Desde que entrevisté a Dagoberto Valdés para Prodavinci, hace exactamente cuatro años, leo con regularidad las columnas que escribe para el portal Convivencia Centro de Estudios. Valdés vive en la isla y su compromiso inquebrantable con la democracia y la libertad le han ganado la inquina, el asedio y las comparecencias a las instalaciones de la Seguridad del Estado en Pinar del Río, la localidad donde vive.
Me llamó la
atención el concepto que desarrolló para su tesis doctoral en la Universidad
Francisco de Vitoria (Madrid). Se trata del daño antropológico causado por el
totalitarismo en Cuba, cuya síntesis resumo con estas palabras es: “el
debilitamiento, la lesión, el quebranto de la persona humana”, causado por 67
años de dictadura comunista. No sólo se trata de la diáspora que fracturó a la
sociedad cubana, sino de la persecución a quienes piensan con cabeza propia
en Cuba. La estrategia de vivir en la mentira, la sentencia de que no hay
opciones, no hay mañana, más allá del totalitarismo. La mediocridad y la falta
de oportunidades como modelo de vida. La condena a la escasez y a la pobreza
más acendrada. Y como vía de escape la acepción, apenas entendida fuera de
Cuba, del verbo resolver. El resuelve y sus formas habituales
pues: La prostitución de los cubanos, el engaño y el fraude como forma de vida,
la delación y la desconfianza en todo espacio público, la invasión de la vida
privada. Cuba es una sociedad herida. Pero el mar de la felicidad, como
lo bautizó Hugo Chávez, se vino a pique, de una forma estruendosa, el pasado 11
de julio de 2021. Fue un grito ensordecedor que aún retumba en el malecón de La
Habana y en toda América Latina.
En sus escritos,
que se publican los días lunes, Valdés advierte que el modelo de transición,
implantado por Estados Unidos luego de la guerra de 48 minutos que concluyó con
el derrocamiento y la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores,
no puede aplicarse en Cuba por diferentes razones, son realidades distintas que
exigen un diagnóstico propio.
Escribe
Dagoberto.
No a la
transición hibrida. No
quiero para Cuba un “modelo híbrido”, como el de China y Vietnam, países que
combinan el libre mercado con dictaduras autoritarias, con modelos de partido
único y una sucesión “monárquica” familiar, delineada actualmente en la Isla.
Lo aplicable a Venezuela no serviría para Cuba. La estabilidad que sugiere la
represión es engañosa. No hay nada que aprender del “raro experimento” de
Venezuela, que es incompleto e insuficiente, entre otras cosas, por lo
siguiente:
—Todavía hay
presos políticos.
—Funcionarios del
régimen anterior se mantienen activos en la función de gobierno.
—Los
protagonistas de la llamada transición formaron parte del núcleo del sistema
que se pretende cambiar.
—Las elecciones
venezolanas más recientes (2024), no fueron validadas y sus resultados no
fueron implementados. Aunque hay pruebas suficientes de que fueron robadas.
—La lideresa
legitimada por la mayoría de los venezolanos (en las elecciones de 2024) aún
está en el exilio.
—Se está
alargando la hoja de ruta a costa de debilitar las mismas energías de los
ciudadanos venezolanos que podrían ser invertidas en la reconstrucción de
Venezuela.
Sobre este último
punto agregaría que el desazón, la coexistencia de dos visiones
antagónicas y la desconfianza son componentes de una ecuación cuyo resultado es
incierto, de “pronóstico reservado” diría un médico que le oculta parte de la
verdad al paciente y sus familiares. No hay tal pronóstico reservado. En
medicina es un cliché y en política una mentira.
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