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La misma vaina

La misma lógica maniquea, el mismo dispositivo para renovar la arquitectura del Estado, la misma advertencia a quienes manifiestan en las calles: a Miraflores no van a llegar. Mientras apalean a la gente y practican detenciones, el recado es el mismo: represión y limbo legal.

Dentro del inmovilismo, la política parece decir “eppur si muove”. La Asamblea Nacional, ha designado a los nuevos titulares en el Ministerio Público y en la Defensoría del Pueblo: Larry Deboe y Eglée González Lobato, respectivamente. Y, respectivamente, podemos decir que Deboe es una ficha del chavismo y González Lobato, es una ficha de la oposición. Si la memoria no me falla, este reparto “equilibrado”, se ensayó a partir de 2005, cuando las élites de los partidos políticos retomaron el ejercicio de la política para gestionar los conflictos que arrastramos desde hace tres décadas. Esto no funcionó y este remake tampoco va a funcionar.

Podemos echar mano a lo que establece la Constitución para verle las costuras a estas designaciones. Poner el grito en el cielo y condenarlas. ¿Pero acaso la Constitución se acata y se cumple en Venezuela? Es letra muerta, ¿no? Entonces, no gastemos pólvora en zamuro. Veamos estas designaciones dentro del proceso político que se inauguró el pasado 3 de enero. El gobierno tutelado de Rodríguez mueve sus fichas y los convocados a la mesa de negociación, guardan silencio. Ya se sabe que el que calla otorga.

Lo llamativo sería examinar la designación de González Lobato. Seguramente, es el resultado de un arreglo entre los partidos políticos que participan en la institucionalidad del Estado. Esto no es otra cosa que un apretón de manos entre el chavismo y un sector de la oposición que ocupa un número reducido de curules en la Asamblea Nacional. Nada que objetar, si la mecánica obedeciera a un ejercicio pleno de la democracia. Pero no es así. Porque en Venezuela no hay democracia. Hay otra cosa que no sabemos muy bien qué es. ¿Una transición? Volvemos a la palabra de moda. Y aquí es donde comienza el problema. Porque en Venezuela tampoco hay tal transición. Nos movemos en arenas movedizas, en una calma chicha, en las preguntas sin respuestas, porque el 3 de enero se aclararon unas cuantas cosas, pero no se definió ninguna.

Si las designaciones del Fiscal General y la Defensora del Pueblo respondieran a una transición a la democracia, no fueran objeto de críticas tan estridentes, aunque, sí, reflejarían un gran malestar, porque las transiciones son, en esencia, un cambio de rumbo, un reseteo de la forma en que entendemos y practicamos la política. Y, como todo cambio, es doloroso. Ese no sería el problema, porque al final del día se entendería que la dinámica de una transición conlleva sacrificios. Y eso es lo que no queremos hacer los venezolanos. Entonces, ¿Qué queremos? ¿Una vida fácil o tener un país? Creo que sería una buena pregunta cuando se deje a un lado la simulación, la hipocresía de la izquierda, la incompetencia de la oposición y abordemos, de una buena vez, el arduo y espinoso camino de la transición política.

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