La pregunta
es la siguiente: Si hemos vivido casi 30 años bajo el chavismo, ¿podemos vivir otros
30 años más? En mi respuesta, me apuntaría a un rotundo SÍ. Hay conflictos que nunca se resuelven, otros
duermen en el congelador, en espera del deshielo. Una persona, en coma inducido,
puede mantenerse con vida por un tiempo indefinido. La atemporalidad es pieza
clave de la Historia universal.
Y lo digo
porque la Mesa de Diálogo, apadrinada por los Estados Unidos, pero en la cual
sólo hay protagonistas venezolanos, —las delegaciones que encabezan Jorge
Rodríguez, como representante del gobierno y Dinorah Figuera, en representación
de la oposición electa a la Asamblea Nacional en 2015—, cumple un recorrido tan
extenso y ambicioso como difícil de cumplir.
No hay un
número definido de ciclos ni tampoco una fecha límite para sus deliberaciones. Hasta
el momento ha habido tres ciclos, en los cuales se ha abordado distintos temas:
desde la atención a las víctimas del doble terremoto que devastó al país en
junio pasado hasta la revisión de las inhabilitaciones políticas, pasando por la
transformación y reforma del sistema de justicia. Son sólo parte de los temas
que se están discutiendo. Hay otros —al menos siete, como la libertad de
expresión y el uso del espacio radioeléctrico—, en los cuales ha habido avances
parciales. Se va a reformar la Ley del Odio, pero no se va a derogar. Se levantó
el cepo a varios portales informativos, pero no a todos.
Además, la
Mesa de Diálogo se ha reunido con distintos gremios y organizaciones no
gubernamentales de la sociedad civil —jubilados y pensionados, periodísticos y
de la comunicación, el sector empresarial, la Iglesia Católica— para buscar una
solución política, pacífica y constitucional a los problema del país.
Hay dos
temas que desnudan al chavismo en su deriva dictatorial. El primero tiene que
ver con la restauración de los derechos políticos y el segundo con la vigencia
plena de las garantías electorales. Sabemos que no hay democracia sin partidos
políticos. A vuelo de pájaro me viene a la cabeza la triquiñuela, avalada por
el TSJ, mediante la cual los principales partidos de oposición fueron
despojados de sus tarjetas electorales y sus directivas renovadas para garantizarse
una oposición a la medida del chavismo. Y, en materia electoral, la
modificación de los circuitos electorales, los puntos rojos, la utilización de
los recursos del Estado a favor del PSUV, el veto de las voces disidentes en el
sistema de medios públicos del Estado.
El garrote
vil —monitoreado y asentado por la Comisión de Determinación de Hechos de
Naciones Unidas en dos oportunidades— había convertido a Venezuela en una
dictadura a partir de la mañana siguiente del proceso electoral que se celebró
el 28 de julio de 2024.
Todo esto
hay que desmontarlo, suprimirlo de la institucionalidad del país. ¿En qué plazo
se hará esto? ¿Y que ocurre si incorporamos al debate la estructura represiva
que aún sigue intacta en los organismos policiales y en las Fuerzas Armadas?
La Comisión
de la Verdad en Argentina, con una agenda menos ambiciosas y objetivos más
definidos, deliberó durante nueve meses. ¿Qué lapso le damos a la Mesa de
Diálogo de Venezuela?
Esta es una
de las razones por la que digo, a titulo personalísimo, que en Venezuela
estamos peor que antes del 3 de enero. Y por esa misma razón, los sondeos de
opinión señalan que la situación del país ha cambiado poco o nada a partir de
esa fecha. Sí, se aclararon algunas cosas, pero no se definieron.
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