El catire Carlos Baute la cagó. A partir de su sonsonete
—que se vaya la mona—, arruinó el baño de masas que se dio María Corina Machado
en Sol, la céntrica plaza madrileña. Si tuviéramos en la mano una foto cenital
del encuentro de Machado con la nutrida diáspora venezolana que se asentó en
Madrid, Baute sería el pelo en la sopa. ¿Somos o no somos racistas los
venezolanos?
¿Por qué tanto alboroto? Somos hijos de España, un país
atado al racismo desde tiempos inmemoriales. La Guerra de Independencia, una
guerra civil por donde se le mire, fue alimentada por el resentimiento, el odio
y la venganza. El abuelo o tatarabuelo de las familias en Venezuela es un negro
que dejó su carga genética en el pelo rizado, la nariz chata, o ligeramente
achatada, y las encías moradas. Nos cuesta asumir el racismo que llevamos in
pectore, en lo más hondo del corazón.
Pobre Negro, la novela de Gallegos, Píntame
angelitos negros, el poema de Andrés Eloy son los trazos novelados de la
suerte ingrata y muchas veces cruel de la negritud venezolana. Somos racistas,
lo practicamos a conciencia o no, en la cotidianidad. Pero también somos especialistas
en el arte de la simulación, nos refugiamos en el mestizaje, en esa mezcla de
razas. Entonces, somos café con leche: marrón claro o marrón oscuro, pero
marrón con antepasados negros. Y punto.
Toca reproducir el pasaje de la novela de Francisco Herrera
Luque: Boves el Urogallo. Boves, un blanco de orilla, oriundo de Asturias, de
pelo ensortijado y ojos verdes. Un soldado al servicio del Rey de España, lleno
de resentimiento y odio hacia los blancos criollos.
Escribe Herrera Luque:
La venganza
Luego de la misa de acción de gracias, en la que José Tomás
(Boves) juró de rodillas respetar la vida y propiedad de los vencidos, pasó a
la casa del Suizo, donde se alojaba, y dio comienzo a un opíparo almuerzo, al
cual asistían tanto las autoridades patriotas como las realistas. Ligeramente
achispado, Manuel Antonio Malpica hizo el primer brindis: —Brindo por el
Caudillo invicto José Tomás Boves, máximo héroe español y libertador de
Valencia. Todos levantaron las copas con excepción de Juan Escalona. Boves lo
vio con extrañeza. Francisco Espejo se apresuró a borrar la omisión de su
colega. —Que los nuevos tiempos nos hagan olvidar los viejos... Cajigal, en
sitio de honor, le dirigió una mirada de inteligencia al Padre Llamozas,
mientras José Tomás Morales, evidentemente ebrio, hacía gestos despectivos al
Dr. Espejo. Cajigal se puso en pie y dijo brevemente: —Que la paz vuelva a
reinar entre los españoles, tanto de aquí como de allá. Una voz en falsete
gritó desde un rincón de la mesa: —¿Y qué hacemos los negros? ¿Es que no nos
van a invitar a la fiesta?... Todos rieron, menos Cajigal y Escalona. La fiesta
continuó hasta bien entrada la tarde. Malpica hizo de bufón hasta hacer reír a
carcajadas a los presentes, ridiculizando a los patriotas y en particular a
Bolívar. Cuando Juan de Escalona se despidió para marcharse, el Caudillo le
dijo con cordialidad: —Coronel, admiro su valor. Aunque sé que nunca lo tendré
entre mis hombres mucho me hubiese gustado ser su amigo; por eso le voy a dar
un consejo. Quédese hoy, aunque sea bajo arresto, en la casa del Suizo. Morales
está muy rascado, y cuando ese isleño se embriaga es más peligroso que un tigre
hambriento. Escalona captó la sugerencia y la acató. Entró en la habitación que
le señalaba Boves y se quedó dormido. No tuvo que arrepentirse de haber seguido
el consejo. Morales, en connivencia con algunos de sus hombres y el bajo pueblo
de Valencia, se dio a la tarea de matar patriotas y de saquear sus casas.
