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Real Politik

 

Está a la venta en mercadolibre.com.ve, el título original, en idioma inglés, es Legacy of Ashes: The History of the CIA, cuyo autor es el periodista de investigación Tim Weiner. Su trabajo mereció el premio Pulitzer, el más codiciado en el mundo del periodismo a escala global.

La lectura de este trabajo nos deja un sabor amargo en la boca. La obsesión de Weiner por develar los secretos de la CIA pone al descubierto y con lujo de detalles, las operaciones encubiertas para derrocar mandatarios en varios países de Asia, África y América Latina, en todos ellos se abortaron procesos democráticos para instaurar dictaduras militares y gobiernos autoritarios que nada tenían que ver con la democracia.

Es cierto que los Estados Unidos son el guardián de la cultura de Occidente. Y que todas sus intervenciones no han sido para perpetuar la oscuridad. Pero cuando el establecimiento estadounidense ha visto en peligro sus intereses vitales, no ha dudado en actuar con toda contundencia y por todos los medios, legales e ilegales, para defenderlos. Recordemos que el presidente iraní Mohammad Mosaddeq fue derrocado en 1953 y 20 años después, el presidente chileno Salvador Allende, corrió la misma suerte, cortesía de la CIA.

Mi generación está imbuida del poder blando estadounidense, del cine, la música y la literatura de autores nacidos en ese país. Las 20 canciones que grabé en un disco compacto, que reproduce el quipo de sonido de mí carro son todas norteamericanas: desde Elvis Presley hasta Janis Joplin pasando por Bruce Springsteen.

Venezuela, a diferencia de todos los países de América Latina, tenía un tratado de libre comercio no escrito con los Estados Unidos. Ellos compraban petróleo y nos vendían todo lo que necesitábamos. En 1975, año en que el petróleo venezolano fluyó con más fuerza a las refinerías estadounidenses del Golfo de México, el carro más vendido en el país fue el modelo icónico de la Chrysler Corporation.

El abogado y economista colombiano Hernando Gómez Buendía afirma en su libro Colombia después de Petro, que hay varias líneas rojas que los gobiernos latinoamericanos no deberían cruzar, una de ellas es ir contra el orden estadounidense. Eso fue lo que hizo el señor Hugo Chávez para alinear a Venezuela con la Cuba de Fidel Castro. Y aunque parezca insólito o increíble, hubo momentos en la historia reciente, en los cuales los Estados Unidos se tuvieron que defender de Cuba, la documentación de estos episodios corre por cuenta del historiador italiano Loris Zanatta, en su libro Fidel Castro, el Último Rey Católico.

El señor Hugo Chávez tuvo toda la suerte del mundo. Una élites rendidas a sus pies y una clase política que le facilitó, diría con alfombra roja, su ascenso a Miraflores. En Estados Unidos gobernaba George W. Bush, cuya prioridad en política internacional era derrotar al terrorismo islámico que había asestado un demoledor golpe al destruir las Torres Gemelas.

Chávez siguió moviendo sus fichas, en Trinidad le regaló a Obama el libro de Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina. Recuerdo que le pregunté a Michael Shifter*, si el libro era o no un buen regalo, casi se ahoga al intentar abortar lo que seguro era una carcajada.

Obama le dijo a Chávez que era hora de pasar la página y concentrarse en el futuro. Nadie puede negar que lo hizo con el respeto y la gallardía de un caballero, pero Chávez siguió adelante, con su política de pugnas, con la tesis del Socialismo del Siglo XXI y la invención imaginaria del Sur Global. Al final fue Barak Obama quien aplicó las primeras sanciones contra Venezuela.

Donald Trump es la némesis de Obama. Un hombre impredecible, sin ideología alguna, dado a las amenazas y la extorsión. Una lluvia de sanciones cayó sobre Venezuela durante su primer mandato. Y, a su regreso en la Casa Blanca, instruyó al Departamento de Guerra para crear el dispositivo militar que sería la amenaza creíble que se tradujo en la mayor movilización de fuerzas militares en el Caribe después del bloqueo naval ordenado por el presidente Kennedy contra Cuba, en lo que se conoció como la crisis de los cohetes (nucleares).

En los set televisivos de las grandes cadenas estadounidenses desfilaron asesores, politólogos, expertos en opinión pública, para tratar de dilucidar cuáles eran las intenciones del gobierno de Trump en Venezuela. Antes del 3 de enero se hablaba de una probable “extracción” del señor Nicolás Maduro. La ahora presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez fue la única que se sorprendió la madrugada del 3 de enero, inicio de la guerra de 48 minutos que ganó Estados Unidos. El botín de guerra no era otro que el petróleo venezolano. A Donald Trump no le importa un carajo la democracia. Anunció, antes de tomar posesión de su segunda presidencia, que se comportaría como un “dictador” y lo ha hecho. Le ha declarado la guerra a Irán sin la autorización del Congreso. A lo largo de sus dos períodos en el Ejecutivo ha emitido 450 órdenes ejecutivas. No sería faltar a la verdad afirmar que ha gobernado por decreto.

A los países de América Latina, a excepción de México y Brasil, los rigen gobiernos de ultraderecha, patrocinados por Trump, de lo cual se siente más que orgulloso.

A partir del 3 de enero, Venezuela es un país ocupado, al menos en la realidad virtual. Que, a estas alturas, es la mera realidad. La renta petrolera se maneja desde una cuenta del tesoro de los Estados Unidos. La guerra de los 48 minutos se ha saldado con ingresos provenientes del petróleo, no una vez sino varias veces, lo ha dicho Trump. Como se hacía en el pasado, los Estados Unidos se han quedado con el botín.

Se engañan quienes creen que los contratos, opacos y gestionados, al menos por la parte venezolana, por Alejandro Betancourt, un “empresario” investigado por lavado de dinero en Suiza y España, se van a desconocer en el futuro, si llegase a Miraflores un gobierno legítimo. Eso no va a pasar. En el mejor de los casos, se introducirán modificaciones. La destrucción del país ha sido de tal magnitud, que necesitamos las inversiones, la tecnología, las capacidades y el mercado de los Estados Unidos. Por esa razón, no hay reacciones que denuncien el tratado, el mejor negocio de la historia. María Corina Machado lo ha rechazado. Pero eso es otra cosa. El 3 de enero Venezuela perdió más que una guerra. Perdió la soberanía. Y el Tío Sam llegó para quedarse.

*Expresidente de Diálogo Interamericano especializado en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina

De rodillas

 

Tengo en mis manos la edición de Monte Ávila de Venezuela Política y Petróleo, un libro escrito por Rómulo Betancourt. Me lo ha regalado un amigo que vive en Ecuador. Mientras miro la portada, recuerdo que Jesús Sanoja Hernández me propuso que escribiera la biografía de Betancourt para los libros de El Nacional. Decliné. Le dije que mi trabajo en Siete Días, el cuerpo de actualidad que circulaba los domingos en el diario consumía mi tiempo. Me tenía agotado. No sirvió de nada. Betancourt tenía eso, rendía a los demás. Esas fueron sus palabras y me dejó con la palabra en la boca.

Betancourt, el político que llegó a ser, dígase lo que se diga, un estadista. Lo que es mucho decir en este país, en el que todavía estamos esperando la obra de un político que recorra esta tragedia, que nos envuelve como una bolsa plástica, que nos impide respirar, desde el 4 de febrero de 1992. El día de la “dignidad nacional”, lo bautizaron los seguidores de Hugo Chávez. El carnaval de ese lo celebraron las madres de Venezuela disfrazando a sus pequeños hijos con el uniforme de campaña de los paracaidistas que destruyeron la democracia venezolana.

Betancourt, el presidente que se rodeó de los mejores. A Juan Pablo Pérez Alfonzo le encomendó la fundación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), de la que Venezuela, en estas horas menguadas de servilismo y entrega, sopesa abandonar. Hasta Bolívar nos avergüenza. Lo presiento.

Y lo hace en momentos en que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, confirma que ha llegado a un acuerdo con el gobierno que preside la señora Delcy Rodríguez, para hacerse con el control de 65 mil millones de barriles de petróleo venezolano durante 100 años. Los Estados Unidos van a comprar el petróleo a costo. Es el botín de guerra más sustancioso de la historia moderna.  

Para los que pidieron intervención extranjera, para la señora que fue a la Casa Blanca a entregarle a Trump la medalla del Premio Nobel de la Paz, esta debe ser una gran noticia. Para los que no se comieron el cuento de la soberanía después de la guerra de 45 minutos que dejó a Venezuela subyugada y humillada. ¿Y ahora que carajo nos van a decir? ¿Nos van a echar el cuento pormenorizado de la opereta que montó el señor Edmundo González Urrutia en la residencia del encargado de negocios del reino de España? ¿Y para qué? ¿Para qué nos sintamos más vulnerables, más desprotegidos por un Estado que es enemigo de la sociedad venezolana? Vinieron a rescatar la independencia y terminaron de rodillas, sin oponer resistencia. La guerra más corta de la historia moderna: 48 minutos, ganada por los Estados Unidos que, como dijo el señor Donald Trump, se quedó con el botín: valga decir las riquezas de Venezuela. Betancourt tiene mucho que decirnos… pero en esta hora de cobardía ¿Quién lo querrá escuchar?

Los presos políticos

 

El asunto de los presos políticos no es algo que se esté discutiendo en las conversaciones que se llevan a cabo entre el gobierno interino de Delcy Rodríguez y los diputados electos a la Asamblea Nacional en 2015. Así lo dijo Diosdado Cabello, ministro de Relaciones Interiores y secretario general del PSUV.

