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Otro episodio de la simulación

 

El algoritmo de Google me envía los videos de Venezolana de Televisión, en los que periodistas de esa planta televisiva les hacen una pregunta a politólogos, economistas, gestores culturales para que hablen sobre el diálogo, la negociación y los acuerdos a los que estamos obligados los venezolanos luego de 27 años de desmanes y dictadura chavista.

Desde el pasado 3 de enero, y como parte del famoso “nuevo momento político”, decretado por la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez, el chavismo se ha empeñado en pasar página a la tragedia que ellos, únicamente ellos, le infringieron a la sociedad venezolana, a su institucionalidad política y económica y a su tejido social.

Ese afán de reconciliación fue inaugurado por la propia Delcy Rodríguez cuando dijo: Ya yo pedí perdón y estoy esperando que a mí me pidan perdón. Se trata de una frase que establece una equidistancia, una simetría, a partes iguales en la destrucción del país. No hay tal cosa, sobre todo cuando hubo señales de alerta, advertencias, llamados de atención, incluso ruegos como el que escenificó Franklin Virgüez, para que el presidente Hugo Chávez reflexionara, desistiera de sus políticas nefastas y sobre todo de su odio contumaz hacia todo lo que era o imaginaba parte de la llamada IV República.

Lo he dicho en un bar y ahora lo digo públicamente, yo estoy dispuesto a hacer las paces, a restablecer la conexión social, a reconciliarme, aunque esta palabra me parece pavosa, con los chavistas que no participaron activamente en la destrucción del país, con aquellos que no tomaron las decisiones que convirtieron a Venezuela en un país en ruinas, en un Estado fallido, con aquellos, cuya única responsabilidad fue haber creído y votado por el señor Hugo Chávez, quien los embaucó y los estafó, tal como hizo Fidel Castro con los cubanos.

Con estos llamados a la reconciliación de todos los venezolanos, con esta campaña publicitaria, con esta simulación, no vamos a ninguna parte. Sin justicia no hay sanación ni reparación posible. El daño es tan profundo, tan acendrado en nuestra conformación antropológica, que cualquier enmienda, cualquier acto de justicia, será insuficiente, pero al menos será sincero y honesto. No son los culpables los que pueden invocar inocencia. No son los victimarios los que tienen que resarcir a las víctimas. Esto no se arregla con unas cervezas y escuchando salsa. No, porque hubo crímenes de lesa humanidad, violaciones masivas a los Derechos Humanos, destrucción espiritual y material, desmantelamiento de la economía, y cargas de demolición que acabaron con la democracia. Señores del chavismo jamás los escucharé decir estas palabras: Comisión de la Verdad. Entonces, ¿Por qué no dan un paso al costado?

Venezuela necesita una transición real a la democracia, con justicia transicional, con apego a la ley, al orden constitucional y al derecho internacional. Lo necesitamos para que podamos tener un gobierno realmente legítimo que, además, enfrente el desafío de recuperar nuestra soberanía.

Pero este es el país del disimulo, como lo bautizó Cabrujas. A ver si despertamos, abrimos los ojos y miramos nuestra propia miseria.

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