Venezuela
enfrenta un desafío existencial, pero la opción que hemos tomado es mirar para
otro lado o, sencillamente, aceptar el vasallaje que nos ha impuesto el
gobierno de los Estados Unidos. Hemos aceptado un destino ominoso sin elevar
una voz de protesta. Por el contrario, nos sentimos agradecidos —felices y
contentos, para ser más precisos— por la espectacular “extracción” del señor
Nicolás Maduro y la señora Cilia Flores, que hicieran el pasado 3 de enero las
fuerzas de élite del ejército estadounidense.
Renunciamos
a casi un siglo de reivindicaciones sobre el petróleo —y ahora sobre las
riquezas minerales del país—, el petróleo fue el pilar de nuestra historia
política a lo largo del siglo XX. A partir de la muerte de Juan Vicente Gómez,
en 1936, decidimos nuestro destino. Nos costó sangre, sudor y lágrimas
inaugurar el camino democrático que comenzó con el levantamiento popular del 23
de enero de 1958.
Casi 70 años
después, renunciamos a nuestra soberanía con el peregrino argumento de que el
mundo ha cambiado, de que ya la habíamos perdido frente a las dictaduras y
autocracias que gobiernan en Cuba, Rusia, China e Irán.
Me niego a
creer que todas las luchas que libramos contra el militarismo, el
hiperliderazgo y las frivolidades del señor Hugo Chávez, tenían que desembocar,
forzosamente, en la guerra de 48 minutos que nos alineó con los intereses de
Estados Unidos, sin preservar un mínimo de independencia y autonomía, sin
obtener nada a cambio. Somos el botín o el despojo, o como se
traduzca esa maldita palabra en idioma inglés, que a cada rato nos enrostra en
la cara el inquilino de la Casa Blanca.
Somos menos
que la cola de ratón del gobierno estadounidense. De un presidente que ha
humillado a sus principales socios en todo el mundo. Un mandamás que se da un
apretón de manos con los dictadores más sanguinarios del planeta, con el
nostálgico del imperio soviético, el señor Vladimir Putin, y el heredero de la
monarquía comunista de Corea del Norte, el señor Kim Jon-un.
Trump ha
dado pruebas fehacientes de que odia el orden internacional, el orden mundial,
que los propios Estados Unidos diseñaron y pusieron en marcha después de su
victoria en la Segunda Guerra Mundial. Su diplomacia es una variante de los
negocios. Quiere desmontar, ladrillo a ladrillo, a la Corte Penal Internacional,
de la cual Estados Unidos no es país signatario. Se aventuró en la guerra
contra Irán, sin conseguir ninguno de sus objetivos políticos, que no sean los
de satisfacer las demandas del gobierno criminal de Israel. Pero lo único que
hizo fue colmar el ego desmesurado del señor Netanyahu.
Todo lo que
a Trump le huela a multilateralismo es un estorbo, un fastidio para los Estados
Unidos. La Unesco, la Organización Mundial de la Salud, la Convención de Paris
sobre el Cambio Climático, la Organización Mundial del Comercio, los BRICS, el
bloque de potencias intermedias que amenazan al dólar como moneda de reserva.
A los
desplantes del señor Trump, tenemos que agregar las humillaciones de los
antiguos compinches de Hugo Chávez. La opinión descarada de un funcionario ruso
que sacó cuentas. El numerito que vimos el 3 de enero en Caracas, no
lo vamos a ver ni en Teherán ni en La Habana. Muchos no se creen el cuento
de la soberanía. Pero les aseguro que no se trata, para nada, de cuento chino.
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