Estoy sentado
frente a una colega colombiana en un local de Chapinero, una especie de
cafetería vietnamita. La música, como prometió ella, es buena. Suenan varias canciones
de los años 60. Alrededor nuestro hay mesas ocupadas por una juventud que
parece disfrutar el rato. Quizás un poco distraída y seguramente desconectada
de la política y de lo que parece un tsunami en ciernes que se aproxima,
inevitablemente, sobre Colombia.
El país atraviesa
por una aguda polarización entre dos formas diametralmente opuestas de asumir y
vivir la política. Sólo un milagro impedirá el triunfo del candidato Abelardo de
la Espriella, el outsider que derrotó a Iván Cepeda, el abanderado del Pacto
Histórico, una amalgama de movimientos sociales, grupos indígenas, organizaciones
campesinas, la comunidad LGTBI+ y partidos de izquierda. En esta enumeración,
el orden no es casual. También en Colombia los partidos políticos son débiles,
aunque están sobre representados en el Congreso bicameral del país.
El triunfo del
abogado penalista De la Espriella parece inevitable en la segunda vuelta
electoral. A la mano tiene respuestas simples a realidades complejas. Afirma
que puede derrotar a la guerrilla en 90 días, se ofrece como el Bukele
colombiano y en correspondencia quiere construir tres mega cárceles como las
que ha construido el presidente salvadoreño. A los jóvenes les ofrece un bono
para que puedan estudiar lo que deseen y se liberen de la cárcel que es la
universidad pública (aunque enmendó su programa y retiró la oferta, vieja
táctica de la propaganda política), lidia con la prensa al estilo Trump, aunque
prefiere la tercera persona para descalificar y tratar de humillar a los
periodistas. No es directo, al estilo de Trump, no le dice a una mujer de la
prensa “cállate, cerdita”, pero si hace alarde frente a una joven reportera del
tamaño de su miembro. Dice que el ajiaco, un plató icónico de la cocina
colombiana, es una especie de menjurje carcelario. Hace gala de las horas que
pasa frente al espejo para acicalar su barba. Sabe que América Latina es el paraíso
del populismo y actúa en consecuencia. Quiere recortar el tamaño del Estado,
aunque en Colombia el Estado no ofrece servicios de educación y salud
suficientes, tampoco tiene presencia en vastos territorios y zonas fronterizas.
Ha prometido fumigar más de 3 millones de hectáreas para erradicar el cultivo
de la coca. El campo colombiano se ahogará en glifosato, un agente cancerígeno
que el aire de la atmósfera, en su función aspersora arrojará al otro lado de
la frontera. Es decir, a Venezuela y Ecuador.
En su campaña ha
dicho disparates, pero no ha mentido. Pero a muy pocos parece importarles. Incluso
a los jóvenes que rodean nuestra mesa, desconectados de la política y esa
típica actitud, distante, indiferente, de que esto no es conmigo. Mi
colega está alarmada y con razón. Los jóvenes, los movimientos sociales, los
campesinos, se opondrán a las políticas de De la Espriella. Irán a parar a las
mega cárceles. El periodismo, la libertad de expresión y la verdad, serán
víctimas inevitables. El populismo necesita la uniformidad y el desprecio por
el conocimiento para arraigarse en la población. De la Espriella ha sido
abogado defensor de narcos, bandidos y corruptos. Defendió a su paisano
barranquillero, Alex Saab. María Corina Machado, la líder de la oposición
venezolana, lo felicitó apenas se supo su triunfo en la primera vuelta
electoral. Saab, el testaferro preferido de Nicolás Maduro.
Mientras converso
con esta colega colombiana coincidimos en una idea: los jóvenes que nos rodean
no tienen la más mínima idea de lo que se les viene encima. El populismo comparte
un rasgo con el totalitarismo. Invade el espacio público y una vez que no queda
rendija, invade el espacio privado, la vida cotidiana. Vivirán en la asfixia en
la que viven los venezolanos, en una sociedad compartimentada, sin conexión
aparente o real. Entonces, el silencio y la idea de que todo está perdido, será
parte del ecosistema político de los colombianos. Muchos tendrán que sobrevivir
y los de siempre se enriquecerán un poco más. Se parece igualito, diría
Emilio Lovera. Familias separadas, que ya no se reconocen, aunque vengan del
mismo vientre. Otro país que se suicida en primavera, en este continente
fracasado.
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