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Piaste tarde, pajarito

 

Es lo que diría el expresidente Luis Herrera Campins si hubiese tenido la oportunidad de leer el comunicado de un sector del chavismo, que hoy se rasga las vestiduras porque Venezuela perdió su soberanía el 3 de enero. Los que ayer vociferaban consignas antiimperialistas y hablaban de la Guerra Popular Prolongada, como una doctrina militar ajustada a los intereses de Venezuela, ahora se lamentan porque Venezuela es un país tutelado, una especie de protectorado. Un país dirigido por Washington. Afirman, además, que los diálogos deben ser entre venezolanos, sin injerencia extranjera. Ya eso ocurrió en las negociaciones que se llevaron a cabo en República Dominicana, con la mediación de Noruega y el aval del Vaticano. ¿Pero que hizo el chavismo? No cumplió con lo acordado. Se burló de la comunidad internacional y le mintió al Papa. Entonces, la credibilidad de la dirigencia chavista vale cero. Ya no valen arrepentimientos ni llorar sobre la leche derramada. Por favor, señora Delcy Rodríguez no diga que la sorprendió el ataque a Caracas. Después del ataque a las supuestas narcolanchas y a la movilización de medios militares que apuntaban a Venezuela, se había generado una inercia que sólo podía desembocar en una operación militar. En medios de comunicación estadounidense se evaluaron varias opciones. Incluso se habló de una “extracción” del señor Nicolás Maduro antes del 3 de enero. Entonces, guerra avisada no mata a soldado. Pero eso no fue lo que ocurrió aquí.

Según cálculos del Financial Times los señores que manejan la cuenta del Tesoro estadounidense, en la cual se deposita el dinero por la compra del petróleo venezolano, anota en el haber alrededor de 13.000 millones de dólares. Petróleo que se vende a precios de mercado y sin sanciones, pero si se sigue la pista de manera responsable de ese dinero, sólo se pueden auditar 300 millones de dólares. ¿Adónde ha ido a parar el dinero de los venezolanos? Supongo que es una papa caliente para los negociadores que empiezan a deliberar a partir de mañana.

Es cierto que el péndulo político cambió en América Latina, los electores de este continente fracasado corrieron en masa a votar por opciones de ultraderecha en Perú, Colombia, Costa Rica y Chile. La izquierda resultó tan corrupta como sus predecesores (no todos de derecha, también los había de centro). Atrapados en su laberinto ideológico, no entendieron, ni entienden, que sólo existe una economía: el capitalismo. No hay otra, señores. Sólo en los manuales marxistas y en sus sueños (convertidos en verdaderas pesadillas cuando intentan hacerlos realidad). Pero como diría Petkoff “ni aprenden, ni perdonan”.

Una pregunta para el equipo de María Corina Machado (o incluso para ella) ¿Por qué se reúne con un tipo como Abascal, un racista y un negador de derechos (propone una discriminación por nacionalidad, los migrantes al segundo piso, aunque hayan hecho sus pagos al completo a la seguridad social) ¿Por qué felicita a un defensor de narcos, paramilitares y abogado de Alex Saab, el contratista preferido de Nicolás Maduro? ¿Por qué felicita a Keiko Fujimori, quien ha dicho que gobernará el Perú con el legado de su padre, un dictador, padrino de Vladimiro Montesinos, que sometió a más de 300.000 mujeres indígenas a cirugías de anticoncepción? ¿Ah? ¿Porque resultaron electos presidentes de sus países? Los pueblos se equivocan, a mucha gente le gusta lo malo —y en política son sus amores—. Y voy a un ejemplo, quizás demoledor. Quien decía que el pueblo nunca se equivoca era Rafael Caldera.

Las prácticas del canibalismo

 

Una de las tendencias más marcadas de la democracia venezolana ha sido la progresiva y continua desconexión entre los gobiernos y la gente. La conjugación del verbo (en pretérito perfecto compuesto) no es casual. Hubo un período de tres lustros (Betancourt, Leoni, Caldera), marcados por una sostenida inversión en educación, salud y electrificación del país. Los venezolanos podían prender un bombillo en San Fernando de Atabapo con la misma naturalidad de quien se despereza para sacudirse la modorra. Todo lo bueno nos estaba dado: la democracia, la vida universitaria, el ascenso social. O eso creíamos.

Todo eso se fue diluyendo hasta alcanzar la oscuridad en la que vivimos hoy. Suscribimos un pacto silencioso y cómplice para desmontar la base material de nuestro bienestar, con una mezcla de desidia y corrupción, de desdén y desprecio. Nunca hicimos trabajo comunitario, por eso el chavismo nos supo joder. Se activaron los automáticos del clasismo, del racismo. Regresamos, como en la película Volver al Futuro, al siglo XIX, a la inestabilidad política, a la mediocridad económica, al militarismo y las montoneras, a las conspiraciones y a los golpes de Estado. ¿Eso hemos sido siempre o somos otra cosa? Creo que es una pregunta para los antropólogos.

Por estas fechas, las efemérides nos recuerdan que hubo una elección presidencial, la última que se ha realizado. 28 de julio de 2024. Ese día nos dejó una gran lección para quienes hemos pensado que un voto no cambia nada. Ese día se cometió el fraude electoral más extendido que se conozca en América Latina. El presidente en funciones, el señor Nicolás Maduro, quedó expuesto como un tirano, ¿Y qué siguió en adelante? Una masiva represión a la protesta pacífica, una violaciones a los derechos humanos, miles de detenciones arbitrarias, en las que no hubo derecho a la defensa ni consideración alguna a la presunción de inocencia. En dos oportunidades, Venezuela se convirtió en un caso para la Comisión de Determinación de Hechos de las Naciones Unidas. De esos informes, actualmente conoce la Corte Penal Internacional.

Lo anterior provocó un éxodo de proporciones bíblicas. Más de ocho millones de personas se fueron del país. Sólo para que nos hagamos una idea: imaginemos a países como Paraguay, El Salvador y Nicaragua totalmente despoblados. Este es el saldo de unas elecciones que fueron robadas. Y para colmo, el doblete sísmico del pasado 24 de junio vino a implosionar la poca institucionalidad que quedaba en pie.

