundo de hoy. Todos lo saben, pero callan, porque lo importante, lo vital, lo que está de moda, además, es no reconocer al otro.

La campaña electoral de los vecinos tuvo un correlato entre los colombianos que todavía viven en Venezuela. En cifras preliminares, 19.682 votaron por Abelardo de la Espriella, mientras 4.911 lo hicieron por Iván Cepeda. Fue una votación ínfima, pero no reñida. No es la Colombia partida en dos que arrojó el resultado del domingo.

Es que el chavismo, aún regalado, es caro.

Señales contradictorias en la transición a la democracia

 

El regreso al país (aunque sea por unas horas), de Dinorah Figuera pudiera interpretarse como una señal que apunta a la transición democrática que tanto anhelamos los venezolanos. En la reunión que sostuvo con Jorge Rodríguez se acordó crear una mesa técnica y política para allanar el camino que nos lleve a un proceso electoral. Además de crear las condiciones para restablecer el ejercicio de la libertad de expresión en Venezuela. Una cosa va con la otra. Es decir, no puede haber elecciones sin libertad de expresión.

La mesa tendrá una composición paritaria. Y esto también es una señal positiva. Sus integrantes tendrán que llegar a acuerdos consensuados, más allá de las diferencias irreconciliables que han larvado la crisis política a lo largo de casi 30 años.

Apenas poner pie en el aeropuerto de Maiquetía, Figuera dijo que su presencia en Venezuela respondía a un llamado que le hiciera John Barret, el encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos. Esto nos deja en claro que serán los Estados Unidos el factor que modere la transición política hacia la democracia. En esta oportunidad, no habrá una ventana para que el chavismo eluda los compromisos a los que se llegue en la mesa de negociaciones. No va a ocurrir lo de República Dominicana, donde se llegaron a acuerdos que luego fueron incumplidos. Big Brother se encargará de que esto no pase. Esto podría ser una garantía, pero también pone de manifiesto la injerencia que juega la Casa Blanca en los asuntos internos de Venezuela. La responsabilidad de que esto sea así recae exclusivamente en el chavismo, entre otras cosas, porque se robaron las elecciones del 2024. Y esto sólo fue posible porque en Venezuela no hay estado de derecho, ni separación de poderes. No hay democracia.

A lo largo de la semana, vimos igualmente una señal totalmente opuesta. El número dos del chavismo, el señor Diosdado Cabello se rodeó de más de 70 altos oficiales de los distintos componentes del ejército venezolano. ¿Para qué? ¿Para recordarnos que los militares son los únicos que pueden mantener el control del territorio y la seguridad ciudadana? ¿Para decirnos que en una eventual transición a la democracia los uniformados verde oliva tienen voz y voto? ¿Para invocar el derecho que se abrogan los militares de ser los garantes de la vida nacional? ¿O para decirnos que no habrá justicia transicional, ni castigo a los militares incursos en violaciones a los Derechos Humanos? Sería penoso y una nueva humillación que sea Estados Unidos el que devuelva a los militares venezolanos a sus cuarteles. Por cierto, el ministro de la Defensa, el general en jefe, Gustavo González López ha dicho que la soberanía de Venezuela “no es negociable”, pero la dinámica geopolítica posterior al 3 de enero se encarga de decirnos que Venezuela perdió una parte sustancial de su soberanía.

Al final, el llegadero.

 

La embajada de los Estados Unidos se adjudica la desaceleración de la inflación en Venezuela. El mes pasado fue del 6 por ciento. Sólo un dígito. Algo nunca imaginado desde que el proceso inflacionario se desató a partir de 2013, como parte del legado del expresidente Hugo Chávez.