Escalona era una de las presas que con más ahínco buscaba el isleño. Cuando
Boves despertó de la siesta pesarosa, ya pasadas las siete, las turbas
recorrían la ciudad saqueando y matando. Había dos noticias: la primera, que
Juan Manuel de Cajigal había salido con su ejército y estaba acampado fuera de
la ciudad. «Viejo tonto no es tan tonto» —se dijo el Caudillo. Y la otra, que
un zambo llamado Remigio, uno de los cuatro asesinos de María Trinidad, había
caído prisionero. El tigre que había en sus ojos dio un salto al enfrentarse
con el asesino de la mulata, con el hombre que le torció el destino y lo vendió
a la tropa. De un primer puñetazo, le partió la nariz. De un segundo le hizo
saltar los dientes. Luego lo derribó al suelo, y a horcajadas sobre el hombre
sació a puñetazos su odio. El hombre suplicaba inútilmente: —¡Perdón! ¡Perdón!,
que yo no fui sino los otros. A latigazos y amarrado entre dos filas de
lanceros lo sacaron de la ciudad por el camino de Camoruco. Cuando la columna
detuvo su marcha, el prisionero se dio cuenta que estaba frente a la tumba
caminera de María Trinidad. José Tomás, desde su caballo, le dirigió una triste
mirada a la cruz que Malpica había clavado sobre la tumba de la mulata. La
expresión melancólica duró segundos; de inmediato la arrasó el verde colérico y
un fulgor atroz. —Procede —le dijo a Eulogio. Se bajó el indio de su caballo y
clavó una estaca en el suelo, luego, dirigiéndose a los dos hombres que
sostenían al reo, les ordenó: —Quítenle los pantalones. Todos, hasta el preso,
comprendieron la muerte que le esperaba. Un grito agudo sacudió a Camoruco
cuando la estaca perforó el intestino. —Así sabrás, gran carajo —le gritó
Boves—, lo que siente una mujer cuando le brincan cuatro. Hasta pasada la
medianoche Boves asistió al suplicio, mientras bebía largos tragos de ron. A
las siete de la mañana todavía se retorcía el asesino. Dos habían muerto en el
asedio, y el último desapareció antes de la entrada de Boves, sin que nadie
pudiera dar noticias de él (…) La matanza de la noche anterior había dejado
ilustres casas en la orfandad. Entre los muertos estaban dos hermanos del Dr.
Miguel Peña, los Ibarrlaburu, los Codecido, José Ignacio Landaeta y Santiago
Llamas. José Tomás Boves mandó a tranquilizar al vecindario, haciéndoles saber
que nada más lejos de su intención que causarle daño al patriciado valenciano.
Explicó lo sucedido como una consecuencia inevitable de los hechos que se
desencadenan cuando una ciudad es tomada luego de un largo asedio. Nadie se
atrevió a señalarle que al frente de aquella masa de asesinos iba Tomás José
Morales, su segundo. Pero como los nobles enviados querían consuelo a cualquier
precio, aceptaron las explicaciones del vencedor y desecharon sus tristes
presentimientos. Una última recomendación hizo el Caudillo, y era que, a fin de
evitar los males inherentes al saqueo, las familias patricias de Valencia
debían depositar en casa del Suizo, donde él se alojaba, los objetos de valor y
en particular la platería. La sugerencia fue aceptada con beneplácito por los
enviados. El Suizo, que asistía a la reunión, tuvo otra idea: —¿Y por qué no
nos mandan esas bandejas con algo comestible adentro, y ponemos la gran fiesta
para olvidar lo de anoche? La proposición del Suizo fue igualmente aceptada y
hasta con júbilo. Uno de los asistentes de nombre Santiaguito y que se desvivía
por organizar eventos sociales, propuso: —Me parece excelente la idea. Vamos a
hacer la lista ahora mismo para que no se quede en veremos. Malpica, satisfecho
del eco, añadió: —Para que no me digan pichirre, si ustedes ponen las viandas y
los postres, yo pondré el vino. Don Miguel Meló, un mantuano valenciano,
melómano empedernido y que había logrado formar una orquesta de doce
profesores, ofreció: —Y yo pongo la música. Boves sonrió, y entre magnánimo y
picaresco, dijo: —De acuerdo, señor, pero yo también traeré mis músicos. Para
la música de fondo me sobro yo. Todos salieron de la casa del Suizo contentos
de congraciarse con el Conquistador. —Pero si Boves es un encanto —le decía
Santiaguito a su mujer—. Yo no sé dónde habrán inventado que es un hombre malo.