Cuando la política apela a la esperanza, a la espiritualidad, es porque ha recorrido un largo trecho de conflictividad, de polarización, de crímenes de Estado, de venganza, de toda la vileza de la que somos capaces los seres humanos. Y ese es el estado actual en el que nos encontramos.

En estos 30 años, los venezolanos hemos ganado experiencia en prácticas caníbales. Pero no podemos jugar al equilibrio. No podemos ubicarnos en un punto equidistante. No es posible tal cosa. Esto ha sido una batalla desigual entre la sociedad y el Estado. Y ya sabemos quienes controlan las palancas del poder institucional, de las instancias donde se toman las decisiones políticas, del famoso Estado Mayor de la Revolución. ¡Qué titulo tan rimbombante eligió esta gente!

Es cierto que podríamos cavar más profundo, de experimentar más crueldad, más dolor y sufrimiento, de vivir una pesadilla eterna. A estas alturas, sabemos que no estamos vacunados contra nada, que somos una sociedad llena de fragilidades, que nos ha costado mucho construir un entorno de convivencia.

Si nos remitimos a experiencias anteriores, los diálogos que se inician a partir del próximo sábado (1ero de agosto), no necesariamente van a arrojar resultados favorables. Hay demasiada incredulidad, con razones más que justificadas. Pero hay un nuevo actor en la mesa (los Estados Unidos), que emplea por igual la política del palo y la zanahoria hacia los interlocutores. O los señores del gobierno, la estructura chavista en el poder, se avienen a un acuerdo o se exponen a medidas coercitivas, a procesos judiciales y a posibles “extracciones”. Si en la mesa de negociaciones no hay soberanía es porque la perdimos el 3 de enero. El día en que el ejército de Venezuela sufrió la peor humillación en toda su historia. El día en que no supo defender la Independencia de la Nación. ¿No hemos perdido todo o casi todo? ¿No es hora de llegar a un acuerdo?  

Aquí estoy. Yo conmigo

 

El más reciente comunicado de la dupla María Corina Machado y Edmundo González Urrutia es un harakiri, sin ritual, sin honor, sin voz interior, sólo arrogancia y ego. Hablan en nombre de la soberanía popular en un país que perdió su soberanía el 3 de enero. No olvidemos aquello de que la intervención extranjera es necesaria porque “solos no podemos”, pero además pone de manifiesto la insalvable división que reina en ese pasticho ideológico que es la oposición venezolana.

Desde abril de 2002, la oposición venezolana, que se autodenomina democrática, ha recuperado para sí la iniciativa política, pero como el despistado que gana la lotería y se entera en la mesa de juego, la apuesta y pierde. Y lo peor, se hacen trampa ellos mismos. Recordemos que a Primero Justicia no le permitieron presidir la Asamblea Nacional, aunque fue el partido opositor más votado. No, señores. Acción Democrática y Voluntad Popular se aliaron para cerrarle el paso a Julio Borges. Y lo hicieron porque ese carajo no me cae bien y no me da la gana. Esa incoherencia, esa falta de cohesión, gana volumen, como una bola de nieve en esta pendiente infinita que es la crisis política que vive Venezuela. Pero la gente no es tonta y por eso no se conecta con la política. Hay que decirlo, la política les ha fallado. Una y otra vez. Y de esto no le pueden echar la culpa al chavismo.

Afirman que el gobierno de la presidenta encargada (¿?), Delcy Rodríguez lo intentó todo para que la ayuda internacional no llegara a quienes más la necesitaban. Esa afirmación no se compadece con la realidad. Lo que hubo en Vargas fue una mezcla de negligencia, ineficacia e incompetencia. No podía ser de otra forma. Frente al deslave del año 1999, que arrojó más de 20.000 venezolanos fallecidos, el gobierno del señor Hugo Chávez no creó una agencia, civil o militar, especializada en atender las devastadoras consecuencias de desastres naturales como el ocurrido el pasado 24 de junio.

Finalmente, el comunicado que suscriben María Corina Machado y Edmundo González Urrutia va al punto neurálgico que nos ocupa. La creación de un mecanismo entre representantes de la Asamblea Nacional electa en 2015 y los negociadores del chavismo para ponerse de acuerdo en el nombramiento de un nuevo Consejo Nacional Electoral y para restablecer el ejercicio de la libertad de expresión. Señores, ¿A ustedes hay que recordarles que el citado mecanismo es una iniciativa del gobierno de los Estados Unidos? ¿Que no son ambos, sino ambos más uno?

En la mesa hay un tercero que ha creado las condiciones para que los sectores de oposición visualicen y entiendan que hay una oportunidad para recuperar la iniciativa política. ¿Pero qué hace un sector de la oposición? Se auto excluye, se auto margina. No quieren correr riesgos, no quieren apostar, no quieren exponerse, pero quieren hacer política. Son unos bendecidos. No tengo noticias de la pertinencia del uso de la preposición, aunque puedo enunciar tres frases en las que las dichosas preposiciones no le cambian el sentido a la frase. A saber: una oposición para María Corina Machado. Una oposición por María Corina Machado. Una oposición bajo el liderazgo de María Corina Machado y, finalmente, una oposición donde se encuentre María Corina Machado. Entonces, una oposición que le permita decir: Aquí estoy, yo conmigo.

Matar a dos pájaros de un solo tiro

 

Hay circunstancias que pueden favorecer a quienes obedecen y siguen órdenes desde la Casa Blanca. Donald Trump les ordena que salten hasta la rodilla y ellos saltan hasta su rubio copete, alegrándole la tarde al emperador, complacido por tal demostración de entreguismo y genuflexia. De pronto, surge la posibilidad de matar dos pájaros de un solo tiro. En su afán de destruir el orden internacional impuesto por los Estados Unidos, en favor de sus intereses y beneficios, cayó en desgracia la Corte Penal Internacional. El tribunal de La Haya, en el que se han juzgado a varios criminales de guerra. Algunos de los Balcanes, otros de Asía y África. El secretario de Estado, Marcos Rubio, afirmó que la CPI va a ser desmontada ladrillo por ladrillo. Trump no quiere que a su amigo y proxy en el Medio Oriente, el señor Benjamín Netanyahu lo juzguen por crímenes de guerra y genocidio, a pesar de la operación de limpieza étnica y homicidio a escala industrial ejecutada en Gaza. Quizás está poniendo sus barbas en remojo, ya que la ofensiva contra Irán ha devastado infraestructura civil, lo que constituye un crimen de guerra.

