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La revictimización de Vargas

 Un amigo que trabaja para la Comunidad Europea me pregunta quién va a pagar los daños estructurales que sufrió mi edificio. Este amigo es sueco. Ah, caigo en cuenta. El Estado de Bienestar. En sus expectativas cabe suponer que, si una tragedia similar arrasara con Gotemburgo, por ejemplo, el Estado no sólo se encargaría de asistir y proveer recursos a quienes lo hubieran perdido todo, sino ofrecerles una línea de crédito para que reconstruyeran sus viviendas. Incluso, que los estudios de ingeniería pertinentes los hicieran organizaciones de planeación urbana adscritas a entes de un gobierno comprometido con el bienestar de sus ciudadanos.

Pienso en mis vecinos, arrojados a la pobreza por la gestión del chavismo. Algunos de la tercera edad, que sobreviven gracias a las remesas que desde el exterior les envían sus hijos. Las pensiones de hambre que no sirven absolutamente para nada. Entonces, el futuro, el destino, se convierte en una condena. No tengo la más mínima idea de cómo vamos a conseguir el dinero. Todos estamos en el aire, obligados a desarrollar nuevos hábitos, al reacomodo, a la sobrevivencia.

La tragedia del estado Vargas (no veo la razón de llamarlo La Guaira, por el capricho de un militar), nos muestra el verdadero rostro de quienes nos han gobernado por casi 30 años. El monigote del Estado chavista ha quedado al desnudo. La gente desesperada, agonizante, revictimizada, se enfrenta a los escombros con sus manos descubiertas, quizás con una pala y un pico, ¿cómo pueden romper una loza de cemento con semejantes herramientas? ¿Cómo pueden rescatar a alguien con vida? La vida se transmuta en el último aliento de solidaridad, que nos desgarra y nos duele.

Perder la capacidad de asombro nos conduce a un lugar interior muy peligroso, a una vida extraviada, a un sinsentido. Y aún así, la realidad se empeña en golpearnos, una y otra vez.

En medio de los cadáveres que se pudren bajo un sol inclemente, a cuatro funcionarios del CICPC se les despertó la codicia y han visto una oportunidad para robar, para delinquir, para humillar. A mí me resulta conocido. Es la verdadera cara del Estado chavista. Unos criminales, investidos de autoridad, se dedican al saqueo. Unos militares, adscritos a la policía política, se dedican a hostigar a los rescatistas que han llegado de otros países, a pedirles pasaportes y a preguntarles qué hacen en Catia la Mar o en Caraballeda. Mientras tanto, el presidente de El Salvador, el señor Bukele, transmite en sus redes sociales, los hallazgos que han hecho los rescatistas de su país. Supongo que al celular de la señora Delcy Rodríguez le llegan las notificaciones de lo que en forma remota está haciendo Bukele. No me olvido que ella está en Miraflores por venganza.

Es una mezcla de sufrimiento, dolor y humillación.

Si hay algo que define la oscuridad en la que vivimos, son las palabras del señor Diosdado Cabello, quien semanas atrás había dado la gran noticia de que más de 30.000 funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana habían sido cesados por “conductas inadecuadas”. El chavismo siempre ha falseado el lenguaje. ¿A qué se refería Cabello? ¿A robo a mano armada, a extorsión y secuestro, a matraqueo en las calles? Acto seguido se vanaglorió porque habían más de 30.000 solicitudes de jóvenes que desean ser policías. Quizás no sepa que la Escuela de Educación de la Universidad Católica Andrés Bello se mantiene abierta con ofertas de becas, aunque nadie o casi nadie se inscribe para estudiar educación. Eso nos dice mucho del daño antropológico causado por el chavismo. Del empeño del Estado chavista en destruir el conocimiento y acabar con todo lo que obstaculice o se anteponga a su afán de construir un relato que la realidad se encarga de desmentir.

 

 


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