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La máquina de coser

 

En ese largo e inquietante viaje hacia el totalitarismo que es El pensamiento cautivo, (un libro fundamental en la obra del premio Nobel de literatura polaco, Cseslaw Milosz) hay un flash casi insignificante dentro de la narración que me encandiló. En la Polonia sometida al poder soviético hay una mujer que tiene una máquina de coser, ella es amiga de otra mujer que trabaja en una fábrica de telas. Parecía lógico que hicieran match en cuanto a la habilidad de una y la productividad de la otra. La pieza de tela que se convertiría en una prenda de vestir. De inmediato intervino el partido y, lo que parecía lógico, se convirtió en una acusación: Eso no puede ocurrir, porque esa iniciativa encierra el germen del odiado capitalismo.

En Cuba, las máquinas de coser son bienes de producción y, por tanto, son propiedad del Estado. Entonces, había que extirpar la propiedad privada. Fidel Castro no había luchado en la Sierra Maestra para favorecer a los capitalistas. Y así se hizo.

Esta visión, totalmente ideologizada de cualquier actividad económica, es el germen que terminó por destruir a la economía cubana, una de las más prósperas de América Latina antes de 1959. Los chinos le han sugerido a los cubanos que dejen atrás el modelo estatista. Simplemente no funciona. Pero el socialismo también puede ser un dogma y, por lo tanto, una religión.

En Venezuela, Hugo Chávez, profundizó el modelo estatista. Se convirtió en empresario. Compró o expropio empresas: siderúrgicas, telefonía, centrales de generación y distribución eléctrica, entidades financieras, ingenios azucareros, torrefactoras de café… es una lista interminable. Gracias a la chequera petrolera, Venezuela podía permitirse la propiedad y el control de los medios de producción. Obviamente, a comienzos de este siglo, una máquina de coser resultaba algo tan insignificante como un centavo. En un pueblo tan sabio como el venezolano, la propiedad privada se reducía a mi casa y mi carro. Lo demás no sabría decir qué es, ni de qué va. Y claro, de que no es propiedad privada no lo es.

De esta visión ideologizada de la economía se libró el país el pasado 3 de enero. Se trata de otro aprendizaje que dejó el trauma de la intervención militar estadounidense. A partir de ese día comenzó la era del business. El abrupto adiós a la consigna de Raúl Castro, refiriéndose a Venezuela y a Cuba… “cada vez más somos la misma cosa”.

Pensando en la máquina de coser y sus implicaciones en el modelo económico de los países socialistas, me vino a la mente el perfil que escribió el historiador Tomás Straka de Delcy Rodríguez, en la revista Nueva Sociedad. Ella siempre favoreció los negocios desde el mismo momento en que ascendió a la cúpula del chavismo. Y ahí están los tres pilares que la sostienen en Miraflores: la capacidad del chavismo para asegurar el control territorial, el manejo de las instituciones y las palancas del Estado y su favorabilidad para hacer negocios. Entonces, mejor el tema musical Sex Machine de James Brown que la máquina de coser de Singer.

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