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Cruzar el desierto con una gota de agua

 

Vamos a la negociación política tutelados por los Estados Unidos. No por una convicción propia de los venezolanos. Es poco o nada lo que se pueda obtener de unos actores que se sientan a la mesa obligados por las circunstancias impuestas el 3 de enero. No hay un acuerdo político que vaya más allá de los alcances que supone una elección presidencial. O lo que es lo mismo: un paso adelante en el vacío. Hay una mayoría abrumadora de venezolanos que están hartos del chavismo, de su incompetencia, de su mediocridad. Pero sobre todo de sus sofisticadas prácticas corruptas. Sobre este punto no va a haber acuerdo, porque hay conchupancia, hay redes propias de un esquema relacional —qué me das tú, que te doy yo—, en la que han participado propios y extraños animados por el lucro y la codicia. Mejor no hurgar en los manejos que hizo el gobierno interino de Juan Guaidó. Podría estallar una cloaca rebosante de mierda.

Todas las expectativas están puestas en el hipotético acuerdo electoral al que, eventualmente, llegaran los actores políticos. Una elección en la que podrán participar todos, gestionada por una instancia adecentada, sometida a escrutinio y vigilancia ciudadana. Pero, sobre todo, escrutinio y vigilancia por parte de los Estados Unidos. Tenemos que confiar en un gobierno que ha mostrado escaso compromiso con la democracia en su propio país, que no respeta acuerdos internacionales, que zarandea y golpea a sus aliados, que no le importa la suerte de los venezolanos, perseguidos como delincuentes por la migra. Gane quien gane quedará sometido al orden americano. Nadie ha mencionado el espinoso asunto del tutelaje y la soberanía nacional. Quizás nos ocupemos de ese asunto cuando se agoten los 300 mil millones de barriles de petróleo que hay en las entrañas de nuestra geografía.

Nadie ha hablado de la desmilitarización de la sociedad venezolana. Del papel que ocupan los militares en la vida pública. Hay más de una hebra color verde oliva en la sopa. Recordemos que Nicolás Maduro tenía en su gobierno más militares que el general Augusto Pinochet en Chile. Lo que es mucho decir.

Nadie ha hablado de justicia transicional, de la violación a los Derechos Humanos, de los expedientes que cursan en la Corte Penal Internacional y la Corte Interamericana de Justicia. En Venezuela siempre ha habido violencia política. Siempre ha habido grandes incentivos para actuar contra lo establecido por la Constitución y las leyes, así como contra los acuerdos internacionales que son ley de la república. Aquí siempre ha reinado la impunidad.

He sostenido, una y otra vez, que nos falló la política. Y ahora, que se vuelve a plantear la transición a la democracia, digo que sin un acuerdo nacional que nos permita encauzar las diferencias y gestionar la cosa pública, es decir, la República, estaremos condenados al fracaso. Sería esperanzador —incluso para un pesimista impenitente, como el que escribe estas líneas— que los actores políticos (gane quien gane) se comprometan a respetar los resultados y a actuar de acuerdo a lo que establece la Constitución. Quien gane, que se someta al escrutinio, al control ciudadano (a través del parlamento), y a respetar los límites que la Constitución le impone al poder; y quien pierda, a ejercer una oposición leal, es decir, a que abandone las aventuras golpistas y las conspiraciones contra el orden establecido. Que unos y otros asuman la alternabilidad y la democracia como forma de gobierno. Y que los militares regresen a sus cuarteles. Pero quizás esto sea pedir demasiado.

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