La aclaratoria de Cabello puede interpretarse como un saludo a la bandera y como una clara señal de advertencia. En Venezuela, y es bueno que esto se asuma de una vez, no hay un proceso de transición a la democracia, ni siquiera hay una negociación propiamente dicha. Sólo hay conversaciones, como reza el comunicado que ambas delegaciones suscribieron al finalizar la primera ronda de estos encuentros.

Ciertamente, se han liberado alrededor de 1.000 presos detenidos por razones políticas. El número está bajo escrutinio. Según el gobierno son 1.046 y de acuerdo a las cifras que maneja el Foro Penal, son cerca de 1.000. No todos gozan de libertad plena, porque en algunos casos los tribunales aplicaron medidas cautelares.

El gesto, no se puede calificar de otra forma, es una señal que apunta a la normalización de la política. Quizás no falto a la verdad si afirmo que es una gracia del chavismo, del sistema judicial que, desde el lapso en que gobernó el señor Nicolás Maduro, controla la cúpula del chavismo.

Todas estás consideraciones son necesarias para entender, en parte, “el momento político actual” que se instaló en Venezuela a partir de la intervención militar de los Estados Unidos, ejecutada el pasado 3 de enero.

Estamos muy lejos de explorar lo que se conoce como justicia transicional. Me atrevería a decir que esto es un anatema para el chavismo. Es posible que la justicia nunca llegue, ni siquiera de forma tardía. Es terrible, pero esa probabilidad luce muy lejana. Quienes dieron las órdenes que terminaron en privaciones ilegítimas de la libertad, desapariciones forzosas, torturas, tratos cueles y degradantes y crímenes de lesa humanidad, ostentan en las charreteras los más altos grados del Ejército venezolano. Y eso representa un obstáculo ¿insalvable? en el tránsito hacia la recuperación de la democracia en Venezuela. No sólo es una decisión que competa al ámbito de la justicia. Judicializar a los responsables es, sobre todo, una decisión política.

No todos los presos políticos tienen la misma jerarquía. Algunos, como Nelson Mandela, simbolizan la lucha contra el apartheid, el oprobioso régimen político que le permitió a la minoría blanca de Suráfrica controlar el poder en esa nación.

Aleksandr Solzhenitsyn, el escritor disidente de Rusia, escribió un libro monumental, Archipiélago Gulag, que dejó al descubierto las atrocidades cometidas por el régimen estalinista, entre 1945 y 1953, lapso en el que estuvo en cautiverio. Un viaje a la oscuridad sólo comparable a la obra de Dostoievski.

El desgarrador testimonio de Huber Matos, a quien el castrismo condenó a 18 años de cárcel, por oponerse a la deriva totalitaria de la dictadura comunista cubana, es otro alegato en contra de las violaciones a los Derechos Humanos.

Mientras escribo estas líneas pienso en dos nombres: Juan Carlos Caguaripano, capitán de la Guardia Nacional venezolana, detenido y torturado por razones políticas y Josnars Baduel, hijo del general Isaías Baduel, quien está detenido por las mismas razones. Entonces, ¿Quién le pone la cascabel al gato?

Mi escepticismo encuentra razón de ser en la más reciente encuesta de Datincorp (23 de agosto de 2026), en la cual “hacer justicia, castigar a los responsables de la crisis y a los corruptos” es un ítem señalado por el 9 por ciento de la muestra, como parte de “la ruta de solución” a los problemas del país. En Venezuela, la impunidad goza de buena salud.  

 

Piensa en colectivo (y jódete)

 Entre las cosas más perniciosas de las dictaduras comunistas, podemos identificar un virus de la biopolítica que se aloja en la psiquis de la gente. Y lo hace de una forma silenciosa, imperceptible, pero de una forma tan eficaz que, al detectarlo, ya es demasiado tarde. La determinación, el entusiasmo, el deseo de vivir, palidecen, se extinguen y, en su lugar surge la certeza de que nada va a cambiar.   

El individuo es aplastado por la pesada loza del Estado. Es poco, o nada, lo que puede hacer ante las decisiones que toma la cúpula del poder. No hay consultas, ni se miden las consecuencias. Eso no tiene importancia. En el año 1968, por ejemplo, Zhou Enlai envió a los estudiantes de toda China a educarse entre las masas de los campos. Esta decisión política arrojó un resultado desastroso. Miles de jóvenes fueron víctimas del hambre, sometidos a condiciones de vida inimaginables, sin vestimenta, sin una cama donde dormir, presas de los insectos —millones de zancudos y liendres en su pelo—, hundidos en los pantanos. A las mujeres les fue mucho peor, presas de la violencia sexual y la fuerza bruta. He aquí la precuela de lo que fue el genocidio perpetrado por Pol Pot y sus Jemeres Rojos en Camboya.

En Venezuela no llegamos a tanto, porque no hubo una revolución, sólo una pesadilla militarista. Una opereta, un remedo de la Revolución Cubana. Cuando el señor Hugo Chávez dio la orden para que nos organizáramos bajo el Estado comunal, recuerdo la mezcla de satisfacción y burla en la cara de un chavista de cafetín. La orden está dada. Y ahora toca obedecer. El municipio era una rémora de la dominación colonial y, en su versión 2.0, una expresión de la odiada democracia representativa, la democracia burguesa, pues. Se creó el Ministerio de las Comunas. La sociedad cartelizada, todo un monopolio bajo el bastón de mando del líder indiscutible y omnipresente, Hugo Chávez. Su mirada lo veía todo, desde los muros y los techos de la ciudad. Esa política sigue en pie. No hay marcha atrás. Lo rubricó la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez al inspeccionar el Complejo Formativo y Socioproductivo Negro Primero, en Sarría.

Es otra lógica, otra forma de entender las relaciones de producción. Es música para los oídos de una población que prefiere vivir en las fantasías, antes que en la dura realidad. ¿No es el mercado el que asigna los recursos de la forma más eficiente? La respuesta es sí. Pero no olvidemos que es un principio del odiado capitalismo. Pero el dinero es como el agua, busca su cauce y reclama ganancias. Y lo malo es que la única economía que existe es el capitalismo. No hay otra. Ya lo entendieron en China y en Vietnam, países que intentaron hacer realidad sueños que encerraban una horrible pesadilla.

Y ese es el problema. El chavismo no lo ha entendido. Sigue empecinado en un modelo que fracasó en todo el mundo. Más allá de este acto de tintes electorales, ¿Qué nos dice esta política marcada por el colectivismo? Dos cosas. Una. Al individuo se le niega la posibilidad de realizarse como ser humano, como ente autónomo y soberano. Mientras la masa depauperada transpira frustración, victimismo en los vagones del Metro de Caracas. Nos han convertido en zombis, ganados a la idea de que nada vale la pena, de que cualquier cosa que hagamos no tiene sentido, porque todo sigue y seguirá igual. Piensa en colectivo, como reza el slogan de una emisora comunitaria y piérdete en el océano uniformado de color rojo. Ya el daño antropológico está hecho. A todos nos cambió la vida. Nos vimos demasiado frágiles. Así que tomamos la opción de emigrar: a otro país o al exilio interior. Y es desde la psiquis colectiva, desde la espiritualidad de la Nación, donde Venezuela pudiera renacer.  

No hay claridad y menos definiciones

 

Va siendo hora de que la señora Delcy Rodríguez le diga a sus correligionarios del chavismo cómo se come “el nuevo momento político” que se instaló en Venezuela a partir de la intervención militar estadounidense del pasado 3 de enero.

Al chavismo crítico no le queda nada claro la gestión de la presidenta encargada ¿? en Miraflores. El alineamiento con el gobierno de Donald Trump es más hiriente, más lacerante, del que apreciamos en el vecindario con gobernantes como Milei, Bukele, De la Espriella, Fujimori o Kast. Por una sencilla razón, en el caso de Venezuela el péndulo político no giró a la derecha a partir de una consulta electoral. No. Aquí intervino la mano que mece la cuna, la mano imperial de Donald Trump.

Al gobierno lo aguijonea, con ponzoña venenosa, los sectores de oposición, el llamado chavismo crítico y el silencio de la comunidad internacional. Pareciera que Delcy está pegada con saliva de loro en Miraflores. Pero eso que llaman el estamento militar la sostiene, aunque su vocero, el señor Diosdado Cabello, le marca líneas rojas a la gestión de la presidenta, le enmienda la plana y a veces le dice algo así como que esto del entreguismo no es tan así.

Y lo que trasluce todo esto es que, dentro del chavismo, crítico o no, populista o no, dictatorial o no, hasta el gato añora el período en que gobernó el señor Nicolás Maduro, cuando algo parecido a la dictadura del proletariado se ejercía a placer y a gusto de la dictadura comunista cubana.

Algunas cosas se aclararon, pero no se definieron el pasado 3 de enero. El jefe de la diplomacia estadounidense definió el marco de ese momento político con su propuesta de tres bandas: estabilización, la recuperación económica y la transición democrática. Queda claro que el plan de Rubio es sólo un enunciado. De forma deliberada, la palabra estabilización no tiene apellido. ¿Estabilización política? ¿Estabilización económica? Nadie puede asegurar que las negociaciones entre el gobierno y un sector de la oposición, que se reanudarán en septiembre, contribuyan a la estabilización de Venezuela. Esto es lo que se ha ido desdibujando, perdiendo claridad, porque definición —objetivos políticos y cronograma electoral—, nunca tuvo.