En medio de esta ofensiva contra la CPI, el gobierno de la presidenta encargada (¿?), Delcy Rodríguez anunció que Venezuela se retira del máximo tribunal en materia penal. Los argumentos que da el gobierno venezolano son meras excusas. Afirman que la CPI ha actuado sin imparcialidad contra los países del Sur Global, como si los generales serbios, los líderes del Jemer Rojo o los seguidores de Charles Taylor no hubiesen masacrado poblaciones enteras.

Lo cierto es que a Venezuela la visitaron en dos ocasiones sendas Comisiones de Determinación de Hechos de las Naciones Unidas. Sus informes son pavorosos y señalan responsabilidades en la violación de Derechos Humanos y Crímenes contra la Humanidad, en los que estarían incursos desde Nicolás Maduro para abajo en la cadena de mando. Otra señal de que aquí no va a haber justicia. La historia de Venezuela esta signada por la impunidad. A veces pienso que Hugo Chávez debe estar revolcándose en su tumba, pero eso a mí y a muchos venezolanos no nos importa.

No hay derecho internacional, solo negocios para los amigos de Trump.

¿Quién puede pedir perdón? ... Y perdonar

 

No se puede negar la sutileza del lenguaje corporal de Delcy Rodríguez, la presidenta encargada (¿?) de lo que fue, durante algo más de 200 años, la República de Venezuela. Rodríguez dijo en una entrevista lo siguiente: he pedido perdón y todavía espero que me pidan perdón. Su gestualidad era una expresión acabada de reclamo. Algo como ¿Qué están esperando? Ya lo hice ¿Y ustedes? Esa frase me retrotrajo a una conversación que sostuve con el padre Alfredo Infante sobre el significado del perdón en la espiritualidad del cristianismo. Por un momento, las visiones que ambos compartimos sobre la infinita tragedia que vive Venezuela se fueron distanciando hasta el punto donde no había nada en común. Sentí que estábamos en aceras opuestas cuando me dijo, quizás para ponerle punto final a este tema. El perdón es una decisión individual y que nadie estaba obligado a perdonar. Y en ese mundo que creo luminoso, pero esquivo, que es la espiritualidad, sentí una mezcla de envidia y de convicción propia. Envidia porque no soy capaz de perdonar a quienes, desde el poder absoluto, nos impusieron la pobreza como forma de vida, la ausencia de oportunidades que cristalizó en una emigración bíblica, el autoritarismo más rampante, las violaciones a los Derechos Humanos y el crimen como política de Estado. Entonces, me reafirmé en mi convicción… No puedo perdonar a quienes destruyeron a Venezuela, a quienes hicieron del Helicoide el mayor símbolo de la perversión de nuestra historia reciente.  

No creo que un trauma pueda dejar un aprendizaje, aunque un alma rota (Y Venezuela entera la tiene) puede encontrar alivio en la redención espiritual. No es casual que la imagen más difundida de Cristo sea la de su crucifixión. Es un poderoso símbolo. Y un recordatorio de que la vida espiritual puede ser, no tengo la menor duda, una experiencia de sanación.

En términos colectivos, la política ofrece algo parecido al perdón. Ante los crímenes cometidos por el poder chavista, quizás los venezolanos podamos alcanzar una mayor proporción de reparación y justicia. Nunca en términos equiparables, porque hubo un conflicto social y político que nos arropó a todos, como un gigantesco tsunami que barrió con todos los cimientos de la República. Vargas es un símbolo de destrucción, pero también de esperanza.

Ese es el punto que quisiera poner de manifiesto. No se trata de cuantas personas fueron liberadas a raíz de la Ley de Amnistía. O si el conteo de excarcelados es superior a los de Suráfrica o España. Un ser humano no es un número. De lo que se trata es de administrar justicia. Y para eso hay un mecanismo: la justicia transicional de la cual el chavismo no quiere oír ni hablar. Quizás porque puede perder el control territorial, una de las cartas que la señora Rodríguez se juega en la negociación con el gobierno de los Estados Unidos. Entonces, no creo que un venezolano de a pie se sienta parte de este proceso. Necesitamos cavar hasta un manto de tierra sólida para poder reforzar las columnas de la nación venezolana. Y eso exige paciencia, desprendimiento, pero sobre todo sinceridad. De tal modo que, si un individuo perdona o no, es su opción, y sin duda, su problema. Quizás entonces encontremos un camino por transitar, un camino de reencuentro entre los venezolanos. 

Algunos parámetros del misterioso nuevo momento político

 

En una reciente entrevista que le hiciera el periodista Javier Negre para el medio La Derecha Diario la presidenta encargada de Venezuela ¿?, trazó algunas líneas que tal vez ayuden a entender en qué consiste “el nuevo momento político”, según lo enunciara la propia Delcy Rodríguez, luego de la “extracción” del señor Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, quienes fueron trasladados a Nueva York para ser juzgados por una serie de delitos graves.

¿Qué podemos inferir de las declaraciones de Rodríguez? Uno. El chavismo no ha pasado la página con relación a las elecciones presidenciales que se realizaron el 28 de julio de 2024. El presidente legítimo de Venezuela, aseveró Rodríguez, se llama Nicolás Maduro. Aunque el chavismo y sus aliados políticos no han mostrado las actas de votación —nunca lo harán porque constituyen el cuerpo del delito—, Rodríguez afirmó que “el sector extremista trató de forzar las actas (…), hubo enmiendas, hubo roturas”. Arrojó, además, un manto de dudas sobre —¿la integridad?, ¿la honradez? del candidato opositor. “Y conozco muy bien el proceso de Edmundo González Urrutia”. Habría que aclarar ¿Qué se negoció en la residencia del embajador del reino de España? Negre no indagó sobre este asunto. Por una razón, creo, la destinataria de tal pregunta no es la presidenta en funciones, sino su hermano, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional. Entonces, iremos a una nueva elección presidencial, el tercer eslabón del plan diseñado por el secretario de Estado de los Estados Unidos, Marcos Rubio, no como parte de la ansiada transición a la democracia, sino por una orden que vendrá de la Casa Blanca.

