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Una democracia de juguete

 

The New York Times, la cabecera mediática más icónica del planeta, acaba de cumplir 175 años. Su director general, AG Sulzberger, sexto miembro de la familia Ochs-Sulzberger al frente de la empresa, lo celebró con un largo editorial que narra la historia del periódico que, a su vez, es parte vital de la historia de los Estados Unidos.

Su reflexión sobre los vínculos entre el poder y el periodismo es un recuento del enfrentamiento que la ha caracterizado, entre otras cosas, porque es parte del paquete. El poder necesita expandirse y, al mismo tiempo, concentrarse. No es una contradicción cuando el sistema de gobierno es una dictadura autoritaria o totalitaria. El Times ha ganado unas cuantas batallas, pero la guerra continua y los vientos que soplan, desde la Casa Blanca, son los peores con Donald Trump. Por pura coincidencia, esta misma semana, Trump ha prohibido la cobertura que cadenas como CNN hacen de las decisiones que toma su gobierno. Un hombre impredecible, narcisista, que ha demostrado con inusual vehemencia el desprecio que siente por el escrutinio público y las preguntas incómodas, era de esperar que llegara más lejos. Pero Sulzberger nos recuerda que Barak Obama, todo un caballero, intentó llevar a juicio a unos periodistas para que revelaran sus fuentes. La primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos ha tenido un enorme impacto en la cultura y en la sociedad de esa gran nación. No hay prensa libre en un país sin libertades. Y, desde la plaza pública, donde están los reporteros, también se puede interpelar al poder, monitorear la legalidad de las decisiones que se toman y poner al descubierto las triquiñuelas y actos despreciables ocultos por la opacidad.

Mientras leía el editorial de Sulzberger pensé en la lamentable situación del periodismo venezolano, acorralado y en buena medida destruido por el chavismo. Periodistas encarcelados, llevados a juicio bajo supuestos delitos tipificados en ese esperpento que es la Ley del Odio. Iniciativa, cabe recordarlo, del doctor Jorge Rodríguez y de la mandataria interina ¿?, su hermana Delcy Rodríguez.

En lo que concierne a Venezuela, las decisiones que ha tomado la Casa Blanca son humillantes. Primero la guerra de los 48 minutos, cuyo principal y ¿único? objetivo fue apropiarse del petróleo de Venezuela y otras riquezas minerales. El señor Marco Rubio anunció con bombos y platillos, su plan de tres etapas que no ha beneficiado a los venezolanos de a pie, aunque es una vitrina para los business —el dinero lo es todo en esta época— y para los empresarios que no le temen al riesgo.

A los venezolanos nos han tratado como a críos de una escuela primaria. Nos han dicho, además, que todavía no estamos preparados para la democracia. Y ahora, como un acto gracioso, el gobierno de la señora Delcy Rodríguez levanta el bloqueo contra varias páginas web y agencias noticiosas. Puedo leer El Pitazo, Efecto Cocuyo, pero no el portal de periodismo de investigación Armando.info. Alguna vez, el señor Ernesto Villegas, lo calificó como un “portal de oposición”, aunque los trabajos allí publicado están debidamente sustentados y son el arqueo de la corrupción chavista.

Entonces, yo soy un menor de edad y necesito que el tutor me lleve de la mano para cruzar la calle. Como dijo el periodista Ewald Scharfenberg, el contexto del 3 de enero hay que buscarlo en la guerra hispano-estadounidense de 1898, que dejó profundas huellas en Cuba y convirtió a Puerto Rico en una sociedad diezmada por el colonialismo y la ocupación cultural. ¿Qué nos espera a los venezolanos? Por ahora, una democracia de juguete, un juego de Mattel.

Más que decepcionante, el 3 de enero ha resultado un ultraje. Quizás haya elecciones en 2030 y quizás recuperemos la soberanía de Venezuela cuando se acabe la última gota de petróleo que subyace en las entrañas de la faja del Orinoco.

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