Hay tres personas
—una de ellas es quien esto escribe—, que están leyendo a José Rafael Pocaterra.
Por distintas razones había que indagar en el pasado, entre otras cosas, porque
la historia siempre arroja luces sobre el presente. Obviamente, estoy hablando
de su libro más leído, Memorias de un Venezolano de la Decadencia. Se
trata de una extensa crónica sobre lo que hemos conocido como la invasión de
los andinos, una montonera que coronó en el poder a Cipriano Castro y luego
a Juan Vicente Gómez. La tiranía fue la forma de gobierno de estos dos
compadres. Pocaterra la sufrió en carne propia, su nombre siempre estuvo en las
quinielas de la conspiración. Durante el gobierno de Castro, Pocaterra fue a dar
a la cárcel, primero en el Castillo Libertador (en Puerto Cabello), y luego en
el Castillo de San Carlos de la Barra, (en el Zulia). Juan Vicente Gómez lo
encarceló en La Rotunda. En esas mazmorras las autoridades civiles y
militares actuaban con una sevicia, con una crueldad, difícil de imaginar.
Gómez se instaló
en Maracay, donde construyó una ciudadela militar que sigue en pie hasta
nuestros días. El Olimpo cuartelario. Llegó allí mediante una traición. Ese es
un hecho histórico. Y será la historia la que determine si a Nicolás Maduro lo
traicionaron el 3 de enero. Se han ensayado hipótesis que sólo arrojan dudas y
sospechas. Pasto para las teorías conspiratorias. Quizás tenga razón uno de los
lectores del libro de Pocaterra, cuando afirma que la llamada “extracción” de
Maduro es un “episodio ciprianesco”. Es la historia cíclica de Venezuela, donde
las mismas pulsiones se repiten en épocas distintas.
Leyendo a
Pocaterra nos encontramos con varios paralelismos entre comienzos del siglo XX
y la realidad que estamos viviendo en este primer cuarto del siglo XXI. Para
ganar legitimidad y acumular poder, por ejemplo, Juan Vicente Gómez ensayó una
especie de transición política. Abrió las puertas de las cárceles para que muchos
adversarios y enemigos de Castro recobraran su libertad. Muchos exiliados se
embarcaron en la Vuelta a la Patria. Soplaba una ventisca de libertad,
que muy pronto se disipó en la tiranía. La amargura brota en cada línea del
libro de Pocaterra. Su visión sobre la sociedad venezolana no es, precisamente,
complaciente. La actitud acomodaticia, el trato adulatorio, la conchupancia con
la corrupción y el poder dictatorial, aquello de que si te he visto no me
acuerdo nos hace proclives a la indiferencia, a la desmemoria, a la
complicidad y el silencio. Son las taras de una psiquis colectiva enferma.
Valgan estas
reflexiones a vuelo de pájaro para transcribir un pasaje del libro de
Pocaterra.
Escribe el autor
de Memorias de un Venezolano de la Decadencia:
Los que venían
del destierro, de las cárceles, de los ultrajes, se veían obligados a abrazar a
sus perseguidores del día antes y a cambiar el beso de Iscariote. También
resultaba curiosísima esta travesura psicológica de las inversiones: los
verdaderamente reconciliados eran compinches que nunca estuvieron
reñidos; los que en verdad fraternizaban habían vivido juntos un
novenario gestatario en la placenta de algún agio; los que besábanse llorando
de júbilo, habían fornicado con la hacienda pública la noche antes… Y los que
quedaron de situación caída, disimulaban a los victimados su pobreza, les
dispensaban que hubiesen estado presos, los toleraban a pesar de tener los
tobillos encallecidos de grillos, no les guardaban rencor porque se hubiesen
resistido a que les violaran la hija o les llevaran la mujer, ni porque al
tomarles la hacienda ésta defraudara lo que de ella se prometiera quien se la
cogió; un derroche de generosidad y de olvido; mucho olvido, olvido por agua
común, el Orinoco vuelto un Leteo, el leteo en todo: en la bofetada y el
escupitajo, en la cautividad, en el crimen (…) Se trataba de la reconciliación
de la familia venezolana, y esta familia venezolana, como sabeís,
aunque desunida, es muy sinvergüenza, se hace perrerías y se reconcilia luego
con lágrimas en los ojos (…) En esta circunstancia está toda la moral de la
situación. Fijaos si no en el lenguaje oficial de la época: no se aludía al
perdón, no, sino a la reconciliación…”.
Actualmente,
diríase que los venezolanos somos más civilizados. Se aprobó una Ley de
Reconciliación por unanimidad en la Asamblea Nacional y se creó una comisión
legislativa de seguimiento para que el abrazo sea más sincero, más profundo,
más apegado a la venezolanidad.
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