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Memorias del subdesarrollo

 

Esta película, del realizador cubano Tomás Gutiérrez Alea, más que inclasificable es una incógnita. Un hombre de mediana edad, de una familia acomodada, realiza una inquietante inmersión en la Revolución Cubana. Se mantiene al margen, mira a su alrededor desde la ventana de su apartamento. Su conducta, su proceder, frente a su mujer y sus amigos de la misma clase social, se reduce a la mera observación de lo que es el devenir de una vida donde escasean los privilegios y los corotos de una vida cómoda y burguesa. A ellos les responde con monosílabos, o simples agregados, para no contrariarlos. Y a nosotros, los espectadores, nos habla desde la perspectiva de un narrador lleno de dudas. No tiene una respuesta frente a un mundo cambiante que empieza a increparlo, a cuestionarlo. Los que se van al exilio se largan porque no quieren renunciar a sus ojos rubios (Rubén Blades, dixit). Y frente a esa vida se antepone la miseria y el olvido que devora a lo que diríamos es la Cuba profunda, hambrienta y desolada. Más que emigrar, la opción es poner pies en polvorosa.

Nuestro personaje se queda en La Habana. Vive de las rentas. Ese desapego, esa incomprensión frente al tsunami revolucionario, no despierta en él curiosidad, ni el más mínimo entusiasmo. Hay una poderosa dosis existencial en esta película. La mirada de El Extranjero de Camus se ha posado para verlo todo desde el malecón habanero. La imagen que muestra a un pájaro muerto dentro de su jaula es un aviso, una suerte de premonición, de un país que ha atravesado por una larga oscuridad de la mano de hierro del dictador Fulgencio Batista para abrirse a la ilusión, a las promesas de una sociedad distinta, abierta a las libertades, pero cruelmente traicionada por los barbudos que siguieron ciegamente a Fidel Castro. El hombre que amoldó el totalitarismo a su país y a los nichos de la intelectualidad progre de América Latina.

Y lo que puedo decir, después de 30 años en el laberinto y la pesadilla ideológica de Hugo Chávez, es que me identifico plenamente con el personaje de la película, al menos por un instante, del cual quiero extraerme como el hombre cohete. Recuerdo a un fiel seguidor del Comandante Supremo, no tan ingenuo, pero si acomodaticio, cuando repicó la orden de la revolución. ¡Señores, a organizarse en comunas! El Municipio, así como toda la institucionalidad burguesa, debía ser demolido, en esta faena tropical de la lucha de clases. Los venezolanos, al igual que los cubanos, no necesitábamos tener un cerebro, nos bastaba con el cerebro de Chávez. La economía empezó a decaer y con ella los medios de vida. Los medios de comunicación, en los cuales desarrollé mi trabajo, se plegaron al chavismo o desaparecieron. Sobrevivir hasta las seis de la tarde se convirtió en el objetivo principal de nuestras vidas. No hubo un solo resquicio que escapara a la vulgaridad del populacho. Las familias divididas o simplemente desgarradas. Sentí que el personaje de la película me respiraba en la nuca. Que me ofrecía una vida intrascendente y mediocre, pero pude descender a las catacumbas donde me encontré con el prójimo de nuestras desgracias, deseosos de crear, de convertir el arte en escudo, de tomar la palabra. Lo primero fue la palabra, dice la Biblia. Y la palabra es mi pequeño acto de rebeldía.  

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