Se prohibe la reproducción total o parcial del contenido de este blog, con fines comerciales, y sin la autorización previa de su autor, Hugo Prieto. Lo reitero, prohibido el hurto.

Súbete a mi moto

 

El episodio que voy a relatar probablemente ocurrió en 2017, momento en que hubo un repunte de la actividad económica después de un largo invierno de desinversión, mala gestión y una corrupción colosal.

Salí de mi casa ansioso porque el reloj me avisaba que iba con atraso. Me subí a una moto en Chacaíto y, mientras avanzábamos por la avenida Libertador, le pregunté al motorizado si los anuncios del gobierno, que prometían un despertar de la economía, se reflejaban en la actividad de la plaza que compartía con otros mototaxistas. Su comentario fue lapidario. “Nicolás —entonces en funciones de gobierno— no quiere soltar los dólares”. Por un momento pensé que mi interlocutor asumía que en los sótanos del Banco Central de Venezuela se almacenaban, de forma sostenida y creciente, los ingresos producto de la renta petrolera y las barras de oro, como parte de las reservas internacionales. Que Venezuela estaba buchona. ¿Para qué ahorrar divisas en medio de tantas penurias? Ya te lo dije, insistió el mototaxista, Nicolás no quiere soltar los dólares.

Obviamente, esos dólares sólo existían en las cuentas ocultas del Banco Central. Eran pues unos dólares, no ya de papel, sino el tesoro imaginado. El Dorado, localizado al fin, en las bóvedas del BCV.

Tras el anuncio del presidente Trump, quien ha dicho que en la cuenta que maneja el Tesoro estadounidense, hay la bicoca de 13.000 millones de dólares, producto de la venta del petróleo venezolano, me hago la misma pregunta que el motorizado. ¿Por qué ese dinero, que en teoría pertenece a los venezolanos, no se refleja en el día a día de la gente? ¿Por qué la inflación sigue siendo una de las más altas del mundo? ¿Por qué mucha gente no llega a fin de mes? ¿Será que el presidente Trump no quiere soltar los dólares?  

Una de las consecuencias de ser un país petrolero, desde hace más de un siglo, es que la economía petrolera financiaba al resto de los sectores económicos. Teníamos una fuente asegurada de divisas y mucho, mucho comercio. Los negocios se movían y el consumo era uno de los pilares del crecimiento económico.

Pero ya no es así, porque Venezuela no se arregló. La producción petrolera descendió casi a la mitad, los precios del barril cayeron por un aumento de la producción en los países del Medio Oriente y el motor de la economía, que alguna vez fue de ocho cilindros, era similar al de la moto a la que subí en Chacaíto. Por pura nostalgia, hubiese querido que fuese el motor de una Vespa.

Lo cierto es que no vamos a experimentar un crecimiento económico significativo por distintas razones. Parte del dinero que ha enviado Estados Unidos se ha inyectado al sistema financiero para estabilizar el tipo de cambio. Esa política no ha funcionado. La inflación sigue siendo elevada, lo que nos dice que el gobierno está gastando más de lo que ingresa o que lo que ingresa no es suficiente para reanimar el aparato productivo. Nadie lo sabe a ciencia cierta, porque las cuentas macroeconómicas siguen vedadas al escrutinio de la opinión pública. La banca será uno de los sectores de mayor crecimiento en esta coyuntura, producto de las operaciones cambiarias y el spread que obtienen por la venta de divisas a personas naturales y jurídicas. En las provincias petroleras va a crecer la industria de la construcción (nuevas infraestructuras) y de servicios asociados a la producción de petróleo y gas. El otro sector es la industria de alimentos, por una razón muy simple: la gente necesita comer. La nueva legislación petrolera le permite a las empresas planificar inversiones que pueden ser amortizadas, no ya en 10 o 15 años, sino en cinco. Es una carnada irresistible. Las empresas han traído bienes de capital, han invertido en la explotación de petróleo. Y tienen, además, una especie de seguro de que sus inversiones cuentan con el respaldo de una parte importante de los 13.000 millones que acumula la cuenta del Tesoro estadounidense. Es un seguro, porque nadie puede garantizar que Venezuela va a encontrar o reencontrar el camino del crecimiento económico y la estabilidad política.

Caracas seguirá ofreciendo una extraña sensación de estabilidad. Es la ciudad con menor racionamiento eléctrico del país, mientras en Mérida, por ejemplo, hay cortes de seis horas o más. “Todo el día sin luz”, a veces me comenta un amigo que vive allí. Y todo por una decisión política. La capital de la república debe ser objeto de ciertas salvaguardas. Además de ciertos privilegios. Quizás por esa razón, la economía de la ciudad no es tanto de bodegones como de restaurantes, donde puedes desayunar por 20 dólares o ver una película en un cine VIP por 25 dólares. Son las distorsiones, o más bien la perversión, que impone la carrera contra reloj para ganarle a una inflación desatada. El gobierno interino de Delcy Rodríguez necesita domesticar al monstruo inflacionario, pero no para enviarle un mensaje a una población depauperada, sino a los inversionistas que asumen riesgos en un entorno caracterizado por la inestabilidad.

El impacto en el territorio será desigual y lastrado además por un condicionante mayúsculo: la restricción del suministro eléctrico. Es una condición de base para un enfermo aquejado por múltiples dolencias. Entonces, no le falta razón al señor Marco Rubio, el secretario de estado de la cancillería estadounidense, cuando prioriza la estabilidad económica como punto inicial de una transición incierta a la democracia.

 Esto es lo que hay y, por esta razón, Donald no va a soltar los dólares. Así que súbete a mi moto. Es mejor que ir a pie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.