Desmontar el aparato chavista, construido con tecnología cubana, no va a ser fácil. Lo estamos viendo y padeciendo. Es un tira y encoge, como en toda negociación, pero no es cualquier negociación, porque la caja negra del estamento militar es como la de un avión que se estrelló en el triángulo de las Bermudas. Desaparecido en acción. Entonces, no hay claridad y menos aún definiciones.   

LSD

 

La pirotecnia mediática estalló en el cielo de Caracas. Nos deslumbró a todos con su mensaje: dolarización para preservar los ahorros y el patrimonio de los venezolanos, cortesía del diputado Antonio Ecarri. Ni siquiera los 840.537 proyectiles que iluminaron el firmamento de Washington DC, en 2026, surtieron el efecto deslumbrante de una solución instantánea para corregir el desmadre institucional que vivimos desde 1998.

Jonathan Coles, en su oficina del IESA, me dijo una vez que los venezolanos somos adictos al petróleo. La magia del maná que cayó del cielo, luego de la explosión del Zumaque 1, en el estado Zulia. No nos demos golpes de pecho. Hay otras sociedades adictas al petróleo. La de Estados Unidos, por ejemplo, siempre preocupada por el precio a pagar por el galón de gasolina.

No nos engañemos. De esta crisis no nos salva nadie. Para dolarizar la economía, primero hay que poner orden en casa. (La estabilidad, remember that). La inflación acumulada —entre enero y julio— es de 175,5 por ciento); el déficit fiscal es de 5,8 por ciento del Producto Interno Bruto; la deuda externa se ha convertido en un misterio, pero algunos economistas dan cifras al voleo: alrededor de 180.000 millones de dólares; el riesgo país, según la agencia Bloomberg es de 7.193 puntos, solo para hacernos una idea: el de Colomba es de 887 puntos. Seguimos en Default y necesitamos el aval del Fondo Monetario Internacional para acceder al financiamiento externo.

Antes de dolarizar la economía venezolana, lo primero que hay que hacer es tomar una decisión verdaderamente revolucionaria: expropiar al Estado (la sugerencia la hizo el economista Asdrúbal Baptista, con eso te digo todo). Tengamos en cuenta que bajo el gobierno del señor Hugo Chávez se intervinieron, estatizaron o expropiaron 1.440 empresas, galpones industriales y terrenos.

La propuesta del diputado Ecarri luce extemporánea, por decir lo menos. Pero surtió el efecto de una dosis de LSD. Ecarri, el diputado que se ocupaba de la Educación tomó el atajo de la Economía. La ola mediática, en las redes sociales y la prensa, lo encumbró en la opinión pública, Hasta el diario La Nación de Argentina reverberó con la pirotecnia del diputado Ecarri. Se ganó sus 15 minutos de fama, según el pronóstico de Andy Warhol.  

Nelson era la cara del antipoder

 

La lucha entre el individuo y el poder es la única guerra eterna que conozco. Su entorno, en sociedades abiertas, es un equilibrio inestable; mientras que en sociedades cerradas es la represión, el destierro y la muerte. La historia de Venezuela navega escorada en la tiranía, aunque la llama de la libertad no se ha apagado del todo. Nos movemos, entre una cosa y la otra, sobre el balancín de un pozo de petróleo, al menos desde el primer cuarto del siglo XX.

El arte, más que la política, ha sido la lámpara que nos ha alumbrado el camino que nos ha tocado en suerte. En el breve período de la democracia, vivimos ese equilibrio inestable con la desmesura de un ser que se despierta luego de un largo invierno. La creación del Inciba, la Biblioteca Ayacucho, el Sistema de Orquestas, el Grupo Rajatabla, el Grupo Actoral 80 y su figura icónica, Juan Carlos Gené. La librería Cruz del Sur y un circuito de galerías de arte privado que irrumpió con fuerza en la plástica latinoamericana.

A los venezolanos nos gusta el azar, en sus más variadas expresiones: la pelea de gallos, las barajas, el 5 y 6, el Loto y la lotería, los casinos legales y clandestinos. En fin… Espera que gane tu caballito, espera que salga tu numerito. Y así fue como nos anotamos a ganador en 1998, con un outsider, un ilustre desconocido, un vicario del mientras tanto y el por si acaso la frase con la que Cabrujas definió nuestra actitud ante la vida.

 Lo perdimos todo para meternos en este laberinto, en esta Torre de Babel, en esta bipolaridad sin medicación. Vivimos en ese estado de euforia y apaciguamiento. Desconectados de la política. Encarcelados en la mediocridad y el inmovilismo. Y aún así, el Estado con visos totalitarios que el chavismo implantó para someter a la sociedad, no ha podido doblegar a los hombres y mujeres que llevan la lumbre que algún día irradiará luz en las sombras. Uno de esos hombres fue Nelson Garrido. La casa de su abuela materna funcionó sin nombre, sin denominación comercial o institucional. Todos la conocíamos como la ONG (Organización Nelson Garrido), en una ocasión lo entrevisté para Ultimas Noticias. Inclinado al anarquismo, ferviente defensor de la libertad individual, fotógrafo y maestro de fotógrafos. En el transcurso de la conversación hablamos de política. Ni de este lado ni del otro. No me dio oportunidad para preguntarle si era nini. Su mirada era una mezcla de burla e indiferencia. Nelson era la cara del antipoder. A nadie le tenía que decir que sí. Frente a sus alumnos, el desafío, el reto, era una constante. “Imagínense que viene a Venezuela un curador japonés y tú tienes que mostrarle siete fotos de tu trabajo que quieres exponer. ¿Cuáles elegirías? En la duda hay una síntesis del proceso creativo. Nelson, quien acaba de fallecer, se definía como un agitador cultural, un provocador como decía su tarjeta de presentación. La ONG era el espacio de los que no tenían espacio. Y si alguien quería montar una exposición, que fueron muchas, y demoler una pared, lo podía hacer, siempre y cuando la volviera a levantar. Todo lo tenía que dejar como lo había encontrado. Esa era su única condición. A ver si quieres ser tú. Y punto.

Háblame

 

Seguimos en el mundo bipolar en el que nos movemos desde el pasado 3 de enero, bajo la sensación de que puede haber un arreglo político, un camino a la transición y un futuro mejor. No quiero ser aguafiestas, pero no veo nada que vislumbre una salida de este laberinto que creó el señor Hugo Chávez y sus seguidores, quienes todavía empuñan la sartén por el mango.

Y no lo veo porque seguimos en la simulación, viviendo en la mentira. En los indicadores del Banco Central de Venezuela, el tipo de cambio es de 777,41 bolívares por dólar y de 906,83 bolívares por euro. Una señal de alarma que nos habla de una economía ruinosa, de un gobierno desbordado por la crisis, de una sociedad que no cree en nadie ni en nada. En paralelo, el Banco Central de Venezuela informa que el Producto Interno Bruto de Venezuela creció 7,14 por ciento, “lo que consolida 21 trimestres de crecimiento”. Hay una contradicción flagrante en esos anuncios. No encierran una paradoja. No es un enigma.

El crecimiento de la economía obedece, básicamente, al aumento de la producción petrolera. Y esto tiene nombre y apellido: Chevron Corporation, cuya división en Venezuela registra una producción que ronda los 280.000 barriles por día. Pero a diferencia de lo que ocurría en el pasado (no voy a hablar del latrocinio del señor Rafael Ramírez en la PDVSA roja rojita), Venezuela tenía una economía petrolera, con un ingreso predecible en divisas (dólares) que financiaban lo que se llamó en el pasado: la economía no petrolera. Para decirlo en pocas palabras. Teníamos petróleo y mucho, mucho comercio. Actualmente, sabemos que el petróleo venezolano lo comercializan los Estados Unidos, que hay una cuenta en el tesoro de ese país donde se depositan los ingresos, vale decir la renta petrolera. Y también sabemos que el gobierno de Donald Trump se ha cobrado de esos recursos el costo de la guerra de 48 minutos que culminó con la captura y traslado del señor Nicolás Maduro a una corte de Nueva York donde enfrenta un juicio por cuatro cargos principales: conspiración por narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína a los Estados Unidos, posesión de ametralladoras y artefactos destructivos, y conspiración para poseer dichos dispositivos bélicos.

Entonces, seguimos tenido mucho petróleo, pero la renta obtenida por su venta no está bajo el control soberano del país. No financia la economía no petrolera. No tenemos mucho comercio. No hay mayor actividad económica. No hay estabilidad, señor Marco Rubio. Han transcurrido siete meses desde la operación militar estadounidense y el plan elaborado por el jefe de la diplomacia de los Estados Unidos no ha traído ningún beneficio para el país. A veces pienso que a Venezuela la están exprimiendo, la están saqueando. A veces pienso en el poema de Armando Rojas Guardia.

Infinitoestres

 

Bloomberg avisa que la inflación anualizada de Venezuela es de 576 por ciento. La más alta de América Latina y del mundo. Somos campeones porque tenemos un Estado disfuncional. Somos como esos alcohólicos que recaen una y otra vez. Por eso necesitamos a un padrino, al señor Marco Rubio, jefe de la diplomacia estadounidense, para ver si entramos por el aro con su plan de tres puntos: estabilización, recuperación y transición. Necesitamos que Rubio nos diga en qué podemos gastar y cuánto podemos gastar.

