David
Jiménez García es uno de los pocos directores que ha escrito sobre su
experiencia con el poder durante los años en que dirigió el diario El Mundo de
Madrid. Prendió el ventilador y no quedó títere sin cabeza. Pero le faltó un
pequeño detalle, contar el episodio en el que le tuvo que decir que sí a
alguien.
Subrayo en
itálicas esta frase, porque ese alguien puede que no tenga un rostro definido,
una cédula de identidad, o que sea de una localidad de todos conocida. No, como
lo diría un comunista. Aquí nadie es inocente.
He dado
algunas pistas, pero no sé si me van siguiendo. Y aquí viene la pregunta:
¿Quién carajos es ese alguien? Puede ser una persona, una institución pública o
privada, un amigo que a su vez tiene un conocido, el que hace la llamada para
que te pongas al teléfono. ¿Cuál sería el patrón en esta enumeración? Uno sólo.
El PODER. De eso se trata del ejercicio del poder.
García
Márquez dijo que el periodismo es el mejor oficio del mundo. No estaría
tan seguro de que esa afirmación sea cierta o verídica. Él mismo tuvo que
soportar la censura. Se vio obligado, incluso, a tomar la opción del exilio por
presiones del poder. La censura, en general, es la cloaca del poder o el baño
de tu casa. Sí, el lugar donde haces tus necesidades. El lugar donde te
autocensuras. Sin embargo, diría que después de la cocina, el baño es el lugar
más interesante de un hogar. Mucho más inquietante y lleno de sorpresas, la
mayoría desagradables.
La censura
está llena de sutilezas, pero es un arma muy poderosa del poder. Puede ser
vulgar, cuando se aplica de forma descarada y sin tacto. Es lo que ocurre en
las dictaduras, en los países donde se suspenden las garantías constitucionales
y se tachan las noticias de primera página en los periódicos. El poder, sin su
mejor compañero, el miedo, no es poder. Su tarjeta de presentación es la
amenaza, el chantaje, la extorsión.
La censura y
su hermanita menor, la autocensura, es todo un ecosistema, estructurado y
diseñado, para inhibirse a la hora de hacer preguntas incómodas, o de practicar
el escrutinio y la auditoria pública.
El señor
Hugo Chávez creó ese ecosistema: la Venezuela bonita donde vivimos todos.
Retiró pautas publicitarias para enderezar líneas editoriales que se habían
torcido, liquidó plantas televisivas y emisoras de radio, con el argumento
peregrino de que habían cesado las concesiones que otorgaba el Estado, porque
Chávez era Yo, el Supremo, el personaje de Roa Bastos, y cuando una
periodista de televisión le hizo una pregunta incómoda, trató de humillarla.
Ella soportó estoica, porque en ciertas derrotas hay más dignidad que en
ciertas victorias.
El poder se
desgasta y pierde eficacia. No escapa a la ley de los rendimientos
decrecientes. Hugo Chávez dejó el poder y la vida y llegó Nicolás Maduro. Se
agregó un nuevo factor, pero los demás permanecieron inalterables. Sí, la
disminución del ingreso marginal. Que, en este caso, no es otra cosa que
pérdida de poder. El chavismo se degradó hasta mutar en una dictadura feroz y en
el fatídico año 2017, se promulgó la llamada ley del Odio, impulsada por Jorge
Rodríguez.
Es una ley
escrita sobre papel toilet, propia de la cloaca del poder. Dice la presidenta
encargada ¿?, Delcy Rodríguez que fue mal aplicada. Todo lo contrario, se
aplicó de forma cruel y despiadada para encarcelar opositores y a quienes
piensan diferente. Todo un monumento a la censura.
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