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Próxima estación: fracaso

 

Todas las transiciones políticas hacia la democracia son diferentes, por la sencilla razón de que ningún país es igual a otro. Influyen demasiadas variables en la conformación de una nacionalidad. La creación del Estado ha sido posible por distintas razones, asociadas a la historia, la religión, la política, la economía, la conformación social, entre otras.

El objetivo de Occidente de implantar el modelo democrático como forma de organización política es lo más parecido a una empresa condenada al fracaso. Y lo podemos resumir en las desastrosas intervenciones de los Estados Unidos, el faro de Occidente, en Asia y América Latina. Podemos mencionar los casos más recientes en los que se libró una guerra: Vietnam y Afganistán. O donde hubo intervenciones flagrantes que culminaron en un golpe de Estado, como en Irán, en donde se restableció una monarquía corrupta y autoritaria y donde el remedio resultó peor que la enfermedad, aunque no para los ayatolas.

Siempre hay que tomar en cuenta —y ya lo he citado—, que los países de América Latina no pueden traspasar una línea roja: ir en contra del orden americano. En la turbulenta y sangrienta década de 1970, el régimen sandinista y la guerrilla salvadoreña estaban a un paso de traspasar esa línea roja. La paciencia de los Estados Unidos se estaba agotando, con intervenciones cada vez más visibles y profundas de su apoyo militar en Nicaragua y El Salvador. Pero le dieron una oportunidad al Grupo Contadora —integrado por Colombia, México, Panamá y Venezuela—, a Dios gracias, no se puede decir de otra forma, el mecanismo funcionó y América Central encontró el camino para restablecer la democracia, aunque en Nicaragua, años más tarde, el sandinismo regresó con un paquete totalitario. El único país que traspasó esa línea fue Cuba, condenada a la supervivencia más urgente y a la muerte segura del castrismo. Entonces, tampoco pudo. ¿Y a qué costo? El martirologio del pueblo cubano es tan extenso y profundo como la oscuridad de sus prisiones, auténticos laberintos del infierno de Dante.

En política sólo hay una cosa segura: la incertidumbre. No hay verdades absolutas y los países que en un momento vivieron bajo las luces, pueden regresar a las tinieblas. Venezuela, por desgracia, es un ejemplo notorio.

No veo las razones por las cuales los venezolanos tengamos que seguir en fila india el famoso plan del señor Marco Rubio, jefe de la diplomacia estadounidense. A ocho meses de la intervención militar del 3 de enero, no hay signos de estabilidad, sólo unas negociaciones, cuyos objetivos políticos parecen más difusos y distantes que nunca. Lo que se había aclarado el día en que el señor Maduro fue “extraído” y llevado ante la justicia en Nueva York, no ha tenido como contraparte una definición política. Solo promesas y fuegos artificiales, puro efectismo. El único trofeo que puede exhibir el gobierno de Donald Trump es este acuerdo petrolero, violatorio de la Constitución y la soberanía de Venezuela, diseñado y hecho a la medida de las necesidades energéticas de los Estados Unidos. Pero yo no veo a Juan Bimba esperando su turno en el salón de baile de la Casa Blanca. Realmente, no lo veo.

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