Desde que Richard
Nixon les declaró la guerra a las drogas, la política de los Estados Unidos ha
sido la búsqueda y eliminación de los narcos que se lucran con la cocaína
y los opioides. El giro se dio en los años 70 del siglo pasado y se ha
mantenido inalterable, con las modificaciones que exigen las condiciones que
imponen los capos del narco, cuya imaginación para crear nuevos métodos de
embarque y rutas de comercialización ensombrecen a las grandes empresas listadas
en Wall Street. Nadie puede negar que el Cartel de Medellín, bajo el liderazgo
de Pablo Escobar, era un imperio a escala global.
La lógica siempre
ha sido militar. La conceptualización del enemigo, con el que no se negocia, se
le destruye. Aunque ha habido sus excepciones, recordemos el escándalo Irán-Contras,
la jugada del gobierno de Ronald Reagan para matar a dos pájaros de un solo
tiro (la revolución islámica y el sandinismo), con fondos obtenidos del narco
que inundó de drogas las calles de las grandes ciudades, particularmente de Los
Ángeles. En los barrios de población negra y en el down town, donde pululan
los White Trash (o casi negros), los losers, los que no pudieron
hacer realidad el sueño americano. El pragmatismo siempre ha sido moneda
corriente en la política estadounidense, así como la violencia y la codicia.
Las oportunidades
las pintan calvas. Al menos en la actualidad, cuando los gobiernos de Venezuela
y Colombia se van a alinear con la administración del presidente Donald Trump.
El escenario va a cambiar radicalmente. Lo que empezó con una operación en el
Caribe Oriental (me estoy refiriendo a la destrucción de las “narcolanchas”) es
sólo el abrebocas de lo que vendrá más adelante. El Clan del Golfo, las
disidencias de las Farc, el ELN, van a enfrentar la ofensiva de fuerzas
combinadas de Venezuela y Colombia, teledirigidas por Estados Unidos, que
pondrá a funcionar toda su tecnología y capacidad de inteligencia.
Será una guerra
en terceros países, no olvidemos que los Estados Unidos se las han arreglado
para que las guerras, en las que se han involucrado, no lleguen a su propio
territorio. Los muertos —la sangre de cañón—, la pondrán los jóvenes que
sobreviven en la pobreza, tanto en Colombia como en Venezuela. Listos para ir a
una guerra que no es suya.
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