No creo en las coincidencias, caso contrario me vería obligado a demostrar que sí existen. Pero sí creo que un presidente deja un legado, que en el caso de Chávez fue una verdadera hecatombe de empobrecimiento y ruina para Venezuela. Hasta el profesor Jorge Giordani, el Rasputín de las finanzas del chavismo, sugirió una especie de ajuste económico que pusiera coto al desbocado y desorbitante gasto público. Nicolás Maduro, el designado sucesor de Chávez –“mi voluntad plena, como la luna llena… es que ustedes voten por Nicolás Maduro”–, desestimó la sugerencia del señor Giordani y pisó el acelerador mediante el endeudamiento que hoy tiene bajo amenaza a los principales activos de la Nación.

Por eso es tan difícil y compleja la situación económica del país. El único dólar en físico al que pueden acceder los venezolanos, se compra en la calle. ¿Y esto qué nos dice? Que el famoso plan de tres fases del señor Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, encalló en su primera fase. No hay tal estabilización de la economía venezolana. Ni puede haberla, porque no quedó piedra sobre piedra.

Mientras escribo estas línea, leo que el gobierno de la señora Delcy Rodríguez decidió imponer un cepo cambiario. Mil dólares por persona. Anuncio desafortunado, según economistas avisados.

Valdría la pena releer los capítulos del 26 al 36 de El Capital, me refiero a la Acumulación Primitiva del Capital. En ese ciclo se encuentra Venezuela. Como no existe otra opción al capitalismo -al menos en la vida real-, lo que toca es abrir la economía venezolana a la inversión privada, venga de donde venga. Pero antes hay que cumplir con los requisitos que esto exige. Una labor que sólo puede hacer el Estado. “Lo revolucionario, me dijo en una ocasión Asdrúbal Baptista, sería expropiar al Estado”, despojarlo de las empresas que, a su vez, expropió o compró con la chequera petrolera.

Abrir la economía para que haya mucho comercio -como motor de empleo-, mientras se genera riqueza con las actividades en las que Venezuela tiene un gran potencial, especialmente en el sector energético. Diseñar un programa de crecimiento en actividades como la agricultura, orientada a fortalecer rubros en los que hay potencial competitivo. Pero antes hay que experimentar lo que el capitalismo nos depara: la acumulación primitiva del capital. Lo veremos, particularmente, en la industria pesada de Guayana, particularmente en la Siderúrgica del Orinoco. Entonces, los trabajadores venezolanos no podrán ignorar o guardar silencio cuando les hagan saber cuál es la productividad de un trabajador en Corea del Sur o Brasil, por ejemplo. Eso o la quiebra. ¿No querían el modelo chino? Ahí lo tienen. Empresa que no arroje utilidad se cierra. Y punto.

No veo ninguna posibilidad de que esto ocurra bajo el liderazgo del chavismo. Se acabó la fiesta de los petrodólares. No vimos una sola mejora en medio de la guerra entre Irán y los Estados Unidos y su proxy en el Medio Oriente. No cayó el maná del cielo, como en 1973 -a raíz de la guerra árabe israelí o en 1979 -tras la Revolución Islámica del ayatola Jomeini. Y no ha sido así por la sencilla razón de que la historia de este país es otra después del 3 de enero. Entonces, toca regresar nariceados al capitalismo. Ojalá sea en democracia. Lo demás son cuentos de camino. Proverbiales y envenenadas promesas. Populismo y liderazgos carismáticos. Sólo que esta vez no encontrarán un resquicio en la realidad. Es el sueño del chavismo convertido en pesadilla.

Donald Trump no es como Ismael Rivera. Él no reparte bien.

El Niño Guerrero

 

Basta leer el libro de Ronna Risquez para entender que Héctor R. Guerrero, alías el Niño Guerrero no pudo construir su imperio criminal sin la complicidad del aparato de justicia venezolano y el servicio penitenciario que, en Venezuela, ostenta rango ministerial. Es decir, es una pieza clave del poder Ejecutivo. La megabanda de Guerrero extendió sus tentáculos por casi todos los países del continente americano, camuflada entre los migrantes que huyeron del país a propósito de la represión del gobierno y la pavorosa crisis economía que empobreció hasta el infinito a los venezolanos.

