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La teoría de la relatividad

 

La generación de venezolanos que andan por sus 30 es bastante cínica. Escupen sobre el espacio público y se burlan de la política. Lo único que siguen con interés es el devenir de sus propias vidas. Y esto vale para los que viven dentro de Venezuela y para los que se fueron del país. Se cansaron, se aburrieron, se fastidiaron. No los culpo. Los envidio, no sólo porque la vejez es la pendiente inevitable que acabará con mis huesos en la caja de madera, sino por la simple razón de que ellos no se sienten responsables de la tragedia que vivimos.

No me voy a detener en el armazón de la antipolítica, de la que tanto hicimos gala con desplantes que sólo exponían un ego desmesurado, una vanidad infinita y una irresponsabilidad asombrosa. Si, recuerdas cuando éramos unas despreocupados abstencionistas. ¿Qué se puede esperar de una generación que despreciaba el voto? Que le importaba un carajo las terribles desigualdades que son parte de la postal que ofrece la ciudad de Caracas. Que no tenía, ni tiene, puta idea de lo que es el trabajo comunitario. Cuando le dije a unos jóvenes que el tipo más exitoso de mi generación era Hugo Chávez, se me quedaron viendo como si yo fuera un pedazo de mierda.

Todas estas columnas que escribo están motivadas por la impotencia. Desde ahí surge la palabra. Impotencia frente al desastre que estamos viviendo. Al tsunami interminable que acaba con todo. A estas alturas, ¿podemos hablar de una nación llamada Venezuela? No lo creo. Ni siquiera somos un Estado Libre Asociado como Puerto Rico… ¿Asociado a qué o a quienes? A la corrupción y al crimen organizado.

Tenemos 30 años viviendo en la mentira. En una colosal mentira. Ahora resulta que ni siquiera estamos preparados para organizar unas elecciones transparentes y auditables. Lo dice el tutor, Donald Trump y lo repite su fantástica alumna, la presidenta encargada ¿?, Delcy Rodríguez. “A quienes se roben un dólar del acuerdo petrolero entre Venezuela y los Estados Unidos, les vamos a quemar las manos”, dice Jorge Rodríguez. Pero el acuerdo no es entre dos países, sino entre el Pentágono y el inefable Alejandro Betancourt, el hombre que se ha librado de la persecución judicial en Suiza, el Reino Unido y España, gracias a las gestiones de la diplomacia estadounidense que lidera Marco Rubio. Rodríguez también se quejó de la mediación del reino de Noruega, porque al fin, y hasta el fin de los tiempos, los problemas de los venezolanos les competen sólo a los venezolanos. Lo que nos habla del talante del negociador experto en no negociar. A otro perro con ese hueso, Rodríguez. ¿Y qué si pretendía meter gato por liebre? De Zapatero, a quien Delcy llamaba mi príncipe, no dijo nada. Zapatero, el expresidente del gobierno español a quien un tribunal madrileño señala como la cabeza visible de un entramado criminal para cobrar comisiones ilegales. Los noruegos no fueron tan obscenos de decirnos a los venezolanos, en 2017, que nos olvidáramos del referéndum revocatorio. Al señor González Urrutia, Rodríguez le dio un plazo de 24 horas para que se retractara de lo que dijo. Que había firmado un escrito, en el que reconocía el triunfo de Nicolás Maduro en las elecciones de 2024, bajo coacción. Rodríguez no mostró las grabaciones que asegura tener. Quizás está esperando una mejor oportunidad. Otra vez el pote de humo.

El acuerdo petrolero ha generado una lluvia de críticas que amenazan con desatar un deslave. El señor Rubio lo sabe, por esa razón se disfrazó de bombero y nos recordó que el señor Betancourt había actuado como un negociador oficioso del gobierno de servilleta del señor Juan Guaidó ante la Casa Blanca. Rolo e’vivo diría Guillermito Fantástico González para referirse a Betancourt.

Todo es relativo hasta mi generación. Los jóvenes están hastiados. Por eso huyen, porque no quieren seguir viviendo en la mentira. En este sálvese quien pueda.

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