Si tú le vieras cómo se ríe. Si tiene la sonrisa de un niño. Yo creo que con
este hombre sí vamos a tener paz —decía el joven mientras se sobaba la
cabellera, en tanto su mujer pensaba por qué su marido no estaría entre los
muertos de la noche anterior. Por la tarde comenzaron a llegar las bandejas de
plata del patriciado valenciano. El primero en hacer acto de presencia fue el
mayordomo de los Ortega, seguido de siete esclavos portando ricos manjares. El
mayordomo de Malpica no pudo menos de observar en voz alta: —Y después dicen
que mi amo era el único que escondía la comida. ¡Mírenme esto!... Después de
los siete esclavos con vianderas de exquisiteces, seguían cuatro peones
arrastrando un cajón lleno de copas, jarras y más bandejas de plata. Ya a las
seis, una hora antes de la fiesta, el cuarto destinado a aguardar la platería
estaba repleto de arriba a abajo. El Padre Llamozas, al ver aquel
almacenamiento de objetos de valor, dijo alegórico: —Esto parece el cuarto
donde estuvo preso Atahualpa... Boves, que conocía la historia, le respondió
zumbón: —¿Y no me le parezco a Pizarro, padre? (…) Horas antes, so pretexto de
evitar desórdenes, la oficialidad patriota fue recluida en la casa de las
señoritas Urloa, un caserón sombrío frente a la Plaza Mayor de Valencia.
Comenzó la fiesta a las siete de la noche. La noche estaba encapotada y los
relámpagos cruzaban el cielo. El ambiente era triste y tenso. La mayor parte de
los invitados tenían algún amigo o familiar entre los asesinados de la noche
anterior. —Pero Niña, ¿cómo no vas a ir? —le decía a su mujer un ilustre
mantuano—, será para que ese hombre nos ponga la vista. Vamos y salimos de eso.
—Finalmente la mujer accedió. El gran salón y el patio principal de la lujosa
mansión del Suizo, se llenó de gente. Juan de Escalona y Francisco Espejo
departían amablemente con la oficialidad realista. Boves se veía risueño y
receptivo. A solicitud suya, un grupo de muchachas cantó los himnos patrióticos
en boga. Le hizo mucha gracia aquel himno del General Mariño. Se lo hizo
repetir varias veces hasta que se lo aprendió de memoria; luego lo entonó con
el coro para regocijo de todos los presentes. —¿No te decía yo que era un
encanto? —observaba Santiaguito a su mujer. A una orden del Caudillo la
orquesta del señor Meló abrió el baile con un rigodón. El Dr. Francisco Espejo
se lució en la danza. Boves, ya achispado, le gritó socarrón: —¡Ese Espejo sí
que brilla! Espejo, erizado de felicidad con la chanza del vencedor, le
respondió: —Gracias, Excelencia, por habernos devuelto la luz. Los músicos del
asturiano, gente de color, veían entre tanto, impasibles, los delicados
movimientos de los mantuanos bailando alrededor de su jefe. Muy pocos oficiales
realistas bailaban. Santiago, siempre acucioso, le dijo insinuante mientras le
pasaba al lado en melodiosos giros: —¿Y sus hombres no bailan? Viéndole la cara
a un zambote picado de viruelas, le contestó: —Qué va, oh. Esta es gente del
Alto Llano y no sabe bailar sino a golpes. Esto es muy fino para ellos. Pero
Excelencia, eso es falta de confianza —le dijo el joven—. Se les enseña,
¿verdad mi amor? —le preguntó a su aburrida esposa, quien le dirigió una mirada
furibunda. De repente estalló la tempestad que amenazaba. Gruesos goterones
cayeron sobre la ciudad. Los invitados se aglomeraron en el salón. La barra
salió a guarecerse en los portales vecinos. Juan de Escalona intentó salir a la
calle. Un oficial se lo impidió: —Hay órdenes de no dejar salir a nadie por los
momentos, porque hay partidas de forajidos recorriendo a Valencia. Un pelotón
de caballería pasó a escape en medio del aguacero. La calle estaba solitaria.
