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La institución del desaparecido

 

En su programa dominical de televisión, José Vicente Hoy, el abogado José Vicente Rangel, dijo unas palabras que le helaron la sangre a la teleaudiencia. Si mal no recuerdo, dijo que Venezuela había inaugurado la figura del desaparecido por causas políticas en la década violenta de los años 60. Guerrilleros de las organizaciones que eligieron la lucha armada, fueron desaparecidos en una práctica que se corresponde con el terrorismo de Estado. Practica que se extendió por toda América Latina en los años 70 —Brasil, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia, países sometidos a férreas y pavorosas dictaduras militares.

Leo en El País de España una nota de la excelente periodista Florantonia Singer que da cuenta de los desaparecidos bajo el gobierno del señor Nicolás Maduro, a quien no podemos llamar presidente en ejercicio. El caso más cruel y espeluznante es el de Víctor Hugo Quero, a quien su madre, Carmen Navas, buscó hasta debajo de las piedras para encontrarlo, después de 16 meses, enterrado de forma clandestina. No es el único, la madre de Jorgen Yoneiker Guanares Delgado, la señora Emely Delgado, busca a su hijo, sin encontrar respuesta. También hay dos campesinos de nacionalidad colombiana que se encuentran en la misma situación.

Esto es lo que ocurre cuando las víctimas de los años 60 se convierten en victimarios. Esa izquierda que nunca olvidó la lucha de clases y que al día de hoy guarda un silencio estremecedor. Los mismos señores que lucharon por alcanzar el poder, nunca renegaron de la lucha armada, nunca hicieron un mea culpa, no. Se subieron al autobús de Hugo Chávez, para demostrar que de un trauma no se aprende absolutamente nada. Es el ciclo de la historia, que nunca se repite, pero que castiga sin piedad a quien la desconoce. Decía Confucio: “el que busca venganza que cave dos tumbas”. El chavismo incurso en terrorismo de Estado. No se puede decir de otra forma. No es casual que me llegue a la cabeza el nombre de Tarek William Saab, mientras escribo estas líneas. Algo debería decir, ¿No?

Petróleo, cemento y finanzas

Hay que navegar en la red para darse una idea, por imprecisa que sea, para entender o tratar de entender lo que ocurre en Venezuela. Apenas son pistas o pinceladas, todas ellas fragmentadas, porque vivimos en un laberinto.

Recientemente, el señor Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, dijo que “por primera vez en la historia se estaba profesionalizando la industria petrolera venezolana”. No me extrañaría que el señor Rubio desconozca qué lugar ocupa Venezuela en la geografía mundial. A los Estados Unidos les gusta mirarse el ombligo. Sé de profesores activos en las aulas universitaria que se lamentan porque sus alumnos no saben apuntar con el dedo dónde queda en el mapa mundi un país como Colombia. El desconocimiento empieza por ahí. Por lo elemental. Para el señor Rubio, la historia de Venezuela empezó el 3 de enero de 2026. No importa que una empresa como PDVSA, antes de que la desvalijaran los chavistas, produjera 3,2 millones de barriles diarios. Que muchos de los 20.000 empleados, que fueron despedidos de la forma más ruin y malandra que se pueda uno imaginar, hayan emigrado a México, a Colombia, a Noruega para aportar sus competencias profesionales en el sector energético de esos países. Pero es cierto, el que se somete merece desprecio.

El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, se queja porque el sacó de cemento en Venezuela cuesta entre 32 y 37 dólares. “No puede ser”, dijo durante una visita al estado Trujillo, donde se produce buena parte del cemento que se comercializa en Venezuela. Y luego, en el tono que caracteriza al chavismo, copiado del guapetón de barrio, la némesis de Eudomar Santos, agregó: “Señora diputada América Pérez, al llegar a la ciudad de Caracas, me cita a los turcos esos que están con la cosa del cemento y me los lleva para mí oficina”. El poeta, narrador, psiquiatra y operador político, quizás olvida que, en la construcción del mundo multipolar, el expresidente Hugo Chávez, fue quien estrechó los lazos con Turquía, una potencia emergente del Sur Global. Quizás para el señor Rodríguez la historia de Venezuela también empezó el 3 de enero. ¿Qué papel juega en el mercado venezolano la Corporación Socialista del Cemento? ¿Puede incidir en los precios de un producto vital para la industria de la construcción y de las infraestructuras? Al parecer, no tiene ninguna incidencia y todo se va a resolver en la oficina del señor Rodríguez en la Asamblea Nacional. Le bastará un jalón de orejas a los turcos esos. Google avisa que, en Colombia, un bulto de cemento de 50 kilos cuesta entre 8,40 y 9,15 dólares. Que grandes beneficios nos trajo la estatización del cemento en Venezuela. 

Leo en el diario El Espectador de Colombia una nota muy curiosa. No había escuchado el nombre del banquero francés, Matttieu Pigasse, quien suena para reestructurar la abultada deuda pública venezolana. Pigasse, un abanderado de la izquierda francesa, ya hizo lo propio en otros países, Argentina, Ecuador y Grecia. Pero nada es gratis, sobre todo a partir del 3 de enero, Según Wall Street Journal y Le Monde, el banquero francés llega por influencia de un intermediario de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. El dinero es como el agua, fluye y busca su cauce, además, se lleva por delante las franquicias de la izquierda y de la derecha. Dice la información que Pigasse es un viejo amigo de Delcy Rodríguez, la presidenta encargada —¿hasta cuándo?—, de esta Tierra de Gracia. Cosas veredes, Sancho, dijo el Quijote.