Lo primero que
hay que decir es que el conflicto político en Venezuela está enquistado o
quizás encapsulado. Me decantaría por lo primero. Se trata de un asunto, un
problema, que se ha vuelto permanente. Su forma es la de un quiste
tumoral, no sólo porque derivó en una emergencia humanitaria compleja, sino
porque desembocó en el colapso del Estado. No hay república sin instituciones.
Y ese esa es nuestra realidad.
Uno de los
asuntos más problemáticos de Venezuela es la dualidad del poder legislativo. La
insólita y risible circunstancia de contar con dos parlamentos en funciones. Uno
electo en 2015 y otro que inició secciones el 5 de enero de 2026. Si nos
atenemos a las formas —que sin duda son importantes—, a los diputados electos
en 2015 ya se les venció su período, no pueden considerarse como tales. Son, en
el mejor de los casos, exdiputados. Esta es una de las razones por las cuales
se les tacha de ilegítimos. Pero hay un pequeño detalle. Son los diputados
reconocidos por el gobierno del presidente Donald Trump. Pequeño detalle que no
es nada menor. Sobre todo, después de la operación militar ejecutada por
fuerzas militares estadounidenses, el pasado 3 de enero. La otra Asamblea,
electa en 2024, es producto de una elección tramposa y cuestionada por varios
gobiernos de Europa, América Latina y los propios Estados Unidos.
Como parte del
quiste y de las células tumorales que mantienen paralizada la política en
Venezuela, tenemos esta dualidad parlamentaria. Una Asamblea Nacional bicéfala.
Lo que en realidad es una brasa que mantiene al rojo vivo el conflicto.
Situación ideal para mantener posiciones mineralizadas, un discurso polarizante
y el lenguaje de odio. Esto se ha hecho a sabiendas de que tal circunstancia
produce un enorme vacío legislativo y, particularmente, inseguridad jurídica y
por aquí van los tiros del diálogo que promueve la diplomacia de los Estados
Unidos. Es un asunto que debe resolverse en un plazo perentorio. No tanto para
fortalecer la transición hacia la democracia, como para dotar al país de un
marco legal certero. Un ecosistema juridico que le permita a los inversionistas
—especialmente a las empresas petroleras— desenvolverse en un entorno en el que
puedan saber, a ciencia cierta, a qué atenerse. Para que Venezuela alcance una
producción petrolera cónsona con su potencial —los famosos seis millones de
barriles diarios—, se necesitan inversiones que rondan los 500.000 millones de
dólares. Y la pregunta es: ¿Quién carajos va a invertir ese dineral en un país
donde no hay seguridad jurídica?
Antes que una
elección presidencial, necesitamos una elección parlamentaria. El nuevo Consejo
Nacional Electoral, cuya importancia se menciona en todas las manos de la
baraja, no puede ser electo por diputados cuestionados e ilegítimos y mucho
menos por un Tribunal Supremo de Justicia, cuyos magistrados son, en esencia,
la cohorte de la señora Cilia Flores.
Resulta penoso
confesar que un acuerdo de negociación no es la prioridad en la agenda de los
políticos venezolanos, sino una imposición de la Casa Blanca. Las palabras del
señor Elías Jaua, “un diálogo para y por los venezolanos”, o de la señora Blanca
Rosa Mármol de León, quien propone “una junta de gobierno que organice unas
elecciones”, y de quienes dicen que están cansados de tanta palabrería y “quieren
resultados”, son puros mensajes de autoayuda. Escapan del todo a la realidad. A
nadie puede sorprender, entonces, que la sociedad venezolana esté divorciada de
la política, que apele a su esencia relacional, como una forma de gestionar las
penurias y de coexistir con un Estado disfuncional. Quizás fallido. La política
nos ha fallado, una y otra vez. Y eso pasa cuando se niega la realidad y escasea
la imaginación.
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