La palabra transición está de moda desde el 3 de enero, fecha nefasta en la historia de Venezuela. No sólo por la “extracción” del señor Nicolas Maduro y su esposa, Cilia Flores, hasta ese día, yunta del chavismo en el poder. La operación militar de Estados Unidos es pasto de diversas lecturas. Para América Latina marcó el regreso de la diplomacia de las cañoneras, de la doctrina Monroe, rebautizada como doctrina Donroe (palabra que deberíamos agregar al diccionario). Desde el sur del Río Bravo hasta la Patagonia, China, Rusia e Irán, quedan excluidos de negocios que pongan en entredicho el predominio de Estados Unidos en la región. América, ya lo había dicho Teodoro Roosevelt a comienzo de siglo, es “para los americanos” y para más nadie.
Lo voy a dejar
muy en claro: el derecho internacional se creó para que el mundo se rija por
normas, no por la ley de la selva. No se creó para amparar o defender a dictadores,
sino a naciones que, como Ucrania, se defiende y resiste frente a la maquinaria
de guerra de Rusia. La inviolabilidad de la soberanía es la única garantía que
tienen los países débiles —por su escaso peso económico y su irrelevante
industria militar— frente a las grandes potencias.
La operación
militar de Estados Unidos representó una terrible humillación para el ejército
venezolano, incapaz de responder a la incursión militar. Venezuela perdió su
soberanía. Aunque no sabemos qué somos: ¿Una colonia? ¿Un protectorado? ¿Un
futuro proxy de los Estados Unidos en la región? La agenda de seguridad está
subordinada a las necesidades de la gran potencia del norte: inmigración, narcotráfico
y seguridad. Los activos estratégicos —petróleo, gas, oro, coltán, entre otros—
son ahora controlados por los Estados Unidos.
Estamos inmersos
en un retroceso que, en parte, nos ubica en el comienzo del siglo pasado. La
historia, obviamente, nunca se repite, pero tiene sus ciclos y para quienes no
aprenden… es como la calle. Enseña de forma severa y cruel. Un país pequeño
como Venezuela no podía retar al país más poderoso del mundo. Pero no lo creyó
así Hugo Chávez, quien compartía con su mentor, Fidel Castro, un odio
patológico hacia los Estados Unidos. La famosa tesis del mundo multipolar,
quedó hecha añicos, en cuestión de horas, el pasado 3 de enero. Era una
fantasía que la realpolitik se encargó de poner en su lugar: en el
basurero de la Historia.
La
grandilocuencia del chavismo sólo era un balbuceo de retórica nacionalista. Nos
hablaron de la guerra asimétrica, de lo mal que lo iban a pasar las tropas estadounidenses
si ponían un pie “en el suelo sagrado de la patria”, nos hablaron de la
doctrina militar de la Guerra Popular Prolongada, una bravuconada, sólo eso. Venezuela
no es ni China ni Vietnam, países que desarrollaron esa doctrina militar con
éxito en la segunda mitad del siglo XX. No tenemos ese espíritu de lucha. Lo
sabíamos. Pero somos dados a la simulación, a las mentiras piadosas.
Aún no hemos
tomado plena conciencia de las implicaciones que la operación militar del 3 de
enero tiene en la política interna. Se habla de transición, pero no hay agenda,
no hay objetivos estratégicos, sólo unos avances, por decir algo, que aclaran
ciertas cosas, pero no definen nada. Abrazamos el capitalismo, en toda regla, y
tiramos a la basura el Socialismo del Siglo XXI, se sanciona y ejecuta, en
parte, una ley de amnistía, pero todavía hay presos de conciencia en las
cárceles; se decreta el fin de la política de los extremismos, pero la
arquitectura institucional que dio pie para esa política, sigue intacta.
Actualmente, en
la mesa de negociación participan tres actores: el chavismo 2.0; la oposición
(más dividida que nunca) y los Estados Unidos. Si examinamos el perfil de los
participantes, sólo hay dos que pueden presentarse y estrecharse la mano: el
chavismo y los Estados Unidos. De ahí que el plan hacia una transición política
hacia la democracia sea el que presentó el secretario de Estado estadounidense,
Marco Rubio, resumido en tres pasos: estabilización, recuperación económica y un
eventual proceso electoral. El chavismo adelanta iniciativas que pareciera
ajustarse a ese plan. La oposición sigue enfrascada en sus rencillas internas.
No ocupa un asiento en la mesa, sigue ahí, vacío, en espera a que estos señores
terminen de entender que no pueden poner los caballos detrás de la carreta. Un justa
electoral es el eslabón último de un proceso de transición, pero la sed de
poder y los egos son tan grandes, que no permiten ver ni el árbol ni el bosque.
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