Guerrero convirtió la cárcel de Tocorón en su particular hotel cinco estrellas. Piscina, discoteca, zoológico, en las propias narices de los carceleros que lo ¿custodiaban? Su empresa criminal no tenía nada que envidiarle a la de Pablo Escobar. Por el contrario, tenía diferentes áreas de negocios, como el tráfico de personas, por ejemplo.

El gobierno de los Estados Unidos enlistó al Tren de Aragua como una banda de narcoterroristas, compartía cartel con los carteles mexicanos que trasiegan el fentanilo hasta las calles de las principales ciudades de Estados Unidos. Ofreció una recompensa de hasta cinco millones de dólares para quien diera información “que condujera a la captura” del líder del Tren de Aragua. El viernes 12 de junio, el presidente de los Estados Unidos dio la noticia en exclusiva, a través de su red social (Truth Social). Fue un ataque cinético, “rápido y letal”. Que se hizo con la colaboración plena de “nuestros amigos venezolanos”. Un ataque similar a los que acabaron con la vida de supuestos traficantes de drogas en aguas del Caribe. Pero una investigación periodística, liderada por el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística demostró que varias de las personas asesinadas en los ataques cibernéticos eran pescadores que intentaban poner comida en la mesa de sus casas.

En medio de las estridencias de los chavistas que cuestionan “la retirada estratégica” del ejercito de Venezuela ante el ataque del pasado 3 de enero, el ministro de Educación, Héctor Rodríguez, vino a poner las cosas en su sitio. “Quien quiera inmolarse que de un paso al frente”. Pero antes, el chavismo se rasgaba las vestiduras en defensa de la soberanía del país. Entonces, mejor dar un paso al costado.

Hay un largo informe jurídico que califica esos ataques como violatorios de la soberanía de los países de la cuenca del Caribe, particularmente de Colombia y Venezuela. A pesar del aviso incontestable, hubo quien dudó que ese tipo de ataques se podían ejecutar en tierra firme. El desmentido llegó de la mano del presidente Trump.

Esta operación no ese puede calificar sino de ejecución extrajudicial y violatoria de la soberanía de Venezuela, desaparecida en acción el pasado 3 de enero. También es violatoria de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que prohíbe expresamente, la aplicación de la pena de muerte. Pero vivimos un “momento político diferente”, según la expresidenta encargada, Delcy Rodríguez. Ahora estamos arrodillados frente “a la principal potencia nuclear del planeta”, denominación que la cúpula del chavismo le endilga a Estados Unidos. Creo que se perdió una buena oportunidad de conocer los detalles del entramado criminal del señor Héctor R. Guerrero; pudo haber conformado un dueto con Alex Saab en Nueva York.

Pero nadie dice nada. ¿Quién carajo se come el cuento de la soberanía? Para eso están los vaqueros de Donald Trump, en una versión más moderna, al estilo de Harry el sucio, practicando la justicia real.

Descubrir el agua tibia

 

Héctor Rodríguez, ministro de Educación, elegido por la presidenta encargada Delcy Rodríguez para liderar la reingeniería que hará del Estado venezolano un ente más pequeño, más eficiente y concentrado en sus objetivos fundamentales, afirma que 3,5 millones de empleados en la nómina del gobierno, son una carga tan pesada que la vuelve “insostenible”.

Lo malo del chavismo es que sin Hugo Chávez no convence, más bien defrauda, inyecta melancolía y contamina el cuerpo social con un pesimismo galopante. Uno de los objetivos de Chávez fue reivindicar el Estado como ente eficaz para garantizar derechos y justicia social. Es decir, reivindicar y visibilizar a los desposeídos, a los excluidos. A los nadie. Pero se quedó en la palabrería, en la fuente ideológica del populismo. El discurso de un encantador de serpientes, cautivó a los venezolanos hastiados de la pobreza.