Rodríguez también aclaró que no se va a negociar con “el extremismo”, mientras las sanciones se mantengan vigentes. Sobre Venezuela pesan más de mil “medidas coercitivas unilaterales”. Recordemos que no todas corresponden al gobierno de Donald Trump. Ya las había aplicado el expresidente Barak Obama. ¿En qué lapso de desmontan? ¿Qué hará el Congreso de Estados Unidos si en las elecciones de medio término los candidatos demócratas alcanzan la mayoría? ¿Abrirán una investigación sobre este asunto?

Lo único que podemos decir es que la ansiada transición a la democracia en Venezuela tiene demasiados cabos sueltos. Delcy Rodríguez ha puesto sobre la mesa algunas de sus cartas. Seguramente, como en el juego de póker, pedirá una o dos cartas y no sabemos si Rubio, al frente de la mesa, estará dispuesto a dárselas. Sabemos que hay dos pinzas de presión sobre el gobierno de Rodríguez: la amenaza de una nueva intervención militar y las sanciones. Los Estados Unidos no se han guardado nada. Con la mano derecha aprietan con la fuerza militar y con la mano izquierda aprietan con la diplomacia. Y no creo que la anunciada batalla diplomática, —de la cual tomó conciencia el pueblo venezolano el pasado 3 de enero —siempre según Rodríguez, resulte eficaz en términos políticos cuando se va desarmado al frente de guerra.  

Arrogancia desde la impostura

 

No se han reunido los negociadores elegidos a dedo por el señor Marco Rubio, el secretario de Estado de los Estados Unidos, quien, a su vez, gestiona los asuntos públicos en Venezuela, cuando el señor Henry Ramos Allup, el eterno secretario general de Acción Democrática, disparó a mampuesto para erosionar la representatividad y legitimidad de la quien fuera presidenta de la Asamblea Nacional electa en 2015, la señora Dinorah Figuera.

Ramos Allup cuestionó que sea Figuera quien represente a toda la oposición en las negociaciones, que se llevarán a cabo a partir del 1 de agosto, con el sempiterno negociador del chavismo, Jorge Rodríguez, un experto negociador en no negociar. Lo curioso es que el dirigente adeco se abrogó la representación de la llamada Plataforma Unitaria y adelantó que esa instancia no participará en una eventual transición a la democracia si antes no es consultada.

A simple vista, pareciera que Ramos Allup le pone palos a la rueda para que las negociaciones fracasen, incluso, antes de empezar. ¿Qué podemos inferir de esta declaración? Uno. La oposición al chavismo es un mosaico de grupúsculos, apenas representativos de sus siglas, incapaces de ponerse de acuerdo en asuntos de relevancia, que no sean las alianzas electorales. Dos. Henry Ramos Allup, lanza en ristre, interviene para salvaguardar los intereses, la representatividad y legitimidad, de María Corina Machado, la líder de la oposición democrática. Tres. El dirigente adeco se erige desde una postura de poder que no es tal cosa. Cuatro, le envía un mensaje sin destino a los Estados Unidos. Poco le falto decir que las diferencias entre venezolanos las resolvemos nosotros mismos. Una falacia, no lo hemos hecho en 34 años. En cambio, hemos pedido intervención extranjera, “porque solos no podemos”.

Nos ha costado entender que no estamos en una situación ideal, donde la política funciona, donde es posible llegar a acuerdos y defender programas que no son, necesariamente, coincidentes. Muy por el contrario, estamos ante un escenario donde la política se muestra como el gobierno del señor Donald Trump quiere que la veamos. Una cuestión de fuerza y poder. Y la oposición, sea cual sea su líder nominal, no tiene ni una cosa ni la otra. Es así de sencillo.

El poder territorial lo ejercen los militares y lo poco que queda del Estado venezolano lo controla el chavismo. Entonces, negociar las bases para unas elecciones transparentes y auditables, se antoja como una meta casi inalcanzable. Pero el señor Henry Ramos Allup viene para arrojar un vaso de agua helada. Y ahora, ni eso. La política nos ha fallado, una y otra vez. No hemos tocado fondo, porque seguimos cavando, incluso en condiciones tan desfavorables como sufrientes. No se crea, sin embargo, que la gente está atenta a estas menudencias, a los intereses subalternos de una dirigencia opositora incapaz, terriblemente incapaz. No. La gente se ha desconectado —y sigue desconectada— de la política desde hace mucho tiempo. Porque ha demostrado inutilidad. Es parte del problema y no de la solución. Lo que viene a ratificar el señor Henry Ramos Allup.

Quizás lo intolerable para un sector de la oposición es que la señora Dinorah Figuera no es una marioneta, no es un aparato teledirigido desde el CEN de AD o Vente Venezuela.

Meterse en la boca del lobo

 

Hay una visión radicalmente diferente sobre la tragedia que estamos viviendo. Nos cuesta aceptarlo, no sólo por el prisma político e ideológico con el que percibimos las cosas, sino por un continuo que se remonta al 4 de febrero de 1992. El día del parteaguas, la cruel asonada militar que resquebrajó la democracia venezolana y sus instituciones. Ese día también se instaló la polarización que el expresidente Chávez azuzó con saña, aquello de las cúpulas podridas, de freír en aceite hirviendo la cabeza de adecos y copeyanos, de la vieja PDVSA, de la Constitución moribunda, de señalar con desprecio a escuálidos y disociados.

Los sucesores de Chávez, eso que llaman el chavismo reciclado, el chavismo 2.0, o como quiera usted llamarlo, la tiene muy difícil para crear un relato diferente a lo que sembraron y cultivaron durante más de 34 años. Provocaron el incendio que hoy nos devora y pretenden escapar por la ventana. La salvación no existe cuando se elige saltar al vacío. Que Delcy Rodríguez, presidente encargada (¿?) y el diputado Nicolás Maduro Guerra, hayan hecho acto de presencia en las zonas devastadas que dejó el doblete sísmico, que la gente los haya recibido con una piedra en la mano, a los gritos, llenos de ira, apenas contenida, no es sólo producto de la frustración y el despojo, sino del viento incendiario que ha cambiado de dirección y ahora los consume en la impotencia. Se metieron en la boca del lobo para ver la oscuridad en la que vivimos. Es tiempo de desmitificar a Chávez, un aprendiz de brujo que activó las cargas de demolición que destruyó la República. Ni siquiera tenemos el estatus de Estado Libre Asociado como Puerto Rico. No hay una figura en el derecho internacional que nos defina. Somos, simplemente, un territorio ocupado. Una aglomeración de gente sobre una geografía rica en recursos, atravesada por fallas geológicas que nos recuerdan que no hay nada gratis. Me da risa cuando recuerdo la sentencia de José Ignacio Cabrujas: Somos un campamento minero.

