En la
edición del diario ABC de España que se publicó el día de ayer hay un artículo
del escritor y poeta español, Manuel Vilas. El título, aparentemente anodino, Gente con causa, despertó mi curiosidad. Vilas
escribe una crítica mordaz de la sociedad española. Me voy a detener en una
frase, porque al igual que los españoles, los venezolanos aborrecemos el mérito sin épica. Todo lo que hacemos, en nuestras
predecibles vidas, tiene que ser barnizado, cubierto con una mano de pintura,
que remede la vida de un prócer. Me imagino que están pensando, al igual que
yo, en Simón Bolívar.
Nuestra
trayectoria, profesional o no, nuestro hoja de vida, tiene que hacer mención a
un episodio que nos haga únicos, que nos convierta en superhéroes. Y así
ponemos sobre la vitrina nuestra condición de self made. No le debemos
nada al Estado, aunque hayamos nacido en una mesa de parto de la Maternidad
Concepción Palacios o en el Hospital Universitario, no le debemos nada al liceo
Fermín Toro o a la Universidad Central de Venezuela, ¿Qué coño me dices? Lo mío
me lo gané yo solo, a pulso, ¡Carajo!, contra viento y marea. ¿Qué te pasa?
Cuando le
empezamos a deber algo a una institución, sea pública o privada, o a una
persona particular, sea un mentor o un maestro, empezamos a vernos en nuestra precariedad,
en nuestra propia fragilidad. Y perdemos el brillo de los héroes.
No importa
lo que hayamos conseguido, no importa si es mucho o poco, lo que realmente importa
es que en post del éxito tuvimos que escalar la montaña más alta, aunque nunca
será tan logrado como Mi delirio sobre el Chimborazo.
Todos los
políticos venezolanos, en mayor o menor medida, han construido sus liderazgos
sobre una causa que los engrandece. Lo importante es venir de abajo, ser hijo
de dos maestros de escuela —aunque los docentes y los empleados bancarios sean
la quintaescencia de la clase media baja—, lo importante no es haberse recibido
con el grado de subteniente de la Academia Militar sino de haberse formado en La
Casa de los Sueños Azules, como la llamó Hugo Chávez, lo importante no es haber
dado un golpe de Estado sino parir el Día de la Dignidad Nacional. Entonces,
tenemos una causa y una épica para embaucar a los taciturnos, a los ingenuos
que pululan en las ciudades de Venezuela.
No creo en
los políticos que construyen sus liderazgos sobre los cimientos de una causa y
una épica. América Latina está llena de ellos. Pero ese expediente, manoseado y
más viejo que el polvo, sigue dando réditos. La figura más descollante podría
ser el Che Guevara, que no gobernó, pero se convirtió en un mito. En ese pozo
de mentiras y falsedades han abrevado todos los políticos latinoamericanos,
porque ahí radica la pulsión psicológica del populismo.
¿No es hora
de que un político se empeñe en hacer un buen gobierno? Un hombre o una mujer
que marque un punto de inflexión que haga la diferencia y conduzca al país por
un camino que no sea está pendiente de destrucción que sólo nos ha llevado al
abismo.
Un político
que haga su puto trabajo.
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