Desde la incursión militar de los Estados Unidos, ejecutada el pasado 3 de enero, el gobierno de Delcy Rodríguez ha inyectado 7.000 millones de dólares en el sistema financiero, pero no ha conseguido el objetivo de estabilizar el tipo de cambio. Ha fracasado estrepitosamente. Han transcurrido siete meses y no hay señales de estabilidad, señor Rubio. Si las cosas siguen así, usted también va a fracasar, al menos en Venezuela. Vivimos bajo esa sensación térmica de que la situación ha mejorado. Pero el termómetro sigue marcando la temperatura que había en el gobierno del señor Nicolás Maduro. Queda claro, entonces, que la estabilidad es para los negocios, no para mejorar la situación de la gente.

Tenemos un país bifronte: con dos Asambleas Nacionales, con un gobierno local y un gobierno extranjero que lo tutela; con dos economías, una dolarizada y otra en bolívares, con unos negociadores que creen en un sistema republicano de gobierno y otros que siguen empeñados en hacer realidad fantasías que termina en tragedias.

Pensé en esta nota, mientras me tomaba unas cervezas con unos amigos periodistas en un local que se llama Ceroestres.

La puya más afilada de la negociación

 

El número es importante, sin duda. En Venezuela, pese a las recientes excarcelaciones, hay entre 380 y 600 presos políticos. La diputada Dinorah Figuera, electa en 2015 y jefa de la delegación opositora que negocia la difícil transición a la democracia con los representantes del gobierno, ha pedido que se aclare la cifra. Y, además, hizo una advertencia, “no puede haber transición con presos políticos”. Para el chavismo, esta solicitud es una pócima envenenada.

Siempre se ha dicho que el chavismo es una amalgama de intereses políticos y militares. El cemento que servía de pegamento era Hugo Chávez, pero a raíz de su muerte esa función unificadora ha perdido consistencia y eficacia. Las contradicciones, las visiones opuestas, las críticas abiertas, se pusieron de manifiesto y han aflorado sin cortapisas luego de la intervención militar de los Estados Unidos. No podía ser de otra forma, porque tampoco hay transición a la democracia sin justicia transicional. En Venezuela se cometieron violaciones a los Derechos Humanos y crímenes de lesa humanidad. Recordemos que hay un proceso judicial abierto en la Corte Penal Internacional, en el que hay expedientes y se identifican a los responsables.

Lo que sabemos es que la Cuba castrista asesoró a los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en materia de seguridad e inteligencia a cambio de petróleo. La Cuba comunista, a su vez, había adoptado la tecnología en materia de seguridad desarrollada por la Stasi, el aparato de control policial de la extinta Alemania Oriental). ¿Qué tanto de esa tecnología se aplicó en Venezuela? Entonces, es mucho lo que puede salir a la luz pública si se destapa la cloaca del Estado profundo.

Sólo voy a recordar un antecedente de la amplia participación de Cuba en materia de represión. En la guerra de Vietnam, cuando un avión estadounidense era derribado por fuego antiaéreo y el piloto era capturado con vida, lo trasladaban a un lugar donde lo esperaba un equipo de tortura conformado por cubanos. De esto se habla muy poco, porque la propaganda del castrismo, era muy eficaz a la hora de encubrir tales asesorías con mensajes de internacionalismo proletario y canciones como las de Silvio Rodríguez, uno de cuyos versos reza: Madre en tu día, tus muchachos barren minas en Haiphong.

Seguramente, las implicaciones que tiene la asesoría cubana en materia de seguridad, no sólo imponen una gran interrogante en el chavismo, sino un desafío para quienes buscan justicia en estos tiempos de oscuridad.

La venganza del individuo

 

La impresión de que América Latina ha servido como conejillo de indias de Occidente la podemos datar en el mismo año en que Cristóbal Colón desembarcó en estas tierras (1492). Siempre hemos sido un continente híbrido. Y México, quizás, es el país que mejor expresa esta característica. Un país balcanizado por la pobreza, pero también por la riqueza. Monterrey, al norte del país, es la némesis de Tuxtla Gutiérrez (a que no habían escuchado el nombre de la capital de Chiapas). Son dos modos de vida distintos que se autoexcluyen política, económica y culturalmente. Quizás por eso el subcomandante Marcos se quedó encapsulado en una región perdida de Chiapas.

Aquí se han ensayado varios experimentos para ver cómo vive la gente bajo condiciones descontroladas. Diría, por esa misma razón, que América Latina es el reino del caos. Ahora sabemos, por ejemplo, que los seres humanos pueden soportar (en Cuba), un régimen totalitario por más de seis décadas; que llegar al fin de mes con una inflación del 3.000 por ciento fue posible (Argentina, 1989) o de 130.000 por ciento, según cifras del Banco Central, que las recetas neoliberales, según la Escuela de Chicago, se ensayaron con éxito (Chile) de un día para otro. Toda esta experimentación con seres humanos trajo consigo el caos social y un sufrimiento inconmensurable, atroz. ¿Pero a quién carajos le importa?

América Latina, donde la construcción del Estado ha sido una experiencia muy cercana a la Torre de Babel, donde nos parecemos tanto y tan poco. Esto es un pasticho que reúne lo peor de Occidente.

Actualmente entramos, simultáneamente con los Estados Unidos, en un nuevo experimento. Uno que decreta, como objetivo primario y fundamental, la destrucción del Estado, para que el individuo florezca en el libre mercado, sin ataduras impositivas, sin reglas y controles. Un mundo donde los que más pueden devoran a los que menos pueden. Bukele, Milei y De la Espriella gobiernan a través de las redes sociales. No necesitan la mediación de los partidos políticos y mucho menos el control parlamentario.

Lo relevante es diseñar una aplicación exitosa como Yummy y Cachea, por ejemplo, mediante las cuales accedes a un servicio inmediato, eficaz y de calidad.  Su impacto sería mayor si no tuvieran que pagar el maldito IVA ¿Cuántas startup se han desarrollado en Caracas? Como la inteligencia artificial, estas plataformas odian las regulaciones y la intromisión brutal del Estado.

Es la venganza del individuo frente a un Estado controlador. Son los modelajes de Bukele y De la Espriella, con su barba cuidada a diario, sus chaquetas a medida, italianas para más señas y sus hermosos lentes de sol.

Es la vanidad en pasta lo que tanto deseamos.

El punto ciego de la negociación

 

En el comunicado que suscriben Jorge Rodríguez, en representación del gobierno y Dinorah Figuera, como presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015, hay más preguntas que respuestas. Se establece un orden de prioridades. La primera de ellas es recuperar 20 toneladas de oro —actualmente bajo control del Banco de Inglaterra—, para mitigar la catástrofe que dejó el doblete sísmico del pasado 24 de junio.

Tengamos en cuenta que la respuesta del gobierno en el terreno —particularmente en la Guaira— fue tardía e ineficaz. El despliegue de militares en la zona, sin capacidades técnicas ni equipos, no significó nada. Aún así, bienvenida sea la propuesta hecha por el negociador del gobierno. Esos recursos, bien administrados y auditados, sobre lo cual también hubo acuerdo, pueden contribuir a mitigar el sufrimiento de quienes lo perdieron todo.

La segunda prioridad del acuerdo puede allanar el camino hacia una transición democrática. Es un camino incierto, lleno de obstáculos, cuya probabilidad de éxito es una incógnita. El comunicado señala que los negociadores acuerdan la “renovación y ampliación del Comité de Postulaciones” para darle cumplimiento a lo establecido en la Constitución Nacional. Es decir, se da cabida, en el citado comité, a representantes de la sociedad civil (universidades y organizaciones no gubernamentales). Tanto el baremo como la preselección de candidatos será un hecho conocido por todos los venezolanos.

Estamos ante la oportunidad cierta de tener magistrados en el TSJ de comprobada honorabilidad, imparciales e independientes de otros poderes al momento de tomar decisiones. Las organizaciones políticas que no forman parte de la negociación o se autoexcluyeron podrán seguir de cerca este proceso de renovación del Poder Judicial. Quizás demuestren cautela, seguimiento crítico, ya que han manifestado que no serán un obstáculo que pueda descarrilar este proceso. Y otro tanto cabe exigirles a los sectores del chavismo descontento con el interinato de Delcy Rodríguez. Sectores opuestos, además, a la idea de compartir el poder. ¿Quién los va a meter en cintura? Jorge Rodríguez, además, tendrá que demostrar que no es un negociador experto… en no negociar.

El hecho de que la postulación de los magistrados —ahora bajo preceptos constitucionales— arranque desde cero, no responde a todas las interrogantes que encierra esta iniciativa. Y la más inmediata, con peso significativo, es la siguiente: Una vez que el Comité de Postulaciones haga la preselección de los candidatos a magistrados, ¿Quién o quienes van a aprobar esa preselección? ¿Quién o quienes van a juramentar a los nuevos magistrados? ¿La Asamblea de 2025 que preside Jorge Rodríguez? ¿O la Asamblea de 2015 que preside Dinorah Figuera? Ese es el punto ciego que arroja el acuerdo y la negociación.

Quizás el trámite de la juramentación lo resuelva la Asamblea Electa en 2025. Es posible. Ya aprobaron una ley de hidrocarburos contraria al interés nacional. Ya dieron fe y demostración de que pueden responder positivamente a las exigencias que haga el tutelaje que ejerce el gobierno de los Estados Unidos.

La renovación del TSJ sería algo positivo para el país. Los nuevos magistrados podrían allanar el camino para que la ciudadanía recupere la soberanía popular. No es poca cosa. Es un paso vital en la ruta hacia la democratización del país.

