Lo particular de
la entrevista que publicó El País al presidente de la Asamblea Nacional no
radica en el hecho de que lo hayan dejado hablar, casi sin cuestionar sus
respuestas. No, Jorge Rodríguez ha ejecutado un streaptease que pone al
descubierto las intenciones, las verdaderas intenciones, del chavismo después
de la operación militar de Estados Unidos que enterró la soberanía del país.
Algo se había
aclarado el 3 de enero, pero no se había definido. Son dos cosas distintas. Aquí
radica el valor de la entrevista que publica El País. Antes del fatal día de la
intervención, Venezuela navegaba viento en popa hacia la órbita de las
autocracias teledirigidas por la dictadura comunista cubana. Muchos ñángaras
—la virtuosa palabra con la que Rómulo Betancourt definió a quienes habitan en
la oscuridad del totalitarismo marxista— pensaban y aseguraban que no iba a haber
intervención militar de Estados Unidos en Venezuela. Lo repetían hasta la
saciedad, aunque desde La Guaira podía verse el mascarón de proa de la flota
estadounidense. Se había creado una dinámica, una inercia imparable, que
obviamente debía desembocar en la llamada “extracción” del señor Nicolás Maduro
y su esposa, la yunta del poder chavista en Miraflores. Este hecho los
sorprendió por ingenuos.
Eso fue lo
primero que se aclaró: la vigencia de la doctrina Donroe, según la cual el hemisferio
occidental es el patio trasero de los Estados Unidos, su área natural de
influencia, en el marco del nuevo reparto geopolítico del mundo. Desde ese día,
las riquezas minerales de Venezuela —el petróleo, el gas, el oro, coltán y
quién sabe cuántos minerales más—, están a disposición de empresas
estadounidenses. Se inauguró una nueva era, signada por la apertura económica y
un regreso a los business, según las normas legales de Estados Unidos que,
además, se abroga el control financiero de las ganancias de esos negocios.
Eso es lo único
que quedó claro después del 3 de enero. No es poca cosa. Se abrió la
oportunidad de mejorar la economía y conseguir ingresos que alivien la paupérrima
condición en la que vivimos los venezolanos. Surgió, como una fresca ventisca,
la expectativa de que podíamos tener una vida fácil, pero no un país. Al 50 por
ciento de los venezolanos que aprobaron la intervención militar del 3 de enero,
les importó poco o nada la pérdida de soberanía. Es cierto, ya Cuba manejaba
cuestiones relevantes en temas de seguridad, diplomacia y represión a cambio de
una cuota petrolera nada desdeñable. China y Rusia hacían negocios en el sector
energético y militar. Se diría entonces que Venezuela ya era, en buena medida,
un país tutelado. Que el mal ya estaba hecho. Que era preferible caer en la
órbita de los Estados Unidos. El mal menor puede ser más llevadero, pero
seguimos viviendo en el mal. Ya Hannah Arendt escribió sobre eso.
Es un lugar común
decir que el 3 de enero dejó más preguntas que respuestas. La señora Delcy
Rodríguez, a la sazón presidenta encargada de Venezuela, reconocida por Estados
Unidos, habló de un nuevo momento político. Su hermano, Jorge Rodríguez,
presidente de la Asamblea Nacional y negociador por excelencia del chavismo,
arrojó algunas luces sobre lo que significa en la entrevista que publica El
País. En su condición de psiquiatra, aclara que podemos aprender de los traumas.
Sí, es cierto. No se trata de un aprendizaje en la escuela, de adquirir nuevas
herramientas, nuevas capacidades, sino de superar la tragedia que se aloja en
el espíritu de la Nación. El chavismo, de la noche a la mañana, descubrió que
podemos tener una relación signada por normas de convivencia con los Estados Unidos.
Diríase entonces que, a partir del 3 de enero, somos buenos vecinos. Pero esas
normas de convivencia no guardan relación alguna con lo establecido por las
Naciones Unidas. No son la triada definida por Marco Rubio, el secretario de
Estado de los Estados Unidos: estabilidad, recuperación económica y regreso a
la democracia.
La estabilidad de
Venezuela se resume en seguridad, lucha contra el narcotráfico y migración. Son
los tres puntos de la agenda de Estados Unidos dictados en Miraflores por el
jefe militar del Comando Sur de ese país.
Para que la
operación militar del 3 de enero rinda frutos es menester la recuperación
económica de Venezuela. Sólo así tendría sentido para los venezolanos y para el
régimen político instalado en Miraflores. No hay metas ni plazos establecidos,
sólo negocios. Voy a echar mano del viejo termómetro de los economistas para plantear
una interrogante. ¿Cuánto tarda una economía en recuperar el 70 por ciento de
su Producto Interno Bruto? ¿Cuál es la tasa de retorno de una inversión de
400.000 millones de dólares que hacen falta para que Venezuela sea un jugador
de importancia en el sector de los hidrocarburos? ¿En qué lapso se obtiene el
rendimiento de esa inversión?
La economía
siempre avisa antes que la política. Y lo que dicen las preguntas arriba
señaladas es que en Venezuela no va a haber elecciones en el corto plazo. De
esto también habló Jorge Rodríguez en la citada entrevista que publicó El País.
Queda claro, no hay que leer entrelíneas, que en Venezuela no está planteada
una transición a la democracia. Y ya habíamos visto señalas claras de que no
sería así: las designaciones del Fiscal General y de la Defensora del Pueblo,
por ejemplo.
Si el aprendizaje
que dejó el trauma del 3 de enero se resume en las palabras de Jorge Rodríguez,
diría que el chavismo aprendió muy poco. Entonces, ¿Habrá necesidad de un
trauma mayor para que en consecuencia el aprendizaje sea más robusto? ¿Digamos,
se podrán detectar las pistas borrosas que nos encaminen hacia la democracia? Esta
es una de las preguntas que a los periodistas de El País se les quedó en el
tintero. Aunque podemos sacar una conclusión del streaptease que hizo el señor
Jorge Rodríguez, muy sonriente en la foto: Aquí habrá chavismo forever.
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