Lo único que
no ha cambiado es la guachafita, con toda su teatralidad, con sus personajes
que luchan por subirse a la tarima y conseguir 15 minutos de fama, con la
famosa frase que acuñó el filósofo Emilio Lovera: Se parece todo igualito,
con la simulación permanente y el juego de la silla al que son tan dados los apparátchik
del chavismo (hoy ocupan el sillón de ministro y mañana el de asesores en
cualquier vaina).
Toda esta
plasticidad de una sociedad de boligoma, se vende como un ejemplo de resiliencia,
como una trama de autoayuda, cuando en realidad es puro afán acomodaticio.
Ojalá fuera el Gatopardo, pero hay ahí un gen italiano, una elaboración
sofisticada y hasta de buen gusto. Aquí lo que hay es el camisón de Petra. Todo
es desmadre caribeño.
Pasamos de
un sistema democrático a una dictadura con ínfulas comunista y de ahí a una
tribu o un clan, controlado por un gobierno extranjero. Todo esto sin que nos
quede nada por dentro. Viendo —y de alguna manera envidiando—, a los expertos
cazadores de renta que ayer se lucraron con la economía de bodegones y hoy se
lucran con la economía de los restaurantes. Explotación petrolera y minera para
construir Recadi o Cadivi o mesas de dinero. En un país petrolero siempre habrá
un margen para vivir sin trabajar, en donde un empresario ya no tiene que
disimular montando un galpón y hacer el numerito que incorpora partes para
obtener un producto final. Eso era pura simulación disfrazada con tintes
políticos e ideológicos, propios de lo que se dio en llamar la sustitución de
importaciones. Actualmente, un empresario exitoso sólo necesita tener un celular
y en su lista de contactos a las personas adecuadas para que corone en los
negocios. No sé por qué carajos me llega a la cabeza el nombre de Alejandro
Betancourt.
Por esa
razón los venezolanos no censuran la corrupción, no la castigan con el
ostracismo social. Muy por el contrario. Van a la fiesta de los enchufados, a beber
whisky 12 años y a disfrutar de las atracciones para los más pequeños.
A comienzos
de los años 90, ya los síntomas de este daño antropológico eran visibles.
Entonces, llegó Hugo Chávez, con su logia de militares felones, con su
padrinazgo castrista, a vendernos el mar de la felicidad como desiderátum
de nuestra segunda independencia. Todo era, como se demostró el 3 de
enero, en la famosa guerra de los 48 minutos, muy flojo, muy de gelatina. Más
fácil que atravesar una columna de humo con un puñal en la mano. Y el
presidente Trump lo sabía.
Seguimos
simulando negociaciones que nunca serán parte de una transición democrática.
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