O avanzamos por esta vía, aún en condiciones riesgosas, o seguimos enquistando el conflicto político. Sólo hay dos opciones. No hay otra.

¿La política? No, gracias

 

Ver una película a las 10 de la mañana, cuya trama te deja claro que cualquier persona puede practicar la tortura, sin que le quede nada por dentro, te arruina el desayuno y te convence de que si creas (o generas) los incentivos y motivaciones adecuadas, puedes arrojar a los demás al abismo.

Skinner ha vuelto a la palestra, aunque no creo que sea el padre del conductismo: esa corriente psicológica que estudia la conducta de los seres humanos a través de métodos objetivos y experimentales. Quiero poner énfasis en la palabra experimental, porque eso fue lo que ocurrió en la película: el diseño de un entorno en el cual tiene lugar una experiencia, que asumen varios protagonistas, quienes, sin importar procedencia social, nacionalidad, color de piel, religión o ideología política, infligen daño y dolor a quienes no se ciñen a las reglas, no se amoldan a las circunstancias, y por lo tanto merecen una descarga eléctrica.

El campeón del conductismo es el filósofo ruso Iván Pavlov, quien, a partir de un experimento, demostró cómo sus perros aprendieron a asociar estímulos y respuestas automáticas. Una clave que le sirvió al Partido Comunista de la Unión Soviética para modificar la conducta de las masas. El hombre soviético era, poco menos, que un autómata. Y aquella frase de que los cubanos no necesitaban un cerebro, porque tenían el cerebro de Fidel Castro, nos dice mucho de hasta dónde puede llegar la manipulación para controlar y apaciguar el espíritu de los seres humanos.

El mundo ha cambiado dramáticamente. Las redes sociales crean una experiencia que nos enseña a asociar respuestas a estímulos específicos. Son las respuestas que el poder quiere inducir en los ciudadanos. Todo el ABC de la política que conocimos en el Siglo XX es como un manual para aprender a usar un televisor blanco y negro. Y como dijo un empresario de Hong Kong, justo antes de que el Reino Unido cediera la soberanía del enclave a los comunistas chinos. Lo único que puedo decir es que cuando una persona ve televisión a color ya no quiere volver a ver televisión en blanco y negro. Así que invirtió su capital en la construcción de un nuevo aeropuerto.

La necesidad de fortalecer a la sociedad civil, de generar consensos, de crear instituciones que gestionen las demandas de los ciudadanos, son despreciadas, lanzadas al cesto de la basura como un papel arrugado. ¿La República? ¿Con qué se come eso? Vivimos en el desconcierto frente a liderazgo que surgieron de la nada, que irrumpieron espontáneamente, para seducirnos con respuestas simples, elementales, frente a realidades complejas. Nos rendimos a los pies de presidentes como Nayib Bukele, aunque concentre tanto poder como su colega nicaragüense, Daniel Ortega. El tipo nos cae bien, lo está haciendo bien. ¿Qué carajos quieres?

El modelo Bukele va a prender en Colombia de la mano de Abelardo de la Espriella. No hace falta el parlamento ni el gabinete ministerial, sólo un teléfono inteligente para subir el real que le diga a la gente lo que voy a hacer para construir la Patria Milagro. Su plan de gobierno se resume en tres páginas. Una presentación en formato reducido e infográfico. ¿Para qué más? A siete días de asumir el gobierno sube una cartelera con los líderes de las disidencias de las FARC y del ELN dados de baja. Es decir, asesinados. Ya hizo más que Petro en cuatro años. Entonces, el tipo lo está haciendo bien. Y yo no me como el cuento de los Derechos Humanos.

A eso se reduce la política actualmente. A nada o casi nada. 

A eso se reduce la política actualmente. A nada o casi nada.

Una cita de Borges

 

Citar a Borges en las circunstancias que vivimos es un engaño para falsear la realidad. Pero la tentación puede más que la sensatez. La frase en cuestión reza como sigue: “La derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”. ¿Qué nos dice esta frase después de la guerra que Venezuela perdió frente a Estados Unidos? El episodio del 3 de enero, no se puede calificar de otra forma, apenas duró 48 minutos en el reloj de Donald Trump. Para nosotros, en cambio, han sido siete meses que no parecen tener fin. Siete meses de vergüenza y silencio.

No hemos querido indagar sobre este asunto. Muchos demonios, muchas inconsecuencias y cobardías, podrían salir si abriéramos la caja de Pandora. Indagar no es parte de nuestro ser, de nuestra naturaleza. A los venezolanos nos gusta pasar página con una facilidad pasmosa. El 3 de enero nos enteramos de que la seguridad del señor Nicolás Maduro corría por cuenta del aparato de inteligencia cubano. Que el esquema de seguridad era dirigido por un general ruso, con notorios fracasos en la guerra de Ucrania. Los Estados Unidos sabían que a Maduro lo resguardaba un castillo de naipes. Cuba también lo sabía, aunque murieron 32 de sus oficiales y militares, en el ataque estadounidense. Así como 47 integrantes de las fuerzas armadas venezolanas.

En 48 minutos demostramos que no había espíritu de lucha. Y sin él no hay una sola batalla que se pueda ganar. Guerras asimétricas, guerras injustas, ha habido desde la Edad de Piedra. Aunque los vietnamitas, por ejemplo, no ganaron una sola batalla en el teatro de operaciones, ganaron la guerra. La sociedad estadounidense se hartó de un conflicto que no era el suyo, 58.220 cadáveres devueltos en bolsas plásticas fueron suficientes para convencerlos de que Vietnam era un causa perdida, una causa que no valía la pena.

Entre 300.000 y 500.000 iraníes perdieron la vida en la guerra contra Irak, cuyo líder era un déspota sanguinario. Las fronteras siguieron siendo las mismas y Sadam Hussein se retiró con las manos vacías. No ganó nada. Absolutamente, nada.

Israel no ha podido quebrar el espíritu de lucha de los palestinos. Los Estados Unidos, al pensar que podían hacer en Irán lo mismo que hicieron en Venezuela, se metieron en un callejón sin salida. No es tarea fácil quebrar el espíritu de lucha de un ejército ideologizado y de una religión que entiende la venganza como una opción legítima.

No hay dignidad en la derrota que sufrimos los venezolanos. Por eso guardamos silencio, por eso pasamos página. Pero la historia se encargará de ajustar cuentas. Y es ahí, en sus páginas, donde tenemos que buscar los antecedentes, las pistas, los artilugios que nos servirán para rescatar nuestra soberanía. Pero esto lo puede hacer, únicamente, un gobierno legítimo.   

Las narrativas religiosas

 

Si el cubo de Rubik fuera el globo terráqueo, una de sus caras, seguramente, sería la religión monoteísta, en sus tres vertientes: el cristianismo, el islam y el judaísmo. Todas ellas han sido estandartes de la guerra y de la muerte. A todas las han convertido en ideologías, no en balde la fe mueve montañas. Sobre sus cimientos, se han construido imperios. El judaísmo no lo ha conseguido, pero hay un mapa del Gran Israel y en estos momentos una clara expansión del Estado judío.

La religión está en todas partes, en todas las barajas, en todas las quinielas. Son parte de la política, de la cultura de los pueblos. Su poder es ambivalente y se contrae tanto como se expande. Hoy parecen en declive y mañana colorean el horizonte con tanta fuerza como el amanecer.

La venganza es parte consustancial de las religiones monoteístas. En la guerra de seis meses que libran Israel y Estados Unidos contra Irán, el objetivo principal de la lluvia de bombas que cayó sobre Teherán fue el ayatola Alí Jameneí, quien murió y se convirtió en mártir. Los 100.000 niños que murieron en el frente en la guerra Irán—Irak de los años 80, también se convirtieron en mártires, así como los palestinos que son asesinados por Israel en Gaza y Cisjordania. El martirio es, para el islam, un camino que conduce a Dios. El de Irán es un ejército ideologizado por la fe. Sigue en pie de guerra, no ha perdido la voluntad de lucha.

El Quijote, en medio de su locura, dijo una gran verdad: Con la Iglesia hemos topado Sancho. Y eso decimos frente a un obstáculo difícil de vencer. En la guerra cristera de México, el grito de guerra de los mártires era Viva Cristo Rey. Al igual que era el grito de los fusilados por Fidel Castro en los comienzos de la Revolución Cubana. La inscripción en las monedas de la España franquista era Francisco Franco, caudillo de España por la gracia de Dios. Y más recientemente, los pilares sobre los cuales el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, son tres: disciplina, familia y religión. Simón Alberto Consalvi, quien fue enviado a Belgrado como parte de la delegación diplomática ante el gobierno del general Tito, me dijo una vez que le parecía maravilloso que en la entonces capital de Yugoslavia confluyeran los cuatro iconos de las religiones monoteístas: el islam, el cristianismo, el judaísmo y el marxismo. A Marx los comunistas lo convirtieron en un dios, sus estudios, sus reflexiones, pasaron a ser un dogma, cuyo color es el rojo escarlata, de la tanta sangre que ha derramado.  

Una amiga me escribe: “me parece que empezarán a abundar más las narrativas abiertamente religiosas”. Estoy de acuerdo. Las hemos visto también en Venezuela.