Lo dejaron hacer y el Estado se convirtió en un monstruo de mil cabezas, en un entramado burocrático que se hundió en la nada. Ahora vemos al señor Rodríguez echar mano del discurso neoliberal de los años 90. Da un giro de 180 grados para complacer al mandante, que no es otro que el establecimiento de los Estados Unidos. Entonces, de marxista a neoliberal. De la noche a la mañana. El milagro que produce el chasquido de los dedos, como aquel programa televisivo… Hechizada. Lo que necesitamos, según esta visión ideológica, es un Estado de perfil gerencial que se encargue de ordenar las cuentas fiscales, antes de privatizar lo que Chávez compró con la chequera petrolera.

La claque empresarial que creció con la venía de Delcy Rodríguez, desde el año 2013, encontrará oportunidades deslumbrantes para enriquecerse con las privatizaciones. El sector eléctrico es solo el comienzo, aunque a simple vista, puesto sobre la mesa de la subasta, luce atractivo para lucrarse. Lo que ocurrió en Rusia, luego del colapso de la Unión Soviética, donde la dirigencia del partido se hizo con los activos más productivos de ese país, particularmente del sector energético y financiero; lo que pasó en Nicaragua, donde la dirigencia sandinista se repartió los activos de ese país, en un episodio que los medios bautizaron como “la piñata”, podría tener eco ensordecedor en Venezuela. Apostaría a que Rafael Ramírez ya diseña un fondo de inversión y planes de negocios para desembarcar en el vasto negocio del petróleo y el gas, que dejó en la bancarrota antes de exiliarse en Italia. Habrá oportunidades para todos en las finanzas, el cemento, la industria pesada de Guayana, y una amplia rama en los servicios para relanzar la economía venezolana. Los que se enriquecieron a costa del empobrecimiento de los venezolanos podrán reenriquecerse cuando se abran los sobres de las privatizaciones. El Gran Viraje de Miguel Rodríguez va a palidecer cuando Héctor Rodríguez se ponga manos a la obra.

Pero hay un problema. La palabra del señor Rodríguez no es fiable. No vale nada. Por la sencilla razón de que los que nos llevaron hasta aquí no pueden llevarnos a ningún otro lado. De burócratas a empresarios. ¿Así nomás? No me lo creo. 

El reflejo que llega de Colombia

 

Estoy sentado frente a una colega colombiana en un local de Chapinero, una especie de cafetería vietnamita. La música, como prometió ella, es buena. Suenan varias canciones de los años 60. Alrededor nuestro hay mesas ocupadas por una juventud que parece disfrutar el rato. Quizás un poco distraída y seguramente desconectada de la política y de lo que parece un tsunami en ciernes que se aproxima, inevitablemente, sobre Colombia.

El país atraviesa por una aguda polarización entre dos formas diametralmente opuestas de asumir y vivir la política. Sólo un milagro impedirá el triunfo del candidato Abelardo de la Espriella, el outsider que derrotó a Iván Cepeda, el abanderado del Pacto Histórico, una amalgama de movimientos sociales, grupos indígenas, organizaciones campesinas, la comunidad LGTBI+ y partidos de izquierda. En esta enumeración, el orden no es casual. También en Colombia los partidos políticos son débiles, aunque están sobre representados en el Congreso bicameral del país.

El triunfo del abogado penalista De la Espriella parece inevitable en la segunda vuelta electoral. A la mano tiene respuestas simples a realidades complejas. Afirma que puede derrotar a la guerrilla en 90 días, se ofrece como el Bukele colombiano y en correspondencia quiere construir tres mega cárceles como las que ha construido el presidente salvadoreño. A los jóvenes les ofrece un bono para que puedan estudiar lo que deseen y se liberen de la cárcel que es la universidad pública (aunque enmendó su programa y retiró la oferta, vieja táctica de la propaganda política), lidia con la prensa al estilo Trump, aunque prefiere la tercera persona para descalificar y tratar de humillar a los periodistas. No es directo, al estilo de Trump, no le dice a una mujer de la prensa “cállate, cerdita”, pero si hace alarde frente a una joven reportera del tamaño de su miembro. Dice que el ajiaco, un plató icónico de la cocina colombiana, es una especie de menjurje carcelario. Hace gala de las horas que pasa frente al espejo para acicalar su barba. Sabe que América Latina es el paraíso del populismo y actúa en consecuencia. Quiere recortar el tamaño del Estado, aunque en Colombia el Estado no ofrece servicios de educación y salud suficientes, tampoco tiene presencia en vastos territorios y zonas fronterizas. Ha prometido fumigar más de 3 millones de hectáreas para erradicar el cultivo de la coca. El campo colombiano se ahogará en glifosato, un agente cancerígeno que el aire de la atmósfera, en su función aspersora arrojará al otro lado de la frontera. Es decir, a Venezuela y Ecuador.

