Escribo estas
líneas pensando en la lucha por la independencia que tanto nos costó a los
venezolanos. Siempre ha sido una meta inasible, esquiva y violenta. Todo el
siglo XIX perdido en guerras civiles y montoneras. Todo el siglo XX, buscando
el marco político, jurídico e institucional que le diera sentido y contenido a
esa palabra: Independencia. Sólo en 1958, los venezolanos, en un acuerdo tejido
en las cárceles y el exilio, abrió las puertas de la democracia, del pluralismo
político, de la lucha civilidad en el terreno electoral.
La generación a
la cual pertenezco vivió un momento de gloria. Una economía en expansión, un
esfuerzo enorme en salud y educación, que se logró a través de la inversión del
Estado. Una sociedad que encontró en la movilidad social los sucesivos peldaños
de avances, de logros individuales y colectivos. Una generación que creyó que la democracia nos
había sido dada. El 5 de julio de 1811 encontró eco el 23 de enero de 1958. La independencia
de Venezuela parecía completa.
No logramos diversificar
la economía, el petróleo siguió marcando el resultado que se expresa en el
Producto Interno Bruto. Nos embarcamos en la sustitución de importaciones, hoy
vilipendiada, pero esa política nos permitió crear una clase gerencial y una
clase media. Hubo intentos, enormes, de avanzar con la creación de la industria
pesada en Guayana. Pero naufragamos porque no persistimos en el esfuerzo. Nos
acostumbramos a atender la urgencia y a dejar a un lado lo importante.
El resultado no
podía ser otro que la desgracia que padecemos hoy. Un país hundido en la
pobreza, en la falta de oportunidades, en el que sólo hay una bandera a lo
lejos, difusa e inalcanzable. Me refiero a la esperanza que tanto se invoca en
estos días. Quizás sea posible. No lo veré en el tiempo que me queda.
Sobre lo que
perdimos, sobre lo que nos pasó, parece que hay muchísimos diagnósticos. No
estoy convencido de que sea así, porque muchos están atravesados por la daga de
las ideologías. Y por esa razón, muchos son fantasiosos e irrealizables. Ya le
pasamos el testigo a un aprendiz de brujo, cuyo antojo terminó sepultado en esta
confusión, en esta angustia en la que vivimos. Al día de hoy, el 5 de julio es
una fecha ambivalente. Nos recuerda una gesta gloriosa y las ansias de libertad.
Y por lo mismo, nos interpela, nos cuestiona, nos recuerda que hemos caído y
necesitamos levantarnos.
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