El reflejo que llega de Cuba

 Desde que entrevisté a Dagoberto Valdés para Prodavinci, hace exactamente cuatro años, leo con regularidad las columnas que escribe para el portal Convivencia Centro de Estudios. Valdés vive en la isla y su compromiso inquebrantable con la democracia y la libertad le han ganado la inquina, el asedio y las comparecencias a las instalaciones de la Seguridad del Estado en Pinar del Río, la localidad donde vive.

Me llamó la atención el concepto que desarrolló para su tesis doctoral en la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid). Se trata del daño antropológico causado por el totalitarismo en Cuba, cuya síntesis resumo con estas palabras es: “el debilitamiento, la lesión, el quebranto de la persona humana”, causado por 67 años de dictadura comunista. No sólo se trata de la diáspora que fracturó a la sociedad cubana, sino de la persecución a quienes piensan con cabeza propia en Cuba. La estrategia de vivir en la mentira, la sentencia de que no hay opciones, no hay mañana, más allá del totalitarismo. La mediocridad y la falta de oportunidades como modelo de vida. La condena a la escasez y a la pobreza más acendrada. Y como vía de escape la acepción, apenas entendida fuera de Cuba, del verbo resolver. El resuelve y sus formas habituales pues: La prostitución de los cubanos, el engaño y el fraude como forma de vida, la delación y la desconfianza en todo espacio público, la invasión de la vida privada. Cuba es una sociedad herida. Pero el mar de la felicidad, como lo bautizó Hugo Chávez, se vino a pique, de una forma estruendosa, el pasado 11 de julio de 2021. Fue un grito ensordecedor que aún retumba en el malecón de La Habana y en toda América Latina.

En sus escritos, que se publican los días lunes, Valdés advierte que el modelo de transición, implantado por Estados Unidos luego de la guerra de 48 minutos que concluyó con el derrocamiento y la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, no puede aplicarse en Cuba por diferentes razones, son realidades distintas que exigen un diagnóstico propio.

Escribe Dagoberto.

No a la transición hibrida. No quiero para Cuba un “modelo híbrido”, como el de China y Vietnam, países que combinan el libre mercado con dictaduras autoritarias, con modelos de partido único y una sucesión “monárquica” familiar, delineada actualmente en la Isla. Lo aplicable a Venezuela no serviría para Cuba. La estabilidad que sugiere la represión es engañosa. No hay nada que aprender del “raro experimento” de Venezuela, que es incompleto e insuficiente, entre otras cosas, por lo siguiente:

—Todavía hay presos políticos.

—Funcionarios del régimen anterior se mantienen activos en la función de gobierno.

—Los protagonistas de la llamada transición formaron parte del núcleo del sistema que se pretende cambiar.

—Las elecciones venezolanas más recientes (2024), no fueron validadas y sus resultados no fueron implementados. Aunque hay pruebas suficientes de que fueron robadas.

—La lideresa legitimada por la mayoría de los venezolanos (en las elecciones de 2024) aún está en el exilio.

—Se está alargando la hoja de ruta a costa de debilitar las mismas energías de los ciudadanos venezolanos que podrían ser invertidas en la reconstrucción de Venezuela.

Sobre este último punto agregaría que el desazón, la coexistencia de dos visiones antagónicas y la desconfianza son componentes de una ecuación cuyo resultado es incierto, de “pronóstico reservado” diría un médico que le oculta parte de la verdad al paciente y sus familiares. No hay tal pronóstico reservado. En medicina es un cliché y en política una mentira.


Las caras lindas... que no dicen nada

 

Hay que tener bolas para aceptar el juicio de la historia. Después de la sangrienta y terrible guerra civil que enlutó a El Salvador, hubo un intento de implantar la democracia —¿liberal?, me pregunto—, en ese país. Los guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, se convirtieron en la némesis de la derecha salvadoreña, ambas tendencias se turnaron en el poder, se empantanaron en el pozo de la corrupción y la complacencia con el crimen organizado para terminar en el autoritarismo y el gobierno sin fin de Nayib Bukele.

Mientras el experimento democratizador naufragaba a manos de una clase política, inepta y corrupta, surgió el nombre de un antiguo guerrillero del FMLN como una opción para dirigir el país. Su nombre: Joaquín Villalobos. La iniciativa también naufragó, pero no en las urnas sino en las manos del antiguo guerrillero. Dijo, palabras más, palabras menos, algo así: en la política salvadoreña hay unas cuantas caras que la gente odia y una de ellas es la mía.

No creo que los venezolanos odien a Claudio Fermín o a Felipe Mujica, ninguno de los dos es responsable directo de la tragedia que vivimos. Tampoco tomaron decisiones que nos llevaron a esta vergonzosa situación en la que se encuentra el país, tutelado por Estados Unidos, luego de la intervención militar del pasado 3 de enero. Lo que la gente reprocha es una actitud vacilante y a veces complaciente con el chavismo. No voy a especular sobre las razones que pudieran explicar tal comportamiento, simplemente, me remito a los hechos. Le han dado el beneficio de la duda a Chávez y luego a Maduro en negociaciones que sólo sirvieron para atornillar a ambos dictadores en Miraflores. Y lo hicieron después que Chávez y Maduro demostraron que la democracia venezolana les importaba un carajo. La negociación que se adelanta en La Carlota tiene alas cortas, tiene escasa o dudosa legitimidad, y su significado político es más que limitado. El chavismo 2.0 que lideran los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez, es apenas una corriente dentro de lo que alguna vez fue un movimiento popular; los diputados de la Asamblea de 2015 tienen el aval del reconocimiento de los Estados Unidos, pero ese aval puede ser retirado en cualquier momento. Entonces, las caras de Fermín y Mujica, llegaron para debilitar lo que ya era endeble.

Una fuente me escribe que la negociación que se adelanta en La Carlota no es tal, dado el tutelaje (que ejerce el gobierno de los Estados Unidos), que el acuerdo ya ha sido establecido por el tutor. Es decir, no hay nada que negociar, sólo es cuestión de acordar tiempos.

Acordar un calendario para una elección presidencial. Eso es todo, a pesar de la condición que esbozó Jorge Rodríguez: el compromiso con la soberanía del país. Su hermana Delcy, en funciones presidenciales transitorias, habló de la “batalla diplomática” para recuperar lo que se perdió el 3 de enero. Lo veo muy cuesta arriba, aunque el desafío lo asuma un gobierno legítimo. En la Casa Blanca hay una nueva doctrina política, militar y diplomática, diseñada por el Estado profundo y compartida por un vasto sector de la clase política de ese país. Señores, el Tío Sam llegó para quedarse, derribaron la puerta en la famosa guerra de 45 minutos de la que habló el presidente Trump. Una puerta que el chavismo dejó abierta para que entraran China, Rusia, Cuba e Irán. Aún así no se trata de la sentencia de Alí Primera. No es el mismo musiú con diferente cachimbo.

Se hace lo que se puede o eso es lo que hay

 

La jefa negociadora de la oposición venezolana, la diputada electa en 2015, Dinorah Figuera, levantó las banderas de la esperanza después de su encuentro con el jefe negociador del chavismo (experto en no negociar, aclaro), Jorge Rodríguez. Diría que se trata de una declaración inapropiada. A Figuera la pilló su propio optimismo en posición adelantada. El hecho de que se haya restablecido un mecanismo de diálogo no significa nada en términos políticos. Ya se ha intentado en varias oportunidades y el resultado ha sido nulo. El balance no ha sido otra cosa que un rotundo fracaso. Las comisiones reunidas en la Sala de Convenciones de la antigua base aérea de La Carlota tendrán que demostrar dos cosas. Una, que sus decisiones serán acatadas por las fuerzas políticas que dicen representar. Dos, que nos remiten, a toda la sociedad venezolana, a los hechos y no a las palabras. Decirnos confía, después de la emergencia humanitaria inducida, de la supresión del estado de derecho, de la emigración bíblica y de una sucesión de elecciones tramposas, ¿No es pedir demasiado?

En una ocasión tuve la oportunidad de entrevistar al único político sensato que hay en Venezuela: Ramón Guillermo Aveledo. Mientras yo intentaba desacreditar el diálogo, Aveledo simplemente repetía una y otra vez: “se hace lo que se puede”. Debo confesar que sus palabras sólo alimentaban mi animosidad. ¿Qué carajos significa lo que se puede? En política, eso de que hago lo que quiero porque puedo, es una fórmula para los gobiernos autoritarios, para los aspirantes a dictadores o, simplemente, para los tiranos. Si sientas dialogar es porque estás dispuesto a intercambiar capital político. Esto por aquello. Así de sencillo. El resto es animosidad, que es lo más inútil en una negociación.

A los caudillos y populistas les repugna la realidad, prefieren las fantasías que, por lo general, desembocan en tragedias cuando intentan convertirlas… en realidad. No estoy haciendo un retrato hablado. Me remito al caso del expresidente Hugo Chávez, al brutal naufragio del Socialismo del Siglo XXI.

Entender las palabras de Ramón Guillermo Aveledo me llevó a un proceso de hibernación, tan parecido a una boa que digiere a un oso hormiguero después de haberlo engullido, porque en política dos más dos pueden ser cinco y el tiempo no lo mide un reloj. Un día puede ser una eternidad: como el 11 de abril o como el 24 de junio de 2026 (la acción de la naturaleza que dejó desnudo al Estado). Son horas o minutos que se convierten en una eternidad. Quizás sea apropiado recordar un comentario que me hizo Virginia Betancourt para intentar entender la sentencia de Aveledo. Me dijo ella que le preguntó al hombre de la pipa. “¿Papá, por qué siempre te reúnes con militares? ¿Por qué no te reúnes con maestros, con médicos? Y la respuesta de Rómulo fue la siguiente: porque si no me reúno con ellos, me tumban. Entonces, sí. Se hace lo que se puede.

