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A veces el olvido es más que la tragedia

 

Vargas Llosa no se equivocó cuando dijo que los artistas y creadores de América Latina habían estado a la altura de las exigencias y los dramáticos cambios que había experimentado Occidente a lo largo del turbulento siglo XX. Sin embargo, no podríamos exhibir resultados, ni de lejos parecidos, en las ciencias exactas o la política. Podríamos citar algunos novelistas que llegaron al Olimpo de las letras. El propio Vargas Llosa es uno de ellos. O los casos de los escritores que hicieron de este continente un universo que cautivó a lectores de todo el mundo. El firmamento de Cien años de Soledad o el puñado de páginas con las que Juan Rulfo hizo de Comala una galaxia, ¿una sola? que lo convirtió en el escritor mexicano más traducido a otras lenguas distintas al español.

América Latina nunca pudo desarrollar un conglomerado industrial que impulsara la inventiva y el conocimiento en sectores de la producción que no fueran más allá de la mera sustitución de importaciones. Era algo que nos avergonzaba con marcada injusticia, unas veces con razón y otras no. Me voy a quedar con las aristas más visibles de esa experiencia: la creación de una clase media y de una gerencia abierta a los desafíos y a los planes retadores de grandes empresas en áreas como las finanzas y los negocios agroindustriales.

En la política hemos impuesto un récord del cuál no podemos sentirnos orgullosos. Hemos convertido a este continente en el paraíso del populismo. Apostamos por los sueños y las fantasías de los filibusteros de la política, de los grandes caudillos que han concentrado el poder en sus manos, hayan tenido éxito o no. La Fiesta del Chivo es un fiel retrato de las alucinaciones del dictador dominicano Leonidas Trujillo. Antes que anochezca no sólo es la confesión de Reinaldo Arenas, sino un dramático retrato de la Cuba de Fidel Castro. La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez lo resume todo en el título.

Ha sido un ejercicio del poder mezquino, autoritario hasta la propia carga genética y un ejercicio a mano alzada de crueldad infinita. La democracia ha tenido que lidiar con todo este sustrato cultural haciendo concesiones. Ha modificado leyes, pero no comportamientos. En no pocos casos ha sido complaciente con las taras que arroja el caudillismo. Nos hemos deleitado en ese charco de mierda. Seguimos buscando culpables en las circunstancias históricas que marcaron la colonización de España o en la faceta imperial de los Estados Unidos. No hemos dejado de mirar la viga en el ojo ajeno. Nos hemos complacido en la corrupción y jamás nos hemos cuestionado las veces en que le hemos dicho que sí a la injusticia y al descalabro de quienes dan la orden y detentan el poder.

Pienso en Rómulo Betancourt, un político lleno de claroscuros. ¿Acaso los grandes políticos no lo son? Me preguntó por qué se fue de Venezuela, por qué prefirió el exilio en Berna, después de haberle entregado, toda su vida a este país, los años de lucha y de destierro en el continente y, finalmente, en Puerto Rico, en el único lugar donde la logia de las espadas no se atrevería a atentar contra su vida. Pienso en su faceta de intelectual, en su libro Venezuela Política y Petróleo. En la defensa que hizo de los intereses de este país. En el odio que le profesaron quienes luego se subieron al autobús de Chávez. Su figura, así como su legado se ha vuelto distante. A veces el olvido es más que la tragedia.

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