Adentro la música le resonó siniestra a Escalona. El militar patriota olfateó
peligro. Recordó el caso de los notables de Ortiz. Estudió con cautela a Boves.
Continuaba sonriendo, embutido en su traje de gala de coronel español. Tenía
una sonrisa amplia y reventona que seducía a cualquiera. En otras
circunstancias le hubiese gustado ser su amigo. De pronto tuvo una sensación de
pánico cuando le vio brillar los ojos color de tigre. Entre tanto seguían
pasando partidas de caballería, continuaba la tempestad y los violines
resonaban más fúnebres que nunca. El hecho de que no estuviese presente Cajigal
no le gustó en Absoluto a Escalona. Cajigal era un militar pundonoroso, incapaz
de estar presente en un acto bochornoso como el que presentía. Le comunicó sus
sospechas al Dr. Espejo. El gobernador civil de Valencia compartió sus temores.
El ruido acompasado de un batallón de caballería que se acercaba los impulsó a
huir. La acera de enfrente se llenó de ruidos, de gente en armas. Toda la
concurrencia se asomó a los balcones. Un oficial de caballería atravesó el
sarao y le entregó un papel a Boves de parte de Morales. Boves simuló leerlo.
Aparentó preocupación e indignación. Hizo detener la música: —Señores, lamento
mucho tener que decirles que las personas que voy a nombrar quedan arrestadas,
desde este mismo instante, por conspirar contra mi autoridad: —Juan de
Escalona. —Francisco Espejo... Afortunadamente para Espejo y Escalona, el
presentimiento de éste había sido fructífero. Trepando paredes y rompiendo
tejas se habían puesto a salvo de aquella mortal redada. Más de cincuenta
hombres de los allí presentes, fueron maniatados frente a sus mujeres y
alanceados al llegar a los extremos de la población. Un inmenso lamento sacudió
la casa del Suizo. Lloraban a gritos destemplados las mujeres al ver a sus
hombres camino del suplicio. Boves intentó callarlas recomendándoles calma. Al
ver que era inútil el tono indulgente de su voz, le arrebató un látigo a uno de
los soldados, y luego de dar un cuerazo contra el suelo, gritó: —Carajo...
cállense que aquí se viene a bailar y no a llorar. La que me llore se va a
arrepentir. Los músicos del señor Meló seguían rascando sus violines. —Fuera
esos músicos pendejos... y que toquen los míos; para que baile mi gente. ¡A ver
maestro! Que me toquen el Piquirico. La tonada gachupina, alegre, sacudió la
sala. Las mujeres y doncellas valencianas se tragaban sus lágrimas, en tanto
caían sobre ellas los hercúleos soldados de caballería. Boves, borracho, hacía
chasquear el látigo en medio de la sala, mientras sus negros y mulatos
arrastraban entre lloriqueos a las mujeres por los cuartos grandes y
complacientes del Suizo...
Y como en la cuña de Gillette, a esta macabra danza de la
muerte, alimentada por el resentimiento y el racismo, siguió, a partir de 1859,
una segunda degollina encabezada por el general Ezequiel Zamora, otro caudillo,
de los tantos, que han ensangrentado a Venezuela.
Y ya saben… Lo que a la primera se le pasa, la segunda lo
repasa.
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