Y ese es el marco de la negociación que se adelanta en La Carlota. Hacer lo que se puede. No hay otro. Es una ventana de oportunidad muy estrecha. Pero es una ventana al fin. La vida es pura dificultad y de la fumarola del Vaticano no siempre sale humo blanco. Pero eso es lo que hay. Y el significado de esta frase si es verdad que lo hemos internalizado los venezolanos en estos 29 años de oscuridad, de patadas a la mesa, de aventuras golpistas, de destrucción institucional. Entonces, hay que empezar por algo. Y si ese algo nos dice algo a los venezolanos, quizás la diputada Figuera pueda levantar las banderas de la esperanza.  

A veces el olvido es más que la tragedia

 

Vargas Llosa no se equivocó cuando dijo que los artistas y creadores de América Latina habían estado a la altura de las exigencias y los dramáticos cambios que había experimentado Occidente a lo largo del turbulento siglo XX. Sin embargo, no podríamos exhibir resultados, ni de lejos parecidos, en las ciencias exactas o la política. Podríamos citar algunos novelistas que llegaron al Olimpo de las letras. El propio Vargas Llosa es uno de ellos. O los casos de los escritores que hicieron de este continente un universo que cautivó a lectores de todo el mundo. El firmamento de Cien años de Soledad o el puñado de páginas con las que Juan Rulfo hizo de Comala una galaxia, ¿una sola? que lo convirtió en el escritor mexicano más traducido a otras lenguas distintas al español.

América Latina nunca pudo desarrollar un conglomerado industrial que impulsara la inventiva y el conocimiento en sectores de la producción que no fueran más allá de la mera sustitución de importaciones. Era algo que nos avergonzaba con marcada injusticia, unas veces con razón y otras no. Me voy a quedar con las aristas más visibles de esa experiencia: la creación de una clase media y de una gerencia abierta a los desafíos y a los planes retadores de grandes empresas en áreas como las finanzas y los negocios agroindustriales.

En la política hemos impuesto un récord del cuál no podemos sentirnos orgullosos. Hemos convertido a este continente en el paraíso del populismo. Apostamos por los sueños y las fantasías de los filibusteros de la política, de los grandes caudillos que han concentrado el poder en sus manos, hayan tenido éxito o no. La Fiesta del Chivo es un fiel retrato de las alucinaciones del dictador dominicano Leonidas Trujillo. Antes que anochezca no sólo es la confesión de Reinaldo Arenas, sino un dramático retrato de la Cuba de Fidel Castro. La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez lo resume todo en el título.

Ha sido un ejercicio del poder mezquino, autoritario hasta la propia carga genética y un ejercicio a mano alzada de crueldad infinita. La democracia ha tenido que lidiar con todo este sustrato cultural haciendo concesiones. Ha modificado leyes, pero no comportamientos. En no pocos casos ha sido complaciente con las taras que arroja el caudillismo. Nos hemos deleitado en ese charco de mierda. Seguimos buscando culpables en las circunstancias históricas que marcaron la colonización de España o en la faceta imperial de los Estados Unidos. No hemos dejado de mirar la viga en el ojo ajeno. Nos hemos complacido en la corrupción y jamás nos hemos cuestionado las veces en que le hemos dicho que sí a la injusticia y al descalabro de quienes dan la orden y detentan el poder.

Pienso en Rómulo Betancourt, un político lleno de claroscuros. ¿Acaso los grandes políticos no lo son? Me preguntó por qué se fue de Venezuela, por qué prefirió el exilio en Berna, después de haberle entregado, toda su vida a este país, los años de lucha y de destierro en el continente y, finalmente, en Puerto Rico, en el único lugar donde la logia de las espadas no se atrevería a atentar contra su vida. Pienso en su faceta de intelectual, en su libro Venezuela Política y Petróleo. En la defensa que hizo de los intereses de este país. En el odio que le profesaron quienes luego se subieron al autobús de Chávez. Su figura, así como su legado se ha vuelto distante. A veces el olvido es más que la tragedia.

La política de la autoayuda

 

Lo primero que hay que decir es que el conflicto político en Venezuela está enquistado o quizás encapsulado. Me decantaría por lo primero. Se trata de un asunto, un problema, que se ha vuelto permanente. Su forma es la de un quiste tumoral, no sólo porque derivó en una emergencia humanitaria compleja, sino porque desembocó en el colapso del Estado. No hay república sin instituciones. Y ese esa es nuestra realidad.

Uno de los asuntos más problemáticos de Venezuela es la dualidad del poder legislativo. La insólita y risible circunstancia de contar con dos parlamentos en funciones. Uno electo en 2015 y otro que inició secciones el 5 de enero de 2026. Si nos atenemos a las formas —que sin duda son importantes—, a los diputados electos en 2015 ya se les venció su período, no pueden considerarse como tales. Son, en el mejor de los casos, exdiputados. Esta es una de las razones por las cuales se les tacha de ilegítimos. Pero hay un pequeño detalle. Son los diputados reconocidos por el gobierno del presidente Donald Trump. Pequeño detalle que no es nada menor. Sobre todo, después de la operación militar ejecutada por fuerzas militares estadounidenses, el pasado 3 de enero. La otra Asamblea, electa en 2024, es producto de una elección tramposa y cuestionada por varios gobiernos de Europa, América Latina y los propios Estados Unidos.

Como parte del quiste y de las células tumorales que mantienen paralizada la política en Venezuela, tenemos esta dualidad parlamentaria. Una Asamblea Nacional bicéfala. Lo que en realidad es una brasa que mantiene al rojo vivo el conflicto. Situación ideal para mantener posiciones mineralizadas, un discurso polarizante y el lenguaje de odio. Esto se ha hecho a sabiendas de que tal circunstancia produce un enorme vacío legislativo y, particularmente, inseguridad jurídica y por aquí van los tiros del diálogo que promueve la diplomacia de los Estados Unidos. Es un asunto que debe resolverse en un plazo perentorio. No tanto para fortalecer la transición hacia la democracia, como para dotar al país de un marco legal certero. Un ecosistema juridico que le permita a los inversionistas —especialmente a las empresas petroleras— desenvolverse en un entorno en el que puedan saber, a ciencia cierta, a qué atenerse. Para que Venezuela alcance una producción petrolera cónsona con su potencial —los famosos seis millones de barriles diarios—, se necesitan inversiones que rondan los 500.000 millones de dólares. Y la pregunta es: ¿Quién carajos va a invertir ese dineral en un país donde no hay seguridad jurídica?

Antes que una elección presidencial, necesitamos una elección parlamentaria. El nuevo Consejo Nacional Electoral, cuya importancia se menciona en todas las manos de la baraja, no puede ser electo por diputados cuestionados e ilegítimos y mucho menos por un Tribunal Supremo de Justicia, cuyos magistrados son, en esencia, la cohorte de la señora Cilia Flores.

Resulta penoso confesar que un acuerdo de negociación no es la prioridad en la agenda de los políticos venezolanos, sino una imposición de la Casa Blanca. Las palabras del señor Elías Jaua, “un diálogo para y por los venezolanos”, o de la señora Blanca Rosa Mármol de León, quien propone “una junta de gobierno que organice unas elecciones”, y de quienes dicen que están cansados de tanta palabrería y “quieren resultados”, son puros mensajes de autoayuda. Escapan del todo a la realidad. A nadie puede sorprender, entonces, que la sociedad venezolana esté divorciada de la política, que apele a su esencia relacional, como una forma de gestionar las penurias y de coexistir con un Estado disfuncional. Quizás fallido. La política nos ha fallado, una y otra vez. Y eso pasa cuando se niega la realidad y escasea la imaginación.

Súbete a mi moto

 

El episodio que voy a relatar probablemente ocurrió en 2017, momento en que hubo un repunte de la actividad económica después de un largo invierno de desinversión, mala gestión y una corrupción colosal.

Salí de mi casa ansioso porque el reloj me avisaba que iba con atraso. Me subí a una moto en Chacaíto y, mientras avanzábamos por la avenida Libertador, le pregunté al motorizado si los anuncios del gobierno, que prometían un despertar de la economía, se reflejaban en la actividad de la plaza que compartía con otros mototaxistas. Su comentario fue lapidario. “Nicolás —entonces en funciones de gobierno— no quiere soltar los dólares”. Por un momento pensé que mi interlocutor asumía que en los sótanos del Banco Central de Venezuela se almacenaban, de forma sostenida y creciente, los ingresos producto de la renta petrolera y las barras de oro, como parte de las reservas internacionales. Que Venezuela estaba buchona. ¿Para qué ahorrar divisas en medio de tantas penurias? Ya te lo dije, insistió el mototaxista, Nicolás no quiere soltar los dólares.

Obviamente, esos dólares sólo existían en las cuentas ocultas del Banco Central. Eran pues unos dólares, no ya de papel, sino el tesoro imaginado. El Dorado, localizado al fin, en las bóvedas del BCV.

Tras el anuncio del presidente Trump, quien ha dicho que en la cuenta que maneja el Tesoro estadounidense, hay la bicoca de 13.000 millones de dólares, producto de la venta del petróleo venezolano, me hago la misma pregunta que el motorizado. ¿Por qué ese dinero, que en teoría pertenece a los venezolanos, no se refleja en el día a día de la gente? ¿Por qué la inflación sigue siendo una de las más altas del mundo? ¿Por qué mucha gente no llega a fin de mes? ¿Será que el presidente Trump no quiere soltar los dólares?  

