Si el cubo de
Rubik fuera el globo terráqueo, una de sus caras, seguramente, sería la
religión monoteísta, en sus tres vertientes: el cristianismo, el islam y el
judaísmo. Todas ellas han sido estandartes de la guerra y de la muerte. A todas
las han convertido en ideologías, no en balde la fe mueve montañas. Sobre sus
cimientos, se han construido imperios. El judaísmo no lo ha conseguido, pero hay
un mapa del Gran Israel y en estos momentos una clara expansión del Estado judío.
La religión está
en todas partes, en todas las barajas, en todas las quinielas. Son parte de la
política, de la cultura de los pueblos. Su poder es ambivalente y se contrae
tanto como se expande. Hoy parecen en declive y mañana colorean el horizonte
con tanta fuerza como el amanecer.
La venganza es
parte consustancial de las religiones monoteístas. En la guerra de seis meses
que libran Israel y Estados Unidos contra Irán, el objetivo principal de la
lluvia de bombas que cayó sobre Teherán fue el ayatola Alí Jameneí, quien murió
y se convirtió en mártir. Los 100.000 niños que murieron en el frente en la
guerra Irán—Irak de los años 80, también se convirtieron en mártires, así como
los palestinos que son asesinados por Israel en Gaza y Cisjordania. El martirio
es, para el islam, un camino que conduce a Dios. El de Irán es un ejército
ideologizado por la fe. Sigue en pie de guerra, no ha perdido la voluntad de lucha.
El Quijote, en
medio de su locura, dijo una gran verdad: Con la Iglesia hemos topado Sancho. Y
eso decimos frente a un obstáculo difícil de vencer. En la guerra cristera de
México, el grito de guerra de los mártires era Viva Cristo Rey. Al igual que
era el grito de los fusilados por Fidel Castro en los comienzos de la Revolución
Cubana. La inscripción en las monedas de la España franquista era Francisco
Franco, caudillo de España por la gracia de Dios. Y más recientemente, los
pilares sobre los cuales el nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella,
son tres: disciplina, familia y religión. Simón Alberto Consalvi, quien fue
enviado a Belgrado como parte de la delegación diplomática ante el gobierno del
general Tito, me dijo una vez que le parecía maravilloso que en la entonces
capital de Yugoslavia confluyeran los cuatro iconos de las religiones monoteístas:
el islam, el cristianismo, el judaísmo y el marxismo. A Marx los comunistas lo
convirtieron en un dios, sus estudios, sus reflexiones, pasaron a ser un dogma,
cuyo color es el rojo escarlata, de la tanta sangre que ha derramado.
Una amiga me
escribe: “me parece que empezarán a abundar más las narrativas abiertamente
religiosas”. Estoy de acuerdo. Las hemos visto también en Venezuela.
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