Es muy tarde, incluso, para ensayar una huida hacía adelante. Al chavismo no le queda otra que negociar, háganlo mientras puedan. Siempre es mejor quedarse con una fracción del pastel que quedarse sin nada.

Cruzar el desierto con una gota de agua

 

Vamos a la negociación política tutelados por los Estados Unidos. No por una convicción propia de los venezolanos. Es poco o nada lo que se pueda obtener de unos actores que se sientan a la mesa obligados por las circunstancias impuestas el 3 de enero. No hay un acuerdo político que vaya más allá de los alcances que supone una elección presidencial. O lo que es lo mismo: un paso adelante en el vacío. Hay una mayoría abrumadora de venezolanos que están hartos del chavismo, de su incompetencia, de su mediocridad. Pero sobre todo de sus sofisticadas prácticas corruptas. Sobre este punto no va a haber acuerdo, porque hay conchupancia, hay redes propias de un esquema relacional —qué me das tú, que te doy yo—, en la que han participado propios y extraños animados por el lucro y la codicia. Mejor no hurgar en los manejos que hizo el gobierno interino de Juan Guaidó. Podría estallar una cloaca rebosante de mierda.

Todas las expectativas están puestas en el hipotético acuerdo electoral al que, eventualmente, llegaran los actores políticos. Una elección en la que podrán participar todos, gestionada por una instancia adecentada, sometida a escrutinio y vigilancia ciudadana. Pero, sobre todo, escrutinio y vigilancia por parte de los Estados Unidos. Tenemos que confiar en un gobierno que ha mostrado escaso compromiso con la democracia en su propio país, que no respeta acuerdos internacionales, que zarandea y golpea a sus aliados, que no le importa la suerte de los venezolanos, perseguidos como delincuentes por la migra. Gane quien gane quedará sometido al orden americano. Nadie ha mencionado el espinoso asunto del tutelaje y la soberanía nacional. Quizás nos ocupemos de ese asunto cuando se agoten los 300 mil millones de barriles de petróleo que hay en las entrañas de nuestra geografía.

Nadie ha hablado de la desmilitarización de la sociedad venezolana. Del papel que ocupan los militares en la vida pública. Hay más de una hebra color verde oliva en la sopa. Recordemos que Nicolás Maduro tenía en su gobierno más militares que el general Augusto Pinochet en Chile. Lo que es mucho decir.

Nadie ha hablado de justicia transicional, de la violación a los Derechos Humanos, de los expedientes que cursan en la Corte Penal Internacional y la Corte Interamericana de Justicia. En Venezuela siempre ha habido violencia política. Siempre ha habido grandes incentivos para actuar contra lo establecido por la Constitución y las leyes, así como contra los acuerdos internacionales que son ley de la república. Aquí siempre ha reinado la impunidad.

He sostenido, una y otra vez, que nos falló la política. Y ahora, que se vuelve a plantear la transición a la democracia, digo que sin un acuerdo nacional que nos permita encauzar las diferencias y gestionar la cosa pública, es decir, la República, estaremos condenados al fracaso. Sería esperanzador —incluso para un pesimista impenitente, como el que escribe estas líneas— que los actores políticos (gane quien gane) se comprometan a respetar los resultados y a actuar de acuerdo a lo que establece la Constitución. Quien gane, que se someta al escrutinio, al control ciudadano (a través del parlamento), y a respetar los límites que la Constitución le impone al poder; y quien pierda, a ejercer una oposición leal, es decir, a que abandone las aventuras golpistas y las conspiraciones contra el orden establecido. Que unos y otros asuman la alternabilidad y la democracia como forma de gobierno. Y que los militares regresen a sus cuarteles. Pero quizás esto sea pedir demasiado.

Las crisis eternas

 

El mayor desmentido a las afirmaciones hechas por la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien afirmó que el despliegue de los militares se hizo el mismo día en que el doblete sísmico destruyó el estado Vargas (rebautizado por el antojo de un militar como La Guaira) lo hizo ella misma, al anunciar casi dos semanas después la creación de una unidad militar especial para enfrentar desastres naturales como el que nos ocupa.

Los militares que fueron enviados a la zona cero no tenían las competencias ni los medios para socorrer a las víctimas. Ni siquiera tenían una unidad canina que los orientara en la búsqueda y salvamento de las víctimas. Eran meros testigos de la gigantesca tragedia. Transcurridas 60 horas, se permitió que equipos de rescatistas de otros países hicieran su trabajo. 60 horas —y un número indeterminado de vidas— perdidas en el laberinto de la burocracia venezolana. No fue la única incompetencia demostrada por las fuerzas de seguridad desplegadas en el lugar. Hubo interferencias y hostigamiento a los rescatistas internacionales, según denuncias hechas por ellos mismos.

La reacción tardía, la falta de medios, la incompetencia demostrada y los obstáculos propios de una burocracia ineficaz, es lo que pone en tela de juicio la actuación del gobierno presidido por la señora Delcy Rodríguez. Ese es el punto, la zona gris, que solo una investigación independiente podría encarar para establecer las responsabilidades del caso. Aquí hubo negligencia, pública y notoria.

Seguimos imbuidos en la lógica militar. ¿Por qué una unidad especial de las Fuerzas Armadas, bautizada con el nombre del mariscal Antonio José de Sucre está llamada a gestionar los desastres naturales? ¿Acaso los civiles no pueden hacer esta tarea? Ahora, que estamos en el inicio de una curva de aprendizaje, ¿se han molestado las autoridades del país en averiguar e investigar cómo funcionan los equipos de defensa civil de otros países? La unidad que llegó de Israel está adscrita a las fuerzas de defensa de ese país. No podía ser de otro modo. La sociedad israelí está militarizada desde la creación del Estado judío, en 1948, y vive en permanente estado de guerra.