Una de las consecuencias de ser un país petrolero, desde hace más de un siglo, es que la economía petrolera financiaba al resto de los sectores económicos. Teníamos una fuente asegurada de divisas y mucho, mucho comercio. Los negocios se movían y el consumo era uno de los pilares del crecimiento económico.

Pero ya no es así, porque Venezuela no se arregló. La producción petrolera descendió casi a la mitad, los precios del barril cayeron por un aumento de la producción en los países del Medio Oriente y el motor de la economía, que alguna vez fue de ocho cilindros, era similar al de la moto a la que subí en Chacaíto. Por pura nostalgia, hubiese querido que fuese el motor de una Vespa.

Lo cierto es que no vamos a experimentar un crecimiento económico significativo por distintas razones. Parte del dinero que ha enviado Estados Unidos se ha inyectado al sistema financiero para estabilizar el tipo de cambio. Esa política no ha funcionado. La inflación sigue siendo elevada, lo que nos dice que el gobierno está gastando más de lo que ingresa o que lo que ingresa no es suficiente para reanimar el aparato productivo. Nadie lo sabe a ciencia cierta, porque las cuentas macroeconómicas siguen vedadas al escrutinio de la opinión pública. La banca será uno de los sectores de mayor crecimiento en esta coyuntura, producto de las operaciones cambiarias y el spread que obtienen por la venta de divisas a personas naturales y jurídicas. En las provincias petroleras va a crecer la industria de la construcción (nuevas infraestructuras) y de servicios asociados a la producción de petróleo y gas. El otro sector es la industria de alimentos, por una razón muy simple: la gente necesita comer. La nueva legislación petrolera le permite a las empresas planificar inversiones que pueden ser amortizadas, no ya en 10 o 15 años, sino en cinco. Es una carnada irresistible. Las empresas han traído bienes de capital, han invertido en la explotación de petróleo. Y tienen, además, una especie de seguro de que sus inversiones cuentan con el respaldo de una parte importante de los 13.000 millones que acumula la cuenta del Tesoro estadounidense. Es un seguro, porque nadie puede garantizar que Venezuela va a encontrar o reencontrar el camino del crecimiento económico y la estabilidad política.

Caracas seguirá ofreciendo una extraña sensación de estabilidad. Es la ciudad con menor racionamiento eléctrico del país, mientras en Mérida, por ejemplo, hay cortes de seis horas o más. “Todo el día sin luz”, a veces me comenta un amigo que vive allí. Y todo por una decisión política. La capital de la república debe ser objeto de ciertas salvaguardas. Además de ciertos privilegios. Quizás por esa razón, la economía de la ciudad no es tanto de bodegones como de restaurantes, donde puedes desayunar por 20 dólares o ver una película en un cine VIP por 25 dólares. Son las distorsiones, o más bien la perversión, que impone la carrera contra reloj para ganarle a una inflación desatada. El gobierno interino de Delcy Rodríguez necesita domesticar al monstruo inflacionario, pero no para enviarle un mensaje a una población depauperada, sino a los inversionistas que asumen riesgos en un entorno caracterizado por la inestabilidad.

El impacto en el territorio será desigual y lastrado además por un condicionante mayúsculo: la restricción del suministro eléctrico. Es una condición de base para un enfermo aquejado por múltiples dolencias. Entonces, no le falta razón al señor Marco Rubio, el secretario de estado de la cancillería estadounidense, cuando prioriza la estabilidad económica como punto inicial de una transición incierta a la democracia.

 Esto es lo que hay y, por esta razón, Donald no va a soltar los dólares. Así que súbete a mi moto. Es mejor que ir a pie.

Nada que decir, por ahora

 

Ni siquiera un apretón de manos, solo una llamada telefónica. Aunque las bases del diálogo político en Venezuela se centran en la designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral y la renovación —¿parcial?— del Tribunal Supremo de Justicia, no hay condiciones mínimas para la pretendida transición a la democracia.

No las hay, sencillamente, porque los actores convocados al diálogo no cuentan ni con la legitimidad ni con la representatividad necesaria para tomar decisiones. Una impresión errada sobre el proceso político daría cuenta de que la actitud de llevarse todo o nada sigue siendo la estrategia de los actores políticos. Nada de eso es posible después de la operación militar de los Estados Unidos del pasado 3 de enero. La Casa Blanca está ejerciendo presión y el acuerdo tiene que satisfacer, en primer término, los intereses de Washington. El margen de maniobra política para los venezolanos es reducido. María Corina Machado lo sabe, por eso decidió mantenerse al margen, aunque ha dicho que no será un obstáculo. Es una jugada inteligente. Pero también riesgosa. Ella parece manejar el tiempo, mientras Dinorah Figuera tiene el reloj. Sin el capital político de Machado la negociación podría fracasar. O simplemente arrojar un resultado insatisfactorio para el gobierno de Donald Trump.

El punto fuerte del chavismo y la principal carta de Delcy Rodríguez, en funciones de gobierno, sigue siendo el control territorial y el apoyo del sector militar. Pieza que Washington necesita para asegurar el éxito de su nueva estrategia geopolítica para América Latina. La situación de Venezuela sigue siendo de una alta complejidad. En la medida que el chavismo y el sector militar cedan más soberanía, más espacio político, más control institucional, cabe suponer que una parte del pastel petrolero, valuado por el presidente Trump a la fecha, en 13.000 millones de dólares, podrían dar aliento a la alicaída economía venezolana. Algo que Rodríguez necesita si quiere competir con éxito en un eventual proceso electoral.

El nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha dicho que va a alinear a su país a la estrategia de Washington: migración y seguridad hemisférica. Guerra abierta contra las economías ilícitas. Ataques militares contra las estructuras de las narcoguerrillas. Seguridad ciudadana en manos de los militares. El autoritarismo apenas se asoma en América Latina y Venezuela no se va a desentender del control estadounidense. Va a entrar, si es que ya no lo ha hecho, por el mismo aro. ¿Democracia y Derechos Humanos? No, gracias.  

Memorias del subdesarrollo

 

Esta película, del realizador cubano Tomás Gutiérrez Alea, más que inclasificable es una incógnita. Un hombre de mediana edad, de una familia acomodada, realiza una inquietante inmersión en la Revolución Cubana. Se mantiene al margen, mira a su alrededor desde la ventana de su apartamento. Su conducta, su proceder, frente a su mujer y sus amigos de la misma clase social, se reduce a la mera observación de lo que es el devenir de una vida donde escasean los privilegios y los corotos de una vida cómoda y burguesa. A ellos les responde con monosílabos, o simples agregados, para no contrariarlos. Y a nosotros, los espectadores, nos habla desde la perspectiva de un narrador lleno de dudas. No tiene una respuesta frente a un mundo cambiante que empieza a increparlo, a cuestionarlo. Los que se van al exilio se largan porque no quieren renunciar a sus ojos rubios (Rubén Blades, dixit). Y frente a esa vida se antepone la miseria y el olvido que devora a lo que diríamos es la Cuba profunda, hambrienta y desolada. Más que emigrar, la opción es poner pies en polvorosa.

Nuestro personaje se queda en La Habana. Vive de las rentas. Ese desapego, esa incomprensión frente al tsunami revolucionario, no despierta en él curiosidad, ni el más mínimo entusiasmo. Hay una poderosa dosis existencial en esta película. La mirada de El Extranjero de Camus se ha posado para verlo todo desde el malecón habanero. La imagen que muestra a un pájaro muerto dentro de su jaula es un aviso, una suerte de premonición, de un país que ha atravesado por una larga oscuridad de la mano de hierro del dictador Fulgencio Batista para abrirse a la ilusión, a las promesas de una sociedad distinta, abierta a las libertades, pero cruelmente traicionada por los barbudos que siguieron ciegamente a Fidel Castro. El hombre que amoldó el totalitarismo a su país y a los nichos de la intelectualidad progre de América Latina.

Y lo que puedo decir, después de 30 años en el laberinto y la pesadilla ideológica de Hugo Chávez, es que me identifico plenamente con el personaje de la película, al menos por un instante, del cual quiero extraerme como el hombre cohete. Recuerdo a un fiel seguidor del Comandante Supremo, no tan ingenuo, pero si acomodaticio, cuando repicó la orden de la revolución. ¡Señores, a organizarse en comunas! El Municipio, así como toda la institucionalidad burguesa, debía ser demolido, en esta faena tropical de la lucha de clases. Los venezolanos, al igual que los cubanos, no necesitábamos tener un cerebro, nos bastaba con el cerebro de Chávez. La economía empezó a decaer y con ella los medios de vida. Los medios de comunicación, en los cuales desarrollé mi trabajo, se plegaron al chavismo o desaparecieron. Sobrevivir hasta las seis de la tarde se convirtió en el objetivo principal de nuestras vidas. No hubo un solo resquicio que escapara a la vulgaridad del populacho. Las familias divididas o simplemente desgarradas. Sentí que el personaje de la película me respiraba en la nuca. Que me ofrecía una vida intrascendente y mediocre, pero pude descender a las catacumbas donde me encontré con el prójimo de nuestras desgracias, deseosos de crear, de convertir el arte en escudo, de tomar la palabra. Lo primero fue la palabra, dice la Biblia. Y la palabra es mi pequeño acto de rebeldía.