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Cero cero en la boleta

 

Al país entero lo metimos debajo de la alfombra, como si fuera basura. Pero si algún día sacamos la educación, nos vamos a horrorizar. El resultado de las pruebas PISA (El programa para la evaluación internacional de estudiantes) se acaba de conocer en Europa. Los resultados en España son tan alarmantes que son noticia de primera página en las grandes cabeceras mediáticas. La Educación toca fondo, titula El País, Catástrofe Educativa en PISA, advierte el diario El Mundo; España obtiene el peor resultado escolar de su historia en Pisa, admite La Vanguardia.

PISA evalúa el rendimiento de los estudiantes en matemáticas, lenguaje y ciencias. Hay dos causas detrás de esta hecatombe: la pantalla de los teléfonos celulares y la poca o nula exigencia. El celular, un invento diabólico, ha reducido la capacidad de los estudiantes para concentrarse en un tema o problema específico. Apenas resisten 15 minutos, después abandonan. La falta de esfuerzo es sencillamente un tiro en el pie. O mejor en la nuca. Hay una relación estrecha, inevitable, entre lenguaje y pensamiento. Sin lectura, los seres humanos somos menos que simios, porque los simios tienen un lenguaje. Y nosotros lo degradamos todos los días.

Venezuela no participa en las pruebas Pisa. Y esta es la razón: hay un rechazo histórico del gobierno central hacia las evaluaciones estandarizadas internacionales de la OCDE, argumentando criterios de soberanía ideológica y educativa, sumado a la falta de transparencia estadística y la severa crisis estructural del sector escolar. ¿Soberanía ideológica? ¿Qué carajos es eso? En la China de Mao, de quien se conmemoran 50 años de su muerte, se puso en marcha la Revolución Cultural, un experimento tan desastroso como el Gran Salto Adelante, miles de estudiantes fueron enviados al campo para que recibieran educación de los campesinos. El experimento tuvo una réplica en la Camboya de Pol Pot, lo que finalmente se convirtió en un genocidio. Recordemos las palabras del actual ministro de Educación, Héctor Rodríguez, quien dijo que la revolución bolivariana no iba a educar a los jóvenes para que se convirtieran en una escuálidos. Mejor analfabetas funcionales, en el mejor de los casos, con la fantástica oferta que un experto en seguridad resumió en tres palabras: moto, pistola y misión. Más de 30.000 jóvenes aplicaron para ser policías, pero en la UCAB, donde se becan a los bachilleres que quieran estudiar Educación, son muy pocos los que se inscriben. La oferta sigue en pie, como un acto de resistencia.  

Recientemente, el ministro Rodríguez declaró que los beneficios del petróleo —ahora que tenemos el mejor acuerdo de la historia con los Estados Unidos— deben reflejarse en los maestros.

Si cada vez somos la misma cosa, como lo dijo Raúl Castro, el mandamás de Cuba, teníamos que vivir nuestro propio Período Especial. Para los maestros, se diseñó el “horario mosaico” una modalidad que le permitía a los maestros acudir a clases dos días a la semana, el resto de la jornada era para emprender o realizar otros oficios, una forma de conjugar el verbo resolver, tan castrista como el propio Fidel.

Que el ministro Héctor Rodríguez nos diga entonces cuando vamos a romper el círculo de la pobreza.

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