Entre las cosas más perniciosas de las dictaduras comunistas, podemos identificar un virus de la biopolítica que se aloja en la psiquis de la gente. Y lo hace de una forma silenciosa, imperceptible, pero de una forma tan eficaz que, al detectarlo, ya es demasiado tarde. La determinación, el entusiasmo, el deseo de vivir, palidecen, se extinguen y, en su lugar surge la certeza de que nada va a cambiar.
El individuo
es aplastado por la pesada loza del Estado. Es poco, o nada, lo que puede hacer
ante las decisiones que toma la cúpula del poder. No hay consultas, ni se miden
las consecuencias. Eso no tiene importancia. En el año 1968, por ejemplo, Zhou
Enlai envió a los estudiantes de toda China a educarse entre las masas de los
campos. Esta decisión política arrojó un resultado desastroso. Miles de jóvenes
fueron víctimas del hambre, sometidos a condiciones de vida inimaginables, sin
vestimenta, sin una cama donde dormir, presas de los insectos —millones de
zancudos y liendres en su pelo—, hundidos en los pantanos. A las mujeres les
fue mucho peor, presas de la violencia sexual y la fuerza bruta. He aquí la
precuela de lo que fue el genocidio perpetrado por Pol Pot y sus Jemeres Rojos
en Camboya.
En Venezuela
no llegamos a tanto, porque no hubo una revolución, sólo una pesadilla
militarista. Una opereta, un remedo de la Revolución Cubana. Cuando el señor
Hugo Chávez dio la orden para que nos organizáramos bajo el Estado comunal,
recuerdo la mezcla de satisfacción y burla en la cara de un chavista de
cafetín. La orden está dada. Y ahora toca obedecer. El municipio era una rémora
de la dominación colonial y, en su versión 2.0, una expresión de la odiada
democracia representativa, la democracia burguesa, pues. Se creó el Ministerio
de las Comunas. La sociedad cartelizada, todo un monopolio bajo el bastón de
mando del líder indiscutible y omnipresente, Hugo Chávez. Su mirada lo veía
todo, desde los muros y los techos de la ciudad. Esa política sigue en pie. No
hay marcha atrás. Lo rubricó la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez al
inspeccionar el Complejo Formativo y Socioproductivo Negro Primero, en Sarría.
Es otra
lógica, otra forma de entender las relaciones de producción. Es música para los
oídos de una población que prefiere vivir en las fantasías, antes que en la
dura realidad. ¿No es el mercado el que asigna los recursos de la forma más
eficiente? La respuesta es sí. Pero no olvidemos que es un principio del odiado
capitalismo. Pero el dinero es como el agua, busca su cauce y reclama
ganancias. Y lo malo es que la única economía que existe es el capitalismo. No
hay otra. Ya lo entendieron en China y en Vietnam, países que intentaron hacer
realidad sueños que encerraban una horrible pesadilla.
Y ese es el
problema. El chavismo no lo ha entendido. Sigue empecinado en un modelo que
fracasó en todo el mundo. Más allá de este acto de tintes electorales, ¿Qué nos
dice esta política marcada por el colectivismo? Dos cosas. Una. Al individuo se
le niega la posibilidad de realizarse como ser humano, como ente autónomo y
soberano. Mientras la masa depauperada transpira frustración, victimismo en los
vagones del Metro de Caracas. Nos han convertido en zombis, ganados a la idea
de que nada vale la pena, de que cualquier cosa que hagamos no tiene sentido,
porque todo sigue y seguirá igual. Piensa en colectivo, como reza el slogan de una
emisora comunitaria y piérdete en el océano uniformado de color rojo. Ya el
daño antropológico está hecho. A todos nos cambió la vida. Nos vimos demasiado
frágiles. Así que tomamos la opción de emigrar: a otro país o al exilio
interior. Y es desde la psiquis colectiva, desde la espiritualidad de la Nación,
donde Venezuela pudiera renacer.
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