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Real Politik

 

Está a la venta en mercadolibre.com.ve, el título original, en idioma inglés, es Legacy of Ashes: The History of the CIA, cuyo autor es el periodista de investigación Tim Weiner. Su trabajo mereció el premio Pulitzer, el más codiciado en el mundo del periodismo a escala global.

La lectura de este trabajo nos deja un sabor amargo en la boca. La obsesión de Weiner por develar los secretos de la CIA pone al descubierto y con lujo de detalles, las operaciones encubiertas para derrocar mandatarios en varios países de Asia, África y América Latina, en todos ellos se abortaron procesos democráticos para instaurar dictaduras militares y gobiernos autoritarios que nada tenían que ver con la democracia.

Es cierto que los Estados Unidos son el guardián de la cultura de Occidente. Y que todas sus intervenciones no han sido para perpetuar la oscuridad. Pero cuando el establecimiento estadounidense ha visto en peligro sus intereses vitales, no ha dudado en actuar con toda contundencia y por todos los medios, legales e ilegales, para defenderlos. Recordemos que el presidente iraní Mohammad Mosaddeq fue derrocado en 1953 y 20 años después, el presidente chileno Salvador Allende, corrió la misma suerte, cortesía de la CIA.

Mi generación está imbuida del poder blando estadounidense, del cine, la música y la literatura de autores nacidos en ese país. Las 20 canciones que grabé en un disco compacto, que reproduce el quipo de sonido de mí carro son todas norteamericanas: desde Elvis Presley hasta Janis Joplin pasando por Bruce Springsteen.

Venezuela, a diferencia de todos los países de América Latina, tenía un tratado de libre comercio no escrito con los Estados Unidos. Ellos compraban petróleo y nos vendían todo lo que necesitábamos. En 1975, año en que el petróleo venezolano fluyó con más fuerza a las refinerías estadounidenses del Golfo de México, el carro más vendido en el país fue el modelo icónico de la Chrysler Corporation.

El abogado y economista colombiano Hernando Gómez Buendía afirma en su libro Colombia después de Petro, que hay varias líneas rojas que los gobiernos latinoamericanos no deberían cruzar, una de ellas es ir contra el orden estadounidense. Eso fue lo que hizo el señor Hugo Chávez para alinear a Venezuela con la Cuba de Fidel Castro. Y aunque parezca insólito o increíble, hubo momentos en la historia reciente, en los cuales los Estados Unidos se tuvieron que defender de Cuba, la documentación de estos episodios corre por cuenta del historiador italiano Loris Zanatta, en su libro Fidel Castro, el Último Rey Católico.

El señor Hugo Chávez tuvo toda la suerte del mundo. Una élites rendidas a sus pies y una clase política que le facilitó, diría con alfombra roja, su ascenso a Miraflores. En Estados Unidos gobernaba George W. Bush, cuya prioridad en política internacional era derrotar al terrorismo islámico que había asestado un demoledor golpe al destruir las Torres Gemelas.

Chávez siguió moviendo sus fichas, en Trinidad le regaló a Obama el libro de Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina. Recuerdo que le pregunté a Michael Shifter*, si el libro era o no un buen regalo, casi se ahoga al intentar abortar lo que seguro era una carcajada.

Obama le dijo a Chávez que era hora de pasar la página y concentrarse en el futuro. Nadie puede negar que lo hizo con el respeto y la gallardía de un caballero, pero Chávez siguió adelante, con su política de pugnas, con la tesis del Socialismo del Siglo XXI y la invención imaginaria del Sur Global. Al final fue Barak Obama quien aplicó las primeras sanciones contra Venezuela.

Donald Trump es la némesis de Obama. Un hombre impredecible, sin ideología alguna, dado a las amenazas y la extorsión. Una lluvia de sanciones cayó sobre Venezuela durante su primer mandato. Y, a su regreso en la Casa Blanca, instruyó al Departamento de Guerra para crear el dispositivo militar que sería la amenaza creíble que se tradujo en la mayor movilización de fuerzas militares en el Caribe después del bloqueo naval ordenado por el presidente Kennedy contra Cuba, en lo que se conoció como la crisis de los cohetes (nucleares).

En los set televisivos de las grandes cadenas estadounidenses desfilaron asesores, politólogos, expertos en opinión pública, para tratar de dilucidar cuáles eran las intenciones del gobierno de Trump en Venezuela. Antes del 3 de enero se hablaba de una probable “extracción” del señor Nicolás Maduro. La ahora presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez fue la única que se sorprendió la madrugada del 3 de enero, inicio de la guerra de 48 minutos que ganó Estados Unidos. El botín de guerra no era otro que el petróleo venezolano. A Donald Trump no le importa un carajo la democracia. Anunció, antes de tomar posesión de su segunda presidencia, que se comportaría como un “dictador” y lo ha hecho. Le ha declarado la guerra a Irán sin la autorización del Congreso. A lo largo de sus dos períodos en el Ejecutivo ha emitido 450 órdenes ejecutivas. No sería faltar a la verdad afirmar que ha gobernado por decreto.

A los países de América Latina, a excepción de México y Brasil, los rigen gobiernos de ultraderecha, patrocinados por Trump, de lo cual se siente más que orgulloso.

A partir del 3 de enero, Venezuela es un país ocupado, al menos en la realidad virtual. Que, a estas alturas, es la mera realidad. La renta petrolera se maneja desde una cuenta del tesoro de los Estados Unidos. La guerra de los 48 minutos se ha saldado con ingresos provenientes del petróleo, no una vez sino varias veces, lo ha dicho Trump. Como se hacía en el pasado, los Estados Unidos se han quedado con el botín.

Se engañan quienes creen que los contratos, opacos y gestionados, al menos por la parte venezolana, por Alejandro Betancourt, un “empresario” investigado por lavado de dinero en Suiza y España, se van a desconocer en el futuro, si llegase a Miraflores un gobierno legítimo. Eso no va a pasar. En el mejor de los casos, se introducirán modificaciones. La destrucción del país ha sido de tal magnitud, que necesitamos las inversiones, la tecnología, las capacidades y el mercado de los Estados Unidos. Por esa razón, no hay reacciones que denuncien el tratado, el mejor negocio de la historia. María Corina Machado lo ha rechazado. Pero eso es otra cosa. El 3 de enero Venezuela perdió más que una guerra. Perdió la soberanía. Y el Tío Sam llegó para quedarse.

*Expresidente de Diálogo Interamericano especializado en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina

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