El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, fue designado presidente del Estado Mayor para la Creación de los Campamentos Transitorios que atienden a las familias que perdieron sus viviendas. Una vez más las autoridades venezolanas actúan bajo la lógica militar. Ha habido un Estado Mayor para todo, porque Venezuela vive en una emergencia permanente desde el año 2013. Son 13 años de una guerra imaginaria y eterna, en todos los ámbitos de la vida pública venezolana. ¿Y qué hemos ganado con eso? ¿Fortalecimiento institucional? ¿Nuevos conocimientos para enfrentar la crisis permanente en la que nos debatimos los venezolanos?

Como parte de su gestión al frente de este Estado Mayor, Rodríguez anunció que ya se han localizado 40 zonas territoriales en el litoral central para construir viviendas antisísmicas. Una comisión de ingenieros y arquitectos venezolanos le podrían demostrar a Rodríguez que todo el litoral puede ser urbanizado, si se construye de la forma adecuada, porque ese es el verdadero problema, la forma en que construimos. El presidente Hugo Chávez también encontró un espacio territorial para construir un urbanismo en Playa Grande. Viviendas que se las tragó la tierra, porque fueron mal construidas. Los hechos hablan por sí solos.

La política nos falló, escribí hace poco. Y nos sigue fallando. Hemos llevado la lógica polarizante hasta las mismísimas puertas del infierno. Es increíble y particularmente indignante que no haya una respuesta a la dimensión de la catástrofe. Eso es lo que ocurre cuando la oposición política se deslegitima ella misma. De las entrañas de la tragedia podría surgir un nuevo liderazgo que anteponga la vida de los venezolanos a cualquier artimaña politiquera, a la incompetencia manifiesta del gobierno, a la fe y los cánticos esotéricos que pretenden llevar consuelo a quienes lo han perdido todo.

Hurguemos entre los escombros que dejó el doblete sísmico

 

No creo que el estallido social, la bomba de relojería que están construyendo los Estados Unidos y sus aliados —tanto chavistas como opositores en Venezuela—, explote en el corto plazo. Estamos muy lejos de una revolución espontánea, aunque la crisis económica y social nos resulte insoportable. Quizás me equivoque. El chispazo se podría producir producto de la fricción entre la impotencia, el desamparo y la desesperación, las emociones que inundan la psiquis colectiva de los venezolanos.

Sólo hay que abrir los ojos y mirar la realidad sin la incertidumbre y el miedo que nos embarga. Si en realidad somos un territorio ocupado, y de eso no tengo la menor duda, nuestra única alternativa para gestionar el caos, la pobreza y la macabra dosis de autoritarismo, atenuado por una esquiva y lejana promesa de transición a la democracia, es exigirle rendición de cuentas al país ocupante. Es decir, a los Estados Unidos. ¿Cuánto de los ocho mil millones de dólares que han obtenido producto de la venta del petróleo venezolano se han destinado a la tragedia? Según las cifras que el propio gobierno del señor Donald Trump ha revelado, son 300 millones dólares. Esto ni siquiera es una gota de agua en el océano. Esa exigencia no la puede hacer el gobierno entreguista de la señora Delcy Rodríguez, quien le pide autorización al señor Marco Rubio hasta para tomarse un selfie. Tampoco la puede hacer la señora María Corina Machado que le entregó la medalla del Nobel a Donald Trump.

Los mismos que se alegraron, que salieron a bailar en las calles, el 3 de enero, los mismos que avalaron la ocupación militar del país, porque les importaba un pito el cuento de la soberanía, ¿Qué piensan ahora? ¿Valió la pena? ¿Mejor la ley de la selva que la legislación internacional? La ONU, diseñada para favorecer los intereses y la primacía de los Estados Unidos como potencia mundial, resultó papel mojado. Se convirtió en un negocio para las empresas tecnológicas y para la visión imperial del señor Trump. Entonces, lo que nos está pasando era más que previsible. Venezuela se convirtió en el daño colateral de la disputas geopolíticas que sacuden al mundo entero. Y ahora no vale llorar sobre la leche derramada.

La campanada de la naturaleza

 

El doblete sísmico que azotó a Venezuela el pasado 24 de junio, ha dejado sobre los escombros de la zona cero —el estado Vargas, bautizado por el antojo de un militar como La Guaira—, la precaria y lastimosa situación en la que se encuentra el país. El aparato del Estado impotente para atender la emergencia, la manifiesta dependencia de la ayuda humanitaria internacional para socorrer a las víctimas, la depresión, el desamparo y la impotencia como emociones colectivas. Nada de esto se puede resolver con una consulta psicológica gratuita.

La arquitectura del sistema financiero internacional, diseñado por los Estados Unidos para salvaguardar sus intereses y potenciar su economía de servicios, es un candado que estrangula a un país asfixiado por las sanciones. El diario El País de España, reseña el pronunciamiento de 113 economistas de probada competencia —Isabella Weber, Jeffrey Sachs y James K, Galbraith, entre otros—, que han reclamado el levantamiento de las sanciones económicas y el alivio de la deuda externa de Venezuela. Cito: “La emergencia es humanitaria antes que política. El rescate, el refugio, los hospitales, el agua, la energía, el transporte, la comida y los medicamentos no pueden esperar a la negociación diplomática”.

La visita relámpago de la diputada Dinorah Figuera, en representación de la Asamblea Nacional electa en 2015 y de la oposición política, se interpretó como una señal positiva para labrar el camino que nos llevaría a una transición política. Se habló de una conformación de mesas prioritarias para avanzar en ese sentido. El terremoto nos sorprendió a todos, menos al liderazgo político —chavista y opositor por igual—, que siguen en su juego suma cero, como si fueran la estructura de un edificio que se mantiene en pie. Nada. No hemos sabido nada de este nuevo pote de humo que pretende, sin lograrlo, obnubilar a una sociedad que atiende la emergencia con sus manos desnudas.

