No sabría
decir cuáles deberían ser las prioridades de la sociedad venezolana frente a
sus múltiples y complejos problemas aún sin resolver. Hacer una lista de esos
problemas tendría un impacto emocional parecido a la zozobra y la ansiedad. No
hay un solo componente de la estructura social que no se encuentre bajo los
escombros de una destrucción provocada por el poder.
Podríamos
haber empezado por socorrer a las víctimas del doblete sísmico que asoló al país
el pasado 24 de junio. La urgencia de terminar un conjunto de viviendas para
impulsar el voto en las elecciones de 2013 se convirtió en una trampa mortal
para sus ocupantes. El profesor universitario Farruco Sesto, cuya trayectoria
académica en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela
es ampliamente conocida, tiene una responsabilidad inocultable en el colapso de
esas edificaciones, particularmente las que se erigieron en el estado La Guaira.
Nadie le ha pedido cuentas. Ningún tribunal lo ha llamado a declarar, sea como
indiciado o testigo. El señor Farruco Sesto vive actualmente en Vigo. Quedó huérfano
al morir el expresidente Hugo Chávez.
De la
destrucción de La Guaira se seguirá hablando y mucho. El diario estadounidense
The New York Times publicó el día de ayer una investigación periodística que corroboran
otras investigaciones relacionadas con la calidad del diseño y los materiales
con los cuales se construyeron esas viviendas. El colapso, en tan solo minutos
de esos edificios, es la mayor evidencia de que no hubo previsiones ni
cumplimiento de normas antisísmicas. La tragedia estaba más que anunciada.
El sumario
de la nota es el siguiente: Un análisis del Times y datos del Servicio
Geológico de Estados Unidos indican que la cifra oficial de 6.509 muertos
probablemente sea un subregistro considerable.
El gobierno
de la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez aún no publica una lista
definitiva de desaparecidos. Y es aquí donde la cifra se vuelve espeluznante. Alrededor
de 40.000 venezolanos no han podido ser localizados. Su paradero sigue siendo
un misterio. La angustia y la desesperación sigue minando la salud mental de
sus familiares y amigos.
Estamos ante
un tema inconcluso, en el que la Mesa de Diálogo tiene una responsabilidad
ineludible, ya que en el primer ciclo de conversaciones se comprometieron a
atender las consecuencias del doble sismo que devastó al país.
Tanto Jorge
Rodríguez, quien lidera la delegación del gobierno, como Dinorah Figuera, quien
hace lo propio por un sector de la oposición, son médicos. Rodríguez, en específico
es psiquiatra. Ambos saben que los familiares de los desaparecidos necesitan un
cierre, necesitan saber si están vivos o fallecieron bajo los escombros. La
incertidumbre genera un cuadro psicológico que mina la salud de quienes buscan
respuestas. Es una angustia permanente.
Establecer
una cifra precisa de desaparecidos, plenamente comprobada, es una responsabilidad
ineludible del gobierno de la señora Rodríguez. No se trata de seguir en
campaña entregando llaves de apartamentos en Caracas y Ciudad Caribia. La gente
necesita reanudar sus vidas, necesitan un cierre, sabiendo a ciencia cierta qué
ocurrió con sus familiares desaparecidos.
En lugar de
estar vendiendo el petróleo de los venezolanos en la India, el tutor podría
decir algo. Pero ya sabemos que esta época es sólo para hacer business y
más business.
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