En su campaña ha dicho disparates, pero no ha mentido. Pero a muy pocos parece importarles. Incluso a los jóvenes que rodean nuestra mesa, desconectados de la política y esa típica actitud, distante, indiferente, de que esto no es conmigo. Mi colega está alarmada y con razón. Los jóvenes, los movimientos sociales, los campesinos, se opondrán a las políticas de De la Espriella. Irán a parar a las mega cárceles. El periodismo, la libertad de expresión y la verdad, serán víctimas inevitables. El populismo necesita la uniformidad y el desprecio por el conocimiento para arraigarse en la población. De la Espriella ha sido abogado defensor de narcos, bandidos y corruptos. Defendió a su paisano barranquillero, Alex Saab. María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana, lo felicitó apenas se supo su triunfo en la primera vuelta electoral. Saab, el testaferro preferido de Nicolás Maduro.

Mientras converso con esta colega colombiana coincidimos en una idea: los jóvenes que nos rodean no tienen la más mínima idea de lo que se les viene encima. El populismo comparte un rasgo con el totalitarismo. Invade el espacio público y una vez que no queda rendija, invade el espacio privado, la vida cotidiana. Vivirán en la asfixia en la que viven los venezolanos, en una sociedad compartimentada, sin conexión aparente o real. Entonces, el silencio y la idea de que todo está perdido, será parte del ecosistema político de los colombianos. Muchos tendrán que sobrevivir y los de siempre se enriquecerán un poco más. Se parece igualito, diría Emilio Lovera. Familias separadas, que ya no se reconocen, aunque vengan del mismo vientre. Otro país que se suicida en primavera, en este continente fracasado.

La institución del desaparecido

 

En su programa dominical de televisión, José Vicente Hoy, el abogado José Vicente Rangel, dijo unas palabras que le helaron la sangre a la teleaudiencia. Si mal no recuerdo, dijo que Venezuela había inaugurado la figura del desaparecido por causas políticas en la década violenta de los años 60. Guerrilleros de las organizaciones que eligieron la lucha armada, fueron desaparecidos en una práctica que se corresponde con el terrorismo de Estado. Practica que se extendió por toda América Latina en los años 70 —Brasil, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, países sometidos a férreas y pavorosas dictaduras militares.

Leo en El País de España una nota de la excelente periodista Florantonia Singer que da cuenta de los desaparecidos bajo el gobierno del señor Nicolás Maduro, a quien no podemos llamar presidente en ejercicio. El caso más cruel y espeluznante es el de Víctor Hugo Quero, a quien su madre, Carmen Navas, buscó hasta debajo de las piedras para encontrarlo, después de 16 meses, enterrado de forma clandestina. No es el único, la madre de Jorgen Yoneiker Guanares Delgado, la señora Emely Delgado, busca a su hijo, sin encontrar respuesta. También hay dos campesinos de nacionalidad colombiana que se encuentran en la misma situación.