La señora María Corina Machado quiere regresar al país, lo intentó, pero una orden de Washington lo impidió. La aerolínea Copa le negó el abordaje de un vuelo comercial con destino a Venezuela. Machado aseguró que la aerolínea reculó por presiones del régimen. Lo pongo en duda. Recordemos que, al decretar el cierre del espacio aéreo de Venezuela, en medio de la crisis de las narcolanchas, casi todas las aerolíneas internacionales que operaban en Venezuela, cortaron por lo sano. No querían exponerse a las sanciones que, previsiblemente, aplicaría el gobierno del presidente Donald Trump. No lo critico. El deber de un empresario es salvaguardar su negocio. Aquí, sépase de una vez, se hace lo que el César disponga, según apunte el pulgar de su mano derecha hacia arriba o hacia abajo. Eso pasa cuando pides la intervención extranjera, “porque nosotros solos no podemos”. Solicitud que endosaron todos los partidos políticos que conforman la famosa Plataforma Democrática. Nos falló la política, nos falló el Estado y la naturaleza vino para recordárnoslo de la forma más cruel e inimaginable posible.

Al plan del señor Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, el doblete sísmico le agregó un puntal imprevisto: la reconstrucción antes de la recuperación del país. Un plan sin metodología, sin línea de tiempo, mientras los venezolanos nos hundimos en la miseria. Mientras tanto, la señora Delcy Rodríguez juega a la silla vacía, con sus camaradas de toda la vida. Remodela su gobierno e intercambia piezas como en damas chinas. Entonces, ¿los mismos incompetentes que nos trajeron hasta aquí serán los que nos saquen del marasmo, la mediocridad y la incapacidad demostrada durante casi 30 años? No sigo, porque todos conocemos la respuesta. Y esto es lo jodido. La certeza de que no vamos a ningún lado.

La guerra contra las drogas

 

Desde que Richard Nixon les declaró la guerra a las drogas, la política de los Estados Unidos ha sido la búsqueda y eliminación de los narcos que se lucran con la cocaína y los opioides. El giro se dio en los años 70 del siglo pasado y se ha mantenido inalterable, con las modificaciones que exigen las condiciones que imponen los capos del narco, cuya imaginación para crear nuevos métodos de embarque y rutas de comercialización ensombrecen a las grandes empresas listadas en Wall Street. Nadie puede negar que el Cartel de Medellín, bajo el liderazgo de Pablo Escobar, era un imperio a escala global.

La lógica siempre ha sido militar. La conceptualización del enemigo, con el que no se negocia, se le destruye. Aunque ha habido sus excepciones, recordemos el escándalo Irán-Contras, la jugada del gobierno de Ronald Reagan para matar a dos pájaros de un solo tiro (la revolución islámica y el sandinismo), con fondos obtenidos del narco que inundó de drogas las calles de las grandes ciudades, particularmente de Los Ángeles. En los barrios de población negra y en el down town, donde pululan los White Trash (o casi negros), los losers, los que no pudieron hacer realidad el sueño americano. El pragmatismo siempre ha sido moneda corriente en la política estadounidense, así como la violencia y la codicia.

Las oportunidades las pintan calvas. Al menos en la actualidad, cuando los gobiernos de Venezuela y Colombia se van a alinear con la administración del presidente Donald Trump. El escenario va a cambiar radicalmente. Lo que empezó con una operación en el Caribe Oriental (me estoy refiriendo a la destrucción de las “narcolanchas”) es sólo el abrebocas de lo que vendrá más adelante. El Clan del Golfo, las disidencias de las Farc, el ELN, van a enfrentar la ofensiva de fuerzas combinadas de Venezuela y Colombia, teledirigidas por Estados Unidos, que pondrá a funcionar toda su tecnología y capacidad de inteligencia.

Será una guerra en terceros países, no olvidemos que los Estados Unidos se las han arreglado para que las guerras, en las que se han involucrado, no lleguen a su propio territorio. Los muertos —la sangre de cañón—, la pondrán los jóvenes que sobreviven en la pobreza, tanto en Colombia como en Venezuela. Listos para ir a una guerra que no es suya.

El 5 de julio

 

Escribo estas líneas pensando en la lucha por la independencia que tanto nos costó a los venezolanos. Siempre ha sido una meta inasible, esquiva y violenta. Todo el siglo XIX perdido en guerras civiles y montoneras. Todo el siglo XX, buscando el marco político, jurídico e institucional que le diera sentido y contenido a esa palabra: Independencia. Sólo en 1958, los venezolanos, en un acuerdo tejido en las cárceles y el exilio, abrió las puertas de la democracia, del pluralismo político, de la lucha civilidad en el terreno electoral.

La generación a la cual pertenezco vivió un momento de gloria. Una economía en expansión, un esfuerzo enorme en salud y educación, que se logró a través de la inversión del Estado. Una sociedad que encontró en la movilidad social los sucesivos peldaños de avances, de logros individuales y colectivos.  Una generación que creyó que la democracia nos había sido dada. El 5 de julio de 1811 encontró eco el 23 de enero de 1958. La independencia de Venezuela parecía completa.

No logramos diversificar la economía, el petróleo siguió marcando el resultado que se expresa en el Producto Interno Bruto. Nos embarcamos en la sustitución de importaciones, hoy vilipendiada, pero esa política nos permitió crear una clase gerencial y una clase media. Hubo intentos, enormes, de avanzar con la creación de la industria pesada en Guayana. Pero naufragamos porque no persistimos en el esfuerzo. Nos acostumbramos a atender la urgencia y a dejar a un lado lo importante.

El resultado no podía ser otro que la desgracia que padecemos hoy. Un país hundido en la pobreza, en la falta de oportunidades, en el que sólo hay una bandera a lo lejos, difusa e inalcanzable. Me refiero a la esperanza que tanto se invoca en estos días. Quizás sea posible. No lo veré en el tiempo que me queda.

Sobre lo que perdimos, sobre lo que nos pasó, parece que hay muchísimos diagnósticos. No estoy convencido de que sea así, porque muchos están atravesados por la daga de las ideologías. Y por esa razón, muchos son fantasiosos e irrealizables. Ya le pasamos el testigo a un aprendiz de brujo, cuyo antojo terminó sepultado en esta confusión, en esta angustia en la que vivimos. Al día de hoy, el 5 de julio es una fecha ambivalente. Nos recuerda una gesta gloriosa y las ansias de libertad. Y por lo mismo, nos interpela, nos cuestiona, nos recuerda que hemos caído y necesitamos levantarnos.  

