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Nada que decir, por ahora

 

Ni siquiera un apretón de manos, solo una llamada telefónica. Aunque las bases del diálogo político en Venezuela se centran en la designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral y la renovación —¿parcial?— del Tribunal Supremo de Justicia, no hay condiciones mínimas para la pretendida transición a la democracia.

No las hay, sencillamente, porque los actores convocados al diálogo no cuentan ni con la legitimidad ni con la representatividad necesaria para tomar decisiones. Una impresión errada sobre el proceso político daría cuenta de que la actitud de llevarse todo o nada sigue siendo la estrategia de los actores políticos. Nada de eso es posible después de la operación militar de los Estados Unidos del pasado 3 de enero. La Casa Blanca está ejerciendo presión y el acuerdo tiene que satisfacer, en primer término, los intereses de Washington. El margen de maniobra política para los venezolanos es reducido. María Corina Machado lo sabe, por eso decidió mantenerse al margen, aunque ha dicho que no será un obstáculo. Es una jugada inteligente. Pero también riesgosa. Ella parece manejar el tiempo, mientras Dinorah Figuera tiene el reloj. Sin el capital político de Machado la negociación podría fracasar. O simplemente arrojar un resultado insatisfactorio para el gobierno de Donald Trump.

El punto fuerte del chavismo y la principal carta de Delcy Rodríguez, en funciones de gobierno, sigue siendo el control territorial y el apoyo del sector militar. Pieza que Washington necesita para asegurar el éxito de su nueva estrategia geopolítica para América Latina. La situación de Venezuela sigue siendo de una alta complejidad. En la medida que el chavismo y el sector militar cedan más soberanía, más espacio político, más control institucional, cabe suponer que una parte del pastel petrolero, valuado por el presidente Trump a la fecha, en 13.000 millones de dólares, podrían dar aliento a la alicaída economía venezolana. Algo que Rodríguez necesita si quiere competir con éxito en un eventual proceso electoral.

El nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, ha dicho que va a alinear a su país a la estrategia de Washington: migración y seguridad hemisférica. Guerra abierta contra las economías ilícitas. Ataques militares contra las estructuras de las narcoguerrillas. Seguridad ciudadana en manos de los militares. El autoritarismo apenas se asoma en América Latina y Venezuela no se va a desentender del control estadounidense. Va a entrar, si es que ya no lo ha hecho, por el mismo aro. ¿Democracia y Derechos Humanos? No, gracias.  

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