Esto es lo que ocurre cuando las víctimas de los años 60 se convierten en victimarios. Esa izquierda que nunca olvidó la lucha de clases y que al día de hoy guarda un silencio estremecedor. Los mismos señores que lucharon por alcanzar el poder, nunca renegaron de la lucha armada, nunca hicieron un mea culpa, no. Se subieron al autobús de Hugo Chávez, para demostrar que de un trauma no se aprende absolutamente nada. Es el ciclo de la historia, que nunca se repite, pero que castiga sin piedad a quien la desconoce. Decía Confucio: “el que busca venganza que cave dos tumbas”. El chavismo incurso en terrorismo de Estado. No se puede decir de otra forma. No es casual que me llegue a la cabeza el nombre de Tarek William Saab, mientras escribo estas líneas. Algo debería decir, ¿No?

Petróleo, cemento y finanzas

Hay que navegar en la red para darse una idea, por imprecisa que sea, para entender o tratar de entender lo que ocurre en Venezuela. Apenas son pistas o pinceladas, todas ellas fragmentadas, porque vivimos en un laberinto.

Recientemente, el señor Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, dijo que “por primera vez en la historia se estaba profesionalizando la industria petrolera venezolana”. No me extrañaría que el señor Rubio desconozca qué lugar ocupa Venezuela en la geografía mundial. A los Estados Unidos les gusta mirarse el ombligo. Sé de profesores activos en las aulas universitaria que se lamentan porque sus alumnos no saben apuntar con el dedo dónde queda en el mapa mundi un país como Colombia. El desconocimiento empieza por ahí. Por lo elemental. Para el señor Rubio, la historia de Venezuela empezó el 3 de enero de 2026. No importa que una empresa como PDVSA, antes de que la desvalijaran los chavistas, produjera 3,2 millones de barriles diarios. Que muchos de los 20.000 empleados, que fueron despedidos de la forma más ruin y malandra que se pueda uno imaginar, hayan emigrado a México, a Colombia, a Noruega para aportar sus competencias profesionales en el sector energético de esos países. Pero es cierto, el que se somete merece desprecio.

El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, se queja porque el sacó de cemento en Venezuela cuesta entre 32 y 37 dólares. “No puede ser”, dijo durante una visita al estado Trujillo, donde se produce buena parte del cemento que se comercializa en Venezuela. Y luego, en el tono que caracteriza al chavismo, copiado del guapetón de barrio, la némesis de Eudomar Santos, agregó: “Señora diputada América Pérez, al llegar a la ciudad de Caracas, me cita a los turcos esos que están con la cosa del cemento y me los lleva para mí oficina”. El poeta, narrador, psiquiatra y operador político, quizás olvida que, en la construcción del mundo multipolar, el expresidente Hugo Chávez, fue quien estrechó los lazos con Turquía, una potencia emergente del Sur Global. Quizás para el señor Rodríguez la historia de Venezuela también empezó el 3 de enero. ¿Qué papel juega en el mercado venezolano la Corporación Socialista del Cemento? ¿Puede incidir en los precios de un producto vital para la industria de la construcción y de las infraestructuras? Al parecer, no tiene ninguna incidencia y todo se va a resolver en la oficina del señor Rodríguez en la Asamblea Nacional. Le bastará un jalón de orejas a los turcos esos. Google avisa que, en Colombia, un bulto de cemento de 50 kilos cuesta entre 8,40 y 9,15 dólares. Que grandes beneficios nos trajo la estatización del cemento en Venezuela. 

Leo en el diario El Espectador de Colombia una nota muy curiosa. No había escuchado el nombre del banquero francés, Matttieu Pigasse, quien suena para reestructurar la abultada deuda pública venezolana. Pigasse, un abanderado de la izquierda francesa, ya hizo lo propio en otros países, Argentina, Ecuador y Grecia. Pero nada es gratis, sobre todo a partir del 3 de enero, Según Wall Street Journal y Le Monde, el banquero francés llega por influencia de un intermediario de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. El dinero es como el agua, fluye y busca su cauce, además, se lleva por delante las franquicias de la izquierda y de la derecha. Dice la información que Pigasse es un viejo amigo de Delcy Rodríguez, la presidenta encargada —¿hasta cuándo?—, de esta Tierra de Gracia. Cosas veredes, Sancho, dijo el Quijote.