El 4 de julio

De Las Venas Abiertas de América Latina, el muro de las lamentaciones de este continente, sólo recuerdo la mención que hace Eduardo Galeano del cerro Potosí, en Bolivia, una montaña de plata que fue a dar a las arcas del Imperio Español. Una visión cenital arroja a la vista un cerro careado por los socavones que fueron excavados por los indígenas del Imperio Inca, particularmente quechuas. El despojo siempre ha sido una letanía en América Latina.

Hay una visión ideologizada de la literatura en esas páginas. El juego de palabras que pone al descubierto una moraleja que pretende teñirlo todo de victimización, materia prima sobre la que se ha construido el elaborado populismo que ha prosperado con tanta fuerza e imaginación en estas tierras. Las páginas escritas por Galeano han sido el expediente de la izquierda para teñir de sangre a estas tierras, desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego. Tal vez sea así.

Pero ese libro también es un compendio del intervencionismo extranjero en América Latina, especialmente el que ha llevado a cabo Estados Unidos, en atención a la doctrina Monroe, hoy remasterizada por el presidente Donald Trump. Parecían cosas del pasado, pero los intereses siguen siendo los mismos y América es para los americanos. A partir del 3 de enero, el día de la operación militar que “extrajo” a la pareja presidencial de Venezuela, conformada por Nicolás Maduro y Cilia Flores, se ha puesto de manifiesto una realidad incontrastable. Los Estados Unidos llegaron para quedarse. Según el diario ABC de España, un medio al que no se le puede señalar de izquierdista, publica una nota, cuyo título inspira estas líneas: “EE.UU. aprovecha la ayuda del terremoto para montar un puesto de avanzada militar en Venezuela”.

Queda claro que somos un país ocupado, que el 3 de enero perdimos la soberanía nacional. Aunque no tenemos un estatus legal, somos una especie de protectorado. Pronto estaremos en la ONU, como un caso para la descolonización del territorio. Por estas razones, no puedo celebrar el 4 de julio, día de la independencia de los Estados Unidos, que además celebra una fecha redonda: 250 años de su emancipación de Inglaterra. La apuesta del chavismo, único responsable del despojo de nuestra independencia, salió mal. No podía ser de otra forma. Y ahora lo hemos perdido todo.


La revictimización de Vargas

 Un amigo que trabaja para la Comunidad Europea me pregunta quién va a pagar los daños estructurales que sufrió mi edificio. Este amigo es sueco. Ah, caigo en cuenta. El Estado de Bienestar. En sus expectativas cabe suponer que, si una tragedia similar arrasara con Gotemburgo, por ejemplo, el Estado no sólo se encargaría de asistir y proveer recursos a quienes lo hubieran perdido todo, sino ofrecerles una línea de crédito para que reconstruyeran sus viviendas. Incluso, que los estudios de ingeniería pertinentes los hicieran organizaciones de planeación urbana adscritas a entes de un gobierno comprometido con el bienestar de sus ciudadanos.

Pienso en mis vecinos, arrojados a la pobreza por la gestión del chavismo. Algunos de la tercera edad, que sobreviven gracias a las remesas que desde el exterior les envían sus hijos. Las pensiones de hambre que no sirven absolutamente para nada. Entonces, el futuro, el destino, se convierte en una condena. No tengo la más mínima idea de cómo vamos a conseguir el dinero. Todos estamos en el aire, obligados a desarrollar nuevos hábitos, al reacomodo, a la sobrevivencia.

La tragedia del estado Vargas (no veo la razón de llamarlo La Guaira, por el capricho de un militar), nos muestra el verdadero rostro de quienes nos han gobernado por casi 30 años. El monigote del Estado chavista ha quedado al desnudo. La gente desesperada, agonizante, revictimizada, se enfrenta a los escombros con sus manos descubiertas, quizás con una pala y un pico, ¿cómo pueden romper una loza de cemento con semejantes herramientas? ¿Cómo pueden rescatar a alguien con vida? La vida se transmuta en el último aliento de solidaridad, que nos desgarra y nos duele.

Perder la capacidad de asombro nos conduce a un lugar interior muy peligroso, a una vida extraviada, a un sinsentido. Y aún así, la realidad se empeña en golpearnos, una y otra vez.

En medio de los cadáveres que se pudren bajo un sol inclemente, a cuatro funcionarios del CICPC se les despertó la codicia y han visto una oportunidad para robar, para delinquir, para humillar. A mí me resulta conocido. Es la verdadera cara del Estado chavista. Unos criminales, investidos de autoridad, se dedican al saqueo. Unos militares, adscritos a la policía política, se dedican a hostigar a los rescatistas que han llegado de otros países, a pedirles pasaportes y a preguntarles qué hacen en Catia la Mar o en Caraballeda. Mientras tanto, el presidente de El Salvador, el señor Bukele, transmite en sus redes sociales, los hallazgos que han hecho los rescatistas de su país. Supongo que al celular de la señora Delcy Rodríguez le llegan las notificaciones de lo que en forma remota está haciendo Bukele. No me olvido que ella está en Miraflores por venganza.

Es una mezcla de sufrimiento, dolor y humillación.

Si hay algo que define la oscuridad en la que vivimos, son las palabras del señor Diosdado Cabello, quien semanas atrás había dado la gran noticia de que más de 30.000 funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana habían sido cesados por “conductas inadecuadas”. El chavismo siempre ha falseado el lenguaje. ¿A qué se refería Cabello? ¿A robo a mano armada, a extorsión y secuestro, a matraqueo en las calles? Acto seguido se vanaglorió porque habían más de 30.000 solicitudes de jóvenes que desean ser policías. Quizás no sepa que la Escuela de Educación de la Universidad Católica Andrés Bello se mantiene abierta con ofertas de becas, aunque nadie o casi nadie se inscribe para estudiar educación. Eso nos dice mucho del daño antropológico causado por el chavismo. Del empeño del Estado chavista en destruir el conocimiento y acabar con todo lo que obstaculice o se anteponga a su afán de construir un relato que la realidad se encarga de desmentir.