Los convidados de
piedra, los jarrones chinos, los soldados de terracota, las figuras de cera, en
fin, todos los venezolanos, según la posición que ocupamos en el espectro social,
tenemos una particularidad propia de los seres humanos: Sentimos y padecemos. Lo
hacemos como meros espectadores. Sin voz, sin voto, sin derecho a pataleo. ¿Qué
somos nosotros? No lo sabemos, no hay una palabra en el diccionario español que
nos defina. Habitamos en el limbo por dos razones. La primera: perdimos la
soberanía popular el domingo 28 de julio de 2024. Ese día el chavismo decidió
robarse las elecciones. Nunca mostraron las actas de votación, por la sencilla
razón de que esas actas son la prueba del delito. La segunda: el sábado 3 de
enero Venezuela perdió su soberanía a manos de Estados Unidos.
¿Cuál es la
política de Venezuela? Esta pregunta no tiene respuesta y nos deja perplejos.
Todo pasa por la embajada de Estados Unidos. John M. Barret, el agregado de
negocios, es una especie de virrey, un procónsul, que recibe delegaciones de la
sociedad civil y de la clase —¿O casta?—, política. Hasta el alcalde de Chacao,
Gustavo Duque, se tomó la foto de rigor y les anunció a sus electores que había
sostenido una reunión “muy productiva” con el señor Barret para impulsar el
desarrollo “del sector”. ¿Qué interés puede tener el gobierno estadounidense en
el desarrollo de los 13 km2 que ocupa el municipio Chacao en la ciudad de
Caracas? ¿Un nuevo supermercado? ¿La rehabilitación de una cancha de
baloncesto? ¿Es en serio?
La exdiputada
Dinorah Figuera aclaró que su visita relámpago a Venezuela respondía a una
invitación… del señor Barret. Toda transición a la democracia es vigilada. En
Chile, el dictador Augusto Pinochet, se encargó de esa tarea. Joaquín Balaguer,
un estrecho colaborador del dictador Rafael Leonidas Trujillo, hizo lo propio
en República Dominica. En España fue Adolfo Suárez, un hombre del aparato
franquista. Siempre hay una cabeza visible o tras bambalinas que hace ese
trabajo. En Venezuela, será el gobierno de los Estados Unidos el que, a modo de
contratista, se encargue de delinear la ruta hacia ¿una transición democrática?
Esa es la misión que vino a cumplir el señor John M. Barret. Pero hay sobradas
razones para que la duda nos carcoma. Al presidente Donald Trump la democracia
le importa un pito. Y nos puede dejar colgados de la brocha, como hizo con
Israel, su aliado más estrecho en el Medio Oriente.
En esta penosa
cinematografía hay actores secundarios, incluso espontáneos, como el señor
Francisco Arias Cárdenas, quien lanzó una propuesta inimaginable dentro del chavismo:
una reunión entre la presidenta encargada, Delcy Rodríguez y María Corina
Machado, lideresa de la oposición política, para defender “la dignidad y la
soberanía de Venezuela”. Y lo dice usted, señor Arias, que viene de las Fuerzas
Armadas. Sí, realmente, es